domingo, 1 de marzo de 2015

Esculpida en piedra. "El castillo de naipes."



El caballero negro.

“¿De qué sirve escribir si nadie ha de leer tus palabras? Hace tiempo que perdí el juicio y sin rumbo, brújula ni estrellas que me orienten, me dejo arrastrar por la corriente hacia el horizonte. Espero encontrar el borde del mundo y naufragar a lo grande, como en una epopeya griega. Ando divagando y me contradigo en cada cosa que digo, pero eso es lo que hacen los locos . Ando divagando porque ya no encuentro mi sitio en este lugar, porque de nuevo me siento solo. Otra vez me compadezco, me avergüenzo de ello, pero ya gaste todas mis lágrimas en otras ocasiones y ahora solo puedo sonarme los mocos y divagar mientras tus grandes ojos miran al hombre que nunca fui.”

Bien es cierto que, como todo, es falso mi linaje, que no nací noble ni azul es mi sangre. Harto de humillarme, cansado de ser cofrade en la procesión de los fracasos, empecé mi bagaje por la senda del engaño. Negro mi pendón como el carbón, resguardado el corazón tras un peto de duro acero, me fingí caballero. Me armé con palabras, que no eran más que falacias con las que pretendía comprar otra vida, lejos de la ruina del trabajo en el campo, de servir como vasallo, de ser un esclavo en manos de duques y condes, que esconden su condición de cobardes tras las armas que compra el oro ganado con la sangre de otros.
No tenía miedo, que patán, me adentré en el mar con mi pequeño velero. Arribé a aquel lugar para empezar de nuevo en pos de fortuna, de fama y de faldas. La suerte me dio la espalda, quiso el destino, que en mi desatino, eligiese mal como siempre. Un nido de serpientes, me hundí en los fueros de Pedro Botero sin saberlo y, perdido en aquel infierno de lerdos, me las di de hombre siendo un niño que, asegura nada teme, pero no se duerme sin una vela encendida. Esa luz era ella, tan bella como venenosa, hermosa y salvaje. Cobrarse la pieza, está claro, era demasiada gesta para un gañan que en verdad nada sabía de justas o lidias, menos de cantar abalanzas, de recitar versos y estrofas sin ganarse la mofa de la concurrencia. Ciego de amor como estaba, no caí en la cuenta de que era yo la presa. La creí cuando decía me quería, tarde entendí que no eran más que

palabras sin peso, vacías,
que trasporta el viento al desierto
donde no germinan y se olvidan.
Mentiras,
que corrompen el verso, las rimas,
que llevando mi nombre
ya no siento mías.
Palabras hermosas,
pero sin vida.

Aviesa de sangre, asemejaba una culebra enroscada en mi cuello, me calzó cadenas, como una sanguijuela secó mis venas. Ahora no circula por ellas más que frustración y rencor.

Poca la sombra que ofrece un árbol seco
y en el hueco, no corre la sabia,
tan solo las termitas lo devoran, lo irritan.
Sueña con un brote verde
pero tan solo es un tronco vacío
indefenso ante el fuego.

Nunca dispuse de honor como para pretender cobrarme la afrenta, ya solo me queda dar media vuelta con el rabo entre las piernas y escapar como una rata del barco que se hunde. Que yo ganaba batallas solo en mi imaginación, se truncó la ilusión, se des hizo el hechizo, un clamor el ridículo y en boca de todos las desventuras del bobo galán. Se decantó la balanza en mi contra y aun sin asumir la derrota, me retire en la vaga esperanza, de haber dejado en su alma simiente suficiente para que se arrepienta y regrese.
El viento ha marcado el trayecto, me ha conducido a este lugar. Perdido, oculto a los ojos curiosos parece un buen sitio para en el suelo hundir mi acero. Aquí me quedo, el falso caballero que renegó de su condición de labriego construirá un castillo lejos de todos. No ceso en mi empeño de ser feliz, creare un mundo nuevo donde solo yo sea dueño de mi destino, donde sean otros los que bailen a mí son. Elegiré mi camino sin temor a equivocarme, sin rendirle cuentas a nadie.
- Lamentos de cobarde.
- ¿Quién es este que interrumpe mis pensamientos?
- De sobras lo sabes.
- ¿Un comerciante? Nada de lo que pretendas venderme me interesa. Déjame a solas con mis divagaciones. Me sobran razones para no querer tener a nadie cerca y menos a un mercachifle entrometido. Desaparece de mi vista si no quieres probar el acero de mi espada.
- ¿El de esa mellada y oxidada? Seguro no sabes siquiera manejarla.
- Tengo la fuerza suficiente como para hundirla en tu pecho, sin mostrar a la postre arrepentimiento. ¡Vade retro! Sería absurdo hallaras la muerte por intentar endosarme una sartén o una olla.
- No seas gilipollas, pongámonos manos a la obra. ¿De verdad crees que eres lo suficiente hombre para llevar a buen término tan ardua tarea? Largo viaje te espera como para llegar por ti solo a la meta. ¿Qué no me entrometa? Me has estado llamando todo este rato. Construyamos entre ambos ese mundo de sueños, en el que no hay cabida para otro Dios que no seas tú. En esta playa desierta, sobre la tierra, tu fortaleza.

- Escribo sobre la arena,
poco importa que lo borren las olas,
breve instante dura el mensaje
que a modo de herida quedo en la tierra.
Si no se comparte no es más que polvo
y el viento se lo lleva.
En algún lugar olvide cincel y martillo,
me basta el dedo para dibujar los surcos
que dan forma a las palabras,
no me importa que no perduren en el tiempo,
que no permanezcan eternas grabadas en piedra.
A nadie interesan, nadie las lee,
en nadie dejan huella.
Escribo sobre la arena mis inquietudes
y al subir la marea nada queda,
el mar las secuestra.

- ¿Ya asumes la derrota? No seas idiota, puedes dar vida a tus palabras, ellas mismas buscaran quien las escuche si ese es tu deseo.
- Ahora lo entiendo. ¿Por qué te presentas ante mi como un vulgar buhonero?
- Porque eso es lo que soy.
- Nada tengo con que pagarte.
- De eso hablaremos más tarde. Solo cuando llegue el momento apareceré para cobrarme mi deuda, paciencia.
- ¿Qué tengo que hacer? ¿Debo firmar con sangre en algún papel?
- Esa será a partir de ahora tu única tinta, pero no será necesario para cerrar nuestro trato. Bastará con un apretón de manos, después tan solo has de soñar y llenar tu mundo de vida, seguir mintiéndote a ti mismo por los siglos de los siglos.
- ¡La traeré de regreso!
- Eso es asunto tuyo, pero te lo advierto, cuidado con lo que deseas. Yo puedo hacer que los sueños se hagan realidad, sois vosotros quienes los tornáis en pesadillas.
- Aunque sé que en tu manga amagas el puñal, no me importa correr el riesgo. Ahí va mi mano.
- Tenemos un trato.





El Hacedor de Historias.

La actualidad. (En un lugar indeterminado.)

La niebla se condensaba a ras del suelo, dando la impresión de que el castillo se sostenía sobre un manto de nubes. Era una fortaleza impresionante construida con sólidos bloques de piedra, cada una de ellos, tallado de forma que encajase como un puzle con los que lo rodeaban. Se trataba de una construcción  atípica, las murallas tenían forma exagonal, coronadas con almenas defensivas, reforzada cada una de sus esquinas con una torre de forma circular, lo que hacía muy difícil el poder escalar por ellas. Cinco atalayas se elevaban imponentes, tras de unos muros, que ya de por si eran lo suficientemente altos como para poder divisar una posible amenaza a muchas millas de distancia. Hasta ahí, todo muy normal, de no ser por la ausencia de un foso que lo rodease y la inexistencia de puerta alguna por la que acceder, o salir del interior.
Las bruma se extendía hasta fundirse en la lejanía con la bóveda celeste. La privación de un horizonte que delimitase el cielo (de un color azul, tan plano como uniforme) con una la tierra oculta bajo la neblina, hacia que pareciese un espacio infinito.
A pie de las murallas, el tamaño de la construcción era imponente, más, (a vista de pájaro) solo era una mota de polvo en mitad de aquella inmensidad desierta.
La ausencia de sonidos, siquiera el canto de un grillo, el trino de un pájaro, o el simple arrullo del viento, junto a una quietud pasmosa, haría que un observador poco avezado creyese mirar un cuadro.
La única vida visible era la del musgo que cubría la piedra, y la de algunas enredaderas que, a lo largo de los siglos, habían formado la única vía de acceso al trepar pacientemente por la muralla. Se trataba de yedra venenosa.
Tampoco en el interior se apreciaba ningún movimiento, ni un alma en el patio de armas. Las cuadras vacías, ni plantas, ni insectos, nada, salvo una vieja y retorcida encina. La humedad que lo impregnaba todo, solo era capaz de hacer crecer al musgo, a la yedra y el como sobrevivía el árbol era un misterio.
No había pozo, como tampoco aljibe, ni ninguna capilla en la que encomendarse a un Dios que se había olvidado de aquel lugar.
En el centro de  (podría llamarse castillo, como también prisión o mausoleo), la Torre de Homenaje y en su interior, el Señor del alcázar se recostaba apesadumbrado en su trono. Toda la estancia estaba repleta de espejos de diferentes tamaños, algunos enormes, otros mas pequeños, en los que se multiplicaba su imagen hasta el infinito.. Por el rosetón de la pared apenas entraba luz, por lo que la estancia se iluminaba mediante miles de velas encendidas.
Se sentía impotente al ver como se extinguía la llama que alumbraba y daba vida al gran salón, donde tiempo atrás se reunían sus personajes. Único habitante de un reino fantasma, lo trastornó la soledad y (quizás por mitigar la tristeza de ese aislamiento, por escuchar una voz, o simplemente por no olvidar el propio idioma) hacia mucho que mantenía largas conversaciones consigo mismo. Él hablaba y un susurro interior le respondía.

- Mejor vivir en el engaño, enamorado, que esta existencia vacía, en la que no pasa un solo día, en el que no acabe borracho, de ese licor amargo que es la melancolía.
Cansado de tan larga espera, de sentirme un necio por recordar sus mentiras y echarlas de menos, de ser un muerto en vida, que solo respira por los suspiros que provoca su ausencia.
Tanta es la demencia que alberga mi cabeza, tantos los celos de imaginarla en otros brazos, tanto el rencor por su abandono, que su recuerdo es una sombra que ya no me refresca.

 - (Cuidate hermano de aquellos,
   que por los celos se guían,
   pues donde antaño hubo cariño,
   hoy solo ven traición y perfidia.
   No hay peligro mayor,
   que un corazón despechado,
   avocado a devolver en dolor
   un amor que imagina prestado.) *

- No es por timidez que soy reacio a recibir aplausos
  pues aprendí yo solo a frotarme el lomo
  para que otros no me pasen por la espalda la mano
  fingiendo palmada lo que en realidad es puñalada.
  Recelad de los aduladores,
  se lleven las flores a engalanar los traidores
  la reja de sus balcones
  y así todos sepan donde moran,
  los que en mala hora,
  me regalaron la oreja con baldías promesas.
  La culpa fue mía por creer sus mentiras.
  ¿Pero que es la vida si no ilusiones?
  Ver solo dones cuando la miras
  y pensar que es sincera su risa.
  Mi único crimen fue ser un necio
  desconocer que el precio a pagar,
  por soñar que amaba,
  es aferrarse a la almohada en un lecho vacío
  y como la espiga de trigo dobla el espinazo
  bajo el peso de su propia semilla,
  así me humilla lo sembrado a mi paso.
  Ahora que ya nadie llama a mi puerta, me marcho
  me llevo conmigo el fracaso.

(Risas)

- (Triste reflejo el que nos devuelve el espejo, cuan distorsionado es el concepto que tenemos de nosotros mismos, a como nos ve el resto. Que no gira el mundo a tu alrededor, ni sale el sol porque tú se lo pidas. Que fácil es culpar a los demás de la propia desidia, mejor una buena excusa que el esfuerzo de buscar soluciones. Lamentos de plañidera que le lloran a un muerto al que siquiera conocen) *


(Coros.) 

 (Pobre naufrago,
deja de soñar y descansa.
Tu balsa hace aguas
y aun le cantas baladas
a la mar salada.
Si no sabes nadar. ¿Qué harás?
Cuando se te trague la mar.) *

- ¡Ríos de tinta se han malgastado en relatar la tragedia de tortuosos amores! ¡Bah, estúpidos y embusteros! Tantos Romeos, tantas Julietas han muerto sobre el papel para que su sangre quedase escrita para siempre, en ese afán por engañar a los necios. De ser cierto, hallaría por fin la paz que me niegan, que nadie la merece más que yo después de todo este tiempo.

  Sus razones tendrán los poetas para tanta alegoría,
  tanta metáfora idiota, que no son otra cosa,
  que palabras vestidas de forma fina
  para disfrazar las mentiras de manera bonita.

  La reina de corazones
  era María Antonieta en la corte de los Soles.
  En su país de la maravillas, inmadura y consentida,
  sentó por fin la cabeza bajo la guillotina.
  Enterarse del odio de todo un pueblo
  en el último momento, da miedo,
  más cuando comprendes
  que no podrás lucir de nuevo un sombrero.

  Esa es la hoja que mata sin llevar escritas palabras,
  que por más lo repitas en ridículas rimas,
  a ver si de una vez comprendes
  que si bien es verdad que a veces duele,
  de amor, de amor no se muere.

  Le habló Dios a Juana en su consabido tono redentor
  y la arengó a que tomase las armas.
  Ahí tenemos a la doncella guerrera blandiendo el acero
  para acabar luego rustiéndose al fuego.
  Es la hoguera la que quema, si está bien provista de leña
  y por más que insistas en tus tontorronas estrofas,
  por mucho me hables de la muerte no me convences.
  El amor no te consume hasta solo dejar cenizas,
  a ver si por fin entiendes
  que si bien es verdad que a veces hiere,
  de amor, de amor no se muere.

  Ahora puedes marchar llevándote las flores,
  olvidar mí nombre y dormir por las noches.
  No te aflija la culpa de forma estúpida,
  que ya he dejado claro que en esto de los afectos,
  con todas sus ventajas y sus defectos,
  unas veces se gana, otras se pierde,
  pero por mas que te empeñes,
  de amor, de amor no se muere.

(Coros)

- (Pobre mendigo,
  deja de soñar y descansa.
  No es moneda el cariño
  que se reciba por pena
  y aun así te empeñas
  en llorarle a las viejas
  a los pies de la iglesia.) *

- ¡Dejad de atormentarme! ¡Silenciad esas voces que cantan dentro de mi cabeza! ¿Por qué os burlais de mi? ¿Que es lo que os hice? Si, mi pecado es haberla amado y mi penitencia el no poder olvidar todo lo que la he querido. ¿No os parece suficiente castigo? ¿Con que derecho me juzgais, vosotros que nada sabéis de lo que he sufrido.

(Risas y coros.)*

- (Pobre bufón,
  deja de soñar y descansa.
  Buscando el calor de la grada
  serán tu mortaja sus carcajadas.
  Que tú no cantas, ni bailas,
  ni lloras, ni mamas
  y no tienes más gracia
  que tu propia desgracia.)*

- ¡No soy un bufón! ¡Callad, os lo ordeno! ¿Quien eres tú? ¡Da la cara!

(Coros.) *

(Yo soy quien espía tras la cortina,
los ojos que miran por la ventana
la garganta que exhala tan solo lamentos
los labios sellados, prisión de suspiros
y solo respiro por mero capricho.

Pasea tranquila por la acera la vida,
mantengo escondida la pútrida envidia
y mientras deambulan sin prisa los días
entre cabezadas y medias siestas
se consume la vela de mi existencia.

Sobre la mesa hay un esbozo,
un pequeño despojo
de mis anhelos.

Bajo el balcón, se detuvo el tiempo.
Permanezco mudo cuando me habla,
ajeno a sonrisas, evito el saludo.
Malcarado y molesto, con ceño fruncido,
me falta e increpa mientras se aleja.

Sobre la mesa hay un esbozo,
un pequeño despojo
de mis anhelos.

Soy mero espectador de alegrías e infortunios ajenos
un libro de recuerdos escritos en negro,
soy quien se coloca siempre en el medio
para entorpecer a los niños el juego
y así poder compartir con ellos el tedio.

Sobre la mesa hay un esbozo,
un pequeño despojo
de mis anhelos.)*

- ¡Nada hay sobre la mesa, solo papeles en blanco! Mi inspiración se marchó con "ella" y desde entonces no he sido capaz de escribir una sola letra. Sin inspiración mi pluma está seca, no he podido darles una historia a mis personajes y también ellos partieron. ¡Me abandonaron! ¡A mi, a su creador! ¿Como he de perdonarles tamaña bajeza? El Narrador fue el siguiente, él al que creía un amigo, me dio la espalda al no poder ofrecerle nada que relatar, nada que narrar. Solo me quedaba mi confidente, la muleta en la que me apoyaba para soportar el peso de tanta pena, la voz a la que confié mis versos, la voz que a lomos del viento haría llegar mis lamentos a la huida Inspiración y la traería de regreso.
Si, tú ya lo sabes, no tengo porque soportar tus mofas, sabes que fue la última en abandonarme. ¿Cuanto hace de ello? Ya siquiera lo recuerdo.

- (Sarna y tiña es la envidia, creémos que nadie la ve, mas su hedor nos delata. Horadando y escarbando hasta llegar al tuétano, y por más que nos rascamos, solo se alivia el picor cuando la desgracia es a otro a quien alcanza. Envidia porque ellos, al contrario que tú, ahora son libres. Tamaña soberbia la tuya, que te proclamas Creador, Hacedor de Historias, y te crees dueño y señor de sus destinos.)*

- ¿Como no han de caminar perdidos si yo no les indico el camino? Ellos me pertenecen.

- (Ella nunca ha sido tuya. ¿Porque no lo admites de una vez?)*

El "Hacedor de Historias" miró a un lado, a su derecha se encontraba el trono donde debía sentarse su reina, estaba vacío, como las sillas al rededor de la mesa donde se reunían todos en tiempos más felices. Se levantó y se acercó con paso cansino a una ventana, a través de ella se quedó contemplando a la vetusta carrasca.

- Sobre la corteza de un árbol joven, he grabado tu nombre.
  No por más noble, es la madera del roble menos efímera.
  Elegí una encina para portar la herida de esas siete letras.
  ¡Qué mil años viva! Se adentren profundas las raíces,
  que arraiguen con fuerza en la tierra,
  para soportar el peso de estos que son mis lamentos.
  Y cuando se pierda el recuerdo,
  cuando crea que ya nada queda de lo que siento,
  regresaré a estos campos, ahora ya viejo,
  para verme en el espejo de su corteza
  y tener la certeza de que no fue un sueño.


(Coros)*

 - (Pobre soñador,
  deja de llorar
  y descansa.)

El cristal de la ventana saltó hecho añicos, por ella se coló una rafaga de viento, cortante como un cuchillo, helado como el ultimo suspiro de un moribundo. La mayor parte de las velas se apagaron quedando el salón en tinieblas. El Hacedor de Historias sintió en el cuello el aliento de una garganta, pero era frío como la propia muerte. Intentó girarse, unas manos lo sujetaron con fuerza por los hombros impidiéndoselo.

- Shhhhhh, calla de una vez, no sabes cuanto pueden llegar a soliviantarme tus quejidos, cuan de aburrido se me hace escuchar día tras día la misma cantinela. ¡Que empeño por dar pena! Cuanto te aborrezco, cuanto detesto tu debilidad.

Aquella no era una voz en su cabeza, era tan real como la saliva que le empapaba la oreja por la proximidad de una lengua viperina, que le susurraba con el seseo de una culebra. El Creador quedó petrificado por el miedo.

- Mira esa encina, apenas era un brote cuando mancillaste su corteza con el nombre de la ingrata. ¿Que has hecho desde entonces, aparte de llorar y esperar? - Unas uñas se clavaron en sus hombros y no pudo reprimir un quejido. - ¿Duele? Claro que duele. - Aquellas garras atravesaron las ropas hasta hundirse en la carne. - Es un dolor de verdad, no como las incongruencias que vomita tu garganta. Tanto recitarle a la soledad, que olvidaste que tienes una familia. - Las uñas se clavaron mas profundas en la carne y la camisa del Creador comenzó a teñirse poco a poco de rojo. - Deja que te presente los abortos que has traído a este mundo, esta es tu verdadera semilla. - Las manos lo obligaron a girase hacia el interior del salón, en ese momento cayó sobre el una lluvia de vidrios. Solo tres de los espejos se mantuvieron intactos y de uno de ellos comenzó a emerger una figura.

- Es hermosa. ¿Verdad? - Las manos aplastaron las sienes del Hacedor de Historias, sujetando con violencia su cabeza lo forzó a mirar. - Ella es la mayor de nuestras hijas y mi preferida. Si, he dicho "nuestras", pues tú y yo somos uno. - A través del espejo, con una piel que se confundía con el cristal, fue saliendo poco a poco una mujer alta y esbelta. A medida que se acercaba al Creador, apagaba por el camino todas las velas que se cruzaban a su paso. El sonido inconfundible de cuando el agua ahoga una llama, en el momento que las yemas de sus dedos presionaban la mecha de los cirios. Su pelo era muy largo y caía en cascada sobre la espalda. Era como la escarcha que forma el rocío las  frías mañanas de invierno, pequeñas gotas de hielo unidas las unas a las otras. Solo vestía una túnica, muy escotada, ceñida a la cintura por un cordel de oro. Era un vestido blanco. largo, sin mangas. La parte inferior tenia una larga abertura en el costado izquierdo por la que, en cada paso, asomaba el muslo transparente de la extraña mujer. Sus facciones eran gráciles, grandes ojos cristalinos y unos, (obligados), labios húmedos y carnosos. Cuando la tuvo enfrente, el frío se hizo más intenso. En efecto, no era su imaginación, aquel ser era completamente de hielo.

- Por un lado sería una descortesía no darle un beso de bienvenida, pero no te lo recomiendo. - La voz se carcajeo sonoramente antes de continuar. - Tus labios podrían quedar pegados en su mejilla. -
El Hacedor la miraba atónito, incapaz de cerrar la boca por el asombro. Realmente era hermosa, pero como las jarras rezuman su contenido, aquella mujer transpiraba maldad. - Su nombre es Vanidad, y poco he de explicarte del porqué la bautizaron con él. ¿Sorprendido? Pues seguro que tampoco te decepciona la siguiente de tus hijas. - Del espejo del centro, apareció un cadáver putrefacto. No pudo contener el Creador su repulsión al tenerla cerca, pero las manos le impidieron cerrar los ojos. Era una visión espeluznante, solo un poco de carne rodeaba los huesos y de las cuencas vacías, de donde debían haber habido ojos, asomaban centenares de gusanos que formaban ovillos disputándose lo poco que quedaba por comer. Su hedor era tanto o más insoportable que su aspecto.
- Sabía que no te dejaría indiferente. A ella si puedes besarla. - Se rió de nuevo. - ¿No? Pobre, con la ilusión que le hacía conocerte. Patetico hermano mio, te presento a la mediana de tus tres hijas. Ella es la Envidia y tampoco te explicaré el porqué de su nombre.

Aquello no podía ser real, sin duda debía de tratarse de otra de sus ensoñaciones, las garras hundiéndose en sus hombros lo convencieron de lo contrario. - ¡No se vayan todavía, aun hay mas! - Gritó la voz como si fuese el maestro de ceremonias de aquel circo de los horrores. - Del tercer y último espejo fue saliendo de forma tímida lo que parecía una muchacha muy joven. El Hacedor de Historias respiró aliviado, aquella nueva visión no era, ni de lejos, tan nauseabunda como la anterior. La muchacha se acercó con paso cansino, fue tenerla enfrente y sentirse completamente hastiado, desmotivado, cansado. La joven estaba sucia y desaliñada, vestía con harapos y lucia un pelo (de un feo color pajizo) enmarañado y seco. Su tez era blanquecina, con un ligero y enfermizo tono amarillento, el violaceo color de sus ojeras contrastaba con su extrema palidez. Pequeña de estatura y de huesos menudos, soltó un largo y sonoro bostezo cuando estuvo junto al Creador..
- No se puede hacer pleno, reconozco que nuestra pequeña si es bastante chasco. En toda familia hay un garbanzo negro, pero aprenderás a quererla. Ella es la Desidia, y por como se te doblan las rodillas por el abatimiento, comprendo que has entendido que su nombre no desmerece.

La pequeña de las hermanas se tumbó en el trono en una postura imposible. La pierna derecha sobre el apoya brazos, la espalda inclinada ocupando parte del trono de la reina y la cabeza muy cerca del suelo. Comenzó a juguetear con sus enmarañados cabellos con la mirada perdida en algún lugar del techo. El haberse alejado unos metros, dio al Creador un pequeño respiro. La Vanidad la arrojó fuera de un puntapié y se acomodó en el sitial de la reina. La Desidia la obsequió con una mirada asesina, emitió un gruñido y se alejó de ella refunfuñando. El Hacedor de Historias reprimió la nausea que le provocaba la Envidia y la observó con mas detenimiento. No pudo entender lo que farfullaba, la pútrida no dejaba de rascarse y en cada pasada, se llevaba adheridos a las uñas unos jirones de piel.
Sintió que la presión sobre sus hombros era menos intensa, a riesgo de que las uñas de su captor le desgarrasen las carnes, se giró de forma brusca con la intención de liberarse y enfrentarse a él de cara.
Se encontró con unos ojos, negros como un pozo sin fondo, en los que se reflejaba la luz de las velas. Retrocedió unos pasos de forma precipitada y habría caído de culo, de no ser porque unos brazos lo sujetaron. Eran los de la pútrida, se libró de ellos de un empujón y comenzó a sacudirse en un intento de espolvar la repulsión con la que se le impregnaron las ropas.
La indumentaria del extraño eran lo suficientemente oscura, como para camuflarlo en las tinieblas en las que se hallaba el salón. Solo cuando se le acercó, pudo el Creador distinguir sus facciones. Entendió de inmediato a lo que se refería el intruso cuando dijo que ambos eran uno. Era como si se mirase en un espejo muchos años atrás, El extraño tenía una abundante cabellera larga y negra, sus mismos rasgos pero sin apenas arrugas, idéntica nariz, un calcó de los propios los labios. Solo los ojos eran totalmente diferentes, iris y retinas se confundían de tan negras.

- ¿Porqué me miras con expresión de besugo? ¿A quien esperabas encontrar? Soy tu verdadera imagen. Todos tenemos dos caras, la que ocultamos y la que mostramos a los demás. El ying y el yang que dirían algunos, el bien y el mal otros. Sea como fuere, uno de los dos acaba prevaleciendo.
- No... no es posible. - Farfulló el Hacedor.
- ¿Niegas la evidencia? Nadie puede entrar en tu castillo, pero yo siempre he estado aquí. También ellas, solo has tenido que mirarte en el espejo para dejarlas pasar.  - La Envidia ahuyentó de su proximidad a la Desidia, que acabó sentándose sobre el suelo en un rincón apartado. El Creador pensó, que de haber una cuarta hermana, sin duda sería la Discordia.
- He venido para ocupar el lugar que me corresponde, para destronar a un monarca inepto que es incapaz de gobernar a sus súbditos. Podría matarte ahora mismo, pero mi propósito es que seas testigo de como triunfo en todo aquello en lo que tú has fracasado. Después... Bueno, tengo toda la eternidad para pensar que hacer contigo.
El "Reverso Oscuro" atrapó por el cuello al Creador en un rápido movimiento y lo levantó del suelo. Su fuerza era increíble, nada pudo hacer el Hacedor de Historias por liberarse, tan solo patalear e intentar que el aire llegase a sus pulmones.
- Voy a quedarme con todo lo tuyo y empezaré por tu energía, tú solo la malgastas en lamentos y lloros. Me ha de ser más útil a mi, me queda mucho por hacer. - La cara del cautivo comenzaba a tener un preocupante tono morado. - Es inútil que te resistas, relajate, solo será un momento.
Pudo sentir como le drenaban las fuerzas, como aquella sanguijuela le chupaba toda su vitalidad, solo unos segundos más atrapado por aquella mano y habría perdido el conocimiento. Como fuelles se llenaron sus pulmones del preciado oxigeno cuando su captor lo soltó. Se desplomo sobre el suelo y ahí quedó, agotado y rendido a los pies del extraño.


- Yo traeré de regreso a los traidores, déjalo todo en mis manos. – Dio una palmada en el hombro del Creador antes de mostrarle la espalda. La Vanidad continuaba recostada en el trono, recogía fragmentos de los espejos e intentaba mirarse en ellos. Era tocarlos con los dedos y congelarse de inmediato, los cubría la escarcha haciendo imposible que la mujer de hielo se viese reflejada en ellos. Colérica, los arrojaba al suelo, para luego intentarlo inútilmente con otro.
- ¡Deja de hacer el imbécil! - El Reverso Oscuro le arrojó unos guantes a la cara. - Será mejor que te los pongas, tengo un trabajo para tí y no es conveniente que lo dejes todo hecho un asco a tu paso. Buscaras al Narrador, seguro que él puede llevarte hasta el lugar donde se hallen los sentimientos, encuentra a la Voz del Viento y tráemelos a los dos encadenados y humillados. – La mujer de hielo se puso en marcha sin dilación, sin pedir más explicación. Ella es todo frío orgullo y no necesita que la asistan, es pura autosuficiencia.
- En cuanto a ti. - Dirigió la mirada al putrefacto cadáver. - Devuélveme a mis personajes, los quiero a todos a mis pies, derrotados y serviles, que no osen jamás intentar escapar de nuevo. – La Envidia partió de inmediato, no sin antes mirar de soslayo a la Vanidad. – Esa engreída se llevó la mejor parte. – Pensó. - El Narrador y los sentimientos, mientras yo tengo que conformarme con los patéticos personajes. Mejor vigile constante su espalda, pues no pararé hasta que una puñalada la baje los humos.
- ¿Y qué puedo hacer contigo? Solo con mirarte se me quitan las ganas de mandarte nada. - La Desidia bostezó sin prestar demasiada atención a su padre. El Reverso Oscuro lo meditó, mientras se acariciaba la barbilla. – Tú jamás encontrarías a la Inspiración y ella, de todos es la más importante. Quédate mejor aquí, vigila que tu querido tío no haga ninguna tontería. – Miró arrogante a su alrededor. - Ahora soy quien manda y convertiré este castillo en una mazmorra de piedra. Me encargaré yo mismo de esa indeseable, regresaré y traeré conmigo encadenada a la huida. ¡La Inspiración será solo mía! - Con un gesto ordenó a la joven que se acercara, la cogió con fuerza pòr los hombros. - Escúchame bien, tu tarea es muy sencilla, solo has de quedarte bien cerca de mi hermano, tan solo eso. ¿Crees que serás capaz de hacerlo?
- No parece un trabajo que requiera demasiado esfuerzo. - Le respondió mientras se frotaba las legañas de los ojos.
- No me decepciones. - La mirada de su padre fue una amenaza en toda regla. Arrojó sobre el trono al Hacedor de historias y, levantandola como si no pesase más que una pluma, le puso a la Desidia en su regazo.
El Hacedor se quedó de nuevo solo, con la única compañía de la Desidia. Apenas podía mover un musculo. Se sentía terriblemente cansado, debía alejarse lo antes posible del influjo de la secuaz de su oscuro hermano. Tumbada en un sillón, jugueteaba con su enmarañado pelo sin prestar atención, del ahora cautivo, Hacedor de Historias.
- Es una pena. – Le dijo con un hilo de voz intentando captar su curiosidad. La Desidia lo miró extrañada y finalmente preguntó, esa era la intención del Creador.
- ¿Qué es una pena?
- Verte así.
- ¿Verme cómo? – Insistió y en su voz se notó un tono molesto.
- Fea y sucia, una lástima, pues bajo toda esa mugre, realmente se esconde una joven bonita.
- ¡No soy bonita, no me engatusaras con zalamerías! – La Desidia se recostó de nuevo dándole la espalda, pero ya no se entretenía jugando con su pelo. El Hacedor sabía que la hermana menor tenía un serio complejo de inferioridad, pero que con todo, en sus genes también se hallaban la Vanidad y la Envidia.
- No es difícil ser más bella que la Envidia, esa pútrida no es capaz de atraer más que a las moscas, pero te miro y estoy convencido, de que a tu lado, la Vanidad seria mi plato frío si peinaras tu pelo y te adecentaras un poco.
- ¡Déjame tranquila, me da pereza solo de pensar en levantar el culo de aquí! No perderé mi tiempo en imposibles, nunca le he gustado a nadie y no me importa. ¡Que les jodan a todos!
- Yo soy tu tío y me duele que pienses así, en otro tiempo te habría creado hermosa, pero ahora estoy demasiado débil, aunque quizás… - Hizo una forzada pausa y esperó, no tardo la muchacha en girarse, en sus ojos un brillo delataba que algo que nunca hasta ese momento tuvo, germinaba en su interior, esperanza. - Aun soy el Creador y me queda un poquito de poder, pero necesito que te alejes de mí, no me perderás de vista, tan solo lo justo para que tu influjo no me agote aún más.
La Desidia obedeció, a medida que se alejaba, el Hacedor notaba como sus fuerzas se reponían un poco. Con todo, su hermano se había quedado con casi todas sus energías. Se concentró e imaginó como de hermosa podía ser la Desidia, pero su mente estaba en blanco desde hacía mucho tiempo, su capacidad de crear parecía haber muerto. – Claro. - Pensó en la Inspiración y quedó sumido en una profunda tristeza. Sin ella era un completo inútil, ya no podía seguir llamándose Hacedor de Historias.
- ¿A qué demonios esperas? No eres más que un charlatán. – La joven regresó y se tumbó a su lado. Tanta proximidad dejó al autor totalmente hastiado, desmotivado hasta el punto, que incluso respirar le suponía un esfuerzo sobrehumano.
- Vas a matarme, ya te lo dije, estoy débil. Solo soy incapaz de cumplir mi promesa. Necesito de ayuda, pero por favor… por favor, apártate de mí.
- ¿Qué necesitas?
- Tu tono es de incredulidad. ¿Porque te habría de engañar? Soy tu tío y te quiero. No muy lejos de aquí, encerrado en los sótanos, aún queda uno de mis personajes.
- ¿Y porqué lo encerraste? No hay que ser demasiado lista, para darse cuenta de que todo esto no es más que una encerrona.
- Demasiado poderoso, demasiado malvado, pero mientras este encadenado es inofensivo, está en mis manos.
- ¿Y él puede hacerme hermosa?
- Ella.
- No me importa su género, solo quiero restregarle por los morros a mis hermanas todas sus burlas. Quiero que a la Envidia se la lleven los demonios al verme y que la Vanidad baje de su pedestal para besarme los pies.
- Muy bien, entonces déjame hacer, aléjate lo máximo posible, apenas puedo andar. – El Hacedor de Historias se irguió penosamente y casi se arrastró escaleras abajo hasta llegar a los sótanos. – Yo no tengo fuerzas para abrir la puerta, debo pedirte una última cosa, hazlo tú por mí.
- ¿Acaso me ves la cara de idiota? No tengo ninguna intención de hacer eso, permaneceré detrás de ti tal como me lo has pedido, a una distancia “prudencial”.
El Creador descolgó una enorme llave de la pared, el peso lo hizo caer de rodillas, tal era la debilidad en la que se encontraba. Consiguió tras un rato, girar tres veces la cerradura hasta escuchar el “clic” con que se avisaba que la puerta estaba abierta. Tuvo que recobrar el aliento, miró suplicante a la Desidia.
- No tengo fuerzas, juro que no tengo fuerzas para empujar semejante portón, necesito de tu ayuda.
La desaliñada muchacha miró la enorme puerta de acero, por ella podría entrar un auténtico coloso.
- ¡Aparta! - Cuando pasó por su lado el autor se sintió desfallecer, más en su rostro se dibujó una sonrisa al ver como ella empujaba la puerta. Quedó boquiabierta al ver lo que allí había encerrado. Unos ojos brillantes, que parecían lanzar rayos, los miraban a ambos. La Desidia, tras un primer sobresalto, se tranquilizó al ver que el enorme monstruo estaba sujeto a la pared por gruesas cadenas. Era una gárgola de piedra, con unos dientes tan enormes que se asemejaban a estacas y, replegadas en su espalda, unas alas que, aunque de una envergadura impresionante, parecían ser completamente inútiles, incapaces de hacer que semejante ser alzase el vuelo.
- ¿Qué mierdas queréis? – Les preguntó despectivamente. Su tono era poderoso, pero de un timbre embaucador, capaz de relajar a sus interlocutores y hacerles bajar la guardia ante su maligna presencia.
- Tu amo asegura que puedes hacerme hermosa.
- ¿Mi amo? No me hagas reír. Despedazare a ese cretino en cuanto tenga la ocasión, pero no tengo nada en contra tuya, y sí, es cierto, puedo hacerlo.
- ¿Y a qué esperas?
- Todo tiene un precio.
- No estás en condiciones de negociar. ¡Obedece o iré a por un mazo y te hare pedazos. – La Desidia comprobó que la gárgola estaba totalmente inmovilizada, ese ser podría destrozarla fácilmente de un solo zarpazo.
- Está bien, pero ser hermosa supone un gran esfuerzo. Tendrás que emplear mucho de tu tiempo en cuidarte y arreglarte, y tienes pinta de no ser demasiado activa.
- Estoy segura que podrás subsanar también eso.
- Muy bien, trato hecho, deseo concedido. – En ese mismo instante, la Desidia quedó convertida en una escultura de mármol de una belleza sin igual. La gárgola no pudo reprimir su risa, que fue en aumento hasta convertirse en carcajadas.
- Ja jajaja, tu belleza será eterna y no tendrás que mover un dedo para mantenerla, ya te dije estúpida que todo tiene un precio. – Dirigió sus ojos de fuego al creador. - ¿A qué has venido maldito?
- Necesito tu ayuda. – Se desplomó sobre las frías piedras del piso de la mazmorra agotado.
- Tú mejor que nadie deberías saber que no es buena idea pedirme ayuda, acabas de ser testigo del porqué.
- Créeme que no lo haría si no estuviera desesperado, pero eres lo único que me queda. He hecho algo horrible.
- ¿Más horrible que encerrarme aquí dos siglos sin poder alimentarme?
- Has podido saciar tu apetito con esa estúpida. – Señalo a la estatua de mármol. – Te liberaré si prometes ayudarme.
- Te destrozaré en cuanto lo hagas.
- ¿Matarías a tu creador?
- No lo dudaría.
- ¿Y si te dijese que Ayla está viva y que corre peligro? No tengo a nadie más a quien recurrir para salvarla.
- ¿La pequeña Ayla? – El monstruo de piedra sintió un nudo en el estómago, era la segunda vez en muchos siglos que sentía aquella congoja. - ¡Mientes, yo vi su tumba!
- Necesito que me escuches.
- Soy todo oídos. – La gárgola alzo sus enormes orejas. - Vas a tener que ser muy convincente y conmigo no te servirá la palabrería, recuerda que también yo me sirvo del engaño, que para hacer daño es la mejor de mis armas, que es por medio de palabras como embauco a los estúpidos y me trago sus almas. – Miró a la malograda Desidia. - Aunque con algunos no resulta demasiado complicado. ¿Quién era esa idiota, porque la sacrificaste? Seguro confió en ti y mira el resultado. ¡Habla pazguato! Y mucho cuidado porque nada de esto me cuadra, aunque la tumba que vi no albergara nada, solo por el tiempo transcurrido la pequeña Ayla habría muerto. Pero tú aseguras que está viva y que necesitas de mi ayuda. ¿Qué quieres realmente? Hazme feliz y deja que realice tu deseo. – El monstruo de piedra observaba al Hacedor de Historias, que permanecía de rodillas, cabizbajo, postrado a sus pies en actitud suplicante. – ¿Que opináis vosotros dos de todo esto? - Esperó un buen rato pero como única respuesta el silencio. - ¡Maldita sea! Opináis cuando os viene en gana y ahora que por una vez os pido consejo, calláis como conejos asustados escondidos en su madriguera, no esperéis que entre a buscaros como una comadreja hambrienta. ¡Salid de una vez de mi cabeza! – Criando Malvas respondió por fin pero con voz titubeante, sabía que dijese lo que dijese acabaría siendo la diana de la ira de la gárgola.
- ¿Qué puedo decir que no sepas? – Darle la razón al monstruo de piedra, era de lejos siempre la mejor opción, al menos así es como pensaba el cobarde de Criando Malvas. – No debes fiarte del Creador, es un manipulador, un embustero, un embaucador.
- Esa descripción encaja perfectamente con aquel caballero negro. ¿Lo recuerdas? – Criando Malvas no respondió a la pregunta de la gárgola, su memoria era extremadamente selectiva y en ella solo permanecía lo que le interesaba, o lo que es lo mismo, nada.
 – No podemos recordar al caballero. – Eskatologiko rompió su silencio, a él no le intimidaba la gárgola, era su conciencia perversa. – Nosotros no existíamos entonces, solo conocemos lo que de él nos has contado. Que también él acabo humillado y derrotado como ese despojo que tienes enfrente. Era una presa fácil pero nada hiciste, no lo consumiste siendo un plato tan sabroso. Ahora tienes delante nada menos que al Creador esperando le hinques el diente. Acaba con tu ayuno, dos siglos es demasiado tiempo, mírate, te estas desquebrajando, un soplo de viento podría hacerte pedazos. ¡Trágate a ese desgraciado! La niña no puede estar viva, por algún motivo el Hacedor pretende engañarte. Sé mas lista que él, deja que te libere y entonces… – El monstruo lo rumió un rato, miró al Creador. Jamás imaginó encontrárselo tan vulnerable. Doscientos años esperando esta oportunidad y ahora dudaba. - ¡Habla! – Le ordenó.
La gárgola suponía que el Hacedor no pudo escuchar la conversación interior que había mantenido con sus “amigos” imaginarios, pero aun de haber podido, estaba demasiado abatido como para idear jugadas alternativas. Para él aquella partida de ajedrez estaba de antemano perdida, aun sabiendo era una opción suicida, debía ponerse en manos de su enemiga.
- No voy a engañarte, mi imaginación esta tan seca que no soy capaz ni de idear mentiras, Ayla está viva. No debiste de haber visto aquella tumba, te entrometiste en una historia que no era la tuya. ¿Qué es el tiempo en mi mundo? Tú siempre repites como un loro, que es relativo sin tener claro de lo que hablas, y lo es. Aquí mil años no son nada, pero por desgracia eso dejará de ser así si no detengo a mi oscuro hermano.
- Te vas por las ramas camino de los cerros de Úbeda, no pongas a prueba mi paciencia. Tan solo me interesa la pequeña, todo lo demás no es mi problema.
- Todo me lo juego a una carta, acércate a mí.
- ¿Pretendes enfurecerme aún más? Sabes que estas cadenas me impiden mover un solo musculo. ¿Cómo conseguiste encerrarme aquí? No lo recuerdo, pero estoy segura que ni siquiera tú tienes suficiente poder para hacerlo.
- Te equivocas nuevamente, yo lo puedo todo. – Corrigió. - Bueno, podía… - Suspiró he intentó continuar su alegato sin que lo consumiera la pena. - …podía hasta que la Inspiración me abandonó. Sobre ella no tengo ningún dominio y sin ella… Bueno, ya ves el despojo en el que me he convertido.
- No me has respondido.
- Eres mi creación. ¿Crees que no he escuchado tu conversación con esos dos, con tus “amigos”. También ellos son mi obra.
- ¿Insinúas que no somos otra cosa que marionetas? ¿Entonces porque simplemente no me obligas a obedecerte?
- Sois libres desde que la Inspiración se fue, ya no puedo idear historias ni moldear vuestras personalidades.
- Entonces de ninguna de las maneras me interesa ayudarte.
- Da un paso adelante.
- ¡No puedo maldito y lo sabes!
- A ella la convertiste en mármol sin que yo tuviera nada que ver, no te encadené a esa pared. Haz un esfuerzo y recuerda.
- Estoy desmotivada, no tengo ganas. – El hacedor se giró hacia la estatua de la Desidia, aun en ese estado su influjo seguía presente e impregnaba incluso al monstruo de piedra.
- Yo traeré de vuelta a tu enorme cabezota los recuerdos.
- Intentaras engañarme eso es seguro.
- En aquel barco solo moraba la muerte, castigaste la osadía de Wallizard. La capitana palangana te retó y salvó a sus marineros de la tormenta, pero después de cuarenta días de calma chicha, sin agua ni comida, los camarotes se llenaron de cadáveres y tú volviste para regocijarte en tu triunfo. Desde el primer encuentro sentiste admiración por la determinación de la falsa capitana. En realidad regresaste para salvarla, bien es cierto que más tarde la engañaste con un ridículo cuento. No es un caso aislado también te avergonzaste en su momento de sentir compasión por el caballero negro.
- ¡Me alimenté de su sufrimiento!
- A otro con ese cuento. ¿Qué me dices de la niña? Te emocionaste al sentir el cariño de la pequeña Ayla mientras le contabas historias. En tu interior algo cambió cuando aseguró a su abuela que eras su amiga. Como todos, ante tu presencia la anciana estaba horrorizada pero no la nieta, ella estaba encantada con tus cuentos y no asustada. Ternura es lo que sentiste y cuando fuiste consciente de ello te pudo el miedo, por primera vez en cientos de años te notaste vulnerable. Miedo, miedo de tus sentimientos, miedo de asemejarte a esos de los que te alimentas, a esos a los que detestas. Miedo de parecerte a los humanos.
- ¡Patrañas!
- Regresaste a tu catedral y en ella continuas, pero no quieres ver, no deseas escapar porque temes ser débil.
- ¡No lo escuches, pretende manipularte! - Gritaron al unísono sus dos voces interiores.
- ¡Calla, calla, calla, calla…!
El Hacedor de Historias reunió sus últimas fuerzas y le ordenó de viva voz. - ¡Da un paso al frente, maldita sea, obedece!
Las cadenas se hicieron añicos y la catedral surgió del piso de la mazmorra en todo su enorme esplendor destrozándola. Desde lo más alto, en una cornisa de la fachada, la gárgola miró al Hacedor que en el suelo tan solo era un punto negro.
- ¡Un paso al frente! – pudo escucharlo perfectamente. Avanzó y se dejó caer. El Hacedor notó un temblor cuando el enorme monstruo de piedra cayó sobre sus patas que soportaron el tremendo impacto y todo su peso sin resentirse lo más mínimo.
- Eres libre, ahora tú decides.
- Desahógate, hazlo pedazos. – Le dijo Eskatologiko. - Está a tu merced, acaba con él. - Le susurró Criando Malvas. - La gárgola levantó una de sus zarpas de las que surgieron unas afiladas uñas, el Hacedor se hizo un ovillo y esperó. Descargó su mortal golpe, la Desidia se hizo añicos y su influjo desapareció definitivamente. El Hacedor seguía inmóvil, tiritando de miedo. La gárgola inspiró con fuerza hasta absorber todos sus remordimientos, toda su angustia. Ahora, con el estómago lleno, se sentía poderosa de nuevo. El Creador alzó la cabeza y la miró suplicante.
- Ayúdame te lo ruego, salva también al Narrador, a mis personajes, no permitas que mi hermano encuentre a la Inspiración.
- Solo me interesa la niña, el resto que se busque la vida.
El Creador volvió a agachar la cabeza apesadumbrado. – Está bien, sálvala al menos a ella.
El monstruo refunfuñó, estaba en el suelo y necesitaba de un lugar un poco elevado para alzarse en vuelo. Desplegó sus enormes alas, tomo carrerilla y lo intentó en vano.
- ¡Mierda! Bueno, este contratiempo solo me retrasara un poco. – Pensó mientras caminaba hasta unos cascotes, vestigios de lo que fue su prisión. No podía volar desde el suelo, sus enormes alas chocarían con él. Subió a lo alto y ahora si se elevó. El Hacedor la siguió con la mirada hasta que fue solo un punto en el horizonte y desapareció. La Desidia estaba muerta y se sintió un poco mejor, pero seguía muy débil. Se tumbó en el suelo boca arriba con los brazos en cruz y pensó para sus adentros. La Desidia ya no lo influía, pero saber que todo estaba en manos de una monstruo loca lo desanimaba terriblemente.
Ya muy lejos de allí, el Reverso Oscuro notó como su hija dejaba de existir y maldijo. - ¡Maldita inútil, ni para vigilar a un medio muerto sirve!




La capitana palangana.

- ¿Te embebiste el entendimiento? No entendí ni una palabra de lo que hablaba. ¿Qué es lo que buscamos, de donde demonios salió ese hermano que tanto preocupa al llorón del Creador? Lo tenías postrado, en tus manos. Sin embargo, si bien es cierto que lo tuyo es el engaño, jamás rompes un pacto. Mataste a esa humano, la hiciste pedazos. ¡Ese no era el trato!
- Ahora, que nadie te lo pide, sí que hablas por los codos, pareces un loro. Busco a la niña, a una amiga de verdad. No como vosotros dos que no sois más que el producto de mi imaginación, la enfermedad de mi soledad. En cuanto a esa que transformé en mármol…eso no era una mujer. Además…¡Hago lo que me viene en gana y ahora calla!
Criando Malvas obedeció pero era el turno de Eskatologiko y él no era tan fácil de silenciar.
- ¿Amiga? ¡Por favor, si solo era una niña pequeña! Un par de horas en su compañía y te crees tus propios cuentos de hadas. Tú eres malvada y tus historias malsanas. ¿Qué podía entender esa mocosa? No debía regir demasiado bien de la cabeza. A cualquier otra tus relatos, tu sola presencia, la hubiesen producido pesadillas de por vida. Seguro fue eso, seguro pensó estar soñando y ahora en cuanto te vea, si la encuentras, saldrá aullando, corriendo, llorando y moqueando horrorizada a esconderse en el primer agujero que encuentre. Solo tienes unas pocas semanas antes de tener que regresar a la catedral, no pierdas tan valioso tiempo en otra cosa que no sea buscar alimento. Procurate sustento para los próximos cincuenta años que te aguardan.
- ¡Estoy harta, cansada de ese maldito lugar! No regresaré jamás. Tengo mil años, y de ellos he pasado 980 en la asquerosa fachada sin hacer nada, imaginando vivir las vidas de otros para no enloquecer, hablando sola. Ni tan solo puedo dormir, soñar, apaciguar la soledad adentrándome en el reino de Morfeo. ¿Sabes? No siempre estuvisteis conmigo, aparecisteis hace siete siglos. Estuve trescientos años en el más absoluto silencio, tan solo truncado durante unos pocos días cuando hablaba, cuando embaucaba a mis presas para devorar sus almas.
- Pero así es como debía de ser.
- ¡¿PORQUÉ?! – El monstruo de piedra montó en cólera, sus ojos ardían, el fuego recorrió todo su cuerpo mientras surcaba los cielos a toda velocidad. Por una vez Eskatologiko sintió miedo y guardó silencio.
- Ya escuchasteis al Hacedor de Historias, ahora soy libre. No, no regresaré nunca más a esa prisión. Puedo disponer de mi tiempo a mi antojo. – Río a carcajadas. – Soy libre jajaja, la la lalalala. – Recordó las palabras del Creador y se le quitaron las ganas de cantar.
- “Sentiste admiración por la determinación de la falsa capitana, también te avergonzaste en su momento de sentir compasión por él caballero negro. Te emocionaste al sentir el cariño de la pequeña Ayla mientras le contabas historias y en tu interior algo cambió cuando aseguró a su abuela que eras su amiga. Como todos, ante tu presencia, la anciana estaba horrorizada pero no la nieta. Ella estaba encantada con tus cuentos y no asustada. Ternura es lo que sentiste y, cuando fuiste consciente de ello te pudo el miedo. Por primera vez en cientos de años te notaste vulnerable. Miedo, miedo de tus sentimientos, miedo de asemejarte a esos de los que te alimentas, a esos a los que tanto detestas. Miedo de parecerte a los humanos.”
- ¿Parecerme a los monos? ¡Menuda tontería! ¡Yo soy poderosa, eterna, y ellos son unos animalillos débiles y cobardes! ¿Admiración por Wallizard, por esa trastornada? ¡Paparruchas!
Su mente se perdió en recuerdos. Aunque tendía a las divagaciones, a confundir épocas y situaciones, tenía bastante fresca en su enferma mente aquel primer encuentro con la que ella mismo bautizó como “Capitana Palangana”.

¿Cómo llegar a buen puerto sorteando arrecifes y acantilados en medio de la madre de todas las tormentas? Eso se preguntaba la capitana del navío mercante que se balanceaba a merced de las enormes olas, como si en vez de un enorme bajel se tratara de una miserable cascara de nuez. Hambrientos, los tiburones esperaban el tributo que les ofrecía el Dios Poseidón, pero amarrada por gruesas sogas al timón, la capitana capeaba el temporal con bravura, amenazando con dejar en ayunas a los escualos.
Todo acabaría para ella y su tripulación si no conseguía virar la quilla en contra del viento, maniobra harto osada, pues en la operación brindaría el costado a las olas con el consiguiente peligro de zozobrar. Y así, flirteando con el desastre, pasaron las angustiosas horas nocturnas. Amaneció pero las negras nubes no dejaban pasar los rayos del sol por lo que parecían continuar en las tinieblas de una noche cerrada.
Ella se preguntaba qué sucedería si el mundo se acabara esa misma noche.
Hacía tiempo que no se planteaba una cuestión de semejante gilipollez, porque evidentemente, si el mundo se acababa, ya no habría tiempo para hacerse ningún tipo de pregunta.
Lo que sí que tenía claro es que dos más dos son cinco.
¿Por qué se le pasó por la cabeza tamaña tontería en un momento tan dramático como aquel? Debía de estar perdiendo el ceño, no podía permitírselo, 65 almas dependían de su pericia, confiaban en su capitana.
Un rayo iluminó durante un segundo la cubierta y a Wallizard le pareció divisar una extraña figura en lo más alto del mástil central. La lluvia era tan intensa que la impedía ver con claridad más allá del timón. Un segundo rayo y un tercero, aquella cosa permanecía inmóvil sobre el palo mayor y lo más inquietante es que la miraba fijamente con aquellos ojos que parecían irradiar una luz malévola.
Pese al ensordecedor ruido de la tormenta y el centenar de metros que la distanciaban de aquella especie de gárgola, pudo escuchar nítidamente lo que le dijo.
- ¡Dos más dos son cuatro ceporra! ¿Cómo narices has llegado a capitana?

Hacía tiempo que ella vivía un engaño y había arrastrado a sesenta y cinco marineros hacía la muerte.
Les había prometido ron, oro, sexo y montones helados de fresa, sabor que ella detestaba pero que nunca se lo diría a nadie.
No había marcha atrás cuando se encontró en medio de esa maldita tormenta.
Temblorosa había tomado una determinación, si cerraba los ojos todo desaparecería, estaba segura.
Unos ojos amenazantes le miraban desde el mástil, era Magenta. Walllizard tembló ya que no sabía cómo había llegado hasta su barco a esas horas de la noche (¿o ya era de día).

- ¡Dos más dos son cuatro, ceporra! ¿Cómo narices has llegado a ser capitana?
Ella miró aquella sombra y le contestó: - ¿Y qué cojones querías que hiciera...o me hacía pasar por capitana de barco, o me hacía pasar por molinera?
Así que, sutilmente, le robé el certificado de capitán a un viejo que dormitando en la taberna le asomaba de su bolsillo...
¿Qué porque lo hice? Esto ya es otra historia.
- Jajaja, la picara molinera. ¡Que puñetera! Mira lo que conlleva la mentira, lo que tu vanidad acarrea. He venido a llevaros conmigo, al infierno que más detestas, te espera una eternidad con aroma a fresa y menta, cerrar los ojos y negarlo no te ayudara a remediarlo. Podemos jugárnoslo a los dados, o por el contrario…¿Por qué mierdas hablo en verso? Será por lo del halo romántico y eso. Espero sea una buena historia, Magenta permanecerá atenta a lo que a partir de aquí le cuentas. La vida te va en ello, la tuya y la de tus marineros.
Sobre el palo mayor continuaba inmóvil la gárgola que miraba a la capitana palangana, a la molinera recauchutada, a la mentirosa que detestaba el sabor a fresa.

La tormenta no arreciaba, muy al contrario, el viento y la lluvia habían alcanzado las dimensiones de auténtico huracán. La madera crujía y el palo de mesana se partió como si de una frágil ramita se tratara. Las olas inundaban la cubierta arrastrando y arrojando por la borda todo lo que se cruzaba a su paso. Wallizard estaba bien sujeta por gruesas cuerdas al timón, pero las envestidas del oleaje parecía que le arrancarían las extremidades en cualquier momento.
- Fíjate bien, por fin te acercas a tierra. - Dijo Magenta con voz tranquila. Walli no podía verlo, pero los arrecifes asomaban sobre las olas como dientes de un titánico cocodrilo. Tenía que virar como fuera, alejarse de la costa hasta que pasase aquel diluvio. No reparó en ello hasta ese momento, la nave parecía un buque fantasma, nadie sobre la cubierta, nadie arriaba las velas.
- ¿Dónde está mi tripulación, que hiciste con ellos demonio?
- Duermen el sueño de los justos.
- ¿Los mataste arpía?
- No te preocupes, demasiado ron. Todos roncan, si llegáis a mañana, el mar y tus hombres compartirán resaca. Pero no creo lo vean tus ojos. - El barco se dirigía irremisiblemente hacia los afilados peñascos.
- ¡Qué asco! - Exclamo Walli. - ¿Para que seguir esforzándome si de todos modos acabare destrozada o ahogada? Estoy agotada y me entró sueño, daré una cabezada.
La gárgola no podía salir de su asombro, la muerte ya le estaba echando el aliento en el cogote y a aquella zángana no se le ocurre otra cosa que pegarse una siesta Magenta gritó colérica.
¡DESPIERTA CRETINA!

¿Y si mi historia no está a la altura que Magenta desea?  Me perdonará la vida y que el diablo se apiade de la de mis marineros. - Se preguntaba mientras la lluvia goteaba en su cara, incrédula al descubrir que aun existía alguien que hablara en prosa, o en verso, o en que se yo.
Será de otro universo, quizás....o tal vez sea tan vieja que la pobre no pueda enmascarar su fatal edad.
Me haré la dormida para perfeccionar mi plan de ataque ante esta endemoniada criatura. - Pensé entre el ruido del mar enfurecido.
Acostada en el suelo cerré los ojos, y solamente abrí un par de veces el ojo izquierdo para vigilar a mi enemiga.
Podría ver su sombra moverse encima del mástil, notaba su inquietud y no entendía como un montón de tierra la podía alterar tanto.
- Veamos. - Me decía entre bostezos. - Quizás si consigo un hacha y corto el mástil...pero eso es muy cansado...no sé....tal...vez...debería...de...
(Morfeo me agarró en sus brazos.)

- ¡Pues no me ha llamado vieja la muy pendeja! ¿Qué importa la edad? Cuando naces sueltas amarras y empiezas a navegar, y lo que dejas atrás siempre es menos emocionante que lo que viene por delante. Lo desconocido nunca es aburrido pero sin caer en el miedo (¿o sí?) debe respetarse. Ya lo dijo un tipo (bueno, lo dirá) “el tiempo es relativo”. Realmente creo que solo envejeces cuando caes en el olvido, cuando nadie repara en tu presencia (o en tu ausencia) y aquí me tienes, atormentándote en mitad de la tormenta, exigiendo tributo, mi renta. Magenta te tienta con una oferta. ¡Permanece despierta joder! Que esto no es cosa de broma.
- Me quedé dormida en el peor de los momentos para hacerlo. ¡Meca! No sé que fue de mi tripulación, quizás se escondieron porque querían jugar al pilla-pilla. No...no creo...espera...empiezo a recordar...¡Magenta!
- Ellos duermen el sueño de los justos, o lo que viene a ser lo mismo, la mona. Demasiado ron e indigestión de helado de fresa. Ahora estas sola contra la tormenta, que tormentosa situación y hasta aquí llega el hedor a frambuesa. No se divisa tierra, estamos solas tú y yo, tú vida por la de tu tripulación. ¿Se te ocurre un trato mejor?
- ¡Qué asco! Helado de fresa. ¿no te has preguntado alguna vez porque le llaman sabor fresa cuando en realidad no tiene nada que ver con el de verdad? Yo si que me lo he preguntado, constantemente, en más de una ocasión me ha robado el sueño y todo. No sé...nos debemos de estar volviendo locos, ¿no crees? Y espero que no te tomes una impresión equivoca de mí., No estoy desvariando para evitar la difícil decisión de tener que elegir entre mi vida o la de mi tripulación. La decisión está tomada, ante todo ellos son mi responsabilidad y les prometí que velaría por el bien común. Que mueran ellos.

Contra todo pronóstico. la falsa capitana consiguió virar aprovechando un repentino cambio en la dirección del viento. Se alejaba de la costa, del peligro, y ponía rumbo a mar abierto. A lo lejos se apreciaba donde acababa la tormenta y asomaban tímidamente los rayos del sol. La gárgola montó en cólera y Wallizard soltó una poderosa carcajada que pudo escucharse sobre el estrépito de los truenos.
- ¿Y ahora qué? Te quedaste sin nada. - Wallizard la observaba con mirada burlona, había ganado a la gárgola y esta volaba de un palo a otro nerviosa.
- ¡Ahora nada maldita! Ya veremos si ríes cuando te enfrentes a la calma chicha, cuando tu lengua seca e inflamada implore agua con la que refrescar tu garganta. Nadie escapa de la gárgola. ¡Magenta te reta! Veremos a quien hacen responsable tus marineros del futuro desastre. Esos a los que ahora salvaste, te colgaran del mástil cuando ni una sola rata a la que híncarle el diente quede en el barco, ni una sola gota de agua, salvo la del infinito mar.
Wallizard se alegró de ver por fin la luz del día, los rayos del sol calentaban su empapado cuerpo. El barco quedó quieto, las velas se desinflaron de repente, ni un soplo de viento. Magenta miró a la capitana e hizo una mueca parecida a una sonrisa.
- Regresaré de aquí a unos días, veremos si aún ríes cretina. - Se alejó volando hasta que tan solo fue un punto en el cielo y desapareció como si solo se hubiera tratado de un mal sueño. Wallizard escuchó a su espalda a sus marineros que aparecían en cubierta y dejaban el sollado.
- ¿He ganado? - Se preguntó. - Demasiado fácil – pensó y empezó a cavilar la estrategia a seguir para cuando la gárgola regresará. La nave no se movía, tal como amenazó Magenta, estaban abandonados en mitad de la calma chicha.


Y sin darse cuenta la insensata de aquel barco destartalado perdió el rumbo en aquellas aguas tormentosas.
Tal vez se perdió en el triángulo de las Bermudas, tal vez se encuentre en alguna taberna bebiendo ron mezclado con aguarrás comentaban, simplemente se desvaneció afirmaban.
Y el tiempo se convirtió olvido y el olvido se transformó en lo que es, en nada.
Ella apareció en la orilla del mar una noche nublada con la ropa maloliente y sin planchar, las personas presentes nunca le perdonarían de aquí en adelante tal falta de educación, pero a ella no le importó.
Sacó su catalejo y las personas que le rodeaban se hicieron más pequeñas si cabía.
¡Eureka! se estaba colocando el instrumento en el sentido inverso.
Ante tal situación bochornosa lo tiró al suelo con ira, sonrió a los personajes presentes y con cierto gesto de burla hizo una reverencia.
Ante tal sensación de descontrol se aferró a lo único que nunca le fallaba a un capitán como ella, su cuaderno de Bitácora.
Al abrirlo una gritito estúpido se escapó de su garganta al percatarse de que las páginas 12 a la 49 se habían esfumado como por arte del diablo. Un nombre se apresuró a invadir sus inquietudes.
- ¡Magenta, me las pagaras! - Escucharon mascullar los presentes mientras escupía al suelo y se alejaba a nado en aquel mar estúpido que se burlaba de sus desgracias.






Historias olvidadas.

El ensordecedor rugir de unos motores la saco de sus ensoñaciones. Una voz metálica le ordenaba aterrizar por medio de un potentísimo megáfono. La gárgola giró hacia ambos lados su enorme cabezota para comprobar como la escoltaban dos cazas de a saber que puñetero ejército. Miró a través de las cabinas, podía adivinar tras los negros cristales del casco, los rostros incrédulos de los pilotos. En los últimos doscientos años estos estúpidos humanos habían progresado demasiado para su gusto. No esperaba toparse con artefactos como esos.
- ¿Libre? ¡Jajajaja. – Era Eskatologico quien se carcajeaba. - Parece que los monos pueden plantarte cara. ¿Qué harás ahora?
- Lo que siempre he hecho. ¡Mandarlos al infierno!
Dio un inesperado quiebro y embistió al avión de su derecha. Destrozó de un zarpazo uno de los motores y el aparato cayó en picado. La cabina se abrió y su ocupante salió despedido, se desplego un paracaídas, empezó a descender suavemente. La gárgola buscaba por el cielo al otro reactor. ¿Dónde demonios se metió ese cacharro? Casi ni lo vio venir, pudo esquivarlo en el último momento, el misil pasó de largo. Por suerte para el monstruo su cuerpo no desprendía calor…Salvo cuando se enojaba y de sus ojos surgía todo el fuego de la ira. Pero la pobre estúpida había pasado los últimos 200 años ciega de todo lo que pasaba, desconocedora de hasta qué punto había evolucionado y cambiado el mundo. No podía ver a su enemigo, de nuevo sus ojos se encendieron de cólera, surgiendo calor…El misil lo detectó y giró su trayectoria. Esta vez si la alcanzó de lleno.
Qué tiempos aquellos en que los estúpidos humanos intentaban plantarle cara con flechas lanzas y espadas, pensaba la gárgola mientras giraba sin control en su caída. Su cuerpo estaba destrozado, había perdido ambas alas y gran parte de uno de sus costados.
- ¡Idiotas! Vuestros nuevos juguetes no pueden detenerme. Se regenero en menos de un segundo y estabilizó el vuelo. Ahora si vio al otro avión, demasiado rápido incluso para ella. Entonces reparó en el paracaídas.
– Muy bien monos engreídos, a ver lo que hacéis ahora. Se lanzó en pos del piloto derribado alcanzándolo con facilidad. El pobre soldado se aferraba al lomo del monstruo de piedra con todas sus fuerzas para no caer, le había destrozado el paracaídas. Ahora con su rehén en la grupa la gárgola se dirigió a tierra, voló muy bajo por un desértico paraje. Parece que su idea funcionó, el otro piloto no abrió fuego con su compañero cautivo de la gárgola y no la siguió a tan baja altitud.
- ¡Por favor quiero bajar! - Escucho que gritaba aquel cretino mientras se encomendaba a su Dios.
- Deseo concedido. - Dio unos rápidos tirabuzones y el pobre tipo cayo al vació. – Buen viaje estúpido.

Había perdido la cuenta de los días que llevaba caminando por aquel paraje desértico. En su deambular no se había topado con nada vivo. ¿Qué podría sobrevivir en un paraje yermo e inhóspito como aquel? En el cielo un sol seguro abrasador por la intensidad de su brillo pero eso no le importaba a la Envidia, ella no vivía. Aquel parecía un mundo hecho a su medida y sin embargo maldecía. Escupía sobre el recuerdo del Reverso Perverso. “Tú buscaras a los personajes” le ordenó. Pensó en que seguro la Vanidad se encontraba en un lugar mejor en pos del Narrador mientras ella se hallaba en aquel vació infinito. Solo algunas piedras en el camino y el sol en su cenit, nunca oscurecía, siempre de día. Imposible controlar el tiempo de aquella manera. Pensó que pasaría una eternidad vagando en círculos intentando en vano cumplir su cometido, perdida en aquel lugar que parecía un mal decorado de cartón piedra.
- ¡MIERDA, MIERDA, MIERDA, MIERDA! – gritaba de vez en cuando para romper el angustioso silencio. Se sobresaltó, en un primer momento pensó se trataba de un espejismo, de una mala jugada de su imaginación, que lo había creado la ansiedad por encontrar algo diferente a la nada. Pero no, allí estaba a quizás menos de una milla, podían distinguirse unas ruinas, corrió frenética, ella no acusaba cansancio, ni dolor, ni sensaciones como el frio o el calor. Tan solo envidia es lo que sentía, y esa envidia paría monstruosos abortos, el rencor, el odio y tantos otros malsanos sentimientos.
Aquello debió de ser un pequeño pueblo, mucho tiempo de eso por el estado en que se encontraba todo. Ruinas de pequeñas viviendas de madera, la mayoría calcinadas de las que solo quedaban algunos troncos negros desperdigados por el suelo a los pies de unas pocas vigas erguidas. El polvo del desierto lo cubría todo, ni rastro de vida tampoco allí. Un poco apartado había un edificio mayor, este había sido construido con piedra y parecía haber resistido mejor lo que quiera que hubiera arrasado aquel lugar. Con todo solo era un esqueleto, cuatro paredes que parecía cederían en cualquier momento, no tenía techo, por lo visto aquellas paredes viejas no soportaron el peso. Algo salía del edificio, La Envidia se froto los ojos y miro de nuevo. ¡Era humo! Algo ardía allí dentro. Quiso correr pero lo pensó mejor, se acercaría con sigilo y espiaría cautelosa, no sabía que podía encontrarse. Pensó que lo más probable sus ilusiones cayesen en saco roto y que no hallaría nada. Una de tantas “virtudes” de la Envidia es su pesimismo. Es tan fácil culpar a otros de los fracasos, tan cómodo. Ella también reunía en buena medida las “cualidades” de sus dos hermanas, era perezosa y a su manera también vanidosa y engreída.
Una mueca que parecía una sonrisa se dibujó en su cadavérico rostro cuando lo vio sentado frente a la hoguera. Era un indio, un salvaje del “far West”. No podía ser más que uno de los personajes del Creador. ¿Cómo podía sobrevivir en un lugar así? Qué importaba, lo había encontrado y él lo la conduciría al paradero del resto. Aunque empleó todo su sigilo acercándose por la espalda el piel roja le hablo sin girarse cuando aún se hallaba a varios metros.
- Tu hedor te ha delatado. ¿Quién eres, que has venido a buscar aquí? – La Envidia permaneció en silencio, quedo como petrificada sin saber qué hacer. El indio se incorporó, dio media vuelta y se la quedó mirando fijamente. La Envidia reparó en que empuñaba un extraña hacha. El arma no la intimido, nada podía dañarla, ella ya estaba muerta. Sin embargo el viejo guerrero tenia mirada de fuego, no parecía pretender retarla pero sus ojos la intimidaron un poco.
Era un salvaje ya entrado en años, de gesto cansado y rostro excesivamente arrugado, delgado y de constitución débil.
- Por un momento te confundí con otra persona, pero tú no eres ella. Apestas y tu podredumbre la portas en el alma más que en el cuerpo. ¿Qué quieres? – La pregunto de nuevo.
- ¿Qué es este lugar?
- Yo pregunte primero.
La Envidia pensó en la manera de engañar a aquel harapiento piel roja, no debería ser difícil engatusar a un salvaje ignorante. Ella era parte del Reverso Oscuro y este a su vez lo era del Creador por lo que conocía las historias surgidas de su mente. Reconoció al indio, era el guerrero amargado con aires de grandeza que jamás gano una batalla. El que soñaba con plantar cara a los rostros pálidos y convertirse en un héroe a los ojos de su pueblo, ese pueblo que siempre lo trato con desprecio por ser débil. Rio para sus adentros al pensar lo sencillo que le resultaría manejarlo, de todos los personajes del Creador se había topado precisamente con el más indefenso.

- Me envía el Hacedor de Historias, desea que regreses.
- ¿Regresar? ¿A dónde? Este es mi hogar, no conozco otro lugar.
- ¿Esto? – Le respondió la pútrida. - ¡Esto es una mierda, aquí no hay nada! El Creador te reserva grandes aventuras, a ti y a los otros. Por cierto… - Hizo un pequeño intervalo de silencio. - ¿Dónde están?
- Cada cual tenemos nuestras propia historia, desconozco su paradero.
- ¡Eso no es cierto! – Grito enojada la Envidia. – Tú debes saberlo, compartíais el mismo camino. – Se acercó varios pasos hacia el indio.
- No escucho su voz, me mientes. ¿Qué es realmente lo que quieres? – La pútrida observo como la mano del guerrero empuñaba con fuerza el hacha. Se detuvo, aun podía jugar más cartas antes de tener que recurrir a la violencia.
- ¿Te refieres a la Voz del Viento? - En el tono de la envidia se notó cierta excitación. Si conseguía dar con ella podría pasarle la mano por la cara a su hermana la Vanidad.

- ¿La Voz del Viento? – El tono del indio era de perplejidad y la pútrida se dio cuenta de que no la engañaba, que el salvaje no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. En su rostro la decepción y en sus entrañas rabia.
- El Hacedor de Historias no me llama, es su voz la que está en silencio. ¿Por qué habría de mandarte en mi busca si tan solo tiene que llamarme?
- ¡Porque tú lo abandonaste, escapaste junto a los otros! ¿Por qué lo hicisteis, porque huisteis?
- No te entiendo, realmente que no. ¿Escapar? No me he movido de aquí, llevo mucho tiempo esperando.
- No esperes más, ven con migo.
- No entiendes nada, fue el Creador quien nos abandonó quien se olvidó de nosotros. Tan solo espero que algún día retome la historia y se cumpla mi destino. No iré a ningún lado contigo.
- Esto es el limbo, peor que la muerte. ¡Me acompañaras te guste o no y me dirás dónde están los otros! No seas bobo. – La pútrida intento que su tono fuese melosos, conciliador. - Él te creo como un inútil pero yo puedo hacer de ti un gran guerrero, un poderoso héroe que salvara a su pueblo del dominio del hombre blanco. Regresaran los búfalos a unas praderas renacidas y los tuyos cantaran tus gestas. Tú historia pasara de padres a hijos, se acabó ser un mierda, un paria, un…perdedor.
- No reconozco mi historia en tus palabras. Regresa no pierdas más tu tiempo.
- ¡Mi tiempo nunca acaba puesto que soy eterna, pero si mi paciencia! – Las manos de la Envidia se convirtieron en garras con uñas afiladas como cuchillas. – Rasgaré tu piel, arrancaré tus entrañas, haré que sufras una agonías inenarrables, torturas que ni en el mismísimo infierno serían capaces de imaginar. No me hagas ser desagradable contigo, en el fondo soy una buena chica. Ven conmigo.
El guerrero no se inmuto, ni pestañeo ante las amenazas de la pútrida. Extendió su brazo izquierdo hacia ella y le mostro la palma de la mano.
– Ya he estado en el infierno y se lo que se siente cuando destrozan tú cuerpo. – Se hizo un profundísimo corte con la hoja del hacha, la sangre broto abundante manchando la cuchilla y goteando sobre el suelo. – No me das miedo. – Ante los ojos incrédulos de la Envidia la herida cicatrizó en un segundo sin dejar rastro alguno.
- ¡Eso lo veremos! – Se abalanzó contra el indio y le lanzó un zarpazo. El guerrero lo esquivó hábilmente pero al intentar asestarle un golpe con su hacha perdió el equilibrio por la inercia y cayó al suelo. La pútrida lo miro con desprecio.
– Tan torpe como siempre, no tienes arreglo. Te he ofrecido la gloria y tú elegiste el infierno. - Lo agarró por el cuello y con su mano libre le desgarró el pecho. Las terribles heridas cicatrizaban al instante para desesperación de la Envidia. No obstante el indio no era inmune al dolor, la pútrida sonrió.
– Mejor. – Pensó. – Podre torturarlo indefinidamente. – Entonces el hacha se clavó en su pecho, el guerrero puso todas sus fuerzas en el golpe. Apoyó su pie derecho en el estómago de su enemiga y la empujó lejos de si al tiempo que desclavaba la afilada hoja de su arma. La Envidia rio a carcajadas.
- ¿Qué es lo que pretendes estúpido? No puedes herirme ni matarme, ya estoy muerta y a diferencia de ti yo no siento dolor. Hazte un favor y acompáñame. ¿Por qué prolongar una inútil agonía? – El guerrero permanecía con una rodilla hincada en tierra jadeando exhausto, la pútrida no entendía porque le sonreía burlón. Empezó a notar como de su frente brotaban gotas de sudor, sintió el calor abrasador del sol y miro horrorizada como los tejidos de su cuerpo se recomponían. La herida de su pecho desapareció y su apariencia se transformaba rápidamente. El guerrero limpio la cuchilla del hacha pero no eran los restos de la pútrida lo que deseaba eliminar si no su propia sangre.
- Tu prepotencia junto a tu ignorancia te han jugado una mala pasada. Si realmente tuvieses algo que ver con el Creador conocerías mi historia. Sabrías que por mis venas corre la fuerza del Espíritu del Caos, el repartió su tiempo conmigo, por eso no puedo morir hasta que el destino de ambos se cumpla. La Envidia ahora era una mujer corriente, estaba aterrada ante una situación que no entendía. ¿Qué demonios le había hecho aquel maldito?
- Te hice un preciado regalo, la vida. Disfruta de ella porque… - La decapitó de un solo golpe, el hacha ahora limpia de su sangre volvía a ser un arma mortal.
- …será efímera.

- Yo ya he estado en este lugar. – Sonó tan poderosa como la del mismísimo Espíritu del Caos pero era voz de mujer. El guerrero se giró y cayó de culo al encontrarse de frente con un enorme monstruo de piedra. La gárgola lo ignoró y empezó a deambular por el pueblo fantasma como si buscase algo. Era inmenso, de aspecto fiero y poderoso. Pensó que de ninguna de las maneras podría enfrentarse a aquella cosa. El destino se reía de nuevo de él sometiéndolo a pruebas que no podía superar.
- No es así como lo recuerdo, esto está abandonado, descuidado y no están las… - Se giró bruscamente, de sus ojos salieron rayos. El indio casi se lo hace todo encima presa del terror, el monstruo lo miraba y en sus ojos una maldad inenarrable.
- ¿Dónde están las tumbas? – Le gritó. El piel roja arrastraba el trasero por la tierra mientras retrocedía intentando alejarse de la gárgola.



Una pequeña y breve amistad.

Era como si una mano invisible la hubiera llevado hasta allí, las posibilidades de encontrar aquel extraño lugar por casualidad eran nimias por no decir inexistentes. Todo había discurrido de forma muy sospechosa, los raros aparatos que la habían acosado y obligado a descender hasta introducirse en aquella neblina para aparecer en medio de la nada. Las huellas en el polvo que la condujeron al pueblo fantasma para llegar justo en el momento en que aquellos dos parloteaban cosas que no entendía.
Permaneció volando en círculos para no perder detalle de los acontecimientos sin correr el riesgo de ser descubierta. Decir que tanto su vista como su oído eran excepcionales era quedarse mucho más que cortos. La gárgola podía otear y escuchar lo que ocurría en el mundo desde cualquier punto que se encontrara pero aquello estaba oculto a miradas curiosas por una niebla impenetrable. Era como un mundo aparte. Se sintió colérica al pensar en la posibilidad de que alguien la estuviera manejando como a un títere. El Creador le aseguro que disponía de libre albedrio, que él no podía influir en sus decisiones, pero estaba segura de que no fue la casualidad la que la condujo hasta aquel pueblo que recordaba perfectamente.

- ¿Por qué pierdes el tiempo con esa mocosa? ¿Qué sacaras de ella? Ya debemos regresar y te quedan diez lustros de pasar hambre, tanto empeño en la capitana palangana y en las 65 almas de su tripulación para nada, se te escapó.
- ¡Nadie se me escapa, calla!
- Nada hemos recogido en esta ocasión y aquí nos encontramos delante de una niña a la que ni siquiera asustas.
Eskatologico tenía razón, aunque me negaba a admitirlo Wallizard consiguió arriar velas y poner rumbo lejos de mis maquinaciones. Ahora el tiempo apremia, no he recogido miserias suficientes y aquí me encuentro, siendo condescendiente con una cría de humano.
La pequeña miraba divertida a la gárgola con sus enormes ojos extrañamente claros. Magenta la observaba desde lo alto de una gruesa rama de un viejo y enorme árbol que con todo apenas soportaba su tremendo peso.
- ¿Eres un pájaro? ¿Con quién hablas? No veo a nadie. - La niña sujetaba con su mano derecha el brazo de una deshilachada muñeca de trapo y del izquierdo colgaba una pequeña cesta de mimbre llena de extrañas yerbas. Su pelo era rubio, de un brillo dorado parecido al del oro. Le caía como una cortina sobre hombros y espalda y acababa en unos pronunciados rizos a modo de tirabuzones. Magenta giró el cuello noventa grados sin mover un centímetro del resto del cuerpo y miró a Criando Malvas con gesto de pedir consejo.
- A mí no me mires, no soporto a los críos y no sé qué hacer con ellos.
- ¡Tú no soportas a nadie cretino! Menuda ayuda tengo con vosotros dos.
Eskatologico le reprocho su actitud.-Nosotros no existimos, pensamos y decimos solo lo que tu mente perturbada imagina podemos responderte. Que sola estas, mírate, mendigando la compañía de una niña. ¿Es lo que aquí te retiene? ¿Qué no te teme? ¿Qué trato le propondrás, su alma por un caramelo?
- ¡Calla, calla, calla, calla, calla…!
La niña de no más de seis años soltó una risita divertida. – Eres un ave muy extraña. - Le dijo.-Tus ojos brillan y tus dientes son afilados como los del lobo de los cuentos de mi abuela. Además eres enoooooorme. - Sus ojos se abrieron al máximo en aquella exclamación lo que junto con la forma que adquirió su pequeña boca la doto de una expresión francamente divertida que contrario a la gárgola. Magenta la observó más detenidamente, vestía un vestido muy sencillo que se asemejaba a un simple saco y caminaba descalza. Su piel era muy blanca y destacaban sus sonrosadas mejillas.
- ¿Vives en este bosque sola con tu abuela?
- Si, como Caperucita jijijijiji. ¿Tú sabes cuentos? - La gárgola sonrió y sus dientes a modo de puntiagudas estalactitas y estalagmitas quedaron visibles.
- Algunos se.
- ¡OOOOH! –La niña empezó a dar saltos de júbilo.-¡Cuénteme, cuénteme, cuénteme!
- Ummm, deja que recuerde. Son muchos años ya de aquello. Parece que apenas ha sido un bostezo y que no me acabo ni de desperezar, pero ya aceptemos aquello de que el tiempo es relativo y no es lo mismo estar a un lado u otro de la puerta cuando nos apremia la urgencia, jajajaja aunque amigo imaginario creo que Eskatologiko me está influenciando demasiado, eso ultimo era muy guarro. Ummm, como siempre ya divago, intentare concentrarme antes de perderme en sandeces.
La niña la escuchaba embobada sin acabar de entender de lo que le hablaba.
- El caso es que un día tal como hoy, hace exactamente ochocientos años, en una de mis escapadas me di de bruces con un “aguerrido” caballero. Enlatado en una negra armadura se jactaba de sus aventuras y nunca se cansaba de aburrir a todos con unas proezas que ni a un niño de teta le cabria en la cabeza imaginar fuesen ciertas. Menudo fanfarrón el caballero itinerante, que no andante, se presentaba a todas partes dándoselas de erudito y ni escribir sabía el muy maldito.
Yo lo vigilaba discretamente, podría sacar un buen provecho de tamaña vanidad, de semejante ego y lo seguí hasta una villa. ¡Menudo lugar, era el paraíso! Un buffet libre repleto de personajes variopintos, vasallos del engaño, esclavos del que dirán, siervos de la apariencia y entre todos aquellos plebeyos lo más bello, una princesita mal criada se paseaba por el mercado despreciando a los villanos. Prendado quedo el caballero de los improperios que ella convertía en verso y dirigía con desmedida crueldad a los pobres habitantes del lugar. - Ha de ser mía. - Pensó y empezó a maquinar su plan. Rodeada siempre de aduladores la princesita humillaba a los pretendientes con su lengua envenenada, curiosa la condición humana, a más los vejaba más se arrastraban y la princesa divertida, confiada en su pedestal no reparaba en la presencia del negro caballero.-Parecer interesado no debo si no quiero acabar siendo uno más de esos. ¿Cómo pues acércame sin mostrar tener interés? - Ah la palabra, las palabras son la peor de las armas y si bien directamente no matan dañan, y mucho, si sabes emplearlas.
- Y palabras usó el negro caballero pero como piedras las catapultó hacia otro castillo. Mal se llevaban princesa y condesa, esta última, sola en su mansión celda, se desespera y sueña con un galán que de nuevo la hiciera sentir mujer. Allá apareció él con su negra armadura y sus hechuras de poeta de la rima con cinco, de dramaturgo de sainete, de músico de pandereta. “Despistado” paso por su lado y se dejó querer. Ja, ja, ja, su corazón era de piedra, cuan tanto se asemejaba a esta gárgola, cuanta vanidad, cuanto egoísmo, pero con todo el caballero tenía un punto flaco disfrazado de cinismo y su pobre espíritu confundido no acepto el desdén con que la condesa ya aburrida de sus tretas premio la deslealtad. Bien es verdad que aquel no era lugar para el caballero, odiaba a los villanos y los consideraba viles, superficiales, malsanos, sin darse cuenta que todos eran primos hermanos. Sí, también él.
Bien, ya lo tenemos afligido, abandonado por la condesa a la que realmente jamás había amado, llorando en cada letra un mensaje cifrado. - Soy yo, y soy interesante. - A los oídos de la princesita llegaron sus falsos lamentos disfrazados de cuentos y ella que aunque no lo aceptaba seguía siendo una niña se dormía y soñaba con lo que hasta las más engreída de las princesas sueña, con un príncipe azul, o en este caso, negro.

Ahí lo tenemos, de juglar y en su trova un pesar. Ella, la princesa, realmente se parecía a la condesa, a su enemiga. Aunque joven y bonita, acosada por serviles pretendientes, se sentía sola y se veía reflejada en los versos del caballero. Finalmente no pudo evitar la tentación de mandarle una misiva y sellada en cada palabra se amagaba una llamada de auxilio. - Mordió el cebo. - Pensó el caballero. - ¡Ya la tengo!-Pobre cazador cazado, el malandrín se enamoró y cuando la muchacha cayó en desgracia acosada por una bruja mala, jajaja, en todos los cuentos hay una, partió al exilio y el caballero la siguió convertido en escudero, besando el suelo que ella pisaba, ahora era un servil lacayo más de los caprichos de la princesa. Se tragó su orgullo y capeo con las iras y los constantes cambios de humor de ella, que bella a sus ojos la presencia de la princesa y en su cabeza ningún otro pensamiento, ningún otro sentimiento que el gozo de tenerla cerca y ensimismado no se dio cuenta de la sombra que los seguía.
¡Era la ira en la forma de ogro!-¿Quién es este nuevo personaje? Nunca antes lo vi e incluso a mí me enerva la sangre, (es un decir, soy de piedra y no hay sangre en mis venas.) El antiguo amante no se resigna a la perdida y el acoso es su constante, ciego el caballero no reparo en ello. Ni siquiera en el destierro la princesa encontró la paz y asustada se refugió en un agujero lejos de los brazos del caballero. ¡Qué miedo! (El del caballero) cuando la perdió y no daba con ella, ajeno a sus problemas tan solo pensó en la pena (en la suya, siempre preocupado por sí mismo) Yo tan solo era muda testigo de todo esto que os digo, en esta ocasión no fui la causante del dolor y ni tan solo tuve que influir. Todo se desarrolló sin mi injerencia así que me lo tomé como unas vacaciones.
El caballero desistió de la búsqueda cuando de forma brusca reapareció ella. El cielo se unió con la tierra, en el firmamento lloraban luna y estrellas conmovidas por el reencuentro y bla, bla, bla, cursilerías de enamorados. - Dame tu mano, comparte tus miedos conmigo y deja que te proteja, ser tu adalid de aquí en adelante, tu amante. - Qué bonito todo, que gozo, que alboroto otro perrito piloto. Jajajaja, pobre caballero, también el empezaba a superar sus miedos cuando la princesita se lo confeso. Cayó de rodillas a la orilla de un arroyo de aguas cristalinas y pudo verse el rostro reflejado en ellas, que viejo era, pasa el tiempo y no te das ni cuenta. Si, el tiempo, ese que dicen es relativo es el que finalmente los distancio, el asesino de la esperanza que secuestro el amor. Craso error el del caballero al confundir inteligencia con madurez, al no saber ver más allá de lo que le convenía y por una vez que no fue de farol perdió la partida.
Pasaron muchos años y la princesa , ahora ya reina, retrocediendo la mirada en la letanía del tiempo, esbozó una sonrisa y rodeada de hijos a la vera de su rey recordó todo aquello con cariño. - Cosas de crio. - Pensó.
El caballero ya anciano, resguardando su pecho tras la oxidada armadura de acero sigue escribiéndole versos al viento.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, bastante castigo tuvieron ambos al conocerse como para meterme por medio por lo que por esta vez la gárgola Magenta no necesito de ninguna treta para conseguir su meta y lleno su saco con suficientes provisiones para llenar el plato otros cincuenta años.
Aquel cachorro de humano la conmovió con su inocencia así que durante horas le relato sus historias, la del caballero negro y la damita descarada, la de la capitana palangana y muchas otras que la pequeña escuchaba embobada sin perder detalle.
- ¡Otra, otra otra! –L e gritaba al final de cada historia, sentada sobre el suelo aplaudía y reía sin soltar nunca su muñeca de trapo.
- ¡Ayla ven aquí ahora mismo, corre!-Magenta se sobresaltó, jamás antes había estado tan absorta en algo como para dejarse sorprender. La que gritaba era una mujer no demasiado mayor pero de edad suficiente como para ser la abuela de la pequeña. Empuñaba una rama seca como tantas otras que se encontraban esparcidas por el suelo. ¿De verdad pretendía enfrentarse a ella con un triste palo? Podría saltar sobre la mujer y destrozarla de un zarpazo en lo que dura un parpadeo pero la niña acudió presta a sus brazos y la gárgola reprimió su impulso.
- Esta es mi abuela, no me has dicho tu nombre. Yo soy Ayla. - La mujer la abrazaba y no dejaba de vigilar mis movimientos, intento retroceder llevándose consigo a la niña sin darme la espalda pero la pequeña Ayla escapo de sus brazos.
- No tengas miedo abuela, es mi amiga y sabe un montón de cuentos.
- Ven conmigo preciosa, no te acerques a esa cosa.-Le imploraba La mujer. - Ha dicho que eres su amiga. - Eskatologiko rio a carcajadas.-Tienes una amiguita de verdad por fin. Después de 800 años no está del todo mal. –Eskatologico dejo de reír y su rostro adquirió un semblante perverso. -Es tu oportunidad, acaba con la vieja y la pena la ahogara, recogerás dolor suficiente no para cincuenta si no para cien años. Nunca antes tuviste tan fácil llenar tu saco.
Ayla no comprendió porque su amiga levanto el vuelo y se marchó sin despedirse perdiéndose en el horizonte.
Cincuenta años de ayuno, escape de mi catedral pero no pensaba en saciar mi hambre, solo quería reencontrarme con la pequeña que no tenía miedo de Magenta el monstruo de piedra que no tiene otros amigos que los que inventa. Cincuenta son muchos años y Ayla ya no sería una niña, quizás ya tuviese una nieta que se la pareciese. La busque en el bosque pero no la hallé, recabe información que me condujo al otro extremo del mundo, cruce el inmenso océano topándome con naufragios, motines y tragedias con las que haber llenado mi saco y asegurado mi sustento pero solo me importaba encontrarla, que me mirara y comprobar si seguía sin temerme, si aún era mi amiga.
Finalmente llegue a un lugar desértico, a lo que debió de ser años atrás un pequeño pueblo. Estaba todo derruido y en medio de las ruinas 162 tumbas. Aquello era un mausoleo, parecía como si cada piedra, cada trozo de madera quemada fuese limpiado y cuidado con mimo cada poco tiempo. También las tumbas estaban bien cuidadas. Todo el lugar estaba adornado con abalorios indios junto a extraños símbolos nativos. En aquel lugar había mucho dolor bajo la tierra. La encontré por fin, su nombre gravado sobre una losa de piedra. ¿Cómo acabo allí mi dulce niña? Tan lejos de donde la encontré hacia cinco décadas. Me hubiera gustado conocer su historia pero debía regresar a mi catedral, tampoco esta vez conseguí nada que llevar conmigo y comprendí lo amarga que es la pena que me alimenta.

Salió de sus ensoñaciones. Había decidido caminar sobre el suelo con todo lo molesto que eso le resultaba, hablaría con el piel roja de cerca, cara a cara y sabría si le mentía.
- ¿Dónde están las tumbas? - El indio retrocedía arrastrándose por el polvo. – Aquí deberían haber más de un centenar de ellas. ¿Dónde están las ofrendas, los abalorios? No veo las lanzas ni los penachos de plumas, los colgantes. ¿Por qué no hay nada? ¡Responde miserable si estimas en algo tu vida! – Dio un salto y quedo sobre el salvaje, su enorme cabezota a la altura de la de él mirándolo con sus ojos brillantes y en cada palabra sus terribles dientes asomaban amenazantes entre las comisuras de sus labios de piedra. El piel roja no se atrevía a mover un musculo salvo su mano aferrándose al hacha. De nada le serviría contra un monstruo de piedra, se veía perdido, aquella cosa lo despedazaría y ni toda la fuerza del Espíritu del Caos podría recomponerlo luego.





Dos caras de una misma moneda.

- Adelante acaba conmigo monstruo, total, mi existencia ya no tiene ningún sentido. Que termine aquí y ahora mi historia, un final absurdo pero final al fin y al cabo. No sé quien os manda, tampoco me importa. Ya le dije a tu compañera que no se nada, ahora haz lo que debas, ya se prolongó demasiado mi tiempo.
- No me molestare en mancharme las uñas con tu sangre de alfeñique si no me obligas a ello. Mi pregunta es sencilla, solo quiero una respuesta igual de simple.
- Ya lo ves, no necesitas respuesta. Aquí no hay tumbas.
- ¡PERO DEBERIA DE HABERLAS! – El grito de la gárgola dejó momentáneamente sordo al indio que a partir de ese momento ya no pudo quitarse el molesto pitido que quedo a modo de regalo en su tímpano.
- Nunca han habido tumbas, siempre he estado aquí y te aseguro que te equivocas. ¿También tú pretendes hacerme creer que te envía el Hacedor de Historias?
- A mí nadie me manda, limítate a contestar a mis preguntas lechuguino. Yo las vi, eran 163 exactamente y en una de ellas descansaban los restos de mi dulce niña. – La gárgola se alejó del guerrero y este respiró aliviado de tenerla apartada. – Pero el Creador asegura que está viva, la busco por todos los rincones del mundo pero soy incapaz de encontrarla. El Creador me ha engañado, ella está muerta por eso no puedo verla. Tampoco encuentro su tumba. Bajo todo este polvo, de esta tierra, sentí mucho dolor. Muchas historias que son una sola están enterradas en este lugar… - Calló de forma súbita y se quedó mirando al indio, lo escudriño de arriba abajo y lo olfateó. – Reconozco tu olor, aunque mezclado con el de muchos otros lo recuerdo. Tú…tú también deberías estar muerto. Una de aquellas tumbas te pertenece pero estas aquí, estas vivo y si tú lo estas... Cuéntame tu historia. ¿Qué es este lugar, porque permaneces solo en él? – El monstruo perdió gran parte de su agresividad y el salvaje pareció vislumbrar en el brillo de aquellos ojos sin pupilas ni retinas una mezcla de desazón y esperanza.
- Esto es mi historia, aunque no sé si puedo llamarla así puesto que esta inacabada.
- ¿Y como debería de acabar?
- Una última batalla, un último fracaso. Así es como debía ser.
- ¡Maldito malnacido! – Gritó. La gárgola empezó a atar cabos. “No deberías haber visto esas tumbas, te colaste en una historia que no era la tuya.” Eso es lo que le dijo el Hacedor de Historias y ahora comprendió el significado de sus palabras. Ese es el destino que el Creador le reserva a su niña. ¡Quiere matarla! - ¡No, no puedo permitirlo tengo que encontrarla y protegerla. Debí eliminar a ese canalla, ya ajustare cuentas con él. - Una sonrisa perversa se dibujó en su cara. – Haré algo mejor que terminar con su miserable existencia. Lo matare en vida, encontrare también a la Inspiración y acabare con ella. Sera el peor de los castigos, el castigo que merece. Sin la Inspiración todos seremos libres y el Creador solo una sombra. – Se dirigió de nuevo al guerrero. – Sabré si me mientes así que medita bien tu respuesta. ¿Qué puedes decirme de Ayla? Es una niña pequeña de cinco o seis años, tirabuzones como el oro y ojos claros como el cristal. - El indio intentó recordar.
- Podría ser la hija de uno de los colonos pero no la recuerdo.
- Quizás viviera sola con su abuela. Haz memoria.
- Lo siento… - El monstruo de piedra noto que el guerrero era sincero.
- ¿Dónde se fueron esos colonos?
- Todos marcharon, estoy solo. Tampoco eso lo sé. Tu compañera pregunto por alguien al que llamó la Voz del Viento. – Señaló el cadáver de la Envidia. - Parecía importante, quizás esa persona tenga respuestas.
- ¡Esa no tiene nada que ver conmigo! – La miró más detenidamente, le recordó a aquella otra que hizo añicos en el castillo del Creador. ¿Nuevas coincidencias? No, algo gordo se está cociendo y tenía que descubrir que era. El piel roja permanecía sentado sobre el polvo, estaba totalmente abatido, rezumaba tristeza. La gárgola inspiro con fuerza alimentándose de su dolor y recupero fuerzas. Subió por una pared hasta situarse a suficiente altura como para poder desplegar sus alas y alzarse en vuelo. El guerrero la vio alejarse en el cielo.
- ¿Vas a marcharte y dejarlo así tan tranquilo? El Hacedor tiene razón, te estas volviendo débil. – La gárgola ignoró el comentario de Eskatologico, voló lo más deprisa que le permitieron las fuerzas hacia el muro de niebla y lo atravesó. No se equivocaba, aquellas dos aberraciones eran hermanas y había captado el olor de una tercera. Estaba en el buen camino, solo tenía que seguir el rastro.

- Se acabaron las tonterías, vas a decirme quien te está ayudando. Dos de mis hijas han muerto y es imposible que tú hayas podido hacerlo, te recomiendo cooperar o alguien lo va a pasar muy mal. – El Reverso Oscuro había traído consigo al viejo guerrero y lo golpeaba sin piedad ante el Hacedor de Historias que contemplaba impotente como torturaba a su desdichado personaje.
- Lo siento amigo, siento que siempre seas tú quien se lleva la peor parte, siento no poder ayudarte.
El salvaje tendido en el suelo hecho un ovillo miró con ojos interrogantes al Creador.
- ¿Por qué nos abandonaste? – El hermano perverso lo golpeó de nuevo, le propinó una terrible patada en la nariz. Se escuchó como se le rompía el tabique pero sus heridas sanaban inmediatamente de forma milagrosa. El Hacedor permanecía sentado en su trono incapaz de mover un musculo. A cada minuto su hermano se hacía más fuerte, era como si le robara las energías.
- Era inevitable, finalmente he acabado volviéndome loco.
- Siempre lo has estado hermano, aquí encerrado en este patético castillo que se vendrá abajo en cualquier momento. Construiste tus sueños sobre lodo y los cimientos de este mundo se hunden a cada segundo. Mira las paredes de tú fortaleza, no es más que un castillo de naipes que derribaría un soplo de aire. Yo colocare bloques de piedra que ni un terremoto podrá echar por tierra. Creare nuevas historias en las que la constante no sea la derrota. Pariré personajes que no sean débiles y cobardes. – Le propinó otra patada al viejo guerrero que atado de pies y manos era incapaz de defenderse. – Mira sino a este, lo encontré en medio de ningún sitio, escondido en la ruina que ha sido su vida, la patética existencia que tú ideaste para él. Un endeble llorón al que acompañaban una borracha un alfeñique y un engendro. ¿Eso es lo que entiendes por héroes? ¿Esa es tu historia épica? También daré con el resto de ellos, no te preocupes. Asistirás a su final y veras como renacen reconvertidos de vencidos a ganadores.
- Crearas monstruos engreídos, asesinos despiadados carentes de sentimientos y si no sienten no tienen sentido.
- Nada aquí lo tiene, por eso lo justo es que yo tome el mando. Tu mente es un caos, es lo único que me gusta de ti, un puzle que nunca encaja, ideas que se pierden en constantes divagaciones para finalmente desaparecer en la absurda incongruencia. No acabas nada de lo que empiezas. – Pisó la mano del salvaje con el tacón de su bota aplastándola y retorciéndola como si apagase una colilla. El indio soltó un alarido de dolor. - Aquí lo tienes, se enfrentó a mí con su estúpida hacha, se la arrebaté de las manos y la rompí ante sus ojos. Lloró como un niño. Este inútil no pudo matar a la Envidia. ¿Quién es quién te ayuda?
- Pierdes un tiempo precioso hermano. Mientras estas aquí hablando y torturando a ese desdichado, alguien vuela raudo en pos de tu ultima hija para hacerla pedazos. –El Reverso del Creador montó en cólera. De un puntapié en el estómago mandó al piel roja por los aires para acabar estrellándose contra una pared. Pudieron escucharse sus huesos fragmentarse en múltiples trozos.
- No admito fracasos, no me importan lo más mínimo esas dos. Tanto la Envidia como la Desidia me han defraudado. ¡Que se pudran en el vacío del olvido! Pero confío en la astucia de la Vanidad para salir airosa. Ahora mismo está muy cerca del Narrador, no tardara en dar con él y después la Voz del Viento me llevara hasta la Inspiración. Entonces ya no me servirás de nada, pero te reservo la mejor butaca para que contemples como la hago mía antes de que te extingas junto a todos los tuyos.
- ¿Por qué das por hecho que él sabe su paradero? ¿Por qué crees que La Voz te conducirá hasta la Inspiración?
- El Narrador se cree mejor que tú y posiblemente lo sea. Él tiene sus propias ideas, también crea mundos y en ellos la he visto a ella. La Voz del Viento te cambio por él. Ya lo ves hermano, no solo tus personajes te abandonan, también te traicionan.
- Ninguno de los dos me pertenece. Ellos no son mi creación, son quienes dan a conocer mis palabras, quienes difunden mi mensaje sin pedir nada a cambio. Son…- lo pensó mejor - Eran mis amigos.
- Tú no tienes amigos, por eso te escondes aquí dentro. Por eso creas personajes a tu imagen y semejanza. Solitarios y amargados que cargan alforjas llenas de complejos cuyo peso les impide erguir las rodillas. Los mantienes siempre en esa actitud humillante. ¿Cómo no avergonzarme de ti hermano? De ti y de tus historias sobre fracasados.
- ¡No soy un fracasado, soy un orgulloso guerrero! – Se acercó donde se encontraba el piel roja que se había puesto de pie totalmente recuperado de sus heridas.
– No me hagas reír payaso. ¿Aún no te has dado cuenta de que tú y el Creador sois uno? Míralo – agarró su cabeza y lo obligó a dirigir la mirada hacia el lugar donde el Hacedor de Historias permanecía sentado cabizbajo. – El creó un verdadero guerrero, creó a tu hermano y lo mató porque no soporta a los que son como él. Odia a los triunfadores. También tú lo despreciabas. ¿No es cierto? Lo hacías en silencio porque eres un cobarde. Solo hay una cosa que el Creador detesta más que a los ganadores y es a él mismo. Te detesta a ti, por eso te abandonó, por eso no completó tú historia. – Ahora lo obligó a mirarle a los ojos. – Yo puedo cambiar eso, tan solo tienes que ayudarme y te devolveré el favor. Haré de ti un guerrero tan formidable que tú propio hermano se sentiría honrado de luchar a tu lado. Serás el orgullo de tú padre, el líder que necesita tú tribu. Tan solo necesito que me digas lo que pasó en esas ruinas, quien es el que ayuda al Hacedor. - El indio rio entre dientes.
- Eso mismo me propuso tu hija antes de que la partiese en dos.
-¡Estúpido! – Agarró con ambas manos la cabeza del indio y la estampó salvajemente contra la pared. - Eres testarudo, ya arreglaremos cuentas tú y yo. El Hacedor ya me dijo lo que necesitaba, será más emocionante no saber a lo que me enfrento. Nada temo, sé que supero a cualquiera de sus creaciones. ¿Así que ahora vuela en busca de la última de mis hijas? No es que no confíe en ella pero quizás necesite de mi ayuda. La Vanidad es astuta, esa es casi toda su fuerza, sé que está cerca de dar con el Narrador y no permitiré que nada la detenga. – El malvado hermano del Creador soltó al piel roja que se deslizo arrastrando la espalda por la pared hasta caer al suelo. En el tabique quedó la señal en forma de descorchado del tremendo impacto que le dio con la cabeza. – Parto de inmediato, regresaré a la hora de la cena y tú aliado será el primer plato.
El Reverso Oscuro abandonó el gran salón. El rotor de un helicóptero se escuchó en el exterior, el sonido se fue haciendo cada vez más lejano. El indio respiró aliviado cuando el Hacedor de Historia lo liberó de sus ataduras.
- He luchado contra tu hermano. – Comenzó a decirle. – No tuve ninguna oportunidad. Se burló de mí, me humillo, me arrancó de mi hogar para traerme arrastras hasta aquí. – Agachó la cabeza avergonzado. – Partió el hacha en pedazos y no pude hacer nada, solo mirar como reía mientras lo hacía. He fracasado de nuevo.
- Solo eres un hombre, guerrero.
- ¿Entonces porque no muero? Ningún hombre sobreviviría al castigo al que ese miserable me ha sometido. Rompió mis huesos, aplastó mi cabeza pero sigo vivo. Vivo para cargar con la vergüenza, pero mis espaldas no soportan ya tanto peso. Permíteme descansar en paz, tú puedes hacerlo.
El Hacedor de Historias miró a su personaje conmovido. El indio fue su primera creación y le tenía especial cariño pero lo dejo de lado para adentrarse en otros derroteros, otras historias. Se olvidó de él y de sus compañeros hacía ya mucho tiempo. Es cierto, ahora lo recordó, ellos no se fueron, fue él quien los abandono.
- Lo siento, otros relatos me cautivaron y ocuparon todo mi tiempo. No seas absurdo, no ha llegado todavía tu hora, pero ahora no puedo continuar con ninguna historia. Perdí a la Inspiración y a cambio encontré mi lado malvado. Mi hermano la está buscando para arrebatármela y corromperla y mi única esperanza es un monstruo de piedra.
- Hable con ella. – Le interrumpió el piel roja. – Es poderosa pero no creo su fuerza sea suficiente para detener a tu hermano. Confío encuentre lo que busca si con eso ayuda a derrotar a tu oponente, pero no tengo claro que esté persiguiendo lo que le encomendaste. Tanto la mujer pútrida que me atacó como ella buscaban a otras que no eran la Inspiración. Por la Voz del Viento preguntó la primera y era a una niña lo que ansiaba hallar la segunda.





Cuídate de la mujer de hielo.


Paseaba encantada por aquellas amplias calles rebosantes de vida, pero no era todo aquel ajetreo lo que realmente le atraía del lugar si no sus gentes. La ciudad era un enorme mercado de la carne, un escaparate donde los habitantes eran la mercancía. Todos parecían clones, de constitución esbelta y cuerpos atléticos. Facciones propias de modelos de revista de moda, pura exaltación de la belleza estándar y anodina. Iban ataviados con ropas extravagantes, por definirlas de alguna forma. Los vestidos de ellas eran livianos, escasos de tela en su mayoría que dejaban al descubierto gran parte de su anatomía, quedando bien poco para la imaginación. Ellos, a su vez, marcaban abdominales y bulto en la entrepierna. Aquellos individuos pretendían ser únicos pero todos se parecían extraordinariamente, intentaban diferenciarse entre sí vistiendo aquellos modelitos horteras.
La Vanidad no perdía detalle de la piara de garrulos engreídos. Eran el caldo de cultivo perfecto para que ella se hiciera con el control. Los escuchaba hablar y no salía de su asombro, superficiales e incultos su vocabulario no debía de abarcar más de unas pocas docenas de palabras. Todo estaba plagado de tiendas, en su mayoría de ropa, le llamó la atención la gran cantidad de clínicas de cirugía plástica. No perdía detalle, podía pasear entre aquellos individuos y pasar totalmente desapercibida pese a su imagen gélida y cristalina. Personajes más extravagantes que ella pululaban por doquier en la gran ciudad de las apariencias donde todos pretendían ser alguien diferente de lo que realmente eran.
Pensó que si el Narrador se había instalado allí debería ser otro cretino más. Seguro era egocéntrico y narcisista. Que fácil resultaría manipularlo pero aún debía de encontrarlo y entre aquella marea humana de fotocopias le resultaría difícil reconocerlo. Realmente no tenía ni un solo dato revelador sobre él ni descripción alguna pero estaba segura que, si a su padre le parecía tan importante, sin duda alguna tendría algún rasgo peculiar que lo delataría.
Llegó a una zona que claramente dedicada al ocio, allá donde alcanzaba su vista no había otra cosa que discotecas. A través de las puertas se escuchaba a todo volumen supuestas melodías que a la Vanidad se le antojaban monótonas y estridentes.
– Debería ponerme al día, la última vez que salí de fiesta estaba de moda Johann Sebastian Bach. – Bromeó consigo misma. Escogió un local al azar y entro a investigar. Quizás el Narrador fuese popular y alguien la conduciria hasta él. Pronto se arrepintió de su idea, la supuesta música era ensordecedora y vomitiva. Luces intermitentes la cegaban y hacia demasiado calor, ella no soportaba el calor.
Un tipejo con camiseta de rejilla y enormes pantalones que se deslizaban por la cintura dejando al descubierto su ropa interior la invito a bailar. - ¿Por qué no? – Pensó. – Quizás pueda sacar información de este imbécil. – Estaba segura que en ningún momento sonaría un minué así que contemplo como se movían aquellos cretinos para aprender. Parecía una convención de epilépticos, en vez de bailar asemejaban sufrir espasmos, se contorsionaban como si se hubieran introducido una anguila eléctrica por el intestino grueso. Antes de que pudiera reaccionar el tipo de los pantalones caídos la sujeto por la cintura y empezó a restregarle la entrepierna por el trasero.
- Me gusta tu conjunto, es muy original. ¿Eres diseñadora? – El tipo debía estar desgañitándose a puro grito para hacerse oír entre la estruendosa música. - El vestido de la Vanidad era más bien una especie de túnica al estilo grecorromano, muy sencilla, con un amplio escote y una gran abertura en el costado derecho que dejaba asomar su larga pierna al más mínimo movimiento. El modelito no tenía realmente nada de particular y menos si lo comparaba con los del resto de bailongas. Supuso que había topado con un adulador. Le encantaban los aduladores, tan falsos, tan hipócritas, tan predecibles. El tipo se estremeció.
- ¿De dónde has salido tú? Estas helada. - Se giró y lo estrechó por el cuello entre sus brazos acercando mucho sus labios a los de él. Inmediatamente la nariz del “galán” se puso roja al recibir el aliento de la Vanidad. De sus fosas nasales empezaron a descolgarse algunos mocos.
- ¿Te gusta el reggeton?
- ¿Que diantres es eso?
- ¿Qué es “diantres”? - La gélida sonrió – menudo idiota.- Pensó. Apretó su cuerpo al de él, el individuo comenzó a tiritar de frio.
- En este local se han pasado con el aire acondicionado. – Se estremeció de nuevo. - No pareces de aquí. Si quieres podría enseñarte otros lugares y si te apetece ver mi casa, la decore yo mismo. – Le frotó la pierna desnuda sobre la bragueta, el tipo se encogió e intento soltarse pero ella lo sujetó con fuerza.
- He cambiado de opinión, suéltame te lo ruego. – La gélida ignoró sus suplicas y lo abrazó aun con más fuerza. El desdichado notaba como el intenso frio entumecía todos sus músculos, intento apartarla de un empujón pero aquella extraña mujer era mucho más fuerte que él. Quiso gritar pero ella sello su boca con sus labios. Algunos sonrieron a su alrededor al ver la escena, imaginando cual sería el desenlace aquella misma noche entre esos dos. Cuan equivocados estaban en sus conjeturas. Lo tenía completamente en sus manos, helado, inmovilizado e incapaz de gritar. Le acerco la boca al oído y le hablo en susurros, su voz se introdujo como un aguijón en el tímpano, ya no escuchaba otra cosa que a la gélida.
- Busco a alguien, alguien importante al que llaman el Narrador. Dime donde se esconde y te dejare marchar. – Seguían bailando pero era ella quien lo movía como a un pelele. Ahora es ella quien acerca el oído a la boca del cautivo en espera de respuesta. Acaricia su nuca y lo atrae hacia si con un movimiento brusco. El tipo balbucea en un hilo de voz pero la Vanidad es capaz de escucharlo perfectamente.
- No conozco a nadie con un nombre tan ridículo, no te miento déjame ir.
- Aun no te he torturado lo suficiente como para creerte. Tu respuesta no es la correcta. Te lo preguntare por última vez. – Empezó a besarle el cuello y luego descendió con la lengua hacia su pecho, al contacto el cuerpo del tipo quedaba rígido totalmente congelado. Con la mano derecha empezó a frotar su entrepierna buscando la cremallera, cuando la localizo la deslizo.
- ¿No querrás que empuñe tu juguetito verdad? Me apetece metérmelo en la boca, me encantan los “polos helados”. El pobre desdichado empezó a llorar desconsolado. Sus lágrimas se congelaban a medio recorrido sobre las mejillas.
- Por favor, por favor, por favor… - Gemía. – La gélida se relamió pasando la lengua por los labios.
– Un duro y rígido helado se parte con facilidad. - Metió la mano en la bragueta, hurgando sobre los calzoncillos de su víctima, que al contacto no pudo evitar la erección pese al terrible frio. – ¿Dooondeeee está el Narraaaadooooor? – Le canturreó.
- No…no se de quien me hablas, por compasión, déjame marchar, te juro que no lo conozco. – La Vanidad lo hizo callar con un beso, le agarró el pene. De inmediato se congelo para a continuación troncharlo. Los ojos del desdichado se abrieron como platos, la lengua de ella se le había introducido hasta el esófago impidiéndole gritar. Su aliento lo heló por dentro, el corazón se le detuvo. Quedó de pie, rígido en medio de la pista de baile. Nadie reparó en que estaba muerto. La gélida salió de la sala convencida de que no sacaría nada en claro en aquel lugar.




¿Corazón de piedra?

El Creador, pese a su abatimiento, no pudo evitar sonreír conmovido al escuchar al indio. – Pobre gárgola. - pensó. – Espero su corazón de piedra no se convierta en graba cuando por fin encuentre lo que busca. - La creó loca pero malvada. ¿Cómo podía imaginar que se encariñaría de una niña de esa forma? Su hermano tenía razón, atormentaba a sus personajes. Los ideaba solitarios y después de tantos años, tantos siglos, la gárgola se topó de bruces con algo desconocido para ella, con cariño. – El indio lo saco de sus ensoñaciones.
- Hay algo que no entiendo. – Le dijo. - ¿Cómo es posible que, siendo tú mismo, tu hermano desconozca la existencia del monstruo de piedra. – El Hacedor sonrío de nuevo.
- No espero que lo entiendas, solo te diré que tengo muchas caras y, siendo uno, todos mis mundos son diferentes. Mi hermano no es consciente, aun no me consumió lo suficiente como para darse cuenta de esto. Por eso no he desaparecido del todo aunque tan solo soy una sombra. En algún momento dos de mis universos se mezclaron, fue un error, una disfunción y la gárgola se paseó por una historia que no era la suya. Es por ello que no la ha descubierto de momento.
- Tienes razón, no te entiendo. ¿Y ahora qué hacemos?
- Solo podemos esperar y confiar en ella. Toma, tengo algo para ti. – El hacedor de Historias alargó su mano hacia el piel roja ofreciéndole el hacha que empuñaba.
– ¡La has recompuesto!
- Aún no soy un completo inútil. Te aseguro que cuando todo esto acabe no me olvidare de nuevo de ti. – El piel roja aceptó el regalo sin poder pronunciar una palabra, se lo agradeció con la mirada.


- ¿Dónde mierdas vamos? ¿Quieres dejar de hacer idioteces? – La gárgola volaba a ras del mar a toda velocidad sin hacer caso de los reproches de Eskatologico. Evitaba toparse con cualquier embarcación y sobre todo temía que la descubrieran de nuevo aquellos artefactos voladores que la incordiaron hacia unas horas. Los monos habían progresado mucho en dos siglos, sus nuevas armas resultaban peligrosas incluso para ella. El monstruo de piedra conocía bien la condición humana y le extrañaba que con semejantes aparatos aún no se hubieran exterminado entre ellos.
- ¿Aun no te das cuenta de que el Creador te está manipulando? Dices que por fin eres libre pero estas haciendo exactamente lo que él desea que hagas. ¡Olvida a la mocosa, vamos a recolectar almas! ¡Divirtámonos un poco con los monos!
– Ha perdido la razón por completo, tenía que pasar un día u otro. – Criando Malvas se había envalentonado demasiado al hacerle esa afirmación a Eskatologico.
- ¡CALLAOS LOS DOOOOOOSS! Joder, podía haber ideado cualquier cosa, imaginado unos amiguitos que me hicieran la pelota, simpáticos y agradables. ¡Pero creé a un par de idiotas renegones y protestones! Ya estoy harta, cuando encuentre a Ayla no os necesitare, no necesitare de amigos imaginarios nunca más.
- Eres miserable y desagradecida. Somos lo que tú quieres que seamos. No puedes imaginar “amiguitos simpáticos” porque desconoces como hacerlo. Eres huraña, resentida pero sobre todo, malvada y egoísta y así somos nosotros. No me hagas reír, suponiendo que la mocosa no se cague en las bragas cuando te vea. ¿Crees que te acompañara, que compartirá su vida contigo hasta? - Eskatologico rio. - ¿..Hasta que muera? ¿Cuánto podrá vivir un humano ahora? ¿80.90…100 años? Eso para ti es un suspiro. Aún no te das cuenta de lo absurdo que es todo esto?
- Puedo hacer que viva eternamente, ya lo hice con la Capitana Palangana.
- ¿Agradecerías su amistad con semejante maldición? Me gusta la idea, es realmente perversa.
- ¡Dejadme en paz! Ahora solo quiero encontrarla y salvarla de eso que dice el Hacedor la amenaza. Después será el turno de liberarla del destino que el Creador le reserva.
- ¿Pero porque? ¿Qué te importa a ti todo eso? – La gárgola estaba manteniendo una autentica lucha interior consigo misma. Sus dos conciencias intentaban por todos los medios que desistiera de su empeño y tantas dudas la atormentaban. Sus acciones eran ilógicas, se estaba guiando por sentimientos absurdos, sentimientos propios de los monos. Solo fueron unas pocas horas pero no podía quitarse de su cabezota la imagen de la pequeña de los tirabuzones de oro y los ojos de cristal, riendo y aplaudiendo con su muñeca de trapo en la mano. Ilusionada con las historias que le contaba el monstruo que no tiene amigos. Vislumbró tierra a lo lejos y olfateo con fuerza. Distinguió claramente su fría fragancia, se estaba acercando a su presa. Aceleró al máximo.

…Pero no lo entiendo…¿Por qué la princesa se marchó con el ogro? Los ogros son malos y “zuzios”. ¡Es injusto, “pobe” caballero! – Los rayos del sol se colaban a través de las copas de los árboles incidiendo sobre la pequeña. Un baño de luz que la proporcionaba un aurea mágica. Sus dorados cabellos brillaban como el oro y su pequeño y redondo rostro resplandecía. Sentada sobre un manto de hojas secas, con su vestido de saco y los pies descalzos, la muñeca de trapo siempre en la mano y a un lado la cesta de mimbre repleta de yerbas. La niña en si misma parecía un personaje de cuento y la gárgola desde lo alto, posada en una rama del frondoso árbol, la observaba sin poder apartar un instante la mirada de aquel cachorro de humano. La pequeña zezeaba de vez en cuando y se tragaba algunas letras cuando hablaba, lo que a la gárgola le resultaba especialmente divertido. Vio como los ojos de cristal de la niña se humedecían.
- No te entristezcas, el ogro en realidad era un príncipe al que un malvado brujo había hechizado para distanciarlo de la princesita. Pero, cuando por fin reconoció que bajo el feo aspecto del monstruo realmente se hallaba su amado. Lo beso y, como en otros cuentos cuando besan al sapo, recuperó su original apariencia de mancebo joven y guapo.
- ¿Y ya no quiso al caballero?
- El caballero negro se hizo a un lado y no se inmiscuyo entre los amantes. Él solo quería que la princesa fuese feliz. Interferir la hubiera hecho desgraciada de nuevo, así que cogió su caballo y marchó hacia el horizonte con el sol a su espalda.
-El “zol” era su princesa y “atraz” la dejaba en brazos de otro. Es bonito pero triste que un adalid tan devoto renuncie a su “felizidad” por la de ella. Tanta generosidad es verdadero amor y tú decías que el caballero era ruin y egoísta.
El monstruo de piedra quedo boquiabierta por el comentario de la niña. Con tan pocos años y tan inteligente, tan intuitiva. – Redención. – Le contestó la gárgola. – Eso es lo que le proporcionó la princesa al negro caballero. Purgar su pasado y, comprender al fin, que es malo hacer daño a otros aprovechándose de sus sentimientos.
- Le pagaron con “zu” misma moneda pero aun “azí” me da pena. – La niña abrazó a su muñeca con fuerza y agachó la cabeza. La gárgola desde lo alto de su árbol no podía verle ahora los ojos pero intuyó sus lágrimas.
- No llores pequeña, no sientas pena. El caballero prosiguió sus aventuras. Capturó piratas y rescató a otras princesas acabando con sus dragones captores.
- ¿Eres un dragón? – La interrumpió. La gárgola no pudo evitar una soltar una carcajada.
- No, no lo soy.
- ¿Qué pasó “entonzes” con el caballero?
- Ayudó a nobles y aldeanos, que agradecidos y admirados de sus gestas, lo coronaron rey de un país lejano. Allí se enamoró de nuevo, se casó y tuvo muchos hijos. Pero esa es otra historia.
- Ja, ja,ja. – Rio la niña. – ¡Cuenta, cuenta, cuenta, cuenta!
- El caballero acabo loco escribiendo tonterías. Recluido en un agujero hasta la que lo sorprendió la muerte solo. Nadie lo echó en falta y cuando lo encontraron hacia días que lo velaban las ratas. ¿Por qué mientes? ¿Por no entristecerla? Empiezo a sentir vergüenza ajena.
La gárgola giró su enorme cabezón hacia la izquierda. – ¡Me importa una mierda lo que sientas y contare la historia como me apetezca!
- No seas mal hablada o escandalizaras a la mocosa.
Ahora miró a su derecha y a punto estuvo de empezar a lanzar toda una andanada de exabruptos cuando se mordió la lengua. Criando Malvas tenía razón. Miró de nuevo a la niña y la sorprendió riendo.
- Jijijiji, lo “haz” hecho otra vez. Estas hablando sola, eres muy divertida.
- No lo hago, a mi lado están mis amigos. - Señaló a su izquierda levantando ambas garras delanteras con las palmas hacia arriba e hizo las presentaciones. – Este es Eskatologico, un bufón al que le gusta llevarme la contraria. A veces es más molesto que un grano en el culo pero se le acaba cogiendo aprecio. – Repitió el gesto pero ahora señalando a su derecha. – Y este es Criando Malvas, un tipo algo tristón pero de buen corazón.
- Me dan ganas de vomitar. – Protestó Criando Malvas.
- Shhhhhh, le ordenó la gárgola.
- ¿Por qué yo no puedo verlos?
El monstruo de piedra bajó la voz y empezó a cuchichear como cuando los niños comparten un preciado secreto o critican a otro que se halla un poco apartado. – Solo pueden verlos aquellos que realmente lo desean.
- Pero yo quiero verlos, quiero, quiero, quiero pero no puedo.
- Cierra los ojos y ellos tomaran forma en tu imaginación, tendrán la apariencia que tú quieras.
La niña cerró los ojos con fuerza y se concentró, abrazó su muñeca apretándola contra el pecho. Un pequeño pliegue apareció en su frente y las fosas de su nariz se abrieron más de lo debido dándole a su pequeña nariz un aspecto que a la gárgola le pareció sumamente gracioso. Una de las pocas veces que la niña acompañó a su abuela a la aldea más cercana del bosque donde vivían, coincidieron con unos saltimbanquis ambulantes. Aquellas personas ataviadas con llamativos trajes de colores que hacían malabarismos con palos y pelotas se habían quedado grabadas en su mente. Imaginó a Eskatologico vestido con una cazadora de rombos verdes y rojos, unos leotardos amarillos y un divertido gorro de tres picos adornados cada uno de ellos en el extremo por borlas azules. Criando Malvas tenía la cara pintada de blanco y dibujada una boca con las comisuras de los labios exageradamente hacia abajo, dándole una expresión sumamente triste. Ataviado con ropas oscuras y descalzo hablaba con gestos en vez de palabras. Abrió los ojos y ahí estaban a ambos costados de la gárgola. El arlequín haciendo malabares y el payaso triste jugando con una mariposa. La niña rio encantada y empezó a dar palmas nerviosa.
- ¡Ya los veo! Jijijiji.
- ¡Ayla ven aquí preciosa, apártate de esa cosa!
¡Apártate de esa cosa! Las palabras retumbaban en su mente. Así es como la veían los humanos, como una “cosa” horrible a la que había que tener miedo. En cualquier otro momento habría estado orgullosa de oler el pánico rezumando por los poros de aquella vieja, pero en aquella ocasión se sintió realmente como algo desagradable, algo sucio. La abuela de la niña la observaba horrorizada pero temía más por la vida de su nieta que por la suya propia. - Los humanos son realmente extraños. - Pensó el monstruo de piedra. Jamás estaría más a salvo la pequeña que bajo su protección y no tenía ninguna intención de hacerla daño pero si a la vieja. Sintió el deseo de despedazarla por haber interrumpido el mejor momento de su larga existencia pero la niña corrió a los brazos de la anciana para tranquilizarla.
- No tengas miedo abuela, es mi amiga y “zabe” un montoooon de cuentos.
- Nunca se te presentó mejor ocasión que esta, acaba con la vieja y la ahogara la pena. Aliméntate de su dolor y saciaras tu hambre no por cincuenta sino por cien años.
- Yo soy Ayla. ¿Y tú cómo te llamas?
No le respondió, salió huyendo antes de correr el riesgo de abandonarse a su instinto asesino instigado por Eskatologiko.
- “No tengas miedo abuela es mi amiga, mi amiga, mi amiga…” – Aquellas palabras se le quedaron grabadas a fuego en su duro corazón de piedra. 250 años habían pasado desde aquello, 200 desde la anterior vez que la busco y encontró su tumba en aquel pueblo fantasma. Pero el Hacedor le aseguró que estaba viva y ella mordió el anzuelo. Aunque sea absurdo se aferraba a la esperanza de que no la hubiese mentido. ¿Cómo iba a estar viva? – “El tiempo es relativo y en mi mundo lo mismo da un siglo que un minuto.”
- Te arrancare las entrañas si me has mentido maldito. – La gárgola pensaba en mil y una formas de hacer sufrir al Creador. – Si, eso es. Matare a la Inspiración y ya no podrás hacerle daño nunca más, no dispondrás de nuestras vidas como te apetezca, no enterraras a mi pequeña en este asqueroso pueblo. - Perdida en sus divagaciones apenas se dio cuenta de que había llegado a una ciudad. Era de noche pero el neón lo iluminaba todo. Ya no era como siglos atrás que ante su presencia todos huían impotentes ante su poder. Ahora debía mantenerse oculta a las miradas de los monos o tendría serios problemas. Le llegó el gélido aroma de la tercera de las hermanas, debía de estar muy cerca.


El palacio de arena.

 Pronto amanecería y tras sus pesquisas, después de dejar un auténtico reguero de témpanos de hielo, lo único que había averiguado la Vanidad, es que si algo no era el Narrador, eso es “popular”. Nadie había oído hablar de él. ¿Dónde podía estar alguien que, en un lugar como aquel en el que todos eran auténticos posters publicitarios de sí mismos, fuese tan anodino como para pasar desapercibido? Lo llevaba meditando largo rato mientras paseaba ignorando los comentarios que a su paso provocaba, en mayor cantidad lascivos y en menor medida pretendidos piropos dignos de sonrojo. Que afortunados aquellos mortales de que tuviera cosas que hacer, le apetecía una masacre pero no debía llamar la atención o papá se enojaría con ella. Debía concentrarse en su misión. En algún lugar tenían que estar recluidos los “don nadie” y no podía ser otro sitio, otro lugar que el extrarradio. Seguro existía un gueto donde encerrar a los impopulares. Ya casi era de día cuando llegó a las afueras. La ciudad se acababa de golpe y la línea en donde moría la gran urbe se definía claramente. Una última calle dedicada a lujosos hoteles y después la nada. Allá donde abarcaba la vista, solo piedras, y en el horizonte el mar. La gélida empezaba a desesperarse cuando a su fino oído llegaron los acordes de melodías muy diferentes de las que le habían atormentado a lo largo de la noche. El callejón era minúsculo, tanto que le costó reparar en él. Se adentró en la callejuela siguiendo la música como una rata al flautista, embelesada, hipnotizada por el canto de unos instrumentos desbocados en una orgia de notas. Al final la calle se ensanchaba y al fondo se hallaba un pequeño local de una sola planta. Austero sería el mejor termino para definirlo. Una farola de luz mortecina alumbraba la entrada, sobre la humilde puerta un rotulo que parecía había sido pintado por un niño rezaba el presuntuoso nombre de “Villa Corleone”.
– Quien quiera que more el lugar, a su manera también es un engreído, menudo nombrecito para un vulgar chamizo. – La Vanidad sonrió malévola mente. – Esto que suena es jazz del bueno. – Pensó. - Hasta el momento solo se había topado con cráneos vacíos pero quizás acababa de cambiar su suerte. Los de ahí dentro sin duda eran diferentes y el Narrador podría estar entre ellos. La puerta chirrió cuando la empujó y ya en el interior se encontró con un lugar minúsculo. Unas pocas mesas engalanadas con manteles rojos y sobre ellas unas lámparas que imitaban a las velas, todo muy humilde pero con cierto gusto. El escenario estaba vació como el resto del local, la aguja se deslizándose por los surcos del vinilo se apreciaba nítidamente. - ¿En plena era digital aún hay alguien que escucha discos? - La gélida cada vez estaba más intrigada. La sobresaltó una voz nasal de tono algo aflautado, todo lo contrario del timbre “machorro” habitual entre la mayoría de los habitantes masculinos de la ciudad.
- Mi intención es que algún día pueda traer un grupo en vivo, pero como puedes ver, mi parroquia es demasiado limitada como para poder permitirme eventos de ese tipo. Bienvenida a mi hogar, por lo habitual nadie se acerca hasta aquí si no se ha extraviado. ¿Es ese también tu caso? – Lo vio en un rincón mal iluminado camuflado en la penumbra, cuando se acercó para saludarla estrechándole la mano, pudo verlo con claridad a la luz de las falsas velas. No era alto, tampoco bajo, algo relleno y tras unos cristales podía apreciarse su mirada miope. Tejanos, zapatillas y una camiseta estampada con un dibujo infantil. Este tipo es un friki, una autentica especie en vías de extinción en “Ciudad…Ciudad Vanidad.” La gélida se rio para sus adentros de su propia ocurrencia. Realmente la puñetera ciudad parecía haber sido construida en su honor y se encontraba precisamente ante el único disidente. Ese es el rasgo diferencial, el lechuguino de las gafas de culo de botella y la tripa emergente no podía ser otro que el Narrador. Debía ponerlo a prueba para no cometer errores y asegurarse de su identidad, aparte de ser cauta para que no sospechara de sus intenciones.
- Me gusta el jazz, en toda la noche no he escuchado otra cosa que los desagradables compases de algo que llamaban reggeton. - La Vanidad evito estrechar la mano de su anfitrión simulando estar tan abstraída por el local y la música como para no darse cuenta del saludo. –Pero no es la música lo que me ha traído hasta aquí. Estoy buscando a alguien y creo que por fin lo he encontrado. – El tipo de la camiseta infantiloide la miro intrigado, antes de que pudiese decir nada, la Vanidad empezó a recitar de memoria.
- "Se dirigió hacia la salida del local, con pasos cortos, pausados. La antigua herida del costado le empezó a molestar, como queriendo evocar tiempos pasados. Hacía mucho tiempo que no disparaba contra nadie, que no mataba, pero la náusea que le había invadido al contemplar el rostro de su última víctima ya no le había abandonado nunca. Un pasado muy lejano, que pensaba ya olvidado en el fondo de alguna botella, lo había alcanzado para ajustar cuentas. El forastero era un pistolero, no tenía ninguna duda, y había llegado hasta aquel apestoso pueblo sólo para enfrentarse a él."

La respuesta no se hizo de esperar. - "Fuera del bar, un cielo ceniciento cubría los tejados y no permitía ver el sol. ¿Qué hora sería? Desde allí no podía ver el reloj del campanario. Daba igual. Cualquier hora es buena para matar o morir. Sentía que había vivido más de lo que le correspondía y que los muertos que atormentaban sus sueños habían decidido cobrarse su deuda."
- ¿Lo has leído, leíste a mi pistolero?
- ¡Eureka, lo tengo! - Exclamo para sus adentros la Vanidad. - ¿Y quién no lo ha leído? No pude dejar de devorarlo desde que abrí la primera página hasta llegar al punto y final. Ha sido mi libro de cabecera junto a tu “País de Oz” (mi “biblia”) desde entonces.
La expresión que se plasmó en el redondo rostro del tipo certificaba el triunfo de la gélida. Tuvo que esforzarse mucho para que en el suyo no se reflejara más alegría de la necesaria. Ahora la mirada del Narrador era incrédula.
– No imagine que nadie, salvo mi amigo, lo hiciera. A fin de cuentas, ambas obras no fueron más que un juego entre los dos.
- ¿Falsa modestia o realmente piensas que no valen la pena? He recorrido miles de kilómetros solo para poder conocer a mi autor favorito. – La gélida se había puesto unos guantes de forma disimulada y ahora si le ofreció su mano que el Narrador se abalanzo a estrechar. – Ese al que llamas “amigo”... – Prosiguió. - ¿Acaso te refieres al Hacedor de Historias? - La excitación del narrador iba en aumento.
- ¿También lo conoces a él?
- Que remedio, tus novelas y las suyas se complementan y por separado pierden algo de sentido, pero ese tipo, el “Hacedor”, es un mediocre. Me resultó un suplicio leer sus libros. Su “pistolera” es un personaje sin personalidad ni glamour y sus andanzas un folletín sensiblero sin chispa. Sin embargo…sin embargo las aventuras de Flanagan tienen ritmo, emoción, te cautiva junto con el viejo Centella y el resto de camaradas.
- Compartimos a ese personaje, a “Centella”. Realmente le tome mucho aprecio al anciano caza recompensas.
- ¡Claro! Tú le dotaste de vida, le diste una personalidad fuerte y sentimientos. ¿Y que hizo con él el Creador? Lo convirtió en un despojo como a todos sus personajes.
- Pero realmente Centella es obra suya…
- Se lo arrebataste, con tu talento lo hiciste tuyo, no te avergüences de reconocerlo. Superas al Hacedor con diferencia, entre ambos hay un abismo.

- No sé qué pensar. Ya te he dicho que todo empezó como un juego.
- Que no te ciegue tu amistad por ese mentecato. Él solo se aprovechó de ti, no te aprecia en lo más mínimo. Intentó arrebatarte las ideas para hacerlas suyas y, si es cierto, para él solo era un juego en el que te engaño como lo hace con todos.
- Parece que lo conoces muy bien por como hablas de él.
- Lo conozco demasiado, créeme. Somos… en cierto modo somos familia.
Ahora el Narrador miraba receloso a la Vanidad y está reparó en ello. - ¿Cuánto hace que no tienes noticias de ese cretino?
- Mucho ciertamente. – La contestó.
- Ni las tendrás, ya no le eres útil. Para él tan solo eres su narrador borracho, otro despojo más. Pero tú no eres uno de sus personajes, tú eres un “creador” un “hacedor de historias” mucho mejor que él y por eso te envidia, te teme. Pero has dejado de dar señales de vida, llevo meses esperando impaciente tus nuevas historias, pero estas no llegan y eso me desespera. Por eso he venido a verte, necesito de tus letras. ¿Por qué me miras de esa forma? – El narrador la observaba fijamente, buscaba algo en el rostro de la Vanidad que a la gélida se le escapaba.
- Creí que había aprendido a reconocer al Hacedor tras todos sus disfraces. Muchas veces se acercó a mi bajo otras pieles, otras personalidades. Cuando se despojó de todas sus máscaras lo tomé como un gesto sincero de redención y no le di mayor importancia. Pero ahora has aparecido tú de improviso con esta historia de que me buscabas y con todos tus halagos. Ya no sé qué pensar, he aprendido a desconfiar de todo el mundo.
- ¿Piensas que soy él? – La gélida rio a carcajadas. - Ves, me das la razón, ese tipo no es de fiar, pero yo sí, y créeme, solo de pensar de ponerme en la piel de ese impostor me produce gastroenteritis. Te admiro de verdad, ya he remarcado que soy una mujer sincera, por eso no entiendo que haces dentro de este solitario y apartado lugar. ¿Por qué no estas escribiendo apasionantes cuentos, creando mundos nuevos?
El narrador empezaba a caer bajo el influjo de la Vanidad, sus zalamerías junto con su enorme belleza lo estaban subyugando. Le fascinaba la piel cristalina de la gélida, las sinuosas curvas de su cuerpo.
- No lo creas jaja. – Se le escapó una risa de autocomplacencia y corrió hacia una puerta que se hallaba en un rincón oscuro al fondo de la sala. – Ven, quiero enseñarte algo. – La gélida lo siguió hasta ponerse a su lado. El narrador abrió la puerta y una luz blanca e intensa la cegó obligándola a cerrar los ojos. Cuando recuperó la visión se encontraban los dos en medio de un enorme y suntuoso palacio rodeados de innumerables columnas que sostenían arcos mudéjares y en lo más alto una hermosa cúpula. Todo era de blanco e inmaculado mármol. En el centro de la sala, una fuente con cinco surtidores de los que se elevaban sendos chorros de agua cristalina. La gélida no pudo reprimir el impulso de pasar la yema del índice por la superficie y una capa de escarcha lo cubrió todo al instante. El narrador no se percató de ello, estaba ilusionado ejerciendo de Cicerón, enseñándole a su flamante nueva amiga su obra más reciente.
- Este es mi Palacio de Arena. ¿Qué te parece? – Vio que estaba complacida, lo que no imaginaba era el motivo real de su expresión de satisfacción. Había dado por fin con el escondite donde el Narrador se ocultaba del mundo real. ¿Quién sabe que otros personajes evadidos le acompañarían allí dentro? Quizás se encontrara allí la Voz del Viento e incluso podría hallar a la mismísima Inspiración. La Vanidad estaba eufórica, segura de que su hallazgo no defraudaría las esperanzas que su padre había puesto en ella.
- ¿De qué trata tu nuevo relato?
El narrador estaba encantado con la atención que le prestaba la gélida, ciertamente la vanidad de los hombres era la mejor de las armas de las que disponía el Reverso Oscuro y El Narrador tampoco carecía de ella.
- Te presentare a algunos de mis personajes. – La gélida disimulo su satisfacción al escuchar aquello, estaba muy cerca, sentía su triunfo tan próximo que la quemaba.
El Narrador casi corría, estaba ansioso por enseñar a su admiradora todos los recovecos del palacio de arena. La gélida lo seguía sin dificultad con grandes zancadas de sus largas piernas, sin perder en ningún momento su fría distinción. Tras atravesar un largo pasillo llegaron a otra sala circular, era casi tan grande como la estancia de la entrada y estaba atestada de puertas de diferentes colores. El Narrador se dirigió hacia una de un hermoso tono verde.
- Te ruego mantengas el silencio, no debemos interrumpir a los personajes, nuestra presencia podría sobresaltarlos.
- Seré una tumba no te preocupes.
Empujaron la puerta esmeralda y juntos observaron la escena. Un viejo sentado sobre una alfombra, en lo que parecía una lujosa mansión, contaba historias a una niña. El anciano, con un rostro sonriente que acentuaba aún más sus arrugas y las marcas del sol, se acercó a la cama de la niña y le dio una caja de madera adornada sencillamente con unos relieves ya desgastados por el paso de los años. Simulaban la arena del desierto y unas palmeras. Había esperado a que terminara la fiesta del noveno cumpleaños de su nieta para entregarle la caja cuando todos se hubieran marchado, la pequeña estuviera ya acostada y la casa a oscuras para evitar las miradas siempre vigilantes del padre.
- Ábrela.
La pequeña abrió la caja cuidadosamente, como si se fuera a romper en sus manos. En su interior había un colgante. Una pequeña piedra verde con forma de óvalo, tallada con esmero y que pendía de una fina cadena de oro.
- ¿Era de ella, abuelo? ¿De tu princesa?
La gélida no prestaba demasiada atención, buscaba con la mirada otros personajes que le fuesen más familiares, aquellos dos le traían sin cuidado. Cuando el Narrador le susurro sus explicaciones hizo como si realmente le interesaran.
- Ella es Ayla, él su abuelo. En el pasado fue un valeroso “targuí”, un hijo del desierto, un guerrero de las dunas. Un tuareg de otro tiempo olvidado en el que las únicas fronteras de su árido mundo las ponía el calor del día, el frío de la noche y el preciado recurso del agua. De esto trata mi nueva historia, de su vida, de sus hazañas y…¿Cómo no? De un amor imposible.
- ¡Impresionante! Estoy ansiosa por conocer más detalles. – Que gran actriz era la gélida, nada sospechaba el Narrador, en verdad creía que sus halagos eran honestos. La Vanidad sabía explotar perfectamente la debilidad que llevaba su nombre. Cerraron con cuidado cuando se escuchó un estruendo que parecía provenir de la primera sala en la que estuvieron. La mujer de hielo se sobresaltó.
- ¿Qué demonios ha sido eso?
- Ni idea, vallamos a averiguarlo. – Cuando el Narrador se disponía a marchar hacia el lugar la gélida lo detuvo.
- No importa, seguro no es nada. Enséñame más. – Le rogo, estaba ansiosa por ver que más podía descubrir, por lo que el Narrador aún tenía que revelarle, por encontrar a los personajes del Hacedor de Historias.
- Tienes razón, esto es muy nuevo, aún queda mucho por hacer y los cimientos de mi historia son débiles. A veces rechinan y hacen sonidos extraños. Ven, te mostrare al verdadero protagonista de mi relato. – Ahora se dirigieron hacia una puerta de un rojo intenso, casi sofocante. El Narrador la abrió.
- Aquí lo tienes, el abrasador y despiadado desierto. – La gélida cerró de un portazo lo que dejo perplejo a su interlocutor. - ¿Qué pasó, hice algo malo?

- No, no…perdona mi brusquedad. – Le respondió la mujer de hielo. – Creo que sé lo suficiente, temo perder la emoción de la historia si me cuentas demasiados detalles. La angustia que reflejaba el rostro de la gélida no pasó desapercibida para el Narrador.
- ¿Te encuentras bien?
La mujer retomo la compostura y su voz recupero el tono seguro e hipnótico. – Estoy perfectamente, es solo que todo esto es tan hermoso que me deja sin aliento. Recorramos tu palacio, verlo no restara emoción al relato. Disfrutare plenamente de él cuando esté terminado. - Ahora se encontraban en lo que parecía un torreón, como todo en aquel lugar era de grandes dimensiones. Desde la base apenas podía distinguirse el techo y unas escaleras de caracol se elevaban hacia él mediante innumerables escalones. La gélida no perdía detalle pero ahora que no se atrevía a ver qué otras cosas ocultaban las puertas. Debía pensar en la forma de sonsacar al Narrador. Algo llamó su atención en lo más alto de la torre.
- Todo aquí es realmente sublime, todo menos… No entiendo cómo se te ocurrió echar a perder la perfecta armonía de decoración y construcción con algo tan disonante, tan grotesco, tan sumamente feo. – El Narrador la miró extrañado.
- ¿Feo, grotesco? No sé a lo que te refieres. – La Vanidad señalo hacia arriba, sobre un pequeño saliente, en lo más alto reposaba una enorme gárgola de piedra en lo que parecía un equilibrio imposible. El monstruo, al saberse descubierto, abandonó de un salto el lugar donde intentó inútilmente camuflarse. Cayó y el tremendo impacto resquebrajo las baldosas de mármol. Se acercó a los asustados testigos de su depravada presencia. Sus garras eran más duras que el mismísimo mármol, a su paso dejaban cicatrices en la noble piedra al tiempo que un chirrido terriblemente molesto obligó a taparse los oídos tanto al Narrador como a la Vanidad.
- ¿Esa cosa es uno de tus personajes?
El Narrador no le contestó, se limitó a agarrarla con fuerza por la muñeca y a ordenarle.
- ¡CORRE!
Tal era el miedo del pobre anfitrión que ni se percató de la punzante quemazón que le produjo el contacto con la piel de la gélida. Ambos corrían con todas sus fuerzas. La gárgola los seguía tranquilamente sin forzar el paso, eran incapaces de ganarle distancia. Llegaron a la sala de las puertas, el Narrador comprendió que no podrían de escapar corriendo de aquella cosa. Gritó llamando a la guardia del palacio y al momento aparecieron una veintena de nubios elegantemente ataviados con turbantes azules, fajines rojos y unas bonitas túnicas también de un azul celeste. Los negros se posicionaron formando un muro humano entre su señor y el monstruo. La gárgola los miro divertida, alfanjes, lanzas y arcabuces. Esas si eran buenas armas, como en los buenos y viejos tiempos. Nada de máquinas de acero capaces de surcar los cielos y escupir misiles.
- ¡Maldita sea, seguro el Creador mando esa cosa para acabar contigo! Tienes que detenerla. ¿No tienes nada mejor que esos soldaditos de juguete?
El Narrador también estaba asustado pero no comprendió el desprecio con que la Vanidad trataba a unos hombres que iban a arriesgar sus vidas para defenderles.
- ¿Por qué querría el Hacedor de Historias matarme? Somos amigos.
- ¡Idiota! ¿Cuantas veces tengo que explicarte que ese gusano no tiene amigos? Seguro ha descubierto que estabas escribiendo una nueva novela y celoso de tu talento envió a esa cosa para impedir lo hicieras. - La mujer de hielo cada vez se comportaba de una forma más desagradable.
La gárgola recorría varios metros de costado sin dejar de mirar a los guardias, luego paraba de golpe e invertía el camino. Las armas de estos la seguían a cada paso. Ahora ya no hacía caso de los sudorosos rostros de los soldados. Había podido ver el valor en todos ellos, ninguno se anticiparía a hacer una tontería si su señor no lo ordenaba y es en los ojos de él donde clavo la mirada. Sus palabras sonaron poderosas, el Narrador no esperaba oír una voz de mujer.
- Ninguno de vosotros me interesa, solo busco a la niña. Decidme donde esta y marchare por donde he venido, por cierto… Deberías hacer puertas más grandes, tuve que destrozar un poco la pared para poder entrar. No te preocupes, no parecía una pared maestra, la estructura resistirá. – El Narrador comprendió quien fue la causante del estruendo de hacía unos minutos.
- ¡No te quedes mirándome con cara de imbécil, si estimas tu vida y la de tus lacayos, dime donde está la niña! ¿¡Donde esta Ayla!?
- No sé de quién me hablas. – Por su expresión le fue fácil saber a la gárgola que el Narrador mentía, eso estaba bien, significaba que la apreciaba pero para ella suponía un problema.
- No puedes engañarme, en tu rostro se grabó la angustia cuando mencione el nombre de la pequeña. No temas, no quiero hacerla daño. Al contrario, solo pretendo protegerla. ¿Sacrificaras inútilmente a tus sirvientes? Parecen valientes, sería una pena.
- No conozco a ninguna niña con ese nombre, pierdes tu tiempo. ¡Ahora vete!
- Os matare a todos y la encontrare de todos modos. – Ahora miraba a la gélida. - ¿Así que tú eres el famoso Narrador, te imaginaba más alto y menos estúpido. ¿No te das cuenta que es precisamente de ella de quien quiero proteger a la niña? – Señaló a la Vanidad, esta había perdido su compostura por completo.
- ¡Manda a esos putos negros disparar de una vez!
- ¡No, no morirá nadie si puedo evitarlo! ¿Qué cosa eres, es cierto que te manda el Creador? ¿Cómo has llegado hasta aquí? Este lugar es imposible de encontrar si yo no te invito a entrar.
- No estás en condiciones de hacer tantas preguntas pero hoy me siento generosa y hacía tiempo que no hablaba con nadie. Aparte de con las hermanas de “esa”. Me llamas monstruo, no hay mayor ciego que el que no quiere ver. ¿Acaso te fijaste bien en ella?
- ¿Qué has hecho con mis hermanas maldita cosa?
- Son historia, fin, finito, end, koniec. – La mujer de hielo no pareció apenarse, al contrario, una sonrisa se dibujó en su rostro.
- ¡Bah! Esas estúpidas tienen lo que merecen pero yo no correré su suerte. La niña que buscas esta tras la puerta verde. – El narrador miró horrorizado a la Vanidad, ahora libre de su influjo la veía como realmente era.
- ¿Por qué se lo dijiste? ¡Es solo una niña!
- Solo es un personaje, puedes reemplazarla con cualquier otro. No arriesgare mi pellejo por una mocosa.
- La gárgola tiene razón, eres un monstruo.
La mole de piedra retomó la palabra. – Me preguntaste como llegue hasta ti. Fue fácil, solo tuve que seguir el rastro de cadáveres que tu invitada dejo a su paso por la ciudad. Me llevaron hasta tu local, luego pude oler su hedor. No me envía el Hacedor de Historias, ese cretino y yo ya arreglaremos cuentas. No temas por la pequeña, con nadie estará más a salvo que conmigo.
El narrador miro apenado a sus guardianes y le contesto casi en un sollozo.
- Compréndelo, no puedo arriesgarme a creerte.




La guardia de palacio se posiciono frente la puerta verde. En primera línea, rodilla en tierra, los seis arcabuceros. Un par de metros por detrás, ocho lanceros hincaron el talón en el suelo sujetando con fuerza sus armas, dispuestos a soportar una inminente embestida de la mole de piedra en caso de que los primeros defensores fuesen incapaces de detenerla. En una tercera y última línea defensiva, el grupo restante armado con enormes alfanjes, bloquearía la entrada con sus propios cuerpos si fuese necesario. Tras de ellos el Narrador dirigiría la defensa, a su lado la Vanidad cada vez estaba más inquieta.
- Eres un Creador, debes idear algo más eficaz, más poderoso que esto. Esa cosa esta hecha de roca viva, no podrán vencerla unos simples soldados equipados con armas tan poco efectivas.
- Solo escribo “cuentos de hadas”, no se me ocurre nada lo suficientemente temible como para enfrentarse a la gárgola.
- En los cuentos de princesas aparecen brujas y dragones. ¡Haz algo y hazlo ya!
- Tengo a la bruja, pero crear un dragón está claro es una tarea que me viene grande. – La gélida estuvo a punto de exigirle empleara a dicha bruja pero cayó en la cuenta de que estaba refiriéndose a ella. Lo habría matado en ese preciso momento pero el hermano del Hacedor de Historias le había dejado bien claro que lo quería vivo. No se atrevía a desobedecerlo y provocar su ira.
Los segundos se hacían eternos y el monstruo de piedra no se decidía a atacar. En lugar de ello, empezó a dar vueltas como si fuese un enorme felino disponiéndose a acurrucarse en su caja de arena. Comenzó a cuchichear en voz baja. Ninguno de los presentes podía escuchar de lo que hablaba, ninguno salvo la Vanidad, su excepcional oído no se perdía una sola palabra.
- ¿Qué estas esperando? No te costara ni un minuto esparcir las entrañas de los humanos por toda la sala. ¡Destrózalos, tiñe con su sangre las paredes. Devora su carne, pulveriza sus huesos!
- ¿No tenías tantas ganas de ver a “tu niña”? Te espera tras esa puerta, solo unos patéticos soldaditos te separan de ella. Sin que sirva de precedente estoy de acuerdo con Eskatologiko. ¡MACHACALOS!
- ¡Ambos sois unos idiotas, tenéis una bellota por cerebro! ¿Qué concepto tendrá ella de mí si mato a aquellos que la quieren, a estos que la defienden?
- Solo son mercenarios, obedecen al gordito de las gafas. Nada tiene que ver con cariño o devoción. – La gárgola reprendió el comentario de Criando Malvas.
– Ningún mercenario está dispuesto a morir por quien le paga ¡Escapan a la menor oportunidad cuando las cosas se ponen feas! Mira a estos, ni pestañean.
- Tu pequeña, tu “preciosa” Ayla te despreciara de todas formas cuando te vea. Eres una aberración, un monstruo y esa es tu condición. Es horror lo que debes inspirar a los “monos” y no admiración, mucho menos cariño. Te engañas, te equivocas al igual que erraste con la capitana palangana. Jamás tendrás amigos y ahora…¡MATA!
- ¡Calla, calla, calla! – Criando Malvas se unió a coro junto a Eskatologiko.
- ¡MATA, MATA, MATA, MATA..!
- Lalalalalalalalalalalalalalala, no os escucho, lalalalalala.
Los soldados al cabo de unos minutos empezaron a mirarse unos a otros interrogándose con los ojos. Ninguno entendía nada, así que se limitaban a encogerse de hombros. Su enemigo seguía canturreando.
- Cada vez eres más patética, nunca lo pensaste antes de aniquilar a tus adversarios. La maldita niña te ha sorbido el juicio. Está bien, elimina al menos a la hembra, ella es quien amenaza a tu protegida.
- En eso es en lo único que te daré la razón Malvas, pero para llegar hasta la hembra tengo que pasar sobre el resto. Intentaran impedirlo. Le daré lo suyo a esa cuando llegue el momento, pero debo pensar como echarle la zarpa sin dañar a los demás.
La Vanidad no era capaz de escuchar las voces interiores del monstruo, pero si sus divagaciones y con eso tenía más que suficiente para entender que las cosas en breve se le pondrían muy feas. Debía pensar algo rápido, su tiempo se acababa. Aprovechando que la gárgola estaba sumida en sus pensamientos y el resto no le quitaban ojo, se acercó de forma furtiva hacia la puerta. Opto por dar un giro de 180 grados, ahora su supervivencia dependía de que la gárgola hubiese sido honesta. El anciano se sobresaltó al verla acercarse corriendo y se interpuso ante la extraña mujer de hielo y su nieta. La gélida le clavo su diestra en el pecho y le arranco el corazón. El hombre murió en el acto quedando tendido sobre la alfombra a los pies de la cama de la niña. El grito desesperado de la pequeña alertó tanto a monstruo como a soldados. Antes de que estos pudieran reaccionar, la gárgola desplego sus alas y saltó pasando a través de ellos. Guardias y narrador volaron por los aires junto a los cascotes de la pared que el monstruo atravesó para adentrarse en la habitación. Pese a la rápida reacción de la gárgola, no fue suficiente. La gélida alzaba rodeándola con sus brazos bajo los sobacos a Ayla, la niña pataleaba y gritaba dirigiendo desesperadamente sus brazos hacia donde yacía inerte su abuelo, intentando inútilmente librarse de su captora. Cansada de sus gritos la Vanidad la amordazó con una mano.
- Si es cierto que no quieres que le ocurra nada a la mocosa, da media vuelta y desaparece de mi vista. Puedo romperle el cuello antes de que pestañees y si lo prefieres helarla solo con mi aliento. – La niña tiritaba de frio debido a tanta proximidad con la gélida.
El Narrador, junto a los guardias que no habían resultado demasiado magullados, aparecieron en ese momento. Ignoraron a la gárgola como enemigo, los arcabuceros apuntaban ahora a la Vanidad pero eran conscientes de que sus rifles no eran lo suficientemente precisos como para arriesgarse a errar el tiro. El Narrador asistía a la escena horrorizado.
Para un humano era imposible apreciar ninguna variación en el semblante de la gárgola, la única forma de advertir su estado de ánimo (más o menos colérico) era por el fulgor de sus ojos. En ese momento estaban completamente apagados debido a la terrible decepción. La niña que la Vanidad sujetaba tenía el pelo negro como el azabache, al igual que sus ojos y su piel era morena.
- Si aún sigues viva es porque estoy pensando la forma en que tu agonía sea más lenta y terrible. – La gélida estrecho aún más entre sus brazos a la pequeña, atemorizada por las palabras de la gárgola. Ayla se estremeció, seguía agitando las piernas e intentando desembarazarse de la tenaza que eran los brazos de su captora. Quería desesperadamente escapar para acudir en ayuda de su abuelo. Nadie se atrevía a mover un musculo, temerosos de que la mujer de hielo hiciese daño a la niña. Entonces fue cuando escucho la súplica del Narrador.

- Dijiste que la protegerías. ¿Me engañaste? Por lo que más quieras, perdona todas mis ofensas y salva a Ayla de las garras de esa pérfida. ¡Te lo suplico!
- No te mentí. No quisiste creerme y ahora hemos llegado a esto. Eres el responsable de lo que pase ¡Voy a matar a esa zorra!
- Que no haga daño a la niña. – Suplicó de nuevo.
- Me trae sin cuidado lo que le pase a la mocosa, ella no es quien busco. – La Vanidad sintió como se le encogía el estómago al escuchar aquello y chilló desesperada.
- ¡Es un farol. Estas mintiendo! Esta es Ayla, la niña por la que preguntaste.
- Puedo notar una pequeña parte de su esencia, pero no, no es ella. Date por muerta.
- ¡La are sufrir, tendrá una muerte horrible antes de que me alcances! – La gélida miró ahora al Narrador. – Si no quieres que eso ocurra, debes detener a la cosa de piedra.
- Te lo ruego, no consientas que dañe a la pequeña, pídeme lo que quieras. – El Narrador se postró humillado a un lado de la gárgola.
- ¿Ese es tu deseo? ¿Deseas que salve a la niña?
- Te lo suplico.
- Todo tiene un precio.
- Quédate con todo, con mi palacio, con mis sueños, con mi vida si es lo que quieres.
- No quiero tu vida, pero me quedare con todo lo demás. Tenemos un trato, deseo concedido.
La Vanidad rio complacida. – Ja, ahora las cosas están por fin a mi favor. Sea, o no, esta a quien buscabas, debes cumplir tu pacto. Si no quieres le haga daño marcha de inmediato. ¿Qué puedes hacer para impedir que me la cargue si das un solo paso?
- Ahora tengo un palacio de arena que convertir en barro. Un sueño que destruir, mucho dolor del que alimentarme. Observa cómo se convierten en polvo las ilusiones del Narrador. – Las paredes del edificio empezaron a resquebrajarse. – Yo ya tengo mi catedral, no necesito más morada que esa. – Miró al Narrador. – Para nada quiero tu asqueroso castillo. – En menos de un suspiro todo desapareció. La Vanidad se llevó las manos a los ojos intentando protegerlos del dolor que le causó la luz, momento que aprovecho Ayla para escapar y correr hasta el cadáver de su abuelo. Se encontraban en mitad el desierto, los pies de la gélida se hundían en la arena, el sol la quemaba y comenzó a derretirse. Intentó desesperadamente hacer un agujero en la tierra donde enterrarse y resguardarse del calor pero era inútil. Por más arena que extraía con sus manos, el hueco se volvía a rellenar con la arena que se deslizaba al interior. La gárgola se regocijaba, disfrutaba de cada momento del sufrimiento de la gélida. Al cabo de unos minutos tan solo quedaban las ropas de la que fue la última hija del Reverso Oscuro. Ante los ojos estupefactos de todos los presentes surgió un manantial. Se formó un lago y a su alrededor con una velocidad fulgurante empezó a brotar vegetación. Crecieron enormes palmeras y todo se volvió verde. Se encontraban en medio de un precioso oasis. Todos quedaron boquiabiertos por semejante milagro, todos salvo Ayla que lloraba y rogaba a su abuelo despertara. Cogiéndolo por el cuello de su camisa intentaba zarandearlo.
Se negaba a admitir la obviedad, al cabo de unos minutos desistió y hundió la cabeza en el pecho del anciano, luego la giró en dirección de la gárgola.
- ¡Tú haces milagros, haz que mi abuelo despierte, por favor! – Sus ojos vidriosos, enrojecidos por el llanto y los mocos que colgaban de su pequeña nariz no enternecieron al monstruo de piedra.
- Todo tiene un precio y tú no tienes nada con que pagarme, nada salvo quizás tu alma, tu inocencia.
- ¡Lo que quieras, haz que mi abuelo despierte!
- De acuerdo, trato hecho. Deseo con… - El Narrador la interrumpió a gritos.
- ¡Déjala monstruo! ¡Trata conmigo, déjala a ella. ¡Solo es una niña! Quédate con mi alma en lugar de la suya.
- Tu alma ya me pertenece, nada te queda que puedas ofrecerme. Si ese es su deseo no tienes derecho a entrometerte.
- Si tengo algo que ofrecerte todavía. – Agacho la cabeza y tragó saliva antes de continuar. - Puedo revelarte el lugar donde se haya alguien que puede guiarte hasta quien buscas. Hacia la Ayla real. – La gárgola retomo el interés por el Narrador.
- Si me mientes ten por seguro que lo pagaras muy caro.
- Lo sé, por eso te diré que lo que deseas antes de que me arrepienta. Busca en el norte, en la cima del mundo, en el Desierto Helado del Olvido. Allí se esconde la Voz del Viento, ella puede guiarte hasta Ayla.
- ¿La Voz del Viento? Últimamente he escuchado hablar mucho de ella. ¿Por qué crees es tan seguro que tiene respuestas?
- Estoy tan desesperado que no me atrevo a mentirte.
La gárgola miró hacia el norte y divisó, en el otro con fin del mundo, una enorme montaña. La cima estaba oculta por una extraña niebla, semejante a la que resguardaba el pueblo fantasma del indio.
- Que manía os dio a todos por los desiertos. No puedo verla, me estas mintiendo.
- Claro que no puedes, hace mucho que ella se esconde del mundo. No sé el motivo, tampoco la razón por la que me confió el secreto de su paradero. Espero me perdone por mi traición. – Agachó la cabeza avergonzado. Se escuchó un sollozo pero era de alegría, el anciano no comprendía porque se encontraba en medio de un oasis y el motivo por el que su nieta lo abrazaba y lloraba. Los guardias, conmovidos, los rodearon y empezaron a lanzar vítores.
La gárgola se perdió volando en el horizonte mientras el Narrador se preguntaba si no habría sido la peor equivocación de su vida poner a esa cosa tras la pista de su amiga. En todo caso el monstruo de piedra se llevaría una gran sorpresa. Marchó junto a sus personajes. No sabía si vendrían más aberraciones en su búsqueda por lo que debía ocultar a sus creaciones en un lugar seguro antes de reemprender la construcción de su mundo.

- El radar ha detectado algo alejándose del lugar señor. – El Reverso Oscuro se acercó a la cabina del helicóptero para comprobarlo por sí mismo. – Por el tamaño y la velocidad debe de tratarse de una pequeña avioneta. – Prosiguió el suboficial de comunicaciones. - ¿Qué hacemos señor? – Acababa de sentir tan solo hacía unos minutos como su hija se desvanecía pero contuvo la ira. Los responsables sin duda escapaban en aquella avioneta, quería saber hacia dónde se dirigían.
- Síguela a una distancia que no pueda percatarse de nuestra presencia. – Le ordenó al piloto. El helicóptero de combate con las siglas de la pérfida Corporación aminoro la marcha.




El reencuentro.


Volaba todo lo veloz que le permitían las fuerzas pero las colinas del fin del mundo seguían muy lejos, inalcanzables. Cruzaba el inmenso océano en calma. El homicida de las mil caras, la tranquilidad de las aguas era una trampa. El mar podía matarte de la manera más absurda como bien descubrió hacia tres siglos Wallizard, incluso de aburrimiento. Debió ser la monotonía del trayecto lo que le trajo los recuerdos de su último encuentro con “la capitana palangana.”

- Muy felices te las prometías, te lo advertí, te hable de la calma chicha pero tú estabas pletórica, reías y te burlabas de mí creyéndote a salvo. En tu dicha no reparaste en la truculenta trampa. ¿Creías acaso que un fraude como tú podría conmigo? ¡Nadie escapa de la gárgola! ¿Entiendes? ¡Nadie!
Wallizard ni tan solo miraba al monstruo de piedra, era como si la cosa no fuese con ella. Engullía unas pipas que había sacado de un girasol. Estaba rodeada de ellos, un enorme terreno se extendía a su alrededor, allá donde alcanzaba la vista todo era amarillo, no recordaba cómo había llegado hasta allí. Magenta empezaba a perder la paciencia.
- Te preguntaras donde acabaron el resto de páginas de tu estúpido cuaderno de bitácora. En las hojas que faltan están escritos esos recuerdos que se han esfumado de tu mente, y no me extraña que los hallas exiliado, que los dejes a un lado en el rincón más oscuro de tu cabeza de chorlito. Permite que te refresque la memoria, que me remonte al instante en que habrías dado todo por refrescar tu gaznate. Qué paradoja, rodeada de agua y nada que verter por tu garganta, nada con que saciar la terrible sed. Ya os habíais zampado hasta la última rata y devorado el cuero de cinturones y botas, el escorbuto campaba a sus anchas entre tu tripulación y ni un soplo de brisa inflaba las velas de la desafortunada nave. Cuarenta días abandonados en medio de la nada, tan solo hervir el agua salada y lamer el vaho adherido a una sábana.
Tal como pronostique tus marineros te culparon, más vale los hubieras matado cuando tuviste ocasión.
Magenta se encontraba incomoda sobre el suelo pero no había ningún lugar elevado donde posarse, su pesado cuerpo y desplegar sus enormes alas le supondrían un serio problema a la hora de elevarse de retomar el vuelo pero quiso posicionarse cerca de Wallizard, deseaba ver la expresión de su rostro pero la capitana palangana continuaba tragando pipas y escupiendo las cascaras sin apenas prestar atención a las palabras de Magenta.
- Esta individua está peor que tú de la mollera, creo que te ha salido mal la jugada, que el tiro escapo por la culata y te exploto en la cara. Te arrepentirás de esto durante mucho tiempo.
- ¡Calla Eskatologiko, cuando quiera tu opinión te la pediré. Hasta entonces mantén el silencio.
- ¿Y si no quiero? ¿Cómo me cerraras la boca?
- No tientes a tu suerte, igual que te cree puedo hacer que desaparezcas.
- Yo no he dicho nada que conste.
- Lo acabas de hacer ahora cretino. - Criando Malvas al contrario que Eskatologiko nunca respondía a los insultos de la gárgola.
- ¿Ahora hablas sola? Bah debo ser yo la loca, le estoy preguntando a un monstruo de piedra, me debió de dar demasiado el sol. - Por fin Wallizard abrió la boca, los ojos de Magenta despidieron una especie de destello que ilumino con su malévola energía el campo, los girasoles que la rodeaban se secaron al instante.
- ¡Estúpida! Haz un esfuerzo y recuerda. Aunque no lo creas yo podía verte desde la fachada de mi catedral a miles de kilómetros de distancia. Encerrada en la bodega, los marineros supervivientes intentando echar la puerta abajo y entre tus brazos aquel muchacho, aquel grumete. La sed ya no te quemaba, el cuchillo ensangrentado en tu mano y el cuello degollado de aquel desgraciado. ¿Cómo aplacaste tu sed? ¿Cómo sobreviviste? Recuerda.
- Escape a nado.
- Jajajajaja. - La carcajada de Magenta se escuchó en varias millas de distancia pero salvo Wallizard nadie pudo oírla. -Cien años han pasado, esas son las 37 páginas que te faltan. No solo necesitaste beber...¿Qué fue de los cuerpos de tus marineros?
- ¿Me tomas el pelo?
- Te aferrabas a la vida durante la tormenta, luchaste por ello en medio de la calma chicha, vivir era tu único deseo, deseo concedido.
La capitana palangana dejo por fin de degustar simientes.
- No te he entendido ni una palabra.
- No importa, te queda una eternidad por delante para comprenderlo.
La gárgola tomo carrerilla desplego las alas e intento inútilmente levantar el vuelo. Sus movimientos en tierra eran torpes y estaba lastrada por su enorme peso.
- ¡Mierda! -Exclamo.
- Te queda un largo trayecto a pie monstruo, puedes entretenerte por el camino hablando sola y diciendo estupideces.
Magenta giro su gran cabeza y sacando a relucir sus afilados dientes de piedra la dedico una amplia sonrisa.
- También a ti nena, ya todos los que conocías han muerto aunque ni siquiera lo sepas, aunque aún no lo aceptas. Todos los que se crucen contigo, todos aquellos a los que ames se marchitaran ante tus ojos y te abandonaran uno tras otro. Solo yo seguiré aquí por siempre pero tengo otros quehaceres que hacerte compañía. Ya veremos cuanto tardas en hablar también sola.
Wallizard la vio alejarse, cogió uno de los girasoles que Magenta había socarrado con la mirada y exclamo.
- ¡Qué bien...pipas tostadas!
Y así fue como se quedó en soledad, mirando el vacío que produce la falta de entendederas que ella se había dedicado en convertir en su seña de identidad.
Desde el suelo todo se veía mucho más grande y menos importante quizás.
Fuera como fuese no se sentía sola ya que aquellas pipas le aportaban la poca compañía que ella necesitaba para sobrevivir.
Continuó comiendo hasta que sin más, al extender su mano se percató de que ya no había más.
A cuatro patas palpo el suelo desesperada por si había sobrevivido alguna semilla sin éxito.
Como una niña lloro por tan tremenda perdida durante interminables veinte segundos.
Negación, ira, negociación, depresión y aceptación en apenas un minuto y así sin más enterró con sus propias manos las cascaras que delataban aquella masacre.
Supo en ese instante que nunca volvería a ser la misma.
¿Y ahora qué? apenas había prestado atención a lo que Magenta le había relatado y no se sentía culpable porque las palabras desde que era muy pequeña se le escapaban de las manos y había aprendido a aceptar su limitación como el que se aferra a la vida con lo que tiene a su alcance.
- ¿Cien años?¿puede ser posible? - Susurró.
La idea no le transmitió ninguna sensación negativa ya que ella sabía perfectamente lo que se decía, que no hay mal que cien años dure y así fue como se incorporó de nuevo convencida de que en un tiempo no muy lejano recuperaría su caprichosa memoria.
La recuperaría, ataría, maldeciría, torturaría, escupiría pero sobretodo le interrogaría porque de si algo estaba segura es que alguna razón de peso tendría para escapar de esa manera de su cabeza.
Su viaje comenzó.




El desierto helado del olvido.

Que fácil perderse en la niebla de esta tierra helada, la cima del mundo, la montaña más alta. El silencio es eterno donde mora la Voz del Viento. Menuda contradicción semejante ironía, tamaño sin sentido. Ningún ruido mientras camino sobre la nieve, me hundo en lo más profundo de la nada buscándola. Sentir en el vientre un vació, futuro, pasado, presente, no tienen cabida en este sitio. Me siento terriblemente triste. No hay luz en mis pupilas, no hay vida en esta cima. Me engañó el Narrador, me guió hacia otra tumba, mi ánimo se derrumba. Lo siento mi niña te he fallado. No puedo retomar el vuelo para escapar del lugar, me fallan las fuerzas, siento que muero. La partida ha terminado.
Tarde caí en la cuenta de que ni siquiera yo soy eterna, no me amedrentan las armas de los monos, me rio de su tecnología. Se creen el centro de todo y tan solo son niños egoístas. Ahora es como me siento, como una de ellos sumida en mi propia inmundicia. La nieve cae incesante, ya hace un buen rato que me desplomé sobre ella dejando me cubra, permitiendo caer en el olvido, que se pierda mi memoria.
Es la hora de decir adiós.
- Hace frio y apenas me quedan recuerdos que lanzar al fuego. Desperdigadas por el suelo, nostalgias, sentimientos pretéritos evocadores de tiempos mejores. Los recojo, sonrío… y los quemo.
Busco en los bolsillos por si por algún des zurcido se deslizo la esperanza, solo encuentro el dolor pero el dolor no arde y la llama se extingue, nada me queda por arrojar a la hoguera.
Sé que no existe el destino, que elegimos el camino y el mío me ha llevado a este mausoleo vacío. De nuevo el desierto helado, cuando mañana despierte ya no desprenderán ningún calor las cenizas, imposible reconocer en ellas tu voz, tu vitalidad, tu sonrisa.
Habrá vencido el olvido.
- ¿Has escuchado eso? ¡Despierta cretina! Si tú te das por vencida, si aceptas el regazo que la muerte te ofrece y nos abandonas a su suerte no te perdonare nunca. Recuerda que no estás sola. Wallizard se enfrentó a la tormenta y no la amedrentó tú presencia. Su determinación la salvó, te venció con valor. ¿Eres menos que ella, menos que un humano? ¿No escuchaste la voz? Un lamento en verso, seguro es la Voz del Viento. Si has de reventar que sea mientras caminas. ¡ESPABILA!
- Sí, estoy sola, siempre lo estado y ahora comprendo que ambos tenían razón. Nadie jamás será mi amigo, ni siquiera ustedes dos lo son. Me odian como yo los odio pues sois yo y no me soporto. Me detesto, ya llegue demasiado lejos. ¡Se acabó!
- ¿Desde cuándo nos das la razón a mí o a Malvas?
- Wallizar hubiese perecido sin mi ayuda durante la calma chicha, toda su determinación no la salvó.
- 65 almas cayeron primero, 65 marineros murieron antes. Hombres fuertes y robustos asumieron la derrota. Unos se lanzaron por la borda, otros al igual que tú ahora, arrojaron la toalla y esperaron tumbados a la Parca. La pequeña embustera se aferró a la vida con brazos y piernas, igual que lo hizo al timón durante la tormenta. ¿Y Tú eres el todopoderoso monstruo de piedra que a nobles y plebeyos amedrenta?
- Es una ironía que pueda conceder cualquier deseo a quien me lo pida menos a mí misma. Desearía escapar de aquí, regresar a mi catedral y olvidar, olvidar esta absurda aventura.
- Debes apoyarme Malvas, no acabare aquí. ¡No así, no sin luchar!
- Malvas hace un buen rato que se rindió.
- ¿Y él se supone es tu conciencia más cuerda? Bien, es cierto, soy un miserable. Cruel y depravado, pienso torturarte hasta el último instante. No pararé de hablar y hablar hasta enloquecerte aún más. ¡Maldita sea, camina no te rindas, tu niña te necesita!
- Ella solo es una ilusión, han pasado casi trescientos años. El Hacedor de Historias me ha manipulado, ha guiado todos mis pasos hasta traerme aquí para morir, se cansó de mí.
- ¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres que llore, que te implore? Puedes fundir el hielo con la mirada pero no haces nada. Ahí tumbada acabaras siendo una roca más del paisaje. – Eso es. - Pensó Eskatologiko. – Debo enfurecerla, que el fuego de sus ojos derrita la nieve. ¿Pero cómo? Este lugar está maldito, es capaz de suprimir la voluntad incluso de un ser como…No, yo soy ella y no me doy por vencido. – Es cierto, el Creador se cansó de ti, de su mascota, de su marioneta. Él sabía que fracasarías, no eres más que un personaje, otro de sus perdedores. Tan frágil como el indio escondido en su desierto, en su pueblo fantasma espera que el Hacedor retome su historia. Por si solo no es capaz de dar un solo paso, igual que tú.
- Siempre has sido un grano en el culo. Se lo que intentas pero es inútil, yo que me alimento de la tristeza soy incapaz de digerir toda la que hay aquí. Me supera tamaña melancolía, me sumo en un sueño profundo, en la necesidad de olvidar.
- ¡Entonces no me dejas otra opción que abandonarte!
La gárgola no respondió, cerró los ojos y dejó que su enorme cabezón reposara en el manto blanco y helado. Unas huellas se marcaban en la nieve alejándose de la mole de piedra. La etérea conciencia de la gárgola fue tomando forma poco a poco. En el exterior se sintió dolorosamente vulnerable, tenía muchísimo frio pero menos que determinación. Eskatologiko buscaría a la Voz del Viento y regresaría con ayuda.
- ¡Mierda, mierda, mierda! –Eskatologiko se detuvo unos segundos con los brazos cruzados sobre el cuerpo, se froto intentando entrar en calor, apostillo – ¡Mierda! - y continuó su marcha en el sentido contrario a la fuerte ventisca. En la seguridad dentro de la mente de la gárgola jamás había experimentado sensaciones como el frio o el calor y la novedad no le gustaba en absoluto. La tormenta de nieve iba en aumento y era incapaz de ver más allá de medio metro. Perdió la noción del tiempo algo más tarde que la orientación. Casi estaba seguro de caminar en círculos pero no podía darse por vencido. Le daría una lección a esa estúpida de…de…¡Diablos había olvidado su nombre! A la gárgola no le gustaba se dirigieran a ella por él y en contadas ocasiones ella misma lo empleaba, pero no era por falta de uso por lo que se esfumo de su mente. Sintió una nueva emoción, una mucho más desagradable que el frio, sintió miedo, miedo al notar que aquel lugar maldito estaba empezando a doblegarlo. ¡El Desierto Helado del Olvido! El nombre no podía ser más descriptivo. ¿Quién demonios buscaría esconderse en un lugar así? La Voz del Viento debía de ser una bruja, una autentica arpía y la cima de la colina la trampa en la que caen los incautos.
– Pero yo no soy un vulgar humano. – Pensó. – A cabrón no me gana nadie. – Tenía claro que no debía detenerse, que seguir en movimiento es lo único que le mantendría vivo. La tormenta no podía durar eternamente. Recordó a Wallizard y fantaseo con que la gárgola aparecería en la copa del árbol más alto para tentarlo, para retarlo y proponerle un trato. ¿Con que intentaría engañarlo? ¿Qué le ofrecería para arrebatarle el alma a cambio de salvarle la vida?
- ¡Déjate de tonterías! ¡Camina, camina, camina, camina! No moriré aquí, encontrare a la Voz, le arrancare el lugar donde se oculta la dichosa niña y regresaré con esa maldita cabezota de piedra. Luego saldremos los tres de aquí echando hostias, ya le daré más tarde el correspondiente correctivo a Malvas por ser tan cobarde. – Miró al cielo, estaba totalmente negro, imposible apreciar si era de día o de noche. Entrecerraba los ojos al máximo para que la helada ventisca, cortante como una cuchilla, no lo cegara.
- ¡Que frio joder! ¡Mierda, mierda, mierda…mierda!

El helicóptero parecía un frágil insecto sujeto a los caprichos de un titánico niño. La tormenta los atrapo nada más adentrarse en la niebla que cubría la cima de la enigmática montaña. La tripulación aterrada imploraba al Reverso Oscuro les permitiera dar media vuelta y escapar de allí pero el hermano del Hacedor de Historias les exigió que se acercaran más a tierra.
- ¡Señor, caeremos! Está claro que la avioneta que perseguíamos se ha estrellado. Es imposible aterrizar con un aeroplano en este lugar aun haciendo un tiempo despejado.
- Desciende. – Ordenó al piloto sin alterarse lo más mínimo. Sin alzar siquiera la voz se le escucho perfectamente entre el estruendo de la ventisca. Piloto, copiloto y suboficial se miraron unos a otros y sin necesidad de verse los ojos a través de los tintados cristales de sus cascos. Se dieron a entender que ninguno estaba dispuesto a contrariar a su jefe, que lo mejor era obedecer. Una muerte rápida era preferible al suplicio al que podían ser sometidos si el amo se enfadaba. Estuvieron muy cerca de colisionar con una ladera pero los salvó la pericia del piloto. Necesitó la ayuda de más manos para controlar la palanca del timón. Aun se encontraban a más de medio centenar de metros de tierra cuando el reverso les dijo que era suficiente.
- Regresad cuando amaine la tormenta. – Ante la atónita mirada de los soldados el Reverso Oscuro se lanzó al vacío.
Caminaba erguido como si nada, no le afectaba la nieve y ni se inmutaba ante el frio. La terrible ventisca apenas movía sus cabellos, sus pies no se hundían en el manto blanco, más que caminar se deslizaba, se asemejaba a un fantasma. Al cabo de una hora paso junto a un montículo cubierto por la nieve, no le prestó atención por suerte para la gárgola pues de ella se trataba y allí debajo se encontraba totalmente indefensa. Si vio unas huellas, muy recientes pues de lo contrario el viento ya las habría borrado por completo, impasible siguió el rastro. Al poco rato lo diviso. - ¿Un payaso? - No sabía si reír o enfurecerse. ¿Un payaso había derrotado a sus tres hijas? Eskatologiko estaba exhausto cada paso que daba era una autentica proeza de tesón desmedido, ciego y sordo a raíz de la tormenta ni se dio cuenta del que caminaba tras de él prácticamente echándole el aliento en la nuca. El hermano del creador lo observaba sin dar crédito a lo que veía. – Este no puede haber venido solo, hasta la Desidia habría sido capaz de derrotarlo sin dificultad. Quizás los otros han perecido en el accidente pero…¿Dónde están los restos de su avión? - El Reverso Oscuro divagaba y se hacía preguntas mientras seguía a la conciencia de la gárgola que era ajena a su presencia. A la media hora se cansó del juego, el payaso caminaba en círculos y apenas avanzaba, no le llevaría hasta los otros en el caso de que existieran. Decidió que era el momento de interrogarlo.
Parecía imposible sentir más frio aun pero cuando aquella mano le toco el hombro se le helo la sangre. Eskatologico se giró asustado y se topó de frente con el rostro de su perseguidor. -¡Lo sabía, sabía que el Creador nos había engañado! – El odio que en ese momento sintió Eskartologico hizo que se calentara momentáneamente su sangre devolviendo el color a sus mejillas. Cara a cara se miraron el uno al otro a los ojos. Con una voz cavernosa el Oscuro lo interrogo.
- ¿Quién eres, donde está el resto, cuantos más sois? – Quedó perplejo. - ¿Qué quién soy? – Pensó. – Aun habiendo tomado forma fuera de la mente de la gárgola el Hacedor de Historias me habría reconocido, a fin de cuentas soy su creación. - Hizo un gran esfuerzo para abrir más los ojos y poder ver bien a quien se encontraba enfrente. El frio le quemó las retinas pero soporto el dolor y examino al individuo que lo miraba de arriba abajo. Su cabeza estaba poblada por una abundante mata de pelo largo y muy negro, sus ojos también eran negros, malvados y profundos. Al Hacedor ya se le veía mucho el cartón a través de sus finos cabellos que mal peinaban canas y el tono de sus ojos era marrón corriente. Su miraba realmente no inspiraba gran cosa y mucho menos miedo como los de aquel tipo. Se le parecía mucho es cierto, pero aquel no era el Creador.
- Empiezo a cansarme de tu silenció. – Antes de que Eskatologico pestañeara ya lo había agarrado por el cuello. Lo levanto con una sola mano y empezó a estrangularlo, la fuerza de aquel demonio era excepcional pero el bufón a su manera también lo era. Se rio en su cara, por más que apretara no era consciente el hermano del Creador de que Eskatologiko no necesitaba respirar.
- ¿Cómo he podido ser tan estúpido? Eres una creación de mi hermano no un humano normal. No te preocupes, encontrare el medio de que me supliques acabe contigo para que cese el dolor.
- ¿El hermano? ¿El hermano de quién? ¿Del Creador? – El bufón no sabía que el Hacedor de Historias tuviese familia pero con aquella revelación las cosas empezaban a cuadrar.
- Veamos cómo te sienta el cambio brusco del frio helado al calor abrasador, incluso las rocas más duras acaban explotando bajo la presión del contraste. – Ahora si fue un auténtico suplicio pero para asombro del torturador Eskatologiko empezó a reír a carcajadas.
- ¡JAJAJAJAJA, mas necesito más dolor, me encanta!
- ¿Te ríes de mi maldita rata? – Repitió una y otra vez la operación, de su mano se extendía calor y frio hacia el cuerpo de su víctima. El desdichado bufón alternaba alaridos con risas y suplicaba lo atormentasen más.
- Bah. ¿Qué podía esperar de mi hermano? Ha mandado un loco. Tu enajenación no es suficiente, acabaras diciéndome lo que quiero. – De su mano libre surgieron afiladas garras semejantes a cuchillas de afeitar y empezó a destriparlo vivo, hurgando en sus entrañas, anudando sus intestinos, arranco su bilis y se la introdujo en la boca. – Disfruta del festín, es de tu “propia cosecha”. – Eskatologiko estaba al borde del colapso, no soportaría por mucho más tiempo el dolor pero seguía provocando con su risa e insultos a su oponente.
La gárgola se retorcía de dolor bajo la nieve, le quemaban las entrañas, hasta hacia poco rato tan solo había sentido un intenso frio pero se abandonó a él en espera de que el sopor que le producía acabase con ella y la muerte la sorprendiera durmiendo, soñando. De pronto un dolor atroz la despertó, siguió retorciéndose y uno a uno todos sus músculos se desentumecieron. ¿Quién osaba hacerle daño?
Eskatologiko fue listo, mucho más de lo que el mismo podía haber imaginado que era hasta ese momento. Criando Malvas, la cabezota de piedra y yo somos uno, lo que yo siento lo sienten ellos. Escupió sangre en la cara del Reverso Oscuro, este lo maldijo y le vomito acido en la faz.
- ¡Un poco más, solo un poco más de dolor! - Le imploro, mientras su cara se consumía quedando a la vista parte de la calavera.
También Criando Malvas escapo del influjo del desierto helado por medio del suplicio. -¿Qué es este dolor tan insoportable? ¡Alguien va a pagar muy caro por esto!
Un gran haz de luz formo una especie de cúpula a lo lejos, la tormenta ceso de repente y bajo los pies del hermano del Creador se licuo súbitamente la nieve, la temperatura subió de golpe muchos grados. Al retomar el interés por su víctima comprobó que se había evaporado de ente sus manos. Escucho un zumbido a sus espaldas pero al girarse no pudo ver más que a una enorme mole avalanzandose sobre él. La gárgola lo agarro con sus zarpas destrozándolo con las uñas, lo alzo sobre su cabeza y con todas sus fuerzas lo golpeo contra las piedras, el hermano del Hacedor quedo inmóvil y se asemejaba a un muñeco de trapo. El monstruo siguió golpeándolo largo rato hasta que entre sus manos solo quedaron unos restos informes y sanguinolentos, los arrojo lejos de si. Aún continuaba muy alterada, necesitaba desfogarse más pero el fuego de su mirada se disipo paulatinamente.
- ¿Dónde mierdas fuiste estúpido? ¡Que sea la última vez que abandonas mi cabeza!
- No te preocupes, no pienso hacerlo nunca más te lo aseguro. No ha sido una experiencia “enriquecedora.”
- La tormenta ha arreciado y yo sigo muy cabreado. – Refunfuño Malvas. –Encontremos a esa maldita Voz del Viento de una vez y acabemos con esto.
La gárgola prosiguió su camino dejando atrás los restos del Reverso Oscuro.
La Voz del Viento.
Eskatologiko me puso al corriente de quien era aquel al que acababa de destrozar y mi perplejidad iba en aumento. ¿El hermano del Creador? No tenía ningún sentido, demasiado sencillo acabar con ese cretino. La sensación de que me están manejando, de que en ningún momento las decisiones tomadas me pertenecían, también crecía. Hasta ahora cada paso que he dado me ha conducido junto a aquellos que el Hacedor de Historias quería proteger y de una forma u otra quienes los amenazaban han dejado de ser un problema. No me gusta que me manipulen, estoy colérica, tan furiosa que mi cuerpo arde. Me siento como un volcán a punto de erupcionar, mi interior es lava candente. A mi paso la nieve se funde y, si me detengo tan solo un segundo, se licua y evapora al instante. Es esa rabia que siento lo que me empuja a seguir, el influjo de este maldito lugar no ha amainado junto a la tormenta, al contrario, a medida que avanzo me siento más pesada. Es como si la gravedad se hubiera multiplicado por diez. El peso de mi cuerpo me impide volar, camino como si sobre mi espalda descansara todo el peso de las culpas del mundo y me hundo poco a poco al mismo ritmo que desciende el calor de mis entrañas. Eskatologiko me incordia constantemente, su incontinencia verbal junto con su habilidad para enfurecerme son un bálsamo contra la melancolía que me rodea e intenta sumirme de nuevo en la desesperación. Malvas calla, quizás por sentir vergüenza de su debilidad, no debería, yo misma me di por vencida pero es un consuelo no tener que soportar los reproches de los dos. Ahora que todo está despejado puedo ver el lugar en el que me encuentro.Nieve y hielo lo cubre todo, encrespadas laderas se elevan perdiéndose en el cielo, estoy en medio de un desfiladero. Parece mentira pero no llegue a la auténtica cima. No importa, ahí arriba es imposible que haya nada. Daba la sensación de que un dios nórdico hubiese abierto aquella garganta con una apoteósica hacha.
Tras girar un par de recovecos por fin parece llegaba al otro extremo. El desfiladero se ensanchaba y daba paso a lo que parecía un valle. Las montañas que lo rodeaban lo protegían en cierta medida de las inclemencias del tiempo, la nieve y el hielo dejaban al descubierto algunos huecos en la tierra donde crecía el musgo y a lo lejos unas edificaciones. ¡Más ruinas! Toda una fijación la que tienen los personajes del Creador por desiertos y ruinas. En esta ocasión del suelo se elevaban columnas jónicas de hermosa piedra labrada, la mayoría seguían en pie pero no así el techo que debieron sostener hacía mucho tiempo. Había visto restos muy parecidos a aquellos en Grecia. Poco más que las columnas quedaba de, lo que sin duda, fue un templo.
- ¿En honor de que Dios habría sido construido? Que importa, ahora duerme al raso.
Decir que me quede petrificada parece un mal chiste pero así fue. Sentí un hueco en el estómago, en la garganta un nudo que me impedía articular palabra. La emoción se tornó miedo enseguida. Los cabellos del color del oro cubrían su espalda y acababan en rizos a modo de tirabuzones. La piel blanca de sus brazos y piernas y aquel vestido que no parecía más que una sábana con agujeros por donde asomar la cabeza y extremidades superiores, su inconfundible aroma y en su regazo un muñeco de trapo.
- Que mayor te hiciste mi niña, cuanto has crecido. Todo este tiempo buscándote, deseando encontrarme contigo y ahora que te tengo tan cerca me entran ganas de escapar. Ni Eskatologiko ni Malvas dicen nada, tampoco tú, aunque estoy segura que has reparado en mi presencia. No me miras, arrullas a tu muñeco de trapo con lo que parece una nana. El mismo juguete que la acompañaba en nuestro único encuentro pero ya no eres una niña, te convertiste en una hermosa joven. Así que es eso, todos te perseguían, todos ansiaban encontrar a La Voz del Viento. Todo este tiempo buscando respuestas, caminando a ciegas y ahora que se hizo la luz me quede a oscuras. ¿Siquiera me recuerdas?

- La espere durante mucho tiempo pero no vino. – Su voz sonó tan hermosa como triste.
Ahí está la respuesta, si me recuerda. No me mira, deseo tanto ver sus ojos de cristal, que se fijen en mí y me digan que no me abominan. Ningún sonido sale de mi boca, siento pánico, ella me recrimina. No podía mi niña, no podía abandonar mi catedral. Querría gritárselo, postrarme a sus pies y pedirla perdón pero ahora si soy una estatua incapaz de mover un musculo.
- ¿Sabe? Mi abuela siempre quiso convencerme de que solo fue un sueño, de que los seres como vos no existen, pero yo guardé dentro de mí su recuerdo y no le hice caso. – La Voz del Viento parecía hablarle a su muñeco de trapo. -Durante muchos años aguardé su regreso y, entre tanto, estaba convencida que desde algún lugar me observaba. Que me protegía y era mi ángel guardián. Crecí sola en el bosque sin otra compañía que mi abuela. Mi madre me dejó a su cuidado cuando descubrió que yo también tenía el “don”. No la culpo por abandonarme, ella sufrió mucho de pequeña y le costó la mitad de su vida que las gentes “normales” la aceptasen, pero para ello tuvo que distanciarse de mi abuela. Se casó y fue por fin feliz, hasta que yo nací y a los tres años descubrió que el poder que ella no había heredado lo tenía yo. No quería pasar de nuevo por aquello ni que su pequeña sufriera sus mismas experiencias. Me entregó al cuidado de mi abuela, poco se de mi padre, él nunca quiso saber nada de mí. El bosque es un lugar precioso para aprender a vivir. Tan solo los lobos eran una amenaza, pero ellos tenían sus espacios de caza lejos de donde morábamos. Los cuentos de mi abuela eran mis libros de texto, con ellos mi pequeño mundo adquiría sentido y entonces, como salida de uno de ellos, apareció vos sobre la copa de aquel árbol. Mi amiga de piedra regresaba a partir de entonces todas las noches para contarme cuentos, a velar mi sueño. Yo cerraba los ojos tranquila, vos me protegía. La inocencia de una niña que hasta entonces no tuvo más amigo que su muñeco de trapo.
- ¿Por qué no quiere mirarme? Ella me odia, seguro, esta resentida conmigo pero no sé el motivo. Que más hubiese querido que poder estar contigo para contarte historias hasta ver cómo te quedabas dormida, pero mi sitio no estaba a tu lado. ¿Cómo decírtelo, como esperar que lo entiendas si ni siquiera puedo articular palabra?
- Recuerdo el día en que llegó él. Me pareció el ser más bello sobre la tierra. Apareció herido, desvalido, con una bala en su hombro y una herida en su ser. Su alma tan joven y tan gastada, yo 16 primaveras y tanto por aprender. Nadie se acercaba a nuestra cabaña y las pocas veces que nosotras lo hacíamos al pueblo nos evitaban como si fuésemos apestadas. Pero cuando la necesidad apremia y la vida se escapa entre los ensangrentados dedos, no hay otro mayor miedo que la muerte. El bello guardabosque se arrastró en busca de auxilio. – Los furtivos casi acaban conmigo. – Nos dijo antes de caer sin sentido. El tiempo en mi bosque discurre distinto, mi abuela extrajo la bala y limpió la herida. Cataplasmas impregnadas en los remedios de la tierra, muchos cuidados durante días y noches y el guardabosques recobraba los colores que denotan regresa la vida. Yo embebida en su semblante, en el vaivén de su pecho mientras respira. No me acordé de vos durante muchos días y olvide a mi “bebe”, a mi preciado muñeco de trapo en un lugar apartado. Solo pensaba en él, en el momento que abriera los ojos y escuchase su voz. Mi abuela estaba inquieta, sabía lo vulnerable que era, lo tierna que en materia de amores estaba su nieta. ¿Cómo describir lo que sentí cuando me miró?
Ahora era yo quien no perdía detalle de las palabras de mi niña. Intuía un terrible desenlace. - ¿Ese tipo te hizo sufrir? ¡Volaré a buscarlo y lo hare pedazos! - Como escuchando mis pensamientos Ayla giró por fin la cabeza y pude distinguir sus enormes ojos claros. No eran vivarachos y alegres como antaño. Ninguna expresión al mirarme, era como si realmente me hubiese convertido en una estatua y así es como me viese.
- Su convalecencia fue mi iniciación al amor. Sus ojos, su voz, su boca, sus manos, su…su todo era hermoso. Me habló de sentimientos que hasta ese momento desconocía y aquel día en que nuestros labios se besaron, creí habíamos sellado un pacto sagrado y quedó rubricado cuando se fundieron nuestros cuerpos en uno. A la tarde salí a reunir lilas, un gran ramo para mi amado, pero al regresar ya había marchado. Días pasé llorando en el regazo de mi pobre “tata”, mi dulce abuela. “Mi niña despierta a los amargores de la vida” me decía mientras acariciaba mi pelo y por primera vez se deslizaron por mis mejillas lágrimas de hiel. Soñaba con él y ni un instante su imagen se apartaba de mi mente adolescente. Le escribí versos, hasta ese momento nunca antes lo había hecho. ¿Cómo pudo pasar? Yo que puedo ver lo malo y lo bueno dentro de cada ser, nada aprecie en él que no fuese de mi agrado, y sin embargo al igual que vos…él marcho. Ni adiós me dijo. “tendría un buen motivo” pensé. Que ignorante corazón de la condición humana, si bien ya no mi cuerpo, mi ingenuidad continuaba virgen y en lo triste de la situación, esperé despierta su regreso noches enteras frente a una hoguera… …hasta que la ilusión se apagó.
– Yo habría endurecido tu corazón, te habría prevenido sobre lo impío del amor de los hombres, de lo falso de sus razones. Yo me alimento de promesas incumplidas, es mi comida y sé lo que me digo. Cuanto has sufrido, tu dolor me habría nutrido muchos siglos, pero no…no es tu amargura lo que he venido a buscar. Quiero ver brillar de nuevo tu mirada y que tu sonrisa consiga me sienta menos malvada. ¿Soy tan egoísta por querer disfrutar de tu alegría? ¿Por qué estas enojada conmigo? ¿Qué podía hacer yo, si al igual que ahora, entonces no podía moverme? ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Por qué no puedo decirte lo que estoy sintiendo?

Ayla se acercó y acaricio su hocico con ternura, como se acaricia a un corcel y no a una grotesca gárgola de dura piedra. Es como si pudiese escuchar todo lo que pensaba el monstruo de piedra. No podía sentir su tacto y se desesperaba, nada desearía más en ese momento, que ser de carne y hueso para poder notar sus manos en la cara.
- ¿Por qué estas enfadada conmigo?
El final de la inocencia.
Era una pequeña zona despejada en mitad del bosque, la muchacha salió por leña para reavivar las llamas de la chimenea donde cocía el caldero que la anciana vigilaba. Añadía los condimentos y con un cucharon de madera los removía con cuidado. Tan solo unas humildes patatas junto a unas coles. Cogió el bote donde guardaba la sal, estaba prácticamente vació, en una estantería se acumulaban cacerolas, útiles de cocina junto a mas tarros vacíos. Solo de pensar en tener que acercarse al pueblo en busca de provisiones la entristeció. Buscó entre los cachivaches, disimulado entre ellos, un pote de hojalata. Lo volcó y cayeron unas pocas monedas. Con eso no tendrían para gran cosa, desplazarse casi un día para encontrarse con el desprecio de aquellos pueblerinos y regresar, como de costumbre con las manos vacías, no era una idea que la atrajese. Miró como su nieta salía por la puerta y su estómago se encogió. Desde que aquel guardabosque apareció por allí, su chiquilla ya no había sido la misma. Su alegría marcho junto a aquel jovenzuelo y la muchacha pasaba los días encerrada en sí misma sin apenas decir palabra. El guardabosques no era trigo limpio, lo pudo ver en su espíritu desde el momento en que se desplomo ante ellas a causa de una fea herida, pero su nieta estaba a su merced. La proximidad de un hombre, un joven apuesto, despertó en ella su instinto vital, no estaba preparada para unos sentimientos nuevos que no comprendía. Llevaba a su cuidado desde los cuatro años sin tener apenas contacto con otros seres humanos. Cayó rendida a los encantos del recién llegado, que se aprovechó sin ningún pudor de su inocencia. Se recordó a si misma siendo casi una niña y pasando por una situación que era un calco de la vivida por su nieta. No sabía a quién rezarle, nunca creyó en entes superiores que rigieran sus vidas y de ser así no les debía ninguna gratitud por lo que había sido hasta ahora su existencia. El “don” que abuela y nieta compartían era una maldición, a nadie hacían daño pero todos las temían y miraban con recelo. Las llamaban brujas y los niños les arrojaban objetos a su paso. Si realmente alguien velaba por ellas, solo les pidió de corazón, que en el vientre de su nieta no estuviese floreciendo otra vida.
En el exterior un pozo protegido de los insectos y el sol con una tapa circular de madera. Apenas sacaban de él agua suficiente para el pequeño huerto donde crecían algunas verduras y patatas. Casi todo lo que comían lo sacaban del propio bosque en el que se ocultaban. No cazaban animales, su dieta era totalmente vegetariana. Ayla se dirigió hacia el lugar donde almacenaban la leña que recogían del suelo del bosque, estaba a salvo de la lluvia bajo un improvisado techo de paja sostenido por cuatro troncos de pequeño grosor clavados en la tierra. Recogió la suficiente para que el guiso no dejase de hervir y dio media vuelta de regreso. Las ramas cayeron al suelo y por primera vez en muchos días su rostro se ilumino por la alegría. Plantado en la entrada del camino que se adentraba en el bosque se encontraba su amado. La miraba con expresión fría, eso no la importo, corrió a su lado izando los bajos de su raído vestido por encima de los tobillos para no liarse con ellos y caer al suelo, lo hacía descalza. Se abalanzó sobre él en busca de sus brazos pero la aparto de forma brusca. Casi pierde el equilibrio, lo miró perpleja, con todo mantenía la sonrisa y el rubor de sus mejillas delataban su gran excitación. Tras el joven aparecieron como de la nada, otras tres figuras. Ahora si quedó petrificada, tuvo que tragarse todas las palabras con las que quería celebrar el reencuentro.
Los extraños traían consigo dos mulas cargadas con pieles de animales de todo tipo, ciervos, lobos, tejones, osos…También dos grandes cajas de madera que, por los resoplidos y sudores de los pobres equinos, debían de ser muy pesados. Iban armados con rifles de caza y en sus cinturas cananas con varios revólveres. Aquellos individuos olían fatal.
- Tenías razón, este es un lugar estupendo para esconderse unos días. – El que habló era un tipo alto y fornido, el poco pelo que quedaba en su cabeza estaba grasiento, en los antebrazos y pecho descubierto parecía acumularse el que le faltaba en la azotea.
- ¿Estás seguro que no hay nadie más aparte de las dos mujeres?
- Lo estoy, nadie se acerca por aquí, por lo visto las rehúyen. Los lugareños piensan que son brujas. – El calvo miró por encima del hombro del muchacho y clavó sus vidriosos ojos en Ayla.
- Una hermosa bruja, debe de haberme echado algún tipo de hechizo porque no puedo dejar de contemplarla. – De hecho, todos salvo el joven, la miraban de forma lasciva recorriendo con los ojos todo su cuerpo. La muchacha estaba aterrorizada. El corazón de aquellos hombres rebosaba maldad, por sus venas corría ponzoña que nublaba sus mentes. En ellas vio imágenes la joven, escenas del pasado que la dejaron aterrada. Tenía enfrente a tres asesinos, miró también a su amado, no pudo ver en su interior, solo quería besarlo y disfrutar de nuevo de su cuerpo. La condujeron a empujones hasta el interior de la cabaña. Cuando su abuela los vio entrar no supo cómo reaccionar, miro a los ojos de su nieta buscando alguna respuesta en su mirada pero solo vio volar su espíritu al encuentro del él, aunque la ignorase por completo.
- No recibimos muchas visitas. – Les dijo al fin. – Apenas tenemos nada que ofrecerles para llenar el estómago pero compartiremos lo poco. Solo disponemos de dos asientos, repártanselos como gusten, nosotras nos acomodaremos en el suelo. - La anciana maldijo en su mente a los dioses, les había pedido ayuda tan solo hacía unos minutos y en respuesta le mandaban una plaga en forma de forajidos. No cabía duda, aquellos tipos eran cazadores furtivos y posiblemente contrabandistas. Muchos de ellos cruzaban por el bosque, es una ruta segura para esconderse de la justicia pero, hasta ahora, ninguno había encontrado su refugio. Nunca, hasta que el falso guardabosques dio con ellas. Se culpó por no haberlo comprendido cuando llego, notó que mentía pero no podía dejarlo morir. Se equivocó.
- Gracias señora pero eso que cuece en la olla huele que apesta. Traemos carne en nuestros animales. – El calvo se giró hacia Ayla y la ordenó. – Ve y busca en las alforjas de las mulas, encontraras envuelta en paños y yerbas carne de venado. ¡A qué esperas, vuela! – La joven salió disparada y regresó en menos de un minuto con un paquete ensangrentado. Uno de los tipos se lo arrebató de las manos y se lo arrojó a la anciana.
- Espero que sepas cocinar y no la eches a perder, prepáranos un rico estofado y arroja a los cerdos esa asquerosa col. – La anciana pudo ver en la mente del calvo lo ocurrido hacia unas semanas.

- Preparemos una emboscada, ella está sola y nosotros somos cuatro.
- Eso no es una mujer, es un demonio. Apenas hace una hora éramos seis, ya habéis visto de lo que es capaz. Nosotros vamos a pie y ella tiene una montura. Lo mejor es que nos separemos e intentemos despistarla. Así, al menos tres de nosotros tendrán alguna oportunidad. Si seguimos juntos nos cazara como a conejos.
- Ya corrimos como conejos asustados, dejemos atrás a dos de los nuestros y estoy seguro de que el chico seguía con vida.
El calvo de pelo grasiento cogió por la pechera al otro tipo. Este era delgado y de estatura más bien baja, el calvo, de mucha más envergadura, parecía ser el que llevaba la voz cantante.
– Puedes ir en su busca si lo deseas, pero no te faltó el aliento cuando escapaste poniendo pies en polvorosa al escuchar el primer disparo. No podemos arrastrar un herido, que se joda el chico, que se pudra junto a Willie. Ahora debemos pensar en los que seguimos de una pieza. Nos reuniremos donde ya sabéis, recogeremos el cargamento y nos largaremos a la capital. Hay un tipo, un tal Rocco que está reclutando mercenarios para ir al nuevo continente, no hacen preguntas.
- Malasangre tiene razón, aquí tenemos demasiadas causas pendientes con la justicia. Nuestras cabezas se han revalorizado mucho estos últimos meses y no podremos despegar a los caza recompensas de nuestro culo. Lo mejor es desaparecer, empezar de cero en esas remotas tierras. - El que hablaba era el más veterano de los cuatro, no rondaría muchos más de los cuarenta pero su cara picada de viruela, un herpes supurante en su nariz, junto con las arrugas de una piel quemada por el sol, le daban una apariencia mucho más envejecida.
- Ahora solo me preocupa una caza recompensas en particular y estamos dándole un tiempo precioso para encontrarnos. Desperdigaros por el bosque y que la suerte nos asista. – Los tres delincuentes se separaron, el calvo los miró unos segundos. – Con un poco de fortuna seremos alguno menos a repartir. – Sonrió al pensar en esa posibilidad y también empezó a correr, no querría ser él uno de los posibles ausentes.

La terrible herida le quemaba el hombro y por el agujero se escapaba la sangre a borbotones. Intentó detener la hemorragia metiendo en el orificio un trozo de tela de su camisa pero no fue suficiente. Sentía que le fallaban las fuerzas, la vista se le nublaba y sus rodillas no soportaban apenas el peso de su cuerpo. Escuchó muy a lo lejos un nuevo disparo. La detonación era inconfundible, un revolver de gran calibre, el arma de la caza recompensas. El miedo era lo único que lo mantenía en pie, el miedo a morir. Solo tenía 20 años recién cumplidos, no podía acabar así, aun le quedaba mucho por vivir, mucho por hacer. Se maldijo por haberse unido a aquellas sabandijas. - ¡Cobardes! – Gritó de forma inconsciente, lo habían abandonado a su suerte. Por fortuna para él la pistolera no puso demasiado interés en su captura. Vio mientras escapaba como ataba en la grupa de su yegua el cadáver de Willie. - ¡Carroñeros de mierda! – A su modo de ver las cosas no había nada más despreciable que los cazadores de hombres. No les importa en absoluto la justicia, solo el dinero que ofrecen por sus víctimas. Nunca hubiera imaginado que una mujer pudiera dedicarse a semejante “oficio”. El muchacho era un auténtico misógino, despreciaba al sexo opuesto, para él solo eran objetos de los que aprovecharse. Desde la adolescencia se dio cuenta de las oportunidades que con las mujeres le ofrecía su privilegiado físico. Cuando estaba a punto de perder la esperanza la vio, al final del camino se abría un pequeño claro en el bosque y en el centro una pequeña cabaña. Dos mujeres lo observaban. Se dirigió tambaleándose hacia ellas y se desplomó en los brazos de la más joven.

Pudo ver los recuerdos recientes de aquellos hombres como si ella misma los hubiese vivido, el de la nariz macilenta no estaba, no debió de conseguirlo. Preparaba el estofado con la carne que le habían dado los furtivos. Alcanzó un tarro y condimentó el guiso con lo que había en el interior. Su nieta reparó en ello, los ojos se le abrieron como platos y dirigió una mirada suplicante a su abuela.
– Necesito más leña o el fuego se apagara.
- Ya has escuchado a la vieja. – El calvo ni la miró pero Ayla entendió perfectamente que le habían dado una orden.
– Un momento…Zinue acompáñala no sea se le ocurra hacer alguna tontería. - A la joven se le subieron los colores, aunque fuese en un espacio tan corto de tiempo podría estar de nuevo a solas con su apuesto amante. Que desilusión, la sacó a empujones y no le dijo ni una sola palabra. Regreso enseguida con el haz de leña y lo deposito al lado de la chimenea. Los forajidos hablaban de su futuro viaje a la capital y de lo que planeaban hacer una vez allí. Ayla no reparaba en como la miraban, ella tenía los ojos fijos en el caldero donde hervía la carne aderezada con setas venenosas. Podía casi comunicarse con su abuela mentalmente, no es necesario hacer algo tan terrible parecía intentar explicarle, pero esta había tomado la determinación. Aquellos hombres no las dejarían con vida, cuando de soslayo los miraba y los sorprendía babeando por su nieta no le remordía la conciencia. No dejaría en manos de esos monstruos a su niña.
Los tipos se impacientaban, podía escucharse el sonido de sus tripas. Por fin la anciana empezó a repartir el estofado en los platos. Solo había una pequeña mesa y dos sillas que habían ocupado el mandamás y el flacucho. El muchacho y el cuarto tipo, uno barbudo que se asemejaba a un oso, se sentaban sobre unas cajas.
- Ummmm, esto huele de muerte. - Exclamo el calvo. – No hay demasiado sitio en la mesa así que vosotras tendréis que comer después. Eso si es que os dejamos algo. – Todos rieron a carcajadas. – Encontraste un refugio estupendo muchacho, ahora repón fuerzas, después de la pitanza las necesitaremos. – Miró a Ayla y sonrió de forma perversa, a la anciana le dio un vuelco el corazón. Por su parte, la muchacha no podía dejar de mirar los platos, el plato para ser más exactos, el del joven Zinue. El muchacho parecía el más hambriento y se abalanzó hacia el estofado.
Un grito y el plato voló por los aires. Todos miraban a la muchacha. Pronto el calvo entendió el motivo del arrebato de la joven. En sus ojos un odio descontrolado.
- ¡Que pretendías hacer maldita bruja!
Como intentando aceptar el destino, la anciana miró a su nieta y agacho la cabeza. – Pobre chiquilla. –Pensó. - Tu ceguera nos ha traído la ruina.

Los furtivos se levantaron como uno solo abalanzándose sobre las asustadas mujeres. El individuo con apariencia de oso rodeó con sus brazos a la muchacha por la espalda inmovilizándola. El canijo junto al calvo empujaron violentamente a la anciana haciendo que cayese al suelo. El primero se puso encima aplastando los brazos de la mujer con sus piernas de forma que no pudiera moverse al tiempo que la golpeaba en la cara con sus puños. A un gesto, el compinche la sujetó la cabeza. El cabecilla ordenó a Zinue que trajese uno de los platos junto con una cuchara. La anciana pataleaba y Ayla era testigo de la escena, incapaz de escapar de su captor gritaba impotente. El tipo amordazó a la joven con la mano, se la mordió y en un acto reflejo la lanzó de forma violenta lejos de sí. Ayla se golpeó la cabeza contra una esquina de la mesa haciéndose una fea brecha en la frente.
- ¡Idiota, agárrala e intenta no cargártela antes de tiempo! Como la dejes inservible, por Dios te juro que te volare la tapa de los sesos. – No se hizo el truhan de rogar ante las amenazas del calvo y aprisionó de nuevo a la muchacha. En esta ocasión, para no correr riesgos, la amordazó con un trapo de cocina y la hizo mirar como aquellos miserables torturaban a su abuela. El flaco la obligaba a abrir la boca mientras el calvo grasiento intentaba introducirle una cucharada bien cargada de carne envenenada. Zinue se limitaba a observar con una sonrisa en los labios.
- ¿No tienes hambre zorra? Abre esa bocaza tuya y come. Querías acabar con nosotros eh maldita. – Estaba a punto de conseguir hacerla tragar el estofado ponzoñoso cuando reuniendo todas sus fuerzas la anciana consiguió liberar la cabeza de las manos del canijo y golpear con ella el plato tirándolo al suelo. El calvo, colérico, volvió a aporrearla salvajemente.
- ¡Saquémoslas fuera, este cuchitril es demasiado pequeño, nos limita la diversión! – El calvo arrastró a la anciana por los pelos hasta el pequeño descampado, su compañero el canijo la fue pateando por el camino. El oso sacó casi en volandas a Ayla que pataleaba intentando inútilmente liberarse. Zinue los seguía sin perder detalle, tomando buena nota de todo lo que pasaba y regocijándose por dentro. La joven le suplicaba con la mirada que las ayudase.
- Me cansé de la vieja. – El calvo dirigió sus ojos lascivos a Ayla, se separó de su víctima y se acercó a la muchacha. La apartó de los brazos de su compañero, la tiro al suelo y se arrojó sobre ella inmovilizándola con su peso. El fétido aliento de aquel miserable casi la asfixia.
Le arrancó de la boca la mordaza con una mano mientras con la otra levantaba el vestido de la horrorizada joven.
– Quiero escuchar tus gemidos preciosa. – Lo único que escuchó fue un grito desgarrador. No podía apartar la vista de donde los otros dos criminales pateaban a su abuela. La anciana, hecha un ovillo en el suelo, no ofrecía ya ninguna resistencia. Estaba inmóvil, muerta.
- Te reservo un final más placentero que a la vieja. Pequeña, se cariñosa conmigo y no sufrirás ningún daño. – Los otros dos sicarios los rodearon esperando su turno, el joven mantenía la distancia. El calvo se bajó los calzones y la penetró de forma salvaje. Ayla se mordió el labio inferior haciéndolo sangrar abundantemente y cerró los ojos empapados en lágrimas. Intentó ignorar la repulsión que sentía en cada embestida y empezó a murmurar, su tono fue subiendo hasta ser un grito de auxilio. El calvo se detuvo por unos instantes intrigado.
- ¿A quién llama esta zorra? – Dirigió la mirada a Zinue. – Dijiste que no había nadie más en toda la zona.
- Y no los hay. - Le respondió.
- ¿Y entonces a quién demonios llama?
- Y qué se yo, se habrá vuelto loca. - Los otros dos tipos se pusieron en guardia mirando a su alrededor, todo parecía tranquilo.
- ¡No me fio! Coge un rifle y date una vuelta por ahí, vigila. Tú ya has probado a esta perra.
- ¡No hay nadie más, maldita sea! – Protestó el joven. - ¿Por qué tengo que perderme todo lo bueno?
- Porque si no obedeces tú serás el siguiente. Te romperé tu estrecho culo. ¡Espabila! – A regañadiente se dirigió al interior de la cabaña en busca de un arma.
- Ya estoy otra vez por ti muñeca. Grita todo lo que quieras, eso me excita aún más.

Sonó como un cañonazo y el rostro junto a los rubios cabellos de Ayla se tiñeron de rojo. En el intervalo de un segundo dos nuevos disparos y después el silencio solo fue alterado por la respiración nerviosa de la muchacha y el tintineo de unas espuelas que sonaban cada vez más cerca. Vio como de un puntapié una bota la liberaba del peso muerto del calvo. Ayla fue subiendo despacio la mirada, recorriendo desde abajo el cuerpo del recién llegado. Unas botas manchadas de barro equipadas con espuelas, unos pantalones ajustados enfundaban unas piernas que parecían no acabar nunca, una canana cargada de balas y en una mano un enorme revolver. Lo cubría un guardapolvos que empezaba a estar algo viejo. De pronto, un largo y laceo cabello castaño y el duro rostro de una mujer de alrededor de 30 años, ojos color avellana y cubriendo su cabeza un sombrero sucio de polvo. La pistolera parecía ignorarla, su mirada estaba fija en la única puerta de una cabaña sin ventanas. Ayla se levantó del suelo y en un gesto de vergüenza y repulsión se bajó el vestido e intento adecentarlo. La recién llegada permanecía estática como una estatua frente a la entrada de la cabaña. Una sombra salió del interior a toda prisa, rápida como un rayo la mujer apuntó con su arma. La joven dio un manotazo en su brazo y el disparo se perdió en el aire. Zinue desapareció en la espesura del bosque.
La tremenda bofetada la tiró al suelo pero Ayla no emitió ningún quejido. Se topó de bruces con el cadáver de su abuela y escondiendo el rostro en sus manos comenzó a llorar.
Durante cerca de una hora siguió las vicisitudes de aquella extraña mujer sin pronunciar palabra. La pistolera dio un agudo silbido y apareció de entre los arboles una hermosa yegua negra. Enterró a su abuela, luego despojó de su carga a las mulas de los mal hechores. Arrojó al suelo las pieles y a continuación las pesadas cajas. Al caer se hicieron astillas y de su interior salieron rifles nuevos y relucientes. A la extraña no parecían interesarle aquellas armas que seguro valían un buen dinero. Hizo sin aparente esfuerzo los cadáveres y los sujetó con cuerdas a lomos de las mulas. En la primera el calvo y el canijo, en la segunda el tipo con aspecto de oso. Subió a su montura, tras de sí las mulas unidas a la yegua con sogas y en su grupa la tétrica carga. La muchacha, de rodillas en la tierra sentada sobre sus talones, la seguía con la mirada sin pestañear. La pistolera azuzó a su montura y se puso en marcha. Antes de recorrer un par de metros se detuvo, miro a su alrededor. La pequeña choza, el montículo de tierra bajo el que reposaba el cuerpo de la anciana, luego fijo la mirada en la muchacha. Ayla pudo ver el interior de la mente de aquella mujer por un instante y tuvo que apartar la mirada. Albergaba un odio desmedido pero también una tremenda pena. Cuando la miró de nuevo, la pistolera le tendía la mano. La muchacha se acercó lentamente de forma tímida y desconfiada. La levantó del suelo como si pesara menos que una pluma y la sentó a su espalda en la grupa de la yegua. Los cinco se adentraron en el bosque.

No pronunciaras el nombre del monstruo en vano.
- La llamé, grité con todas mis fuerzas pero no sabía su nombre. En mi inocencia de niña estaba convencida de que vendría, que aparecería en el cielo con sus enormes alas, que descendería y nos libraría a mí y a mi abuela de aquellos malvados. Pero en lugar de vos apareció ella, la pistolera, y cuando lo hizo ya era tarde para mi pobre tata. – La gárgola se sorprendió al darse cuenta que, a las caricias de la joven, respondía con un ronroneo como si de un dócil gatito se tratara. No le importaba no sentirlas, disfrutaba imaginando como sería el tacto de las manos de la muchacha. La reconfortaban de todo aquel sufrimiento, de lo que sentía al escuchar de labios de su niña aquella terrible historia.
- Lo siento, lo siento, lo siento…yo no podía… - Ayla se separó de ella, se acurrucó de nuevo frente a una hoguera, que era el único foco de calor en aquella desolada tierra, y agarró su muñeco de trapo.
– Lo sé, no se apure. Sé que estaba presa, que no podía escapar de su catedral. Lo he visto en su cabeza junto con muchas otras cosas. – La Voz del Viento había abierto un vínculo telepático con el monstruo de piedra y este no necesitaba de palabras para que ella la entendiera. Solo Ayla hablaba.
– A partir de aquel momento dejé de ser una niña, muchas cosas pasaron desde que la caza recompensas me dejo en el pueblo pero preferí perder el recuerdo de aquellos días. – Su voz era un susurro impersonal, casi mecánico. Era difícil apreciar tristeza, melancolía u odio en su tono, la Voz del Viento mecía su muñeco mientras hablaba dando la espalda a la gárgola.
- ¿Es por eso que estas enfadada conmigo? Perdóname, nada me habría hecho más feliz que colgar de la copa de un árbol con sus propias tripas a aquellos desalmados. ¡El Hacedor, el Hacedor de Historias es el culpable como siempre! Él es quien me impone cinco décadas de encierro. Son sus estúpidas normas las que tan solo me permiten ser libre durante unos pocos meses, dos únicas escapadas cada siglo. Ayla miró al ser de piedra y respondió a sus pensamientos.
– Pobre, en casi mil años de existencia, apenas ha vivido una década. Siempre sola, sin cariño, al menos yo tuve a mi tata, a mi abuela. También tú eres una niña perdida. No sé en qué momento el Creador me acogió en su mundo. Me ofreció una vía de escape, un personaje y una nueva historia en la que sería una valerosa heroína. Por un tiempo olvidé toda mi amargura, pero también él se escondía de la realidad en sus propias mentiras. No, no era una salida y, por más que fuera atractiva la idea, su mundo no era el mío. Lo dejé y me escondí en este lugar con la esperanza de olvidar. Miré en que he convertido lo que antaño fue una hermosa cima. – Por fin el monstruo de piedra recuperó el habla.
- He visto lo que te depara el Creador, el destino que te reserva. Un lugar bajo tierra junto a otro centenar de tumbas anónimas. Hiciste bien en escapar de él, es un ser despreciable. Puedo librarte de tu carga, salvarte de tu destino, solo has de pedirlo. El Hacedor busca a la Inspiración. ¿Sabes dónde puedo encontrarla? Si la encuentro podre matarla y sin ella el Hacedor de Historias no es nada. Si impido que pueda recuperarla seremos las dos libres para empezar de nuevo.
- ¡Nooooo! – Por fin la Voz del Viento pareció recuperar su humanidad, su negación horrorizada daba fe de ello. – Pactemos mi final, estaba encantada de formar parte de su moderna tragedia griega. Un final hermoso con el que decir adiós en la convicción de servir de inspiración a otros.
- ¿Qué tiene de bello la muerte? ¿Qué inspiración es esa que me privaría de ti para dejarme solo tu ausencia?
- Es solo una historia, no es real.
- ¡Estoy harta de que me digan que no soy real, que no soy más que una marioneta, un personaje salido de la pluma de un escritor! ¿Acaso no estamos las dos aquí y ahora?
- No me dijo su nombre.
- ¿Por qué cambias de tema?
- Veo a Eskatologico y a Criando Malvas, no dicen nada. Vos me los presentó y desde entonces también ellos me hicieron compañía en mi solitaria infancia. Los llamaba por su nombre y me hablaban pero vos… ¿Cómo llamarla?
- El mío es un nombre ridículo para un monstruo. Desde el principio odie al Creador por ello.
- Por favor…
La gárgola mascullo si debía responder, finalmente emitió un susurro inaudible. Ayla sonrió.
- Es un nombre precioso. ¿Por qué se avergüenza de él?
El monstruo de piedra se sorprendió. – Solo eructe un sonido ininteligible, no has podido entenderlo. – La Voz del Viento no dejó de sonreír, en todo aquel tiempo había permanecido inexpresiva y distante, pero ahora parecía que recuperaba poco a poco humanidad junto al color de sus mejillas.
- Puedo ver en tu mente, no necesito palabras para entender.
- Ahora me siento ridícula, desnuda. Solo revelo mi nombre a aquellos con los que cuento no verán otro amanecer. Por favor te lo ruego, mantenlo en secreto.
Ayla rio a carcajadas. – MAGENTA, MAGENTA, MAGENTA, MAGENTA, JAJAJA.
- Haces que me avergüence…
- ¿Pero porque? ¿Qué tiene de malo?
- No es nombre para un monstruo. Debería poseer uno que inspirase terror solo el pronunciarlo.
- Vos no sois un monstruo.
- No tienes ni idea de las vilezas de las que he sido capaz.
- Se equivoca. - Dio por zanjado el tema. - No se preocupe, estamos solas aquí, nadie puede oírme así que su secreto está a buen recaudo.
- Yo no estaría tan seguro pánfila. – Sonó un zumbido que Magenta reconoció en seguida. Se abalanzó hacia el lugar del que provenía protegiendo con su cuerpo a Ayla. El impacto fue terrible, la gárgola salió despedida dando volteretas en el aire con una extremidad delantera menos. No se había equivocado, aquel era el mismo sonido que emitían las “saetas” que le dispararon los artilugios voladores con los que se topó en el inicio de su viaje. Recompuso su garra en un instante y recuperó posiciones interponiéndose entre la Voz del Viento y el recién llegado. No podía dar crédito a lo que veía. Lo había destrozado, no dejó de él más que un amasijo de carne informe y sanguinolenta y, sin embargo, se encontraba frente a ella como si lo acontecido solo hubiese sucedido en su imaginación. Totalmente repuesto, el traje impecable y cada uno de sus cabellos pulcramente peinados y en su sitio. El Reverso Oscuro la miraba con burlón desprecio al tiempo que arrojaba al suelo su lanza granadas.
- No necesito de esto para ponerte en tu sitio. ¿Qué tal sienta te pillen desprevenida?
- ¡Tú, tú no deberías estar vivo!
- Menuda sorpresa, no podía imaginar que algo tan feo como tú seria hembra. – El hermano del Creador oteo a su alrededor. - No veo al payaso, no importa, ya le daré su merecido cuando acabe contigo. – Se quedó mirándola más detenidamente. – No entiendo como el cretino de mi hermano pudo ocultarme tu existencia. Por una vez debo felicitarlo, ha creado algo digno por fin. Lástima que el hecho de que hayas acabado con mis hijas no me permita dejarte con vida, Habrías sido una buena sirviente. Compréndelo, es de justicia. – Ahora miraba sin disimulo a Ayla. – La Voz del Viento… ¡JA! Menudo fraude. No eres más que una niñata, esto tampoco lo esperaba. En fin, ya averiguare el por qué eres importante para el Hacedor de Historias. No te inquietes enseguida estoy contigo.
- Te despedazaré de nuevo y esta vez me encargare de que no quede ni polvo del que puedas recomponerte.
- Me pillaste desprevenido, no volverá a suceder. ¿De verdad crees que puedes derrotarme? No eres más que una grotesca caricatura de monstruo. En mis manos serias realmente pavorosa, pero como todo lo salido de la cabeza de mi patético hermano eres débil de espíritu. Creo que voy a divertirme bastante con esto.
- Solo lo harás si eres masoquista. Prepárate para sufrir los suplicios más aberrantes.
- Ja…ja…ja. Que miedo Ma…gen…ta.
- Mierda, ahora si tengo un motivo para matarte.


Deseos que son veneno.

- Tienes que escapar de aquí, este…lo que sea, asegura ser hermano del Creador. De no ser un embustero cabe la posibilidad de que no pueda vencerlo. El Hacedor de Historias me advirtió que corrías peligro y sin ninguna duda él es la amenaza a la que se refería. – Por primera vez en su larga existencia la gárgola estaba asustada. No temía por su vida, su miedo era no poder proteger a quien durante tanto tiempo había buscado y ahora que al fin la tenía a su lado no concebía la idea de perderla. Con todo, debían separarse de nuevo, aguantaría todo el tiempo posible y si debía morder el polvo sería cuando Ayla ya estuviera muy lejos y a salvo. La respuesta no la ayudó a mantener la calma, al contrario, ahora lucharía bajo una presión mucho mayor.
- No puedo marchar de aquí, es imposible pueda huir.
- ¿Cómo imposible? Regresa por el mismo camino que llegaste.
- Es demasiado tarde, pertenezco a este lugar. Estoy encadenada a él al igual que vos a su catedral. Sé por qué llegué y ese es el cómo, pero escapar...eso ya es otro cantar.
- Eso que dices es tan absurdo como mantener una conversación con Wallizard, pero no hay tiempo para discutir. Debes alejarte de aquí lo máximo posible y a toda prisa.
- ¿Wallizard?
- Cuando acabe con esto te hablare de ella pero ahora… ¡Ahora aléjate de mí por lo que más quieras!
El Reverso asistía a la escena y esperaba con paciencia acabasen con sus tonterías. De vez en cuando se miraba la punta de los dedos comprobando las uñas. Estaban impecables como su indumentaria y todo su aspecto. Tenía todo el tiempo del mundo, la eternidad estaba de su lado.
- Cuando quieras podemos comenzar. – Dijo al fin. – ¿O acaso te falta el valor? – Magenta lo miró con sus ojos de fuego.
- No tengo coraje, nunca he necesitado guardármelo. ¡Prepárate, voy a destrozarte!
- Ya hace un buen rato que me aburres con la misma cantinela. ¿A qué esperas? – El monstruo de piedra se dispuso para el ataque cuando la Voz del Viento la distrajo de nuevo.
- Ten cuidado. – Le imploró. – En mis años de vida me he cruzado con seres miserables, malvados, pero en el fondo de todos ellos había algo bueno. Un pasado, unos tiempos mejores, una infancia y recuerdos bellos, pero quien tienes en frente… - En su rostro una mueca de desagrado. – Jamás pensé que podría decir algo así pero…Ese ser no merece piedad, es todo maldad, nunca, nunca he visto nada igual. Que no tiemble su mano, bueno, su garra. Sea o no el hermano del Creador vos sois mejor.
Las palabras de Ayla la infundieron todo el ánimo necesario. Atacó de forma imprevista, intentando sorprender a su oponente lanzándose como un rayo sobre él pero fue ella la asombrada al comprobar con la facilidad que la esquivó. Pareció casi como si se tele transportase de un lugar a otro. Así se repitió varias veces la misma situación para su desesperación. El hermano del Creador por su parte no hacia siquiera el amago de atacarla o defenderse. Se limitaba a sonreírle burlonamente lo que enfurecía aún más a la gárgola que notaba como todo su cuerpo empezaba a calentarse peligrosamente. Estaba a punto de estallar en unos de sus ataques de ira. Comprobó que Ayla estaba lo sufcientemente apartada, se resguardaba tras unas rocas junto con su muñeco de trapo al que se aferraba de forma inconsciente. En cada una de sus frustradas embestidas contra su enemigo lo había ido desplazando poco a poco lejos de la muchacha, consciente de que en cualquier momento podría estallar en cólera y calcinarlo todo a su alrededor. Así es como sucedió, una gran bola de fuego lo arrasó todo en varios metros a la redonda, también alcanzó al Reverso Oscuro. Entre las llamas podía verlo y escuchar sus carcajadas.
- Tendrás que intentar otra cosa mi patética amiga. El fuego es mi natural elemento y en un lugar helado como este todo un reconstituyente. – Vio como caminaba entre las llamas y ni siquiera su ropa se había tiznado con el humo. – Piensa Magenta. – Se decía para sus adentros. – No parece que la violencia surja efecto contra ese tipo. – Una voz interior la distrajo, era Eskatologico. – Mientras ese mierda me torturaba no dejaba de hablar jactándose y vanagloriándose de sus planes. Se cuáles son sus deseos, aprovéchate de ellos. – río sarcásticamente. – Ya sabes a lo que me refiero. – La gárgola lo sabía muy bien y alzó la voz, su tono embaucador pretendía atraer a su enemigo, hacer que bajase la guardia.
- Podemos pasarnos así toda la eternidad sin llegar a ningún sitio. o podemos zanjarlo por la vía rápida llegando a un acuerdo satisfactorio para ambos. Sé que es lo que pretendes y te ofrezco una manera sencilla de conseguirlo sin necesidad de perder más tiempo.
- ¿En serio lo sabes? Porque en este momento no deseo otra cosa que acabar contigo.
- ¡Bah! Esa no es tu prioridad, además estoy segura que has comprendido que no puedes vencerme y que es por eso que nos gastas tus energías atacándome. Tú lo que realmente quieres es ocupar el puesto del Hacedor de Historias y crees que necesitas de sus personajes y amigos para ello. ¿Y si yo te digo que nada de eso es necesario? Puedes tomar su lugar solo pidiéndomelo y te concederé tu deseo. A cambio solo tendrás que dejarnos en paz a mí y a la muchacha. Ese es mi precio, me es indiferente lo que hagas con el resto. ¿Qué me dices, tenemos un trato?
El Reverso río a carcajadas. – No insultes mi inteligencia, ya jugaba a ese juego cuando tú no eras más que un bloque de piedra en una cantera. ¿Quieres que ocupe el puesto de mi hermano, agotado sin fuerzas, derrotado en su castillo de naipes? Ha sido un intento muy simplón, esperaba más de ti. Ahora veras cual es mi verdadero poder, también yo puedo conceder deseos pero, a diferencia de ti, no necesito que me los pidan para que se cumplan. Puedo ver en el interior de cada ser sus anhelos más ocultos. Ahí tienes a tu “dulce niña”, esa que piensas es tu amiga. ¿De verdad crees que le importas un carajo? Ella tiene un único deseo, me ha sido muy fácil verlo. ¿No me crees? Pues observa.
Fue como si sintiese un fuerte calambre lo que la hizo a arrojar su muñeco de trapo a metro y medio. Ante los ojos de la muchacha el juguete fue creciendo hasta llegar al tamaño de una persona, su aspecto era pavoroso pero Ayla quedó como hipnotizada y en su cara parecía se reflejaba la luz del sol. Estaba resplandeciente tal como Magenta la recordaba cuando niña en el bosque durante su primer encuentro. Corrió como una loca en busca del muñeco y ambos se unieron en un abrazo. El grotesco pelele acariciaba sus cabellos y ella se dejaba mimar. En sus ojos un brillo de felicidad. Magenta asistía estupefacta a la escena sin entender nada.

- ¿Qué mierdas has hecho? ¿Qué pérfida argucia es esta?
- Él es lo único que le ha importado siempre. Teniéndolo a su lado ya no te hace ningún caso.
- ¿Un muñeco de trapo? ¡Eso es absurdo!
- Un muñeco es lo que tú ves pero ella se ha reencontrado por fin con su amado. ¡Ah el primer amor! Ese que dicen nunca se olvida, aunque bien es verdad que ella no ha tenido ningún otro.
- ¡Detén esta farsa, te lo ordeno! Ella es inofensiva, es del todo inocente. Enfréntate a mí, yo soy tu enemiga.
- ¿Estas celosa? Mira lo feliz que esta, observa como besa a su joven y apuesto “guardabosques.”
- ¿Cómo puedes saber eso?
- Os observe largo rato antes de presentarme a lo bruto. Escuche su historia, también vi como ronroneabas como un michino mientras te acariciaba el hocico. Una imagen enternecedora, casi tanto como la de ahora. Mira, ese es el único monstruo que ocupa un sitio en el corazón de la ricitos. ¿No te alegras de verla feliz?
Magenta miraba a la extraña pareja, ambos se besaban apasionadamente. Ella, hermosa con su blanca piel y sus dorados cabellos se le antojaba a la gárgola salida de un cuento de hadas. El muñeco, grotesco, horripilante. Su perplejidad se tornó terror al darse cuenta que el aspecto de la joven empezaba a cambiar. Poco a poco sus cabellos se volvían plateados y su piel se arrugaba, el muñeco le estaba chupando la vida como una sanguijuela se alimenta de sangre. Se giró dando la espalda a su enemigo dispuesta a abalanzarse sobre la abominación de tela cuando escucho al Reverso Oscuro.
- ¿Estas segura de que quieres hacer eso? ¿Mataras a lo que más quiere? Te odiara por ello por siempre. La perderás, te despreciara como todos los demás. – Magenta se detuvo e intento razonar. No le costó mucho decidirse, Ayla ya era una anciana, le quedaban segundos de vida.
- ¡Que me odie, que me odie, que me odie, que me odie! – Cayó sobre el muñeco destrozándolo de un zarpazo, la tela junto al serrín de su interior quedaron esparcidos por el suelo frente a la Voz del Viento. En un primer instante la miro a de forma interrogante para a continuación lanzar un grito ahogado y empezar a llorar histéricamente.
- ¡¿Por qué has hecho algo así monstruo?! ¡Aléjate de mí, no quiero saber de ti nunca más! – Recogió la cabeza cercenada del muñeco y la meció en su regazo. -¡Vete, eres un monstruo!
El hermano del Creador no podía dejar de reír mientras miraba como la gárgola se alejaba cabizbaja de Ayla. –Mírala ahora, pasara amargada lo poco que le queda de vida por tu culpa. Mejor hubiera sido dejarla morir en brazos de su amor. Me equivoque contigo estatuilla animada, eres igual que el resto de los personajes de mi hermano. ¡Patética y sentimentaloide! – Magenta había perdido las ganas de reanudar el combate. Deseaba matar al Reverso Oscuro, lo deseaba firmemente por haber hecho que se desvaneciera el aprecio de Ayla, pero era aun mayor la pena que sentía y la detenía en su ansia vengativa.
- ¿Qué te pasa monstruito? Te veo afligida. Tus deseos se han ido a la mierda en un momento. Ya es imposible puedas sentir de nuevo su tacto sobre tu piel. ¡Huys, lo olvide! Tú no tienes piel, eres de roca viva y no puedes notar sus manitas en tus morros, no sentías como se deslizaban sus dedos por tu enorme cabezota. También eso lo vi, te haces la dura pero solo es de piedra tu corteza. Me miras con odio, no soy tan malo como crees y puedo demostrártelo. Se lo que quieres, cuál es tu deseo y lo que es peor…Puedo concedértelo.
No fue consciente de su transformación hasta que no pasaron unos segundos y el frio empezó a calar en su interior. ¿Qué demonios le había hecho? Se miró las partas delanteras y después recorrió con la mirada las partes de su cuerpo que pudo. Paso una afilada garra por su pecho sintió un agudo dolor y de la herida empezó a manar sangre.
-Eres de carne y hueso, pero es demasiado tarde, la ricitos no querrá acariciarte ya. Con todo ese era tu deseo y como bien siempre dices: “Todo tiene un precio”.
- ¡Te maldigo!
- ¿Y de que te servirá eso? Ahora puedo acabar contigo fácilmente. Hacer que vueles en pedazos con cualquiera de las armas que esos a los que llamas monos han ideado en estos últimos años. La verdad que esta época actual es de largo la mejor por la que he transitado hasta ahora. Una sociedad cínica donde el dinero todo lo puede y no hay otros valores que el de “el pez grande se come al pequeño”. Nunca he estado más a gusto, no me ha costado mucho hacerme con el control de una macro corporación económica. El mundo pronto me besara los pies pero eso no es suficiente. Necesito dominar el universo de mi hermano y para ello necesito a la Inspiración. Ayúdame a encontrarla y ahora que me quede sin hijas quizás decida adoptarte. No te preocupes por la pellejos. – Miro a la envejecida Voz del Viento que seguía gimiendo desconsolada junto a los restos del muñeco de trapo. – No le hare ningún daño, vivirá protegida sus últimos días.
- Cuando encuentre a la Inspiración la matare y tú y el Creador seréis historia.
- En ese caso no me dejas más remedio. – Sacó poco a poco algo del interior de su abrigo. – Antes de dar contigo me encontré con una vieja conocida de ricitos de oro. Me intentó vender su alma por una botella de brandy pero su alma ya hace mucho que me pertenece. Sin embargo conseguí algo mucho más valioso, en cuanto a lo sentimental se refiere, claro. Ahora Magenta podía ver lo que empuñaba, era un enorme revolver, un arma que aunque nunca había visto pudo deducir perteneció a la caza recompensas de la Historia de Ayla. Imaginando lo que pasaba por la cabeza de la gárgola siguió hablando. – En efecto, es lo que piensas. Intenta atacarme y será más divertido, también puedes quedarte ahí plantada como una…jaja – Río. – Como una “ex estatua” para que me sea más fácil volarte los sesos.
- ¡Adelante entonces! Mi existencia carece ya de sentido.
- ¿No te importa lo que pueda hacer con la muchacha? – A la gárgola se le helo la sangre que ahora si corría por sus venas al escuchar aquello.
- ¡No permitiré que le hagas daño!
- Ya no me sirve de nada, ahora solo es una vieja decrepita. Creo que prescindiré de ella. – Apunto hacia la desventurada Voz del Viento. – Una autentica ironía, el mismo arma que la salvo hace tanto tiempo será quien por fin acabe con ella.- Apretó el gatillo y una vez más el monstruo de piedra se interpuso entre Ayla y el proyectil. Le alcanzo justo en el corazón. Cayó en el suelo incapaz de moverse.
- Como todos los personajes de mi querido hermano eres previsible. Ya tienes tu redención, ya hiciste el sacrificio supremo que crees que te librara del infierno. Pero te equivocas, te estaré esperando en él aunque eso será más tarde, ahora tengo cosas que hacer.
Se le fue nublando la vista y lo último que vio tintado de rojo antes de cerrar los ojos es como descendía un extraño aparato, unos soldados arrastraron al interior del helicóptero a la Voz del Viento y todos junto al Reverso Oscuro se perdieron en el cielo. Magenta se abandonó a la muerte consciente de su fracaso.
Eterna y poderosa.
La nieve caía de forma copiosa acompañada de una fuerte ventisca, en lo más alto de la fachada de la catedral el monstruo de piedra tiritaba de frio. A sus costados la acompañaban, distribuidas en perfecto orden, otras cinco gárgolas separadas entre sí por diez metros de distancia. Magenta hacia muchos siglos que había desistido en su empeño de intentar comunicarse con ellas. Era la única de su especie, el resto no eran más que simples estatuas. Había buscado a más como ella por el resto del mundo con nulos resultados. Fue en el momento que aceptó que no había ninguna otra, cuando creo a Eskatologico y Criando Malvas para que la hicieran compañía, aunque solo fuese en su imaginación. Ella era capaz de conceder cualquier deseo a quien se lo pidiera, a cualquiera menos a ella misma y nada anhelaba más, que alguien que la arrancase de la tenaza de la soledad. Un amigo.
No entendía lo que estaba pasando, siempre estuvo al raso y ni el frio, el viento o la lluvia la habían alterado lo más mínimo. Pero ahora tenía frio, salvo por la quemazón que le horadaba el pecho, estaba a punto de convertirse en un tempano de hielo. Durante mil años observó como los humanos entraban en el templo y escuchado a decenas de aquellos tipos subidos en el atril, soltar cada domingo el mismo soniquete. “Pastores” se autoproclamaban y “ovejas” llamaban estos a los parroquianos. Siempre el mismo discurso cargado de amenazas para, finalmente, asegurar que esta vida debía de ser una mierda y así, al morir, poder disfrutar más de la que estaba por venir. La “casa de Dios” llamaban a la catedral, pero ella jamás vio a ningún ser supremo y todo poderoso en el interior. Seguía tiritando, el claqueteo de sus dientes debía de ser audible desde abajo pese a la distancia y el fuerte aullido del viento. Era la primera vez que sentía la necesidad de entrar en la catedral, no por curiosidad, sino por resguardarse del temporal. El pecho no dejaba de quemarle y dolerle terriblemente. Se dejó caer, desplegó sus enormes alas y descendió como si no pesase más que una pluma, para acabar posándose suavemente frente a la enorme entrada. Lo normal sería que hubiese echado la puerta abajo de forma violenta, pero nada aquella noche era “normal”. Intentó hablar en balde con sus dos “consciencias”, parece que por fin también ellas la habían abandonado. Se sentía más sola que nunca. Alzó su garra derecha y picó con insistencia en la gruesa y noble madera. Toc…toc, toc…toc, toc, toc, toc. Esperó unos segundos, nadie acudió a abrir por lo que continuo golpeando de forma arrítmica. Toc…toc…toc, toc toc…toc. Los mismos nulos resultados. Se enfureció, si Dios no quería dejarla entrar por las buenas, lo haría por las malas. Retrocedió para tomar carrerilla para luego correr y coger impulso. Saltó con la intención de derribarla de un cabezazo. ¡TOC! Sintió un fuerte dolor en la testa y como su cuerpo era arrastrado por el viento lejos de allí.
- ¡Mira lo que has hecho, me has roto el chisme de mantener alejados los problemas!
Magenta entreabrió los ojos, todo estaba borroso. Ahora era consciente nuevamente de donde se hallaba. Tumbada sobre un costado en la nieve, en el Desierto Helado del Olvido. Sangrando por un enorme agujero en su pecho.
- ¿Ayla? ¿Cómo es posible? Vi cómo se te llevaban los soldados.
- ¿Quién diantres es Ayla? ¡Despierta membrilla! – Poco a poco las imágenes difusas empezaban a tomar forma. De pie, altiva frente a ella y vestida con lo que se asemejaba a un mal disfraz de opereta, se encontraba Wallizard ataviada de pirata. En su mano derecha un catalejo doblado por un fuerte impacto.
- ¿El chisme de mantener alejados los problemas? Estúpida, mirabas por el lado equivocado.
- ¿Quién es aquí la idiota? Si hiciese lo que me dices me daría de morros con ellos. De todos modos ya no funciona, me lo has roto con tu enorme cabezota. ¡Tienes un aspecto horrible!
- ¿A eso has venido hasta aquí, para reírte de mí? ¿Para regocijarte de mi estado? Ya lo ves, finalmente me has vencido, no saldré de esta, te libraras de mí por fin. – Wallizard se puso de cuclillas y metió el dedo hurgando en la herida del pecho de la gárgola. Esta sintió un agudo e intenso dolor, y como la poca sangre que aun circulaba por sus venas se desbocaba. Cuando la capitana palangana sacó su índice del orificio salió el rojo líquido a borbotones. Magenta apretó los dientes y soportó el dolor, no le daría la satisfacción de escuchar sus quejidos. Ahora Wallizard se había montado en su lomo, rodeándola el cuello con sus piernas, empezó a estirarle de las orejas.
- Un, dos, tres, cuatro, cinco… ¿Cuántos años dijiste que tenías? ¿Mil? Ufff, no sé si sabré contar hasta tanto, en todo caso tampoco tengo ganas. ¡Feliz cumpleañooooos!
- Estas como una puta cabra. ¿Es que no tengo derecho a un poco de paz ni en mis últimos momentos?
- ¡No!
- No sabía que fueses tan rencorosa.
- No son tus últimos momentos, no todavía. He venido desde muy lejos porque tengo algo que pedirte, un deseo.
- ¿Acaso estas ciega? ¿No ves que ya no soy el monstruo de piedra que conociste?
- ¿Y eso que importa? ¿Aun puedes conceder deseos, no?
- ¿Y si no quiero complacerte?
- No puedes negarte, es tu condición.
- Tú no tienes nada que ofrecerme a cambio, pierdes el tiempo.
- Primero debes escucharme antes de hacer afirmaciones precipitadas. – Wallizard sonrió de oreja a oreja.
- ¡Acabemos con esto! ¿Qué demonios quieres?
- Solo a uno, al que tengo enfrente.
- Como de costumbre no te entiendo.
- Quiero a mi antagonista, a mi enemiga. Quiero que de nuevo seas tú misma. ¡Quiero a mi monstruo de piedra rondándome, retándome para ver como fracasa en cada uno de sus intentos!
Magenta estaba completamente desconcertada. – Pensé que te haría feliz desembarazarte de mí.
- ¡Bah! Todo sería muy aburrido. ¡Venga! ¿A qué esperas?
- ¿Y qué me darás a cambio? Bien sabes que siempre hay que pagar un alto precio.
- A cambio quédate con mi inmortalidad. Creo ese es un trueque suculento.
- ¡Maldita! Siempre te has hecho pasar por estúpida, bien es verdad que me has tenido engañada todo este tiempo, te pasas de lista.
- Menuda es la que habla de engaños, tarde mucho tiempo pero finalmente recupere la memoria. ¿Por qué me contaste aquella grotesca historia sobre beber sangre y devorar cadáveres?
- Para crearte un complejo de culpa que te atormentase por siempre pero no surgió efecto. Tú eres incapaz de sentir nada por nadie.
- ¿Y tú sí? Recordé la escena en el barco, como estaba a punto de morir de sed. Apenas podía ver ni moverme, pero distinguí como te acercabas volando, como te posaste a mi lado y en ese momento empecé a recuperar mis energías. Recuerdo que me sacaste de allí en tu grupa, recuerdo muchas cosas pero, por más que lo intento, no consigo recordar el momento en que te pedí ayuda.
- Deseabas vivir, eso era evidente.
- ¿Me lo oíste decir? ¿De verdad te lo pedí? ¡Hiciste trampas reconócelo! – La gárgola quedó en silencio. - Quien calla otorga. Ahora dime… ¿Tenemos un trato?
- Deseo concedido.
Magenta era de nuevo de piedra, poderosa y terrible, se irguió en pie y miró interrogante a Wallizard.
- ¿Por qué?
- Ya te lo he dicho, sin ti todo es menos divertido. Además, la inmortalidad es un rollo. ¿Si no puedo arriesgar mi vida de forma estúpida, que gracia tiene? Sin riesgo no hay aliciente.
- Parto de inmediato. Ven con migo si quieres de verdad jugártelo todo a una carta.
- Se dónde vas, no creas que no me atrae la idea pero esa no es mi guerra. Esperare tu vuelta, para entonces quiero me sorprendas con una nueva treta.
- Puedo acercarte a algún lugar si lo deseas.
- Ja, jaja, ¿Qué clase de deseo seria ese? ¿Qué debería darte a cambio?
- Hace un instante tuve un extraño sueño. En un milenio jamás tuve ninguno, jamás fui capaz de dormir y ahora estas frente a mí. Llegaste hasta aquí cuando incluso yo casi fui incapaz de alcanzar esta cima.
- Quizás sigas soñando, quizás… ¿Debería eso detenerte?
Magenta sonrió, aunque para un humano era imposible distinguirlo. – Nos volveremos a ver, tenlo por seguro, y en la próxima ocasión no te saldrás con la tuya. – Wallizard le sacó la lengua.
-Estoy desando ver lo que intentas, como me tientas al tiempo que hablas sola. Es curioso, hasta eso echo de menos, eso y escucharte hablar en verso. Ahora vete, tienes cosas que hacer.
No entendía el motivo pero se sentía con fuerzas de nuevo, con ánimos renovados. Quizás, después de todo, si tenía algo parecido a una amiga, una incluso más enajenada que ella misma. Subió a lo alto de una pequeña cima para poder emprender el vuelo, no sin antes dedicar una última mirada a Wallizard, pero esta no se la devolvió. Estaba entretenida moldeando un muñeco con la nieve y los restos del engendro de trapo.
- Bien, que se preparen todos, he regresado y estoy muy cabreada. Mi pequeña niña aunque me odies no te abandonare en manos de ese miserable. ¡De nuevo voy en tu búsqueda! – Olfateo el aire y no le fue difícil encontrar el rastro del Reverso Oscuro, se dirigía a toda prisa hacia el Castillo de Naipes.

Y vio cómo se alejaba. La observaba con el rabillo del ojo, mientras hurgaba el forro de sus bolsillos, en busca de una zanahoria para la nariz de su nuevo amigo de nieve.
Se sentó en el suelo, triste de ella, al darse cuenta de que aquel pobre engendro nunca sabría lo que era dar un beso de esquimal.
Lloró y lloró desconsolada, retirándose las lágrimas con sus mangas. Sin darse cuenta, el hielo la conquistó. Se congeló con lágrimas sobre sus mejillas.
Dos viejos conocidos.
La arrojaron al interior de la celda y se desplomó como un fardo sobre el mugriento colchón. Aún en aquella penosa situación, el piel roja se alegró de reencontrarse con su vieja amiga. La incorporó un poco entre sus brazos e intentó reanimarla zarandeándola. Lo único que consiguió es que le vomitara encima. Comprendiendo lo inútil de su empeño la recostó con suavidad sobre un costado, con la cabeza en una posición que evitara pudiera ahogarse en sus propias arcadas. Se quedó sentado en el suelo observándola. Aquella era la mujer más letal que jamás había conocido, una autentica factoría de fabricar difuntos y, sin embargo, siempre le pareció extremadamente vulnerable. La había escuchado en ocasiones contar retazos de su vida. pero no los suficientes como para alcanzar a comprender que era eso que tanto la atormentaba como para intoxicarse de esa manera con el alcohol. La había visto muchas veces borracha, unas cogorzas antológicas en la mayoría de los casos, pero ninguna de la envergadura de aquella. La veló muchas horas, en una mazmorra sin ventanas al exterior, era imposible saber si era de día o de noche. Cuando dejó de roncar y abrió los ojos se encontró con los del indio mirándola fijamente y en sus labios una tenue sonrisa.
- Esta la has pillado bien gorda. – La caza recompensas expelió un eructo al tiempo que intentaba adecentar y reubicar en su lugar la maraña de cabellos que le cubrían el rostro. Incapaz de abrir los parpados más que lo justo para entrever entre una estrecha franja, reconoció por fin el rostro de su interlocutor.
- ¿Tu..? Pensé que estabas muerto, la última vez que te vi apenas respirabas. – Se sujetó la cabeza con ambas manos como si temiese que se le cayese al suelo. – Todo me da vueltas, no puedo concentrarme. ¿Dónde demonios estamos y… lo que huele tan mal eres tú?
- Esta vez eres tú la hedionda. ¿Dónde has estado metida para apestar de esa manera?
- Necesito refrescar el gaznate, tengo la garganta seca.
- ¿Aun tienes ganas de beber más?
- ¡Agua estúpido, necesito agua!
- Tienes toda la razón, y un poco de jabón tampoco te vendría mal.
- Puffff, tengo la boca pastosa, que asco. ¡No te hagas el gracioso con… - El indio acababa de acercarle una jarra llena del líquido elemento. La bebió con ansia, aunque tiro más de la que tragó.
- ¡Ehhh, ehhhh, deja un poco para los demás, menuda gula! ¿Qué es lo que recuerdas, como has acabado aquí?
- ¿Acabado dónde? No tengo ni idea del sitio en el que me encuentro. Ohhhh, la cabeza me va a estallar. – Metió las manos en los bolsillos del raído y viejísimo guardapolvos en busca de su bolsa de tabaco. Depositó unas hebras sobre un papelillo y se lio un cigarro como si se tratase de un acto reflejo. Lo puso en sus labios y buscó de nuevo en el abrigo.
- ¡Mierda! – No encontró un solo fosforo. Se giró hacia el indio con rapidez y casi le da un cabezazo.- ¡Tienes lumbre! – Le acercó el candil que iluminaba tenuemente la sórdida celda. La pistolera tosió tras chupar la primera calada, carraspeo sonoramente y escupió aún más estrepitosamente un sólido gargajo que quedo adherido a la pared.
- Eres todo dulzura. – Le recriminó el indio de forma sarcástica. – Ella le ofreció el pitillo sin dar importancia a sus palabras.
- Me encontraba en una cantina, hacía rato que no me quedaba una sola moneda y la última botella estaba vacía. Entonces apareció un tipo extraño ofreciéndose a beber juntos. No me gusta que los babosos me inviten, así que lo rete. Pagaría quien se diese antes por vencido. ¡Maldita sea nadie me supera dándole a la botella pero ese individuo era una autentica esponja! – Agachó la cabeza. – Me dejó para el arrastre.
- Pero me has dicho que no tenías con que pagar. ¿Cómo saldaste la deuda? – Ahora la pistolera le dio la espalda para que el piel roja no pudiese apreciar la vergüenza en su rostro.
– Se llevó mi magnum el muy maldito. Después imagino que me desplomé porque no recuerdo nada más hasta que he visto tu fea cara. ¿Y tú? ¿Dónde estamos?
- Creo saber quién era tu oponente, créeme, no tenías ninguna oportunidad. Siento que perdieras tu revolver.
- Es lo único, junto a este guardapolvos, que conservaba de alguien muy querido.
- Ahora comprendo porque no arrojaste esos harapos hace años a la basura. – Le devolvió el cigarro, solo quedaban unas pocas chupadas. – Estamos en el castillo del Hacedor de Historias, el tipo del que me has hablado sin duda era su hermano.
- ¿Quién demonios es el Hacedor de Historias? ¿Su hermano? Hablas como si debiera de conocerlos.
- Creo que aunque te lo explicara no lo entenderías.
- Tienes razón y mucho menos con esta resaca. – Se levantó como pudo y examinó la celda, iba de lado a lado tambaleándose y palpando la piedra de la pared. – Tenemos que concentrarnos en la manera de escapar de aquí. – Ahora examinaba los barrotes con los ojos aun entrecerrados, el indio la observaba divertido. - ¡Mierda, la puerta es sólida y los barrotes gruesos de un par de narices! – El piel roja se levantó, se dirigió hacia la puerta y la empujó con suavidad, se escuchó un estridente chirrido y se abrió sin mayor dificultad. Ahora la pistolera tenía los ojos como platos.
- No nos consideran una amenaza, podemos movernos con libertad por todo el castillo.
- No lo entiendo. ¿Por qué permaneces entonces en este agujero?
- Hay una cama. – Le respondió.
El olvido.
El hermano malo es un demonio feo
le meteré un palo por el culo
antes de romperle el cuello.
El hermano malo es un demonio feo
le meteré un palo por el culo
antes de romperle el cuello.
El hermano malo es un demonio feo
le meteré un…
- ¡¿Quieres hacer el favor de callar de una vez?! ¡Llevas con la misma cantinela más de una hora!
- Valla, valla, valla. Miren quien despertó, pero si es Criando Malvas, el mismo cretino que no dijo ni pio mientras agonizaba sobre la nieve. Pues que sepas que no tengo ninguna intención de callarme.
- A mí me gusta la cancioncilla, tiene ritmo pero sobre todo…mensaje.
-¡Ves! Eskatologico si sabe apreciar mi talento, lo que pasa es que tú eres un muermo. Por cierto, el otro energúmeno tampoco va a librarse de su reprimenda por mucho que me haga la pelota. ¿Dónde diablos estabais mientras me desangraba?
Magenta volaba todo lo rápida que le permitían las fuerzas, el helicóptero era mucho más lento que los aviones a reacción pero, aun así, a la gárgola le costaba un gran esfuerzo recortar distancias. La separaban muchas millas de su objetivo, por la trayectoria que seguía su presa, sin ninguna duda se dirigía hacia el Castillo de Naipes. No se preocupaba de que los “monos” pudieran detectarla y mandar más cazas en su contra. En su mente una sola idea: rescatar a la Voz del Viento de las garras del Reverso Oscuro. Lo alcanzaría en la fortaleza del Hacedor de Historias y lo destrozaría.
- Poca memoria la tuya, tu sesera es de granito como el resto del cuerpo. ¿Tengo que recordarte que el hermano del Creador casi te manda al otro barrio hace apenas unas horas? ¿Qué te hace pensar que en el próximo encuentro podrás vencerlo, que te irá mejor, que la suerte estará de tu lado?
- Tengo que darle la razón en eso al agorero de Malvas. Lo despanzurraste en tu primer encuentro, como disfrute con ello. Se recompuso como si nada y en el segundo round no le pudiste tocar un solo pelo. Si quieres tener una oportunidad deberás dejar de preocuparte por la rubia, ella es tu punto flaco y ese demonio lo sabe.
- Ya pensare en algo sobre la marcha, creo que lo convertiré en carne picada y me lo tragare. A ver cómo se las apaña para recomponerse y salir de ahí dentro.
- Se me ocurre una manera sencilla de que lo consiga.
- Desde luego, que acertada estuve al ponerte el nombre Eskatologico.
- ¿Pensar sobre la marcha? No seas estúpida, necesitamos un plan. Ese tipo debe ser realmente el hermano del Creador. Es rápido, inmune al fuego, parece indestructible. Empleó contra ti tus mismas argucias y casi no lo contamos. ¿Vas a presentarte allí hecha una furia, embistiendo como un miura para que se ría de nuevo de ti?
- Tú eres el que se las da siempre de listo Malvas, estrújate las meninges si quieres pero yo no tengo tiempo. Estoy impaciente por tomarme la revancha y dispongo de la mejor de las armas, la fuerza bruta. No me engañara de nuevo con sus trucos, ahora se de lo que es capaz y cuál es su juego, no me sorprenderá de nuevo.
- No lo creo, te pondrás sentimental y la cagaras. Aún podemos cambiar el trayecto, pasemos de la Voz del Viento y busquemos a la Inspiración. Según crees, si ella muere ni el Hacedor de Historias ni su hermano serian ya un problema.
- ¡NO! – La negación fue tan rotunda que no le dejo ninguna duda a Eskatologico sobre las intenciones de la gárgola. Nada la haría desistir de su empeño y conociéndola como la conocía sabía de lo inútil de seguir insistiendo. - ¿Tú sabes donde se esconde la Inspiración listillo? Pues yo por más que escruto el mundo no la veo por ningún sitio. Debió esconderse en donde acaba el infinito, ni siquiera tenemos la más remota idea de su aspecto. ¿Qué forma tiene una “Inspiración”? Demasiadas preguntas y no tengo respuestas. Le he fallado a Ayla, tengo que salvarla, se lo debo.
Cruzaba el mar a toda velocidad, los tripulantes de los navíos con los que se cruzaba levantaban la vista a su paso sin poder dar crédito a aquello que creían haber visto. A los puestos de radio de los puertos más cercanos no dejaban de llegar mensajes y llamadas desconcertantes sobre un extraño animal volador. Las autoridades no se lo tomaron en serio, últimamente se embarcan demasiados borrachos en la marina mercante, pensaron.

La caza recompensas seguía al piel roja por los estrechos y oscuros pasillos de los sótanos del castillo, un auténtico laberinto de piedra negra.
- ¿Estás seguro de que no nos hemos perdido? Me da la sensación de que hace un buen rato que caminamos en círculo, todos los lugares por los que pasamos se parecen demasiado.
- Tranquila, ya hemos dejado atrás las mazmorras, si no me equivoco, tras esa esquina debemos encontrar unas escaleras de caracol que nos conducirán a los pisos superiores.
- ¡Puf! Me fiaría del sentido de la orientación de un indio, si ese indio no fueras tú, claro.

No se equivocó, tal como dijo allí estaba la escalera. Parecía no acabarse nunca, los peldaños eran altos y les obligaban a doblar las extremidades demasiado acentuando el cansancio. La pistolera empezó a marearse de tanto tramo en círculo, la resaca tardaría muchas horas en pasársele aun. La escalera era estrecha y en el centro un hueco que ya era un abismo. Habían ascendido muchos metros cuando se cruzaron con un soldado. Estaba equipado con todo lo necesario para el combate. Chaleco anti balas, rodilleras, coderas, casco y un pasamontañas que no dejaba ver más que los ojos. El uniforme era totalmente negro, lo que le daba un aspecto más siniestro e iba armado con un fusil de asalto. La pistolera nunca había visto unos soldados ni unas armas como aquellas pero el indio ya se había acostumbrado a su presencia. Se apretaron contra la pared para dejarlo pasar, la mujer estuvo tentada de empujarlo al vacío, una mirada del indio le indico que no lo hiciera. El soldado los dejó atrás sin prestarles atención.
- ¿Qué es este sitio? Nunca me topé con soldados tan extravagantes.
- Estamos fuera de época, ocupando un espacio que no nos corresponde.
- Gracias por aclarármelo cretino. – Dijo en tono sarcástico. - Creo que aún estoy borracha, cuando despierte amaneceré en la cama de mi habitación. Al menos dime a dónde vamos en este sueño.
- Vamos a ver al Creador.
- ¡Coño. ¿No jodas que me he muerto? Mierda eso me pasa por beber garrafón.
- Al Hacedor de Historias, al dueño de este lugar.
- ¿Él es quien nos retiene aquí?
- No. Quisiera hacerte una pregunta, puede que te parezca extraña, pero me gustaría que intentaras concentrarte y me respondieras con sinceridad.
- Tú aun no me has aclarado ninguna de las mías, no me parece equitativo que te responda nada. ¿Qué narices hacemos aquí, como he llegado, quien es el Creador ese y su hermano? ¿Qué mierdas quieren de mí?

El piel roja se detuvo, sobre sus cabezas ya podían ver el final de la escalinata, la pistolera agradeció el alto en el camino, tomo una gran bocanada de aire e intento no vomitar.
- ¿Qué recuerdas desde el momento que nos vimos la última vez hasta ahora? – Se quedó pensando un buen rato.



Aquella noche todos estaban de fiesta, la música sonaba en el Rock and Old. Unos bailaban al compás de la improvisada banda formada por algunos colonos, que tocaban alegres melodías. Muchos preferían beber hasta perder el sentido, el local estaba abarrotado, casi todo el mundo estaba allí. Secon acababa de entrar y permanecía quieto en la puerta, buscaba a alguien con la mirada, demasiada gente. Por fin la divisó, estaba lejos de la barra, en un apartado y oscuro rincón. El hombre de negro se acercó a ella intentando no empujar a quienes se cruzaban a su paso. Pasaba muy cerca de ellos, e incluso se topaba con algunos, pero nadie parecía fijarse en él. Atravesó toda la sala como si se tratara de un fantasma, sin saludar a nadie. Finalmente llego junto a Velvet, tampoco ella reparó en un principio en su presencia.
- ¿Qué están festejando?
Velvet se sobresaltó al escucharlo, lo miró enojada. - Tendremos que ponerte un cencerro como a las vacas para saber por dónde andas tipo raro. Me das unos sustos de muerte. - La pistolera se fijó en las pequeñas alforjas que portaba Secon. Eran en las que solía llevar el correo de los colonos cuando salía de viaje hacia la capital. - Se sienten a salvo aquí, supongo que es un buen motivo de celebración.
- Yo creo que intentan olvidar su miedo, he estado hablando con esa amiga del periodista, lo que me ha dicho no es nada alentador.
Velvet señaló las alforjas. - ¿Por qué tanta prisa por escapar de nosotros? Relájate, únete a la fiesta. Pídele de bailar a alguna jovencita. Pueblo Secreto no se moverá de donde está en una noche.
- No podemos taparnos los ojos e ignorar la realidad. ¿Cuánto crees que tardaran los rangers en atacarnos? Puede que no seamos un serio problema, pero Residual no tolerará nuestra existencia. Socábamos su autoridad y comprometemos su reino del terror. En cierto modo somos la única pequeña esperanza de muchos y sus miradas siguen expectantes todos nuestros movimientos. Es primordial que estemos enterados en todo momento de sus intenciones. Si nos ataca no podríamos hacerle frente, no ahora, y mucho menos si nos coge por sorpresa.
- Siempre tan pesimista, luego te quejas de que te llamemos ave de mal agüero. Tienen derecho a divertirse, a olvidar por unas horas la espada de Damocles que se cierne sobre todos nosotros. ¿De qué otra manera podrían seguir adelante?
-¿La espada de Damocles? – De no llevar el rostro oculto, Velvet podría haber visto como sonreía.
- Se lo escuché a Zupìa.
- Tú no pareces divertirte mucho. Hay buen brandi y Bourbon, si algo no nos falta es bebida. También puedes bailar con un jovencito.  – Dio un rápido vistazo a su alrededor. - No veo a Zupia.
- Lo tienes justo delante de tus morros, restregándose con la hermanita psicópata. - Ahora si lo vio, Zupia y Dulce bailaban, pero el término “restregarse”, era claramente exagerado.
- No tienes ningún motivo para estar celosa, Zupia te adora y no creo que Dulce tenga un interés real en él.
- Si piensas eso es que estas ciego, dices que eres un buen observador, pero en este tipo de cosas no te enteras de nada. No me importa, que se lo quede si quiere, me quitara de encima un auténtico lastre.
- Me entero lo suficiente como para darme cuenta de que te preocupas por nada. - Secon sonrió en una sincera muestra de afecto (Aunque, oculto como llevaba siempre el rostro, no pudo apreciarse.) - El hecho de que estés tan atenta, y sin una copa en la mano, te delata. No te preocupes, se guardar un secreto.
- Imbécil. – Velvet se lo escupió sin convicción. - Suelta lo que has venido a decirme, no creo que estés aquí solo para saludarme y reírte de mí.
El hombre de negro clavó sus ojos en otra pareja, Justine bailaba con Zinue. Quedó ausente un segundo y devolvió la mirada a Black. - Parto en seguida, pero necesito pedirte algo. Estoy preocupado por el indio, últimamente escucho comentarios inquietantes. Parece que a algunos la presencia del ahorapajote les resulta más que molesta. Temo que pueda pasarle algo.
- Negroe sabe cuidarse solo, no necesita de una niñera.
- Ambos sabemos que eso no es cierto. Nadie aquí está más capacitada para cuidarlo, eres la “mami” del grupo. – La pistolera le dirigió una mirada asesina. - Bromas aparte, la amenaza es seria créeme.  No lo pierdas de vista y, sobre todo, que no se dé cuenta de que lo proteges. A un indio le duele más el orgullo que un disparo en el estómago.
- ¿Alguien más debe enterarse de esto?
- No, confió en tu discreción. Tenemos el enemigo en casa. pero no debe saber que lo hemos descubierto. Desconfía de los recién llegados.
Debo irme ya, los colonos necesitan saber de los suyos y yo enterarme de los planes de Residual. - Velvet no dejaba de observar a Zupia y a Dulce, Secon se dio cuenta de ello. - Parece mentira, a veces te comportas como una cría. El muchacho solo se divierte, sácalo a bailar en la próxima pieza.
- ¡Que se vaya a la mierda, yo me acercaré a por una copa!

Atrás quedaba el asentamiento, aún era audible la alegre música. Secon se alejaba de todos, se sentía terriblemente solo. La luna estaba enorme, flotando en el cielo rodeada de estrellas. A la memoria le vino el recuerdo de otra noche que parecía ya muy lejana. ¿Fue realmente un sueño? Una nueva duda pesaba como una losa junto a todas las otras que atormentaban al hombre de negro. - ¿Dónde estará ahora la pies sucios? ¿Por qué no podía dejar de pensar ni un instante en ella? Por más que lo intentaba, le era imposible quitársela de la cabeza. Las imágenes de aquella noche lo acompañaron durante el largo camino.

La fiesta continuaba, Berbuscona y Orcanario charlaban amigablemente en una mesa, cuando Velvet se presentó ante ellos tambaleándose y farfullando sonidos ininteligibles. Estaba totalmente borracha.
- Ese monigote lleva toda la noche pavoneándose ante la pequeña asesina, y ahora me viene con que me ha escrito un poema. - Portaba un papel arrugado en la mano. - Quiero que también vosotros disfrutéis de su talento. - Se le trababa la lengua y era difícil entenderla. Se balanceaba de un lado a otro, pero sujetaba el manuscrito con pulso firme. Zupia llego tras ella con mirada suplicante, lo plasmado en el papel eran sentimientos muy íntimos. ¿Por qué nunca encontraba el momento apropiado para poder expresárselos a Velvet? Se sentía más culpable que avergonzado. La pistolera sujetó en alto el papel, situándolo a la altura de la mirada y en un gesto teatral hizo el ademan de empezar a leer.  En lugar de eso quedó inmóvil y en silencio, solo sus ojos se movían siguiendo las frases. Finalmente hizo una pelota con el papel, lo arrojó al suelo y se alejó hacia un rincón apartado de todos. Zupia no la siguió, marchó en dirección contraria. hacia la barra del bar.
Berbuscona se levantó dejando a Orcanario con la palabra en la boca, se acercó al lugar donde estaba el papel arrugado y lo recogió con disimulo. Regresó junto al periodista y, tras desplegarlo, lo leyó mentalmente. A continuación lo guardó en un bolsillo con cuidado.
- Ahora regreso. - Le dijo al periodista y se acercó a Zupia. Le devolvió el poema. - No sé si debí leerlo, perdona mi curiosidad, no pude resistirme.
- No te preocupes, no me importa.
- Es muy hermoso lo que escribiste, lo digo en serio. Perdona de nuevo por entrometerme, pero creo que ella no merece tu cariño. Apenas la conozco, pero veo el desprecio con el que te trata. ¿Qué ve alguien como tú en esa mujer insensible y amargada? Además, sin ánimo de ofender, casi podría ser tu madre
- Es cierto…Tú no la conoces, no sabes lo frágil que realmente es. Lo vulnerable que se siente, y lo maravillosa que puede llegar a ser, cuando el veneno de la bebida no nubla su mente. Es culpa mía. No debería acosarla tanto, tendría que respetar más su libertad y no pretender que ocupe todo su tiempo conmigo. 
- Es una palurda, cualquier mujer se sentiría afortunada de tener a su lado, a alguien que sienta por ella lo que tú escribiste en ese papel. Sin embargo lo arrugó y lo lanzó al suelo, arrojó tus sentimientos a la basura. Es cruel, no sé qué puede tener de maravillosa.
- Yo la enseñe a leer. - Por un instante, el rostro del muchacho se iluminó al recordar la escena. - Ponía el interés de un niño que descubre un mundo nuevo, hasta este momento su historia está escrita con la pluma del odio mojada en sangre. No sabe sacar al exterior el cariño que necesita compartir, porque nunca recibió afecto de nadie. Ella es sensible y tierna, pero lo oculta. Cree que eso la hace parecer débil, eso es algo, que en el tipo de vida que ha llevado no se podía permitir, al menos es lo que ella cree. Lo niega, moriría antes de reconocerlo, pero la soledad la aterra, casi tanto como volver a equivocarse.
- ¿Volver a equivocarse?
- Es una larga historia. Quizás en una mejor ocasión te la cuente, ahora no me encuentro con fuerzas para nada. No le digas que hemos hablado de esto, se sentiría humillada. - Berbuscona dirigió la mirada hacia el rincón donde permanecía semi oculta la pistolera.
- Me ha conmovido mucho tu poema, a ella también le ha gustado.
- ¿Cómo puedes saber eso?
Bebuscona tenÍa una vista esplendida, y había advertido el detalle. - Porque está llorando. - Sintió cierta envidia de Velvet, y a punto estuvo de no decirlo.  -  Ve con ella, te necesita.
Zupia salió corriendo en su busca. 
 Berbuscona regresaba junto a Orcanario cuando notó una dolorosa presión en su brazo derecho.  Alguien la había agarrado con fuerza, con un violento tirón se libró de la tenaza y se giró para encontrarse de cara con la malévola sonrisa de Zinue.
- Sigues teniendo demasiados humos rubia. No sé que demonios haces en este asqueroso lugar, tan lejos de los lujos que tanto te gustan. Aquí no hay de lo que puedas sacar tajada. ¿O sí? No deberías ocultarme nada, juntos podríamos hacer grandes negocios. Ya sabes, a rio revuelto ganancia de pescadores, y el río ahora está a punto de desbordarse.
- No sé de lo que me estás hablando, no te conozco de nada.
- Es normal que no recuerdes al bueno de Zinue, pero él si te recuerda perfectamente. ¿Tus nuevos amigos saben quién eres realmente? Estoy seguro que les interesara mucho averiguarlo, sobre todo a ese apestoso indio.
- ¡Déjame en paz, te repito que no sé quién demonios eres, ni de lo que me estás hablando!
- Nunca mirabas a la cara a los que considerabas purria, pero éramos nosotros los que amasábamos tú fortuna señora… - Hizo un intervalo de dos segundos para que sus palabras tuvieran un aire más perturbador. - …perdón por mi falta de respeto, corrijo: Doña "todopoderosa" directora ejecutiva. - Berbuscona se quedó blanca, en ese momento apareció Orcanario que hacia rato seguia la escena desde su mesa, aunque no pudo escuchar nada. 
- ¿Te está molestando ese tipo Berbus? - Zinue miró divertido al periodista. Le sacaba más de una cabeza de altura.
- ¿Ahora te rodeas de alfeñiques? Hablaremos en otro momento rubia. Quiero mi parte del pastel, o haré que se te atragante la tuya. - Empujó violentamente al periodista y este casi pierde el equilibrio, Zinue regresó con Justine.
- ¿Tienes algún problema con ese tipo? Me revuelven el estómago estos matones.
- No te preocupes, solo fue un mal entendido. Con todo, es una suerte que apareciera mi caballero de brillante armadura, para rescatarme en el momento justo. - Berbuscona río a carcajadas y el periodista sacó pecho henchido de orgullo, no pudo percatarse del semblante sombrío que adquirió la cara de Berbuscona al darle la espalda.

Negroe permanecía alejado del alboroto en el exterior del Rock and Old. Echaba de menos a los suyos, entre los colonos había buenas gentes y, tanto a Secon como al resto del grupo primigenio, los consideraba lo más parecido a una familia que podía tener. Con todo, se sentía un extraño en su propia tierra. La reserva de los ahorapajotes estaba a muy pocas millas de allí. No pasaba un minuto sin que tuviera la tentación de visitarlos, pero temía no ser bien recibido. ¿Cómo estaría Akasha? ¿Se habría olvidado por completo de él? Permanecía con la mirada fija en las hipnóticas llamas de la hoguera, ensimismado en sus pensamientos, no se percató de las figuras que se acercaban sigilosamente por su espalda, hasta que no fue demasiado tarde.

Zinue se frotaba contra Justine, en algo que se asemejaba más a un rito de apareamiento, que a un simple baile. Uno de sus compinches se acercó a decirle algo al oído. El barbilampiño sonrió, y le hizo una seña para que regresara a lo que quisiera que fuera lo que estaba haciendo antes. Apartó de forma brusca a su compañera y se dirigió a la tarima donde tocaban los músicos. Justine miraba contrariada como se alejaba de ella, semejante desprecio la hizo montar en cólera, pero se mordió la lengua. Zinue hizo parar la música y, levantando los brazos y la voz, exigió la atención de la concurrencia.
- Estamos pasando todos una fantástica velada. Yo y mis compañeros, nos sentimos dichosos de poder formar parte de esta fantástica comunidad. Por ello, quisiera invitaros a todos a la próxima ronda. Recoged vuestras bebidas y acompañadme fuera, hemos preparado un pequeño espectáculo, a modo de fin de fiesta, que estoy seguro no os defraudara a ninguno.
Orcanario se giró hacia Berbuscona. Desde el incidente con aquel tipo, la rubia no había vuelto a decir prácticamente nada, permanecía en silencio medio ausente.
- Menudo imbécil. - Bramó el periodista. - Que invita a una ronda dice. ¡Si aquí nadie paga por la bebida! - Aquello era cierto, pero la mayoría estaban tan borrachos que ni repararon en ello, se limitaron a abalanzarse en masa hacia la barra del bar.
- Salgamos fuera a ver qué es lo que trama ese tipo.  – La voz de Berbuscoma sonaba fría, la inquietud de la rubia no había pasado desapercibida para el periodista. Hacía un buen rato que intentaba sonsacarla, pero todo fue inútil. La mujer no soltaba prenda sobre lo acontecido con Zinue. Ambos se dirigieron al exterior del Rock and Old, una muchedumbre estaba ya fuera y apenas podían ver lo que pasaba. Escucharon de nuevo la voz Del barbilampiño, todos lo miraron expectantes.
- Como ya he dicho, estamos felices de estar aquí, en este paraíso perdido. ¡Mirad a vuestro alrededor! ¿No es una auténtica belleza? - El cielo estaba totalmente despejado, y la enorme luna llena iluminaba lo suficiente, junto a algunas hogueras para que todos pudieran disfrutar del paisaje. El pequeño rio fluía tranquilo y, el susurro del correr de las aguas, junto al canto de los grillos, proporcionaba una agradable sensación de paz. Las pequeñas viviendas, aunque humildes, estaban bien acabadas y sus moradores las habían decorado con gusto. Tenían la belleza de la sencillez. La cosecha de grano estaba ya muy crecida, mediante canales, los colonos habían conseguido robarle terreno al desierto, haciendo que brotara el pasto para las reses. Cierto, todo era realmente bello porque era el fruto de su esfuerzo, del trabajo de todos.
- Pero hay algo que puede echarlo todo a perder. - Los compañeros del barbilampiño estaban junto a él, luciendo cinturones y armas. - Y os preguntareis. ¿Qué puede amenazarnos en este idílico lugar? Yo os lo mostraré. - Los secuaces se apartaron, tras ellos apareció una figura ensangrentada que permanecía de rodillas, la cabeza apoyada en el suelo, maniatado con las manos a la espalda. - ¡Las plagas! Si permitimos que una rata camine entre nosotros, pronto acudirán a millares. - Zinue levantó por los pelos la cabeza de aquel desdichado, dejando ver una masa informe de carne sanguinolenta en lo que debió ser un rostro. Berbuscona soltó un grito y la indignación se reflejó en la cara del periodista. Reconocieron al ahorapajote, le habían propinado una brutal paliza y permanecía semi inconsciente. La euforia de la borrachera parece que los volvió a todos locos. Cuando Zinue golpeó salvajemente al indio todos lo aclamaron.
- ¿Dónde está su grupo? ¡Tenemos que poner fin a esto! – Se apresuró a decir la mujer rubia. 
- Estos miserables han elegido bien el momento. La gran mayoría están lejos, montando guardia en las inmediaciones. El resto deben estar demasiado borrachos. - Le aclaró Orcanario - ¡Ve a buscar a Velvet, yo intentaré que estos cobardes entren en razón! Creo que sigue dentro del Rock and Old. 
- ¡Dejad marchar al indio! ¡Es uno de los nuestros. Vosotros sois las auténticas ratas, malditos canallas! - El que habló era un hombre de mediana edad, había participado en las incursiones junto a Negroe desde el principio. - Desenfundó para amenazarlos, pero antes de acabar de hacerlo, uno de los sicarios lo abatió con su colt.
- ¡Corre maldita sea, encuentra a Velvet y a las hermanas! - Berbuscona salió disparada y Orcanario se acercó a los matones. Por el camino se cruzó con el cuerpo de aquel desdichado, estaba muerto. Al periodista le temblaban las piernas, dio la espalda a Zinue y los suyos y se dirigió a la muchedumbre.
- El indio os acogió en estas tierras, os ha dado un lugar en el que vivir en paz con vuestras familias. Él, junto a otros como Billy Beckman, - señaló el cadáver.- os protegen y proveen. ¡Que fácilmente olvidáis, un poco de alcohol y os arrojáis en brazos de estos asesinos!  - En ese momento Zinue hundió violentamente el tacón de su bota en la columna del periodista. Un agudo e intenso dolor recorrió la espina dorsal de Orcanario, que cayó de rodillas al suelo sin ser capaz de soltar un quejido.
- ¡Esta tierra os pertenece por derecho! - Gritó el barbilampiño. - Los salvajes son una plaga a erradicar. ¿Permitiréis tenerlos cerca de vuestras mujeres e hijos? Estos comedores de perro os arrancaran la cabellera al menor descuido. Deben morir, ellos y sus amigos. - Puso el cañón de su revolver en la nuca de Orcanario y desplazó con el pulgar el percutor hacia atrás. El periodista cerró los ojos y se encomendó al altísimo.
- ¡Estás loco, no permitiré que asesines a más personas! Me pregunto que pude ver en un animal como tú. -Justine se interpuso entre el verdugo y la víctima.

Berbuscona había encontrado a Velvet, Zupia la sujetaba en brazos. La pistolera roncaba, se encontraba al borde de un coma etílico.
- ¡Mierda! - Exclamo la rubia. - Elegiste el peor momento para sentir celos estúpida sentimental.
- ¿Qué está pasando ahí fuera Berbus? Ha sonado un disparo.
- ¡Coge un caballo, reúne a todos los que están de guardia y tráelos a toda prisa. Negroe está en serio peligro, no pierdas ni un segundo, yo intentaré reanimar a esta idiota.
- ¿Qué le ha pasado al indio?
- ¡No preguntes y espabila!

En el exterior, Zinue se encaraba con Justine.
- Precisamente eso es lo que te gustaba zorra. El animal que llevo dentro, el que te hacia gemir como una perra y te trasportaba al infierno del placer y el dolor. Ahora apártate de en medio.
Orcanario logró incorporarse doliéndose de la espalda. - No hagas locuras Justine, huye de aquí, busca ayuda. - La mujer no hizo caso de los ruegos del periodista y plantó cara al matón.
- Deberás matarme a mi primero si quieres hacerle daño. –Miró a Zinue amenazante, este no se inmutó, le devolvió una, aún más despectiva mirada.
- Nunca contradigo los deseos de una dama. - El disparo a quemarropa atravesó a Justine, murió en el acto. La bala también alcanzó a Orcanario que se desplomo, parecía que tampoco respiraba. Aquellos últimos y despiadados crímenes, despertaron a muchos de su letargo, de su euforia criminal, devolviéndoles el juicio. Se apartaban poco a poco del lugar cobardemente.
- ¡Ya va siendo hora de que alguien ponga orden en este asqueroso pueblucho! – Gritó Zinue, en su mano el colt humeaba.
-
Berbuscona escuchó un disparo, justo en el momento en que hundida la cabeza de Black Velvet en un enorme barreño lleno de agua. La pistolera empezó a agitar las manos al cabo de unos segundos. La permitió respirar unos instantes, de la garganta de Velvet,  salieron una especie de gruñidos ininteligibles a modo de maldiciones. Berbuscona repitió la operación, en esta ocasión la mantuvo cerca de un minuto sumergida. También Zupia oyó el tiro cuando se encontraba ya a las afueras del asentamiento. Espoleó su montura y galopó en busca de los compañeros del indio. 
Zinue se había quitado al fin la careta, dejando al descubierto sus verdaderas intenciones. Todo aquel teatro no era mÁs que una prueba de fuerza. Desde su llegada y la de su grupo, había empleado todas sus energías en crear la discordia entre los colonos. La simiente de la cizaña caló hondo en mucho de ellos. Durante una década la Corporación se encargó de crear una leyenda negra sobre los nativos, los describieron como salvajes sanguinarios, capaces de perpetrar las más crueles atrocidades. Por ello, cuando el barbilampiño les expuso su plan, muchos de aquellos granjeros se pusieron del lado de los recién llegados.
Con todo, algunos de ellos dieron marcha atrás al ver como aquellos tipos asesinaban a sangre fría a tres inocentes. Comprendieron, que la tiranía de la que habían escapado al dejar Pueblo Secreto, les había encontrado de nuevo. Unos se retiraron avergonzados por su cobardía y se escondieron en sus casas, otros observaban sin atreverse a emitir ningún ruido, controlando incluso el sonido de su respiración. Eran testigos mudos de aquella especie de golpe de estado.
Pero Zinue contaba con el apoyo de muchos aún. Cuando rodeó el cuello del indio con una soga y empezó a arrastrarlo hacia un árbol, lo vitoreaban e insultaban a Negroe que, indefenso y ya medio muerto, no oponía ninguna resistencia. Algunos colonos retiraron los cuerpos de Billy y Justine, cuando agarraron a Orcanario se dieron cuenta de que respiraba. El sentimiento de culpa los impulsó a ocultar el hallazgo. Lo llevaron con disimulo al interior del Rock and Old. Berbuscona al ver que lo traían dejó caer la cabeza de Black en el barreño y acudió a toda prisa a comprobar el estado del periodista. La bala había perdido mucha fuerza al atravesar a Justine y no se adentró demasiado en el pecho de Orcanario, la herida no era grave.

- ¡Es hora de colgar a este perro del extremo de una soga! - Zinue y los suyos estaban bajo un árbol de gruesas ramas. Lanzaron la cuerda por una de ellas y empezaron a tirar. El indio quedó suspendido a medio metro del suelo, pataleando e intentando respirar. Al cabo de unos segundos quedo inmóvil. 
Todos estaban en silencio, Zinue miraba complacido las expresiones de los presentes.  Sonó un disparo y la cuerda se partió. El indio cayó al suelo y quedó inerte.

Black Velvet sujetaba en ambas manos sendos revólveres. En esta ocasión no la acompañaba su inseparable magnum, la cambio por dos colts, mucho más ligeros e igual de mortíferos a corta distancia. Con la de su mano derecha no dejaba de apuntar a Zinue y desplazaba de un lado a otro la otra de forma amenazante. Su pelo estaba empapado por lo que la oreja mutilada quedaba al descubierto, el caminar no era del todo recto. pero su pulso, como siempre, era firme. Todos se apartaban de su camino, el silencio era asfixiante, incluso los grillos parecían haber enmudecido.  Tan solo se escuchaba el murmullo de las aguas del rio y el tintineo de las espuelas de la pistolera. Se acercaba lentamente sin dejar de encañonar al barbilampiño.
- ¿Qué tenemos aquí? - Gritó de forma teatral Zinue. - Dicen que en el pasado fuiste buena. Debe hacer más de un siglo de eso, ahora solo veo a una vieja borracha que arrastra sus pies por el barro. ¿Qué pretendes hacer tú sola contra todos nosotros estúpida? 
- Me llevaré por delante a tantos como balas hay en el tambor de mis colts. Aun me quedan once y ten por seguro que tú serás el primero en caer. - Black seguía avanzando hacia Zinue y sus sicarios. Un colono que quedó atrás, desenfundo con sigilo y la apuntó. Sonó como una especie de cañonazo, y salió despedido varios metros hacia adelante con un enorme agujero en la espalda. El barbilampiño la miró enfurecido.
- La vieja no ha venido sola, no importa. Esta vez nos cogiste por sorpresa, pero al próximo disparo descubriremos la posición de tu tirador, y los dos estaréis acabados.
- Para eso hará falta que otro imbécil muera, estoy ansiosa por saber que estúpido se presenta voluntario.
Otro colono sacó su revolver, se creyó a salvo oculto entre la multitud. Una mano le tapó la boca, al tiempo que otra le hundía un cuchillo en el hígado. Todo fue rápido, limpio y en silencio. Cuando cayó al suelo, todos pensaron que el tipo se había desplomado a causa de la bebida. Dulce seguía vigilando de cerca, paseaba entre los colonos con su imagen inocente y un puñal oculto en la manga. 
A muchos metros de distancia, sobre el tejado del Rock and Old, Karmeta había recargado su rifle mata búfalos y seguía los movimientos sospechosos.
- ¿Qué le puede importar a alguien como tú este piojoso? - Zinue señalaba el cuerpo inmóvil del indio. - Tú eres una de los nuestros, una asesina. Ponte de mi lado y someteremos a todo este rebaño de cobardes. Si tu amiga Berbuscona está aquí, es porque se cuece algo importante. Ayúdame a descubrir de que se trata y todos abandonaremos este sucio pueblucho con más oro del que podamos cargar. La otra opción es una cruz sin nombre.
- He regresado junto a la madre tierra, nunca más seré un perro. Si he de morir será como un lobo y tú lo harás como una rata.
- ¿Lobos, perros…? Chocheas vieja, frente a mi tan solo veo a una zorra, una con cuya piel me hare un chaleco. - La pistolera ya se hallaba a muy pocos metros del grupo de matones, se detuvo y los miró desafiante. Fue entonces cuando apareció Zupia seguido de quince jinetes, descabalgaron y tomaron posiciones a rededor de los congregados. Zinue se dio cuenta de que su plan había fracasado.
- Bien, ya tienes reunida a tu manada de “lobos”. ¿Y ahora qué? - El barbilampiño contenía su rabia en cada palabra, pero de sus ojos emanaba el odio. - Morirán muchos si empezamos una guerra. Hagámoslo a la vieja usanza, tú y yo cara a cara. - Zinue enfundó su revolver.
- No sería un duelo justo. - Velvet dejó caer el colt de su mano izquierda al suelo. - Aún me quedan cinco balas. - Enfundó el arma y miró con desprecio a los cinco criminales, estos a su vez, sonrieron complacidos.
- Estás loca vieja, tu vanidad te llevara a la tumba, que así sea. - Berbuscona apareció con Orcanario apoyado en ella. El periodista había recuperado el sentido después de que le sacaran la bala. Un buen vendaje y parece que no tardaría en recuperarse, pero necesitaba de ayuda para caminar. Lo que vio le recordó a las viejas historias que su padre escribía, ya hace mucho tiempo en la distancia. Black frente a Zinue y los suyos, con su viejo y raído guardapolvos, los brazos colgando cerca de las cartucheras. Aparentemente tranquila, observando a sus oponentes con fría mirada. Enfrente el enemigo, cinco contra uno, un suicidio. Muy superiores en número pero asustados, aquellos asesinos curtidos sudaban en presencia de la pistolera. Siempre pensó que la obsesión de su padre, por aquella a la que llamaba “la eterna forastera”, no era más que una loca fantasía por culpa de la cual, su madre lo abandonó llevándoselo a él que ya era un muchacho. Pero Black era la mismísima imagen de aquella pistolera de la que tanto escribió Orcanadian, su padre. En contraste con la tranquilidad de Black, el nerviosismo histérico de Zupia. Temblaba y no quería mirar lo que pasaba. - Velvet se sobre valora, son demasiados. ¡Debéis detenerla, no lo conseguirá! - La posibilidad de perderla lo aterraba, querría correr en su ayuda pero ella jamás se lo perdonaría. Cerró los ojos y esperó.

Todo fue muy rápido, seis disparos y cinco hombres que caen al suelo sin vida. Velvet soltó un leve quejido y se inclinó doliéndose de un costado. A Zupia se le escapó el corazón del pecho, acudió a toda prisa en su auxilio. La pistolera lo apartó de su lado con un leve empujón.
- No es nada, solo un rasguño.
- Déjame verlo.
-  ¡He dicho que no es nada, apártate de mí, necesito aire!
Dulce estaba junto al ahorapajote y lo sujetaba en brazos. - ¡Aún está vivo! ¡Necesito ayuda! - Black se acercó y le echó un rápido vistazo, luego dio media vuelta y se alejó,  apoyaba su mano en el costado. Las ropas empezaban a tintarse de sangre. Dulce la miró sin entender su actitud, entonces llegó Berbuscona, se arrodillo junto al indio y cerró los ojos en un gesto de desánimo. La mayoría de los presentes regresaban a sus casas, solo los incondicionales del indio permanecían expectantes de la situación. Al ver el gesto de la mujer rubia los ánimos decayeron.
- ¡Se repondrá! - Gritaba Dulce sin verdadera convicción. - ¡El indio es fuerte, se repondrá! - Apoyó la cabeza en el pecho del herido y empezó a llorar.
Karmeta había descendido del tejado y se encontraba junto al resto. Se giró hacia los cadáveres de Zinue y los suyos, un agujero en la frente de cada uno de ellos. Agarró con fuerza su rifle y escupió en la cabeza del barbilampiño. 
- Llevémosle a mi casa. - Dijo Berbuscona. - Creo soy la que entiende algo más de medicina de todos los presentes, haré lo que pueda. - Lo alzaron entre varios hombres y lo trasportaron con cuidado a la cabaña de la rubia. Lo dejaron sobre la cama, las sabanas se empaparon de inmediato con la sangre del indio, no debía de quedarle ni un solo hueso sano.
Black ensillaba su caballo, Zupia la había seguido. - ¿Dónde vas? - Le preguntó.
- Me marcho, no intentes detenerme.
- No…no lo entiendo, ahora te necesitamos más que nunca. Además,  estás herida, déjame verte eso.
- Solo es un rasguño, solo es una nueva cicatriz, ya has visto que mi cuerpo está lleno de ellas. Estaré bien, no te preocupes.
- Espera que prepare mis cosas, iré contigo.
- Esta vez no Zupia.
- Pero…pero no entiendo. ¿Por qué nos abandonas justo ahora? ¿Por qué me dejas? ¡Iré contigo, no te dejare sola! - Velvet sacó de una alforja su magnum y se la ofreció al joven.
- Mi adiós es definitivo, tan solo puedo darte mi gratitud por todo lo que has hecho por mí, y esto como recuerdo. No poseo nada más, no lo rechaces otra vez por favor. - Zupia necesito de ambas manos para sostener el pesado arma, se la devolvió.
- ¿Por qué? - El muchacho la miraba implorando desistiera de su huida, no entendía que la había empujado a tomar una decisión, tan repentina como absurda.
- La he cagado otra vez…Secon me lo advirtió. Me dijo que vigilara al indio, que corría peligro. ¿Y que hice yo? Me emborraché, como siempre tome el camino equivocado. No me quedaré para que veáis como vuelvo a defraudaros.
- Pero Negroe sigue vivo, lo salvaste.
- No creo que pase de esta noche, no me quedaré a ver como muere. Dile a las dos hermanas que lo hicieron bien, que sin ellas no lo hubiese conseguido. Que me perdonen por todo lo que he dicho de ellas. Diles también que vigilen a la rubia, ese miserable de Zinue dijo algo sobre ella muy inquietante, creo que no es trigo limpio.
- ¿Y qué haré yo? Te necesito.
- Olvídame. Dulce es una buena chica y creo que le gustas, rehaz tu vida.
- Mi vida eres tú.
- Adiós Zupia. – A punto estuvo de decirlo, pero la pudo la vergüenza. – Adiós. - Espoleó el caballo y partió al galope sin mirar atrás. El muchacho permaneció plantado en aquel lugar mucho tiempo después de perderla de vista.

*Extracto de "La balada de Roca Vieja."


– Marché del asentamiento, te dejé agonizando en brazos de la pequeña de las dos hermanas psicópatas. No hubiera dado un centavo por tu vida, te falle. Me dijeron que te vigilara, que corrías peligro y en lugar de ello me emborraché. Hui sin esperar que exhalaras tu último aliento. Días más tarde tuve un pequeño incidente con unos mercenarios, luego llegué a una posada… - Se esforzó en recordar, la cabeza le ardía a causa de la resaca. – Ya solo recuerdo la cantina y como apuraba una botella tras otra…luego…Bueno finalmente llego el “esponja” y me dejó ko en nuestro pulso etílico. Hoy me desperté en esa celda junto a alguien que creía muerto. ¿Seguro que no he estirado por fin la pata?
- ¿Me dejaste tirado?
- Si te sirve de consuelo, me ocupé de que esos que te atacaron no vieran otro amanecer para jactarse de su vil “hazaña”. Ya no podía ayudarte. ¿Es necesario que hablemos de eso?
- Supongo que no. Si ya has recobrado el aliento continuemos.

El Hacedor de Historias permanecía en su trono como nota disonante en mitad de la enorme sala. Lo habían reemplazado todo por escritorios, ordenadores y paneles con gráficos. Pululaban de forma frenética docenas de hombres grises vestidos con sobrios trajes y corbata. Se aferraban a sus teléfonos y aporreaban compulsivamente los teclados de sus computadoras. El Creador no entendía nada de su jerga. Balances, estudios de mercado, márgenes de beneficio, activos, pasivos, volumen de ventas, acciones, debes y haberes. También habían muchos soldados fuertemente armados y por todas partes el logo de la Corporación, en las paredes, en la solapa de los trajes de los hombres grises, en sus bolígrafos…El Hacedor los miraba confuso, se encontraba en un lugar privilegiado, parecía presidir todo aquel tumulto y sin embargo todos lo ignoraban. Recostado sobre el reposabrazos intento dar una cabezada, dormir era lo único en lo que empleaba su tiempo desde la aparición del Reverso Oscuro. No se sentía con ganas ni fuerzas de hacer otra cosa, dormir es lo único que le permitía seguir soñando.
La extraña pareja se acercó hasta posicionarse frente a él, también estaban muy confusos mientras avanzaban entre aquel gentío que no paraba de gritarle a algún tipo de Ente incorpóreo: “compra” “vende” y otras cosas más ininteligentes si cabe.
- ¿Este es el tipo del que me hablabas? ¿Qué le pasa? Ni siquiera se mueve. – El Creador no miró a la caza recompensas, aunque seguro su aliento apestaba a alcohol y su nariz estaba muy junto a la boca de ella no se inmuto.
- Cada hora que pasa está más débil y yo no sé cómo ayudarle. – El indio le levanto la cabeza y lo obligó a mirarle a los ojos. - ¿Sigues ahí amigo? – No hubo respuesta.
- ¡Bah! ¿Qué nos importa ese? Si nadie nos retiene, larguémonos de aquí. – Parece que por fin el Hacedor de historias reparó en la presencia del indio. Lo miró fijamente con un hilo de voz y trabándose, dijo:
- No recuerdo vuestros nombres. – La pistolera soltó un forzado ”¡Ja!”
- No te he visto en mi vida, lo extraño seria que lo supieses. – Ahora se dirigió al indio. - ¿Esta borracho? Seguro este tipo esconde en algún lugar una hermosa bodega a rebosar de aromáticos y dulces licores. – El piel roja le dirigió una mirada fría, acompañada de una pregunta que en un principio se le antojo absurda.
- ¿Cómo me llamo?
- ¿Os estáis riendo de mí? Resacosa y todo, me sobro para partiros la cara a los dos de un solo gancho. Ahora que me fijo mejor, ambos os parecéis mucho. Eso sí que es raro. – No, aun habían cosas mucho más extrañas, después de un rato meditándolo en silencio se dio cuenta de que no sabía la respuesta. En su tono de voz se marcó el miedo.
- No, no lo sé. Ni siquiera recuerdo el mío propio. ¡Maldita sea, esto solo puede ser una pesadilla! Aún estoy durmiendo la mona.
Ahora el indio zarandeaba al Creador con violencia. – ¡No puedes olvidarnos, me prometiste que acabarías mi historia! – No hubo reacción por parte del Hacedor de Historias, permanecía mudo, con la mirada fija en la gran puerta del otro extremo de la sala. Los hombres grises parecieron esconder la cabeza como avestruces en sus ordenadores. El ritmo de trabajo era aún mucho más frenético, aunque ahora nadie gritaba ni se hacían extraños gestos unos a otros. El retumbar del sonido de muchas botas militares en su marcial marcha inundo la sala. Decenas de soldados fuertemente armados escoltaban al Reverso Oscuro. Tras de él lo seguía en silencio y cabizbaja, una anciana que mecía un bulto en su regazo.






Plomo y piedras.


- ¿Ese es el individuo de la cantina?
- Ese es el mierda que se quedó con mi magnum.
- El hermano del Creador tal como imaginaba. – El piel roja acarició con la punta de los dedos el hacha que llevaba sujeta a la cintura. La pistolera lo observó con sorna.
- ¿Vas a enfrentarte a todos esos con tu reliquia? ¿Qué tiene de especial ese chisme para que no te separes nunca de él?
- Mientras la empuñe un guerrero, mi pueblo seguirá en lucha.
- ¿Y tú eres ese guerrero? – Entonces lo siento por los tuyos. – La mujer soltó una risita caustica y mal intencionada para luego retomar el tono serio. – Tú pueblo empezó a morir en el momento que el primer blanco puso un pie en vuestra tierra. Te aferras a una idea absurda, todas las tribus hace años que se pudren en las reservas. No habrá una última batalla, perdisteis hace mucho.
- Eso ya no importa, el Hacedor de Historias está olvidando nuestro recuerdo, no tardaremos en dejar de existir o peor aún, dependeremos de su hermano para seguir haciéndolo.
- No entiendo ni una sola palabra de lo que me hablas. – Se fijó en La Voz del Viento. - ¿Quién es esa anciana que lo acompaña?
- No lo sé, nunca la había visto antes.
Los soldados se fueron desplegando por toda la sala, el grupo más numeroso se detuvo a varios metros de los reunidos. El Reverso Oscuro siguió avanzando hacia su hermano, ahora solo acompañado por la anciana y tres soldados de más envergadura y mejor equipados que el resto. Dos se posicionaron tras los personajes del Creador y el tercero junto a este. Ayla seguía al mezquino hermano del Hacedor pero parecía ausente de todo. Mecía y le canturreaba al bulto que portaba entre los brazos.
- Estoy muy disgustado contigo hermano, has intentado engañarme. – Agarró con fuerza a la anciana por el brazo y la obligó a ponerse frente al Creador, este la miro sin acabar de comprender. Ella seguía cabizbaja acariciando la cabeza del engendro de trapo. El Hacedor miró el bulto y se le dibujó un rictus de repulsión en el rostro.
- Como puedes comprobar, de nada ha servido tu patético intento. La figurilla de piedra que mandaste contra mí no ha podido evitar que capture a la Voz del Viento. Lo siento, se me ha estropeado un poco por el camino. – Acarició los cabellos plateados de la ahora ajada Ayla. -Por más que la miró no veo nada especial en ella. ¿Por qué es importante esta vieja? ¿Callas, no dices nada? – Ahora señalaba al indio y la pistolera. – Tus personajes son escurridizos, de momento solo he encontrado a esos dos y en cuanto al Narrador se evaporó, pero también daré con él. – El Hacedor no podía dejar de mirar a aquella anciana intentando recordar de quien se trataba. Se preguntaba quién era la Voz del Viento de la que hablaba su hermano, este seguía con su diatriba. – La verdad es que ninguno de estos tres me parecen demasiado útiles, no estoy seguro de que me interese realmente conservar a ninguno de tus personajes. Son gusanos que se esconden bajo tierra. Solo hay alguien realmente importante, alguien del que no he encontrado ningún rastro. – Alzó los brazos y giró sobre sí mismo. – Mira lo que he montado, recogí el testigo de tus relatos y rescaté a la Corporación. Las naciones comen de mi mano, pongo y depongo gobiernos a mi antojo. ¡Mi poder es absoluto! Controlo la economía, las vidas de millones de miserables y anónimos mortales. ¿Y todo esto para qué? Todo este entramado, solo por un motivo. De nada me han servido, ni los satélites, ni todas las redes de la información, ni sobornar a líderes, a políticos, a militares… – Mientras parecía absorto en sus divagaciones se acercaba poco a poco a su hermano, cuando estuvo muy próximo, de forma inesperada, le propinó un fuerte puñetazo que le abrió una brecha en el pómulo. - ¡No me ha servido para nada! – Ahora aplastaba con ambas manos la cara del Creador mientras le gritaba acercando mucho su rostro. Los salivajos que expelía empapaban la cara de su hermano que seguía impertérrito mirando a Ayla. La sangre manaba de su mejilla pero no parecía sentir nada.
- ¿Quién eres tú? – Pensaba. La presencia de la anciana le producía una gran congoja pero no entendía el motivo. Ella seguía acunando la cabeza de trapo.
El Reverso lo obligó a mirarle a los ojos. - ¡Tú lo sabes, siempre lo has sabido pero me lo ocultas! – Lo soltó y se acercó a la Voz del Viento, la rodeó con su brazo izquierdo por la cintura. – Parece que ella te interesa mucho. Veo que la miras con extrañeza. ¿No reconoces a la persona que está bajo esta arrugada carcasa? – Sacó de su caro traje la magnum de la pistolera y la puso en la sien de Ayla. La caza recompensa se recompuso totalmente de su resaca al ver el arma y dio un codazo al indio. Ni se miraron, pero este comprendió perfectamente que debía prepararse. Agarró con fuerza el mango del hacha que parecía haber cobrado vida y estar deseosa de entrar en acción.
- ¡¿Dónde está la Inspiración!? - ¡Tú tienes que saberlo! – Estiró de los pelos a la anciana y esta por fin alzó el rostro. El Creador pudo ver sus ojos de cristal. – Torturar al indio no sirve de nada y la vieja no aguantaría ni una bofetada, así que, lo mejor será que la libre de su sufrimiento y le levante la tapa de los sesos. Después me entretendré un rato con la sucia borracha. – El piel roja miró de reojo a su compañera. Otros, por palabras mucho menos despectivas, habían probado el seco sabor del polvo mientras la caza recompensas les aplastaba la cabeza con su bota. En esta ocasión mantuvo la calma.
- Tú eres el único que puede detener mi dedo, solo tienes que decirme donde la escondes. Sabes que es inevitable que me haga con todo lo tuyo. ¿Por qué prolongar una absurda agonía? ¡Ten por seguro que lo haré, los matare a todos! ¡Y ahora dime! ¡¿Dónde está la Inspiración! – Ante el impacto de la situación, el Hacedor recobró algo de memoria, reconoció en aquellos ojos de cristal lo que quedaba de Ayla.
- Le prometiste a la gárgola que la permitirías vivir. – Dijo al fin.
- ¿Cómo sabes tú eso?
- Ambos somos uno, puedo ver a través de ti.
- ¿Entonces cómo es que yo no puedo?
- No puedes ver a la Inspiración porque tampoco yo sé dónde está. La perdí hace mucho y apareciste tú en su lugar.
- Me mientes como yo mentí a tu monstruo de piedra. – Apretó con fuerza el cañón de la pistola en la sien de Ayla. – Es verdad que somos uno, igual de embusteros ambos. Salvo en mis amenazas, ahí yo no me marco faroles.
Ajena a todo, con la cabeza perdida en a saber que turbio rincón, Ayla cantaba lo que parecía una nana y frotaba su mejilla con los restos del engendro de trapo. El Hacedor la observaba conmovido. - ¿Qué es lo que te he hecho chiquilla?
- No lo sientas hermano, lo peor está por venir y también eso será culpa tuya. Me he cansado de esperar, di adiós a tu Voz del Viento.
- Ya sé que es previsible, que es lo que todos esperan y que si se tratara de una mala película, seria el momento en que en la sala de exhibición sonarían los aplausos y volarían las palomitas, pero así es como tiene que ser.
- ¿De qué coño hablas?
Sonaron ráfagas de disparos y antes de que nadie pudiera reaccionar, apreció atravesando un enorme rosetón, no lo suficientemente grande porque también destrozó un buen trozo de la fachada que se desplomo sobre los empleados. La gárgola corrigió su trayectoria, el Reverso Oscuro estaba demasiado cerca de Ayla y no quería arriesgarse a aplastarla. Cayó con todo su peso sobre el grupo más numeroso de soldados. Los que derribó como si estuviese en una partida de bolos y siguió deslizándose por toda la sala, llevándose por delante tanto el capital mobiliario como a los “recursos humanos”. Los hombres grises supervivientes huían despavoridos. La pistolera propinó un codazo al soldado que se hallaba tras de ella y sin que acabase de soltar su fusil de asalto lo dirigió hacia el que se encontraba junto al indio y le descerrajó una ráfaga. El piel roja, en un rápido y certero movimiento lanzó su hacha que acabo alojada en la cabeza del soldado situado al lado del Creador. Ahora ambos estaban armados y vaciaron los cargadores sobre el Reverso Oscuro que retrocedió por los impactos lo justo para que Magenta se abalanzara sobre él.
- ¡Sorpresaaaa! – Le gritó mientras lo aprisionaba. Bien sujeto por las poderosas garras de la gárgola, la velocidad de su enemigo era totalmente inútil. Empezó a aporrearlo salvajemente con la cabeza. Llegaron muchos más soldados, la pistolera había recuperado su magnum después de que cayera de las manos del sorprendido hermano del Creador. La puntería de aquella mujer causo estragos entre las tropas. Todo aquel que osaba asomar la cabeza, pasaba irremisiblemente a mejor vida. El indio por su parte, intentaba averiguar cómo se recargaban aquellos extraños fusiles. Se parapetaron tras unas columnas pero los solados no paraban de aparecer por todos los sitios. Por fin, el piel roja aprendió a manejarse, aún entre ambos no podrían contener durante demasiado tiempo a tantos enemigos.
- Bueno mi estrambótico pavo emplumado, aquí tienes tu última batalla por fin, no malgastes las balas.
- No es como la imaginaba pero tendré que conformarme. Llegan más por tu izquierda.
- ¡Maldita sea, vienen más por todas partes! – Los hombres del reverso Oscuro empezaron a avanzar, una primera fila cubierta por el fuego a discreción desde la retaguardia. Responder a su ataque era imposible
Mientras, el hermano del Hacedor de Historias se había liberado de su captora. Con la espalda en el suelo, apoyó los pies contra el pecho de Magenta y la catapultó con las piernas lejos de si. La gárgola no esperaba que su enemigo tuviera tanta fuerza, se estampó contra una pared. Como un resorte salió disparada de nuevo en pos de su enemigo, pero ahora este ya estaba en guardia y como en su anterior encuentro la esquivaba con facilidad. En cada frustrada envestida, la gárgola acababa con un muro, y para alivio del indio y su compañera, también aplastaba a algún que otro soldado. Como si la cosa no fuese con ella, Ayla se sentó en el suelo y continuó arrullando los despojos que guardaba como un tesoro entre sus brazos. Los proyectiles silbaban a su alrededor, estaba peligrosamente expuesta y la caza recompensas se dio cuenta de ello.
- Se van a cargar a esa estúpida, hay que sacarla de ahí.
- ¡Imposible! – Le respondió el indio. – En cuanto intentásemos acercarnos nos acribillarían y dirigiríamos las balas hacia su posición. Lo único que podemos hacer es procurar alejar la refriega de ella. – Ahora la pistolera contemplaba el combate que libraban Magenta y el Reverso.
- Espero que esa cosa este de nuestro lado. – Se dio un golpe en la cabeza con la culata del revolver para cerciorarse de que no estaba soñando. - ¡Ahu! – Exclamó, el dolor había sido demasiado real.
- No apostaría por ello. – Dijo el piel roja. – Al menos, de momento, es lo único que nos mantiene relativamente a salvo. – Entonces miró a Ayla. – Hay que atraer el fuego contra nosotros y alejarnos de ella, las balas perdidas se la están rifando.
- Bien, cúbreme.
- Tú eres mejor tiradora, seré yo quien salga ahí fuera.
- ¿Tú? Tú eres lento y torpe. ¡Ni se te ocurra!
- Créeme, no me pasara nada. – No la dio tiempo a reaccionar, salió de su escondrijo y corrió a toda prisa hacia el lado opuesto de la estancia. Como no podía ser de otra forma, una lluvia de plomo lo acribilló a los pocos metros.
- ¡Indio estúpido! – Se había quedado sola, esta vez no había ninguna duda de que el piel roja había muerto. Su sacrificio no había servido de nada. Envalentonados, los soldados avanzaban al descubierto, abrigados por un fuerte fuego de cobertura. Pasaron sobre el cuerpo del caído dejándolo atrás sin darse cuenta como sus carnes despreciaban y expulsaban las balas de su interior. Se levantó de un salto y los masacró a placer por la espalda. Los pocos que se giraron para repeler la agresión fueron eliminados por los certeros disparos de la pistolera. Todos yacían fiambres sobre su propia sangre, ella lo miraba sin poder cerrar la boca.
- Sin duda alguna estoy soñando.
- Ya te dije que no podía pasarme nada.
- No creo que tarden demasiado en llegar más, aprovechemos esta tregua para coger a la anciana y salir de aquí. – Corrieron hacia donde se encontraba pero para su sorpresa vieron que el Creador estaba a su lado. En ese momento, tal como habían vaticinado, aparecieron más soldados y en esta ocasión provistos de armamento pesado. Desplegaron sus ametralladoras y otros, armados con lanza granadas, tomaron posiciones parapetándose entre cascotes y escritorios.
- Mierda. –Exclamó el indio. – Contra eso, ni toda la energía del Espíritu del Caos podrá recomponerme. Van a hacernos saltar en pedazos.
- ¡No te quedes ahí como un pasmarote y corre! – Salieron de su escondrijo a toda prisa en busca de un lugar que los protegiese mejor del infierno que se avecinaba.
- ¡¿Por qué no dejas de moverte para que pueda machacarte de una vez!? ¡Eres realmente irritante! – Magenta daba vueltas alrededor de su enemigo intentando encontrar el momento de sorprenderlo.
- Esto ya me parece haberlo vivido antes. ¿Cómo lo llaman, “deja vu”? Ah no, ahora recuerdo, recuerdo a un monstruo estúpido, retorciéndose en su inmundicia sobre la nieve, después de intentar inútilmente ponerme la zarpa encima. La historia está para que se repita pues, está claro, que tú no has aprendido nada de ella.
- Tengo un deseo, o un antojo según se mire. Quiero darme un atracón con tus carnes. ¿Sería posible que me lo concedieses?
- Haré que se te indigesten.
El Creador mesaba los cabellos de la Ayla sin poder apartar la vista del engendro de trapo. Lo seguía acunando ajena a todo. Asqueado de aquella imagen, le arrebató la cabeza y la lanzó lejos. La Voz del Viento lo miró con odio, nunca el Hacedor de Historias había visto en sus ojos aquel brillo insano y malévolo.
La, ahora anciana, despertó a la realidad que la rodeaba. Observó aturdida a su alrededor, Magenta luchaba contra el Reverso Oscuro destrozándolo todo a su paso, vio soldados disparando contra una pareja que parecía salida de un espagueti western, muchos cadáveres cubrían la sala y su sangre formaba un pequeño cauce que discurría hasta perderse por el desagüe de las alcantarillas. Se encontró con los ojos del Hacedor de Historias. Nunca antes lo tuvo tan cerca, se metió en su cabeza y sintió un agudo dolor provocado por el aluvión de imágenes aparentemente inconexas. No tardó en recomponer el puzle.
- ¿Vos? Sois vos… ¿Cómo no pude verlo antes? – Como casi todo en los últimos días, tampoco entendió aquellas palabras, el Creador la miraba perplejo. La abrazó, Ayla apenas notó la presión en su cuerpo, el Hacedor estaba realmente débil, preso de la aflicción.
- ¿A qué te refieres? – La preguntó.
- Entonces…entonces es ella la Inspiración a la que con tanta desesperación buscáis.
- ¿Sabes dónde se encuentra? – En sus ojos un brillo de esperanza.
- Pero Magenta me contó que partisteis sin volver la mirada, que corristeis mil aventuras y os coronaron rey.
- No te entiendo. ¿Entonces tampoco tú conoces su paradero? – La ilusión del Creador se apagó de nuevo.
- Sois vos y yo no supe verlo…Lo siento.
- No te entiendo, no sé de qué me hablas.
- Vos sois el caballero negro del cuento. Pero, aunque tenéis un castillo, no sois rey, solo el reo que lo habita.
Ahora la expresión del Hacedor era oscura, un calco de la de su hermano.
- ¡Calla!

Debieron de creer que aquellas armas de mayor calibre serian efectivas contra el monstruo de piedra y sin ninguna duda pensaron ganarían puntos a los ojos de su amo. Los soldados dispararon contra la gárgola, esta sin dejar de mirar ni un momento al Reverso Oscuro, esquivaba mediante saltos y cabriolas las granadas de las que por el ruido conocía procedencia y trayectoria. Las balas las ignoraba, nada dañaban su cuerpo de roca viva. Seguía intentando echarse encima de su enemigo sin conseguirlo y, entre ataque y ataque, agarraba con su poderosa cola cascotes y muebles que lanzaba contra las tropas de negros uniformes. Los anacrónicos personajes del Creador aprovecharon el respiro que les brindo el error cometido por los soldados para ponerse a cubierto en un lugar más seguro. El fuego cruzado de mortero y ametralladoras los mantenía acurrucados, sin posibilidad de defenderse, en su improvisado refugio al abrigo de las ruinas del castillo. Los soldados avanzaban hacia ellos. El Reverso estaba furioso, no podría vencer a Magenta mediante la fuerza. La gárgola era realmente un oponente terrible y solo podía limitarse a esquivarla una y otra vez. Su única oportunidad, al igual que en su anterior encuentro, era escudarse tras la Voz del Viento. Había una energía que le impedía acercarse a ella, de reojo miraba a su hermano y lo maldecía. ¿De dónde había sacado las fuerzas suficientes como para ser capaz de mantenerlo a raya?

- Deberíamos correr hacia la puerta por la que entremos y refugiarnos en los sótanos. – El ruido de las explosiones obligaba a gritar al indio para hacerse oír aunque la pistolera estaba justo a su lado.
- Yo no soy “inmortal” como tú, si asomo la nariz ahí fuera me la volaran junto al resto de la cabeza. Además en los sótanos quedaríamos atrapados.
- Ya has visto que ahí abajo es un laberinto de estrechos pasillos, allí podremos ofrecer mejor resistencia al menos.
La caza recompensas intentó incorporarse, la onda expansiva de una granada la arrojó de nuevo al suelo. - ¡Imposible dar un solo paso, esto es el fin! – Ahora, medio sorda con un intenso pitido en su oído, era ella la que gritaba.
La nada.
El Hacedor de Historias se apartó de la anciana para que esta no pudiera seguir adentrándose en su mente, pero Ayla ya había visto más que suficiente. Miró horrorizada a su alrededor, todo era un caos, el castillo se desmoronaba. De la gran sala no quedaba nada más que cascotes y bajo ellos, esparcidos por el suelo, decenas de cuerpos destrozados. Los ojos de la anciana se humedecieron.
- Debe acabar con esta locura. – Le imploró. – No se atormente más, ha de despertar. – Señaló con el dedo toda aquella destrucción, como si el Creador necesitara se lo indicaran para poder verla. – Esto ya no es su sueño, hace mucho que se tornó pesadilla. ¡Por lo que más quiera, despierte!
- ¿Despertar? ¿Acaso no estoy lo suficientemente despierto para ver lo que te he hecho? – Se acercó a ella y acarició las arrugas de su rostro. Ayla apartó la mano de su cara con un movimiento suave.
- Vos no me hizo nada, salvo acogerme en su mundo. Pero yo no soy uno de sus personajes, no puede retenerme aquí contra mi voluntad. Míreme, pero hágalo con los ojos limpios, líbrese de los cristales de esas lentes que son su locura y que todo lo deforman. Míreme con los ojos, no me busque en su mente. – El Hacedor la observaba sin comprender. - El hermano de vos se preguntaba porque yo soy importante y, si no lo sabe, está claro que no es su hermano. Recuerde el por qué estoy aquí, como llegué.
- Tú eres la Voz del Viento. Gracias a la fuerza de tu aliento, mis versos viajan a los oídos de aquellos que los quieran escuchar.
- Eso es muy bonito, pero no es cierto. Por favor míreme, se lo ruego. – Ante él, Ayla empezó a recuperar su juventud. Poco a poco su aspecto iba cambiando, pero ahora sus cabellos no brillaban como el oro ni acababan en caprichosos tirabuzones. Tampoco sus ojos eran claros como el cristal, sino castaños. Su pelo, rubio y bonito pero nada excepcional. Ante el Creador se encontraba una joven que le sujetaba la cara con ambas manos y le obligaba a mirarla.
- ¿Lo ve? No soy su Voz del Viento, solo soy Ayla. Me atrajo con sus lamentos, me identifique con sus versos y quise traerle consuelo. Por eso yo y el Narrador somos importantes, porque somos quienes le leemos y damos vida a sus palabras, pues al igual que la voz debe ser escuchada, las letras deben ser leídas para existir. – El Hacedor de Historias se liberó de las manos de Ayla y le dio la espalda.
- Ella inspiraba todas mis palabras, a ella le pertenecían y no buscaba otros oídos que los de ella. Pero dejó de escucharme, ella era mi Inspiración y sin ella ya nada tiene sentido.
- ¡Ella, ella, ella y solo ella..! ¡Ella no regresara! Por más que la busque no la encontrara. ¿Es que no se da cuenta? – La muchacha señaló la cabeza del engendro de trapo, que se encontraba totalmente destrozada junto a varios cadáveres. –También yo me aferraba a una ilusión que me mantuvo presa en mi particular desierto, en mi fortaleza de hielo. Pero ya desperté y ahora le toca a vos hacerlo. ¿Qué tiempo hace ahí fuera? ¿Sabe si hace frio? ¿Quizás calor? ¿Si llueve o si nieva? Acabe con esta guerra de sentimientos encontrados. No puede hallar a la Inspiración en su mundo porque ella salió de él, se cansó porque vos la convirtió en un personaje, igual que hizo conmigo, igual que con el Narrador.
- ¡Todo es real y ella regresara! ¡Hice un trato con el buhonero! Me aseguró que mis palabras la traerían de regreso.
- No quiere despertar. – Ayla señaló ahora al Reverso Oscuro. – Ahí tiene a su buhonero, no es más que otro de sus personajes, de hecho, el primero. Mire a sus creaciones y lo que cada una de ellas representa, todos están aquí. – Vio como el indio y la pistolera salían corriendo a toda prisa de su escondrijo un par de segundos antes de que una granada lo hiciese volar por los aires.
– Lo ve. – Señaló al piel roja. – Él representa la autocompasión y ella. – La caza recompensas. – El sentimiento de culpa. Cuando lo abandonó su “Inspiración” vos mismo se convirtió en el caballero negro. Era la esperanza, y a él se aferraba. Pero ella no regresaba y de su interior salió lo peor de vos. ¡Él! – Señaló al Reverso Oscuro. – Él representa a su orgullo, él es quien lo encadena a este lugar, él es quien se niega a admitir que todo acabó. – Suspiró apenada. - Él la traería de regreso por la fuerza. Pero otro sentimiento poderoso apareció tras su orgullo, uno tan terrible como él. El odio, el rencor, la ira. – La gárgola seguía destrozándolo todo en sus inútiles intentos de alcanzar al hermano del Creador. – Desde el primer momento, Magenta tenía un siniestro cometido, encontrar a la Inspiración y matarla. Primero acabó con la Desidia que le impedía seguir creando su mundo cada vez más enfermizo. Matar a la Inspiración era la mejor manera de olvidarla según su simplona mente. Si de algo realmente tengo que enorgullecerme, es de haber sido capaz de aplacar su ira. En su batalla interior venció también a la Envidia, acabó más tarde con la Vanidad. Todo parecía marchar bien, aun habían sentimientos que luchaban en el lado de la redención, incluso su ira cambió de bando. – Magenta dio un salto sobre una pared y se impulsó como un muelle hacia el Reverso Oscuro. Aquel quiebro inesperado sorprendió por fin al hermano del Creador. Ahora la gárgola lo tenía de nuevo entre sus garras y no lo dejaría escapar. Por otro lado, los soldados ya estaban prácticamente encima del indio y la pistolera.
- Ha sido un honor luchar a tu lado indio estúpido.
- Lo mismo digo, sucia borracha.
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Creo que podré cubrirte por unos segundos, espero que la fuerza que corre por mi cuerpo me permita aguantar lo suficiente como para que llegues a la puerta. Escóndete en los sótanos y cárgate a todos los que puedas.
- No me gusta tu plan, me los cargare aquí y ahora.

- Debe acabar con esto. – Ayla continuaba intentando convencer al Hacedor de Historias. – Tiene que despertar antes de que pierda el juicio por completo.
Magenta aporreaba sin compasión a su enemigo.
- ¡Estoy despierto y este es mi mundo! ¡Aquí yo soy el único amo!
- Bien es cierto que en un principio, en el tiempo que aún seguía cuerdo, acertó en poner el nombre a su morada. Que frágil es un castillo de naipes, hace falta tan poco para que se venga abajo. – Ayla sopló suavemente y pareció que un huracán lo arrasara todo. Cuando salieron al encuentro de los soldados el piel roja y la pistoleras estuvieron a punto de volar por los aires. Al abrir los ojos no quedaba nada, estaban en medio del vacío. La gárgola sobre el hermano del Creador y este junto a Ayla. Ni rastro de los soldados ni del castillo. La caza recompensas se frotó los ojos.
- Creo que va siendo hora de que despierte. - A su lado, tampoco el indio salía de su asombro.

- Ahora debe abrir los ojos a la realidad. – Continuaba insistiendo la muchacha. – Míralos, ellos son algo más que sus creaciones, son parte de vos. Debe distinguir lo real de lo fantástico si quieres seguir con sus historias.
- Sin la Inspiración nada puedo hacer por ellos.
- ¡YO NO SOY UN PERSONAJE! – Gritó el Reverso, aplastado bajo las garras de la gárgola. - ¡Yo seré quien se quede con todo niñata estúpida! ¿Cómo te atreves a insinuar siquiera, que soy igual que estos patéticos perdedores.
Magenta rio a carcajadas. – Eres otro personajillo. Jajajaja. Uno con aires de grandeza.
- ¡No soy un personaje!
Ayla seguía hablando con el Hacedor de Historias sin prestar atención a lo que ocurría entre sus creaciones.
- Yo ya no puedo ayudarle si no me deja que lo haga. Ahora, y sin pretender ser egoísta, debo pensar en mi misma. Debo despertar, lo esperaré ahí fuera si lo desea, en el mundo real. Tráguese el orgullo y empiece de nuevo.
- De eso me encargo yo en medio segundo. - De un solo bocado la gárgola engulló al Reverso Oscuro para a continuación soltar un sonoro eructo. – Espero no tenga una mala digestión, no parecía estar en unas condiciones higiénicas aceptables.
La muchacha rubia continuaba intentando que el Hacedor de Historias asumiera lo que realmente era.
- La Inspiración puede regresar en cualquier momento en la forma de otra.
- ¡No quiero a otra!
- Debo irme, ya he hecho por vos todo lo que he podido. – Se acercó a Magenta y la acarició el cuello. – Siempre fui su amiga, mi aguerrida monstruo de piedra de bonito y colorido nombre. – La besó en el hocico. – No la olvidare.
- Dices que eres mi amiga pero me abandonas. – En el tono de la gárgola casi se podía notar cierta congoja y, en sus ojos, un extraño brillo liquido muy lejos del habitual resplandor de su cólera. El indio y su compañera no salían de su asombro, desconcertados por todo lo que ocurría a su alrededor.
- No puedo quedarme más. – Ante la mirada de todos Ayla se desvaneció.
Ahora los tres personajes observaban a su creador. De pie, en mitad de la nada, les devolvió la mirada.
- ¡Regresad a donde quiera que tengáis que hacerlo! Dejadme en paz y no me miréis con esas caras! – También ellos se desvanecieron, el Hacedor de Historias quedo solo. A lo lejos podía verse algo, le llevo un buen rato llegar. Era una silla junto a una mesa y sobre esta, cuartillas, pluma y tinta. Se sentó, agarró la pluma y se quedó con la vista fija en una hoja en blanco.
- La traeré de regreso.

Epilogo.

Bien, bien, bien, patéticos mortales hablemos de fidelidades. Tengamos fe en la condición humana, en sus constantes y, antes de perderme en banalidades, meteré el dedo en la llaga. Aunque eso no valga de nada pues, ya se sabe que finalmente siempre hacéis lo que os da la real gana.
Mil años lleva la gárgola en lo más alto de la fachada de este monumento a la soberbia que es la catedral y con sus ojos de piedra os observa desde tan privilegiado lugar. Cada cincuenta años podía escapar y volar en busca de un alma. Justa o injusta, era la causa de Magenta y cuando la encuentra la reta. Un trato le propone y dispone de la eternidad para recoger el fruto de la traición, servírselo en la mesa y devorarlo sin sentir remordimientos ni pena.
Fieles a una causa, ciegos de fanatismo sucumbieron a la tentación de cambiar de chaqueta por unas pocas monedas. Leales amantes no eran más que sonámbulos que caminaban dormidos, perdidos en fantasías y sueños. Jugaban con fuego, se consumían en la hoguera de las vanidades y una vez la llama arde ya es tarde. Al apagarse, ya extinta, tan solo queda la ceniza que finalmente se enfría, el viento la esparce y desaparece. Nada queda de los amantes, salvo el desencanto en el mejor de los casos. Yo me lo guardaba y regresaba contenta, Magenta ya tenía la cena.
Quizás penséis que es una pena, una triste existencia la de Magenta. Alimentándose del fraude, del engaño. Recordad que tengo el corazón de piedra, que fui esculpida a golpes de cincel y martillo, que vivo en la morada del timo. Seria de cretinos no admitirlo, sois infieles, hipócritas pero sobre todo, egoístas. Nada de eso me importa, no os juzgo y con mis argucias nada corrompo que no estuviera ya podrido. Por eso os digo que pasareis por la vida sin pena ni gloria, obviando el verdadero motivo por el que camináis por este mundo de lágrimas, que no es otro que la absurda búsqueda de la felicidad. Para conseguirla mentiréis, engañareis a quienes ciegos confíen y defraudareis ingenuas fidelidades.
Nunca más manchó el Creador el blanco del papel con una sola letra. Eligió no despertar y seguir aferrándose a su mundo de mentiras, aun no quedando ya nada de él. El piel roja regresó a su pueblo fantasma y esperó en vano que concluyeran su historia. Al menos en esta ocasión no estaba solo, la caza recompensas lo acompañaba.
El Narrador, por su parte, se hizo una liposucción, eliminó con láser sus dioptrías y se moldeó una cara y un cuerpo al gusto de los habitantes de Ciudad Vanidad. Dejó de ser un inadaptado dejándose arrastrar por la corriente de aquellas gentes superficiales, incluso adquirió cierta popularidad. Por unos motivos diferentes a los del Creador tampoco él escribió nunca más, abandonando a sus personajes.
Yo sigo en la fachada de mi catedral, ya no puedo abandonarla cada cincuenta años, estoy aquí atrapada por siempre. Durante dos décadas me entretenía siguiendo las locuras de Wallizard. Formó una nueva tripulación con engendros de nieve y zarpó en pos de aventuras. Sería increíble pensar que alguien incapaz de utilizar una brújula, y mucho menos de interpretar una carta de navegación, consiguiese mantener en jaque a la marina de guerra de las más poderosas naciones. Nadie, salvo yo, sabía de la existencia de su arma secreta. Reparó su “chisme de alejar los problemas” y con tan extraordinario aparato podía escapar al trapo siempre que el destino la acorralaba. Durante dos décadas fue el terror de los siete mares y en su infructuosa búsqueda de las Islas Tortuga, finalmente encontró la muerte que ansiaba. Murió ahogada en la bañera durante una borrachera, el final absurdo que puso el broche de oro a su absurda existencia. En cierta ocasión le regalé la inmortalidad y me la devolvió. Ya se lo dije una vez, nadie muere del todo mientras haya algún otro que te recuerde. Aunque no pueda moverme sigo siendo eterna. Así que, en cierta manera, finalmente vencí. A partir de entonces no tengo otra cosa que hacer que seguir cómo evolucionan los monos mientras paso hambre y me consumo. Como único consuelo el eco de los versos de la Voz del Viento que a veces me trae el recuerdo.
Seguro que aquellos a los que pueda haber llegado esta historia piensan que es un relato idiota, que nada de lo dicho tiene sentido. Pero estamos hablando de sueños… ¿Desde cuando los sueños lo tienen?

FIN.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.*

*Calderón de la Barca.

Mi agradecimiento a aquellos que, al compartir su tiempo con mis personajes, han sido los cimientos que sostuvieron durante mil años, ¿o fue solo un instante? mi castillo de naipes.