sábado, 2 de diciembre de 2017

Relatos enajenados. "Rostros de porcelana." (Basado en un texto de Federico Rivolta.)


Con las piernas flexionadas y las manos sobre las rodillas intentaba recobrar el aliento entre jadeos y sudores fríos. El corazón parecía haberse desplazado por su laringe hasta llegar a la garganta y lo sentía palpitar totalmente desbocado. No habían dejado de correr durante horas, sin atreverse siquiera a girar la cabeza para comprobar quienes eran sus perseguidores. La noche se les venía encima y necesitaban de un refugio con urgencia.
- Debemos continuar. - Dijó él cuando sintió que su corazón había regresado al lugar que le correspondía.
- Estoy muy cansada. - Se quejó ella.
- Creo que ya no nos siguen, podemos aminorar el ritmo, pero no es seguro demorarnos más.
- Estoy muy cansada. - Insistió la muchacha.
La sujetó por la muñeca forzándola a continuar. La joven lo seguía tambaleándose pero no salió de su boca ninguna otra protesta..
Caminaron cerca de una hora por los raíles de una vía abandonada. Él sacó un mapa del bolsillo, lo desplegó y, junto con una brújula que parecía de juguete, intentó calcular en donde se encontraban comparando la posición del sol y la ubicación del norte.
- Nos hemos alejado demasiado de la carretera. - Dijo con semblante muy serio.
La muchacha no le prestaba atención, aprovechó ese breve alto en el camino para descalzarse y comprobar el estado de sus pies, ambos estaban cubiertos de llagas. Volvió a ponerse los mocasines enseguida.
- ¡Mira Rebeca! - Lo escuchó gritar eufórico. - ¡Mira! Sabía que la vía tenía que llevarnos a algún sitio. - A un centenar de metros aproximadamente, se distinguía un edificio cochambroso. Resultó ser una especie de almacén situado justo al lado de donde morían los raíles. Supuso que debieron de emplearlo como taller de reparaciones para los vagones del tren. Al entrar comprobaron lo deteriorado del lugar, sin duda llevaba abandonado mucho tiempo. Era perfecto, lejos de cualquier núcleo habitado, ni siquiera aparecía en su mapa.

En aquel cobertizo podrían descansar toda la noche. La miró conmovido, Rebeca se dolía de la muñeca izquierda, estaba sentada en el suelo cabizbaja.
- Lo siento, no era mi intención hacerte daño.
- No importa.
- Si, si que importa, sabes que yo jamás te lastimaría a proposito.
- No es nada, una pequeña irritación, ya te he dicho que no importa.
- Descansa un poco, creo que los hemos despistado. Cuando nos hayamos repuesto continuaremos. - Sonrió. - Ya estamos muy cerca del puente y al otro lado del río... - Se acercó a Rebeca y le acarició los cabellos... - ...Al otro lado seremos libres.
- Tengo miedo.
- No lo tengas, yo estoy contigo. -  Le colocó su mano bajo la barbilla y la hizo levantar el rostro hasta que sus ojos se encontraron. Rebeca estaba ojerosa y demacrada, el pelo enmarañado y su vestido sucio. Se le encogió el corazón al verla en ese estado. Quiso consolarla pero no tenía claro el modo de hacerlo.
- Nosotros no somos como "ellos". - Comenzó a decirle. -  Por eso nos detestan, no comprenden nuestro amor y "ellos" odian todo lo que no entienden. No tengas miedo cariño, los dejaremos atrás junto con sus prejuicios. Nos envidian, en realidad nos temen porque saben que somos el comienzo de algo que se les escapa de las manos. "Ellos" son incapaces de sentir, de amar, son como esas máscaras tras las que se ocultan, inexpresivas y frías.
Los ojos de la muchacha se humedecieron. - Pero yo estoy cansada de huir, de esconderme y no poder decir lo que siento. Estoy cansada de tener miedo.
- Eso va a acabar muy pronto mi amor, en cuanto crucemos el puente.
- ¿Cómo puedes estar tan seguro de que en la otra orilla las cosas serán diferentes?
- Porqué tengo fe. Deja de preocuparte, todo saldrá bien mientras continuemos juntos. - Miró a su alrededor, habían herramientas tiradas por todas partes, oxidadas y muy deterioradas, pero aún podían serles útiles.  Desplegó el mapa sobre el suelo delante de la muchacha y señaló un punto con el dedo.
- Mira, estamos aquí. - Recorrió con el indice una fina línea hasta llegar al símbolo que indicaba la ubicación de un puente. - Si seguimos la carretera, en un par de horas habremos cruzado al otro lado. Pero eso será mañana. -  Plegó el papel y lo guardó de nuevo sin dejar de mirar los ojos verdes de Rebeca. - Ahora debes descansar, intenta dormir un poco.
- No tengo sueño. - Encogió las piernas hasta quedar hecha un ovillo, los brazos rodeando sus tobillos y la barbilla apoyada en las rodillas.
Él volvió a comprobar el destartalado cobertizo, el aire helado se colaba entre los tablones de madera y se preguntó si realmente era un lugar seguro. Había atrancado la puerta con un travesaño, pero estaba tan podrido, que de un puntapié podrían echar la entrada abajo. - No importa. - Se dijo a si mismo. Tenía todo lo necesario para subsanar aquel inconveniente. Recogió tablones y clavos herrumbrosos y comenzó a sellar puerta y ventanas a golpe de martillo.
Rebeca no dejó de observarlo ni un instante, atenta a cada golpe que descargaba, como hipnotizada por los movimiento de su compañero. El eco de los martillazos debía de ser audible a mucha distancia pero eso no parecía ser lo que la preocupaba.
Sin darse cuenta comenzó a musitar una canción sumamente meláncolica..
Al escucharla se apresuró en regresar junto a ella, le puso el indice sobre los labios.
- Shhhhh. No mi amor, no cantes cosas tristes, no dejes que la tristeza te domine, es así como "ellos" te atrapan.
Rebeca hundió el rostro entre los brazos y comenzó a sollozar. - Los echo de menos, echo de menos a mi familia... a mis amigos, a todos a quienes conocía.
Se puso de cuclillas frente a ella y la estrechó entre sus brazos, dejando que la cabeza de la joven reposara sobre su hombro. Volvió a acariciarle los cabellos con ternura. Aun grasienta y sucia, su larga melena negra seguía siendo suave como la seda.
- Pobre chiquilla. Mantén vivo su recuerdo, el recuerdo de cómo eran en los tiempos felices. Estarán contigo si no los olvidas, seguirán vivos en tu corazón.
Rebeca se separó de él con rudeza.
- ¡Pero es que están vivos, todos siguen vivos!
La sujetó por los hombros con firmeza y la obligó a mirarlo a la cara.
- Has de asumirlo, si es verdad que continúan caminando, que hablan y respiran, pero ahora son como "ellos". Ahora también ocultan sus rostros detrás de una máscara, ya no sienten nada por tí, no sienten nada por nadie.
Rebeca apartó la mirada, avergonzada de que la viese llorando. - ¿Cómo admitir algo así? Es todo tan horrible, quiero despertar de esta pesadilla.
- Y despertarás, despertaremos los dos, pero para eso primero has de dormir.
- No tengo sueño.
- Solo te pido que no te rindas. Hemos llegado tan lejos... estamos tan cerca de conseguirlo. No puedes ceder al desánimo, no ahora.
No obtuvo respuesta, la joven volvió a apoyar la barbilla sobre sus rodillas y quedó en silencio, la mirada perdida, ensimismada en sus pensamientos.
- He de acabar el trabajo antes de que no haya luz suficiente. No te preocupes por nada, yo estoy aquí para cuidar de tí.

Pasaron varias horas pero a la muchacha le parecieron un instante, él observaba satisfecho su obra. Ahora su escondrijo era inaccesible, salvo por las ventanas de la segunda planta, pero estaban demasiado altas cómo para que pudieran colarse por ellas.
- Por fin podemos dormir un poco más tranquilos, nada de esto los detendrá demasiado tiempo, pero si el suficiente para que podamos escapar si nos encuentran.
- ¿Escapar, escapar por donde? - Preguntó la joven. - Estamos encerrados en esta ratonera.
- Debes descansar, duerme un poco, ya me ocupo yo de todo, tienes que confiar en mi.
- Este lugar me da escalofríos.
- Aquí estamos a salvo. - Le acarició la mejilla y el largo pelo negro de Rebeca se lió entre sus dedos, los apartó de su cara y la besó en los labios. - Ahora duerme.
Los ojos de la muchacha se fueron cerrando despacio hasta que la nada se adueñó de todo.

Se despertó sobresaltada, estaba segura de haber abierto los ojos pero no podía ver nada, la oscuridad era total. Sintió cerca de su oreja un aliento cálido, en contraste con lo frío de la mano que le cubría la boca. - Shhhhh, escucha. - Maldijo él en susurros. - Creo que están al otro lado de la puerta. ¿Cómo han podido encontrarnos tan pronto?
Entre las rendijas de los tablones de las paredes se filtraba una fina neblina luminiscente que parecía podrían ser linternas..
- Deben de ser muchos, están por todas partes. Hemos de salir de aquí ya.
- ¡No veo nada! - Exclamó la muchacha cuando se redujo la presión de la mordaza.
Presionó con mas fuerza sobre sus labios. - Shhhhh, cariño no grites, van a oírnos.
Tampoco él era capaz de ver por donde caminaban, pero había memorizado en su cabeza la ruta de escape que se había procurado horas antes. La agarró por la muñeca y subieron a la segunda planta tanteando cada palmo del trayecto. Una escalera deslizante colgaba del techo, justo debajo de un tragaluz por donde entraba la claridad de la luna.
-¡Por ahí, vamos! - Pasaron al lado de un banco de trabajo y se detuvo, sobre él se encontraba una enorme llave fija. - Espera un momento, eso puede sernos útil. - La sopesó en su mano, tamaño y peso parecían los apropiados. Rebeca estaba cada vez más asustada.
- ¿Que vas a hacer con esa llave?
- No te preocupes, no la utilizaré si no es del todo necesario y solo a modo disuasorio.

Treparon hasta el tejado. Era noche cerrada pero la luna resplandecía en un enorme circulo perfecto. El viento invernal parecía que iba a cortarles la piel como si se tratase de diminutas y afiladas cuchillas suspendidas en el vacío. La joven de ojos verdes tiritaba de miedo y frío. Se había formado una niebla tan densa que no era capaz de elevarse más allá de un par de metros y se deslizaba por el suelo como si tuviese vida.
Desde aquella posición elevada intentó en vano ver donde se encontraban sus perseguidores.
- Puede que la suerte no nos haya dado del todo la espalda. La neblina es tan intensa que servirá para camuflarnos. Vamos, aun tenemos una oportunidad.
Desplegaron una escalera de incendios, el chirrido estridente del metal oxidado acabava de delatar su presencia. Ambos quedaron petrificados, todos sus sentidos alerta, esperando que en cualquier momento alguien trepase por la escalera y diese por concluida su huida. Los segundos se hicieron eternos, nadie apareció y él respiro aliviado.
- Han debido de irse.
- ¿Porqué marcharse cuando nos tenían acorralados? - La incredulidad era manifiesta en el rostro de la muchacha.
- "Ellos" no sabían que nos escondíamos aquí.
- Siquiera intentaron entrar.
- ¿Piensas que es una trampa? ¿Que están ahí abajo esperándonos? En todo caso no tenemos más remedio que arriesgarnos.
Ella no contestó, se limitó a fruncir el ceño en un mohín de desagrado.
Descendieron, una vez en el suelo no podían ver más allá de donde alcanzaban sus brazos extendidos. Él la sujetó por la muñeca con su mano izquierda, en la derecha empuñaba con fuerza la llave de sólido metal.
- No te separes de mí, con esta niebla sería muy fácil extraviarse.
Nadie les salió al paso, caminaron muy despacio hasta que tropezaron con los raíles de la vía.
- Retrocederemos hasta el lugar en el que abandonemos la carretera, no te salgas de entre los raíles y ten cuidado donde pisas, podríamos torcernos un tobillo fácilmente si alguno de nuestros pies se cuela entre las traviesas de madera.
Caminar en aquellas condiciones no solo era agotador, también desesperante. La niebla no se disipaba y faltaban aun muchas horas para que amaneciera un nuevo día.
El resplandor de las potentes farolas abriéndose paso entre la bruma les avisó de que estaban muy cerca de la carretera.
Se salieron de la vía y pudieron andar con más libertad. Una vez en la carretera él intentó situarse. Solo debían seguir el asfalto para llegar al puente, pero eso sería si no elegían la dirección equivocada. Volvió a valerse de su minúscula brújula.
- ¡Hacía allí!
Ella avanzaba arrastrando los pies, intentando a duras penas seguir el ritmo que él le imponía.
Erá como si realmente se encontraran inmersos en una pesadilla. La luz de los focos se difuminaba en la neblina. Siguiendolas no saldrían de la carretera pero era una atmósfera inquietante, como sacada de un terrorífico video juego.
Rebeca no podía ver más que la espalda de su compañero, que en ningún momento soltaba su muñeca. Tiraba de ella con fuerza sin que pareciera darse cuenta de que apenas podía sostenerse sobre los pies.
- No puedo seguir. - Balbuceó por fín. - No me quedan fuerzas para continuar, todo es inútil.
Él se detuvo y la muchacha aprovechó para sentarse en el suelo.
- Lo entiendo, no hemos podido descansar como es debido. Tranquila mi amor, haremos una parada para reponer energías.
Buscó por los bolsillos de su abrigo hasta dar con un pedazo de pan envuelto en papel de aluminio. Se lo ofreció a Rebeca.
- No nos queda nada más, lo siento. - Enseguida pasó de un semblante apesadumbrado a otro más alegre. - Pero en el otro lado seguro que encontraremos toda la comida que necesitemos.
- Tengo sed. - Se limitó a responder mientras daba pequeños bocados al coscurro de pan duro. Con la boca tan seca, la miga acabó convirtiéndose en una masa pastosa que no fue capaz de tragar.
Él comenzó a impacientarse. - Vamos, hemos de continuar. Ya debemos de estar muy cerca del puente.
-No puedo... ¡No quiero!
La cogió de las manos y la invitó a levantarse. - No digas eso, no dejes que "ellos" dobleguen tu espíritu. Has de ser fuerte, solo nos tenemos el uno al otro y yo... yo no sé lo que haría si te perdiese.
Prosiguieron, él miró su reloj, ya debía de ser de día y sin embargo continuaban caminando en tinieblas. Lo achacó a la persistente niebla que no parecía tener intención de disiparse. Se detuvo de forma brusca y a ella casi se le sale el corazón del pecho. A pocos metros frente  ellos, una silueta humanoide.
- No digas nada, mantente en silencio. No podemos arriesgarnos a salir de la carretera y extraviarnos. Pasaremos por su lado, con esta niebla puede que nos confunda con uno de ellos.
Lo sobrepasaron sin incidentes, sin atreverse siquiera a respirar hasta no haberlo dejado atrás.
- Al final esta niebla ha resultado un regalo del cielo. - Se felicitó él, ella se mantuvo en silencio con rostro inexpresivo.
Poco les duró la alegría, más de aquellas siluetas comenzaron a aparecer distribuidas por toda la calzada.
Tranquila mi amor, hay espacio suficiente para pasar entre ellos sin llamar su atención. Sujeta mi mano y no te separes de mí. - Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Rebeca cuando lo vió sacar la llave de entre su cinto y esgrimirla con fuerza en la mano derecha.
- Dijiste que no la emplearías.
- Dije que no lo haría si no era necesario pero las cosas se están complicando y hemos de protegernos.
Ella le suplicó con los ojos pero los de él no miraban otra cosa que las difusas siluetas que aparecían de la nada cada vez en más número. Acabaron por ser tantas que era imposible evitarlas, llegando a un punto que para abrirse paso entre ellas había que empujarlas y echarlas a un lado.
Ya no eran simples sombras, podían verlas con claridad. Todas ocultaban sus rostros detrás de unas máscaras blancas que parecían de porcelana, semejantes a las que se utilizan en los carnavales de Venecia. Sin boca ni orificios nasales, solo unas pequeñas aberturas para unos ojos que lucían negros como cuevas. Vestían todos ellos con esmoquin negro, camisa blanca y pajarita también negra, los pantalones a juego. Las manos enfundadas en guantes blancos, para los pies, mocasines negros con polainas blancas. Parecían salidos de un musical de Fred Astaire, pero al contrario que el grácil actor y bailarín, se movían de forma torpe y apática, como manejados por los hilos de un titiritero perezoso.
Rebeca estaba horrorizada.
- ¿Por qué no hacen nada? ¿Por qué ninguno hace nada?
- Entre la niebla deben de creer que somos de los suyos.
- Pero yo los veo perfectamente, chocamos contra ellos, los echamos a un lado y sin embargo es como si para ellos no existieramos. No lo entiendo... ¡¿Por qué ninguno hace nada?!
Él la arrastraba tras de si con violencia, practicamente corrían. - No tengo ni idea de lo que sucede, pero tampoco intención de preguntárselo. Hemos de salir de aquí a toda prisa antes de que cambien de opinión y decidan vernos.
A medida que avanzaban dejaron de ser multitud y poco a poco su número reducido a esporádicas sombras esparcidas por la carretera, finalmente los dejaron a todos atrás.
- Que miedo he pasado. - Volvió a "enfundar" la llave entre cinto y pantalón. - Vamos mi amor, el puente ya no puede estar lejos. - Tiró de ella y notó que se resistía a seguirlo. Se giró contrariado.
Rebeca se había detenido, la mirada ausente lo mismo que la expresión de su rostro.
- Ninguno hizo nada. - Tartamudeó.
- Ya ha pasado cariño, el peligro ha pasado. Ha estado muy cerca pero hemos salido airosos. ¡Vamos, pronto seremos libres en el otro lado!
Él no se equivocaba, media hora más tarde la niebla comenzó a difuminarse y al final de la carretera apareció el tan anhelado puente que cruzaba el río.
- ¿Lo ves mi amor..? ¡Lo hemos conseguido! - La estrechó entre sus brazos y comenzó a girar hasta que los pies de ella se separaron del suelo. - Ves como no hay que perder la esperanza. ¡Estando juntos nada puede detenernos! - Estalló en carcajadas. Rebeca parecía ajena a su entusiasmo, miraba el puente sin mostrar ninguna emoción.
- Estoy muy cansada.
- Descansaremos al llegar al otro lado, no nos entretengamos más. - Más risotadas. - ¡Lo hemos conseguido, lo hemos conseguido cariño! ¿No es maravilloso?
Volvió a arrastrarla tras de sí, acelerando el ritmo a cada paso, impaciente por llegar a su destino. El puente parecía no acabar nunca. Era tan ancho como una carretera de dos sentidos, pero de tan larga, daba la impresión de estrecharse hasta convertirse en una fina línea que se perdía en el horizonte. De forma súbita comenzó a aminorar el ritmo.
Frente a ellos, una figura les cortaba el paso a muy pocos metros de distancia. Con su máscara blanca y su traje de mayordomo salido de una serie de la BBC.
Él sacó la llave del cinto y la ocultó detrás de su pierna derecha.
- No te preocupes cariño, parece que solo es uno.
- ¿Que vas a hacer? - Preguntó Rebeca sumamente asustada.
- Voy a intentar razonar con él.
- Por favor, - Sus enormes ojos verdes se humedecieron implorantes. - No necesitas de eso para hablar, tiralo al suelo, te lo suplico.
- No hemos llegado tan lejos para fracasar en el último momento, no estoy dispuesto a correr riesgos.
- Hazlo por mi, por favor.
- Tranquila, solo lo asustaré si no me deja ninguna otra opción.
Avanzaron muy despacio hasta la figura.
- Déjanos pasar. - Le ordenó de forma enérgica cuando lo tuvieron muy cerca.
Rebeca no podía separar sus ojos de la llave fija, casi podía sentir la sudoración de la mano de su compañero. Sentir la fuerza con la que empuñaba el pedazo de sólido metal. Sentir la excitación que se adueñaba de todo su cuerpo.
- Nada te impide que continúes, pero deberás de hacerlo solo. - La voz tras la máscara sonó impersonal y carente de emociones.
- No me iré sin ella. Échate a un lado, no tengo nada contra ti, no te conviertas en mi enemigo.
- ¿Que esperas encontrar al otro lado? Te ahorraré el esfuerzo de comprobarlo. Allí no cambiará absolutamente nada. Las cosas no cambian con solo desearlo.
- Eso seremos nosotros quienes lo decidan.
- ¿Nosotros? No hay un nosotros. Es hora de que se separen ambos caminos. Te estás aferrando a una esperanza que no es más que una ilusión malsana.
- ¿Malsana? ¡Vosotros sois los enfermos, los que no entienden nada! ¿Qué sabes tú de esperanza? No eres más que una abominación que se oculta detrás de una máscara. ¿Por qué tenéis tanto miedo de dar la cara?
- Yo no oculto mi rostro, eres tú quien se niega a verlo. Debes de continuar tu camino solo, esa es la única verdad.
- No te lo pediré más veces. ¡Apártate de nuestro camino!
- Tienes que continuar solo.
- ¡Has acabado con mi paciencia! - Soltó a Rebeca para agarrar con ambas manos la llave, la alzó sobre su cabeza y descargó un brutal golpe sobre la de su adversario. La careta se resquebrajó de lado a lado sin llegar a partirse, de la fisura comenzó a manar la sangre a borbotones. El enmascarado retrocedió un par de pasos tambaleándose antes de caer y quedar inerte boca arriba en el suelo.
Extendió su brazo hacia atrás buscando la mano de Rebeca, pero no la encontró. Se giró contrariado, su desconcierto inicial se transformó en estupor. Rebeca estaba fuera de su alcance. Volvió a extender la mano invitándola a acompañarlo.
- No tenga miedo, todo está despejado. Ya nadie puede impedir que estemos juntos. - Le sonrió. - Dame la mano mi amor, crucemos al otro lado.
La joven estaba extremadamente pálida, sus palabras sonaron carentes de emoción.
- No voy a ir contigo.
- No digas tonterías, ya casi hemos llegado.
- Yo ya he llegado, me quedo aquí.
- No puedes hablar en serio, estamos tan cerca... No te rindas ahora, te lo suplico.
- Es cierto, al otro lado no habría cambiado nada.
- ¿Vas a hacer caso a ese monigote? Solo pretendía separarnos, todo lo que dijo no son más que mentiras. ¡Basura!
- No voy a ir contigo.
- ¡¿Pero porqué?! ¡No lo entiendo! Hemos llegado tan lejos. Yo te quiero, no podría vivir sin ti, tú eres lo único que me importa. - Sus palabras sonaban trémulas y entrecortadas, estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no romper en sollozos.
- Tú nunca me has querido, tan cierto como que yo tampoco te amo.
- ¿No me amas? ¿Y si no me amas, por qué has venido conmigo hasta tan lejos?
- Por qué tenía miedo.
- Estoy tan confundido. Ya no hay motivo para tener miedo. ¿Ves..? El camino está despejado, ya nada se interpone entre nosotros y la felicidad.
- Es cierto, ya no hay motivo para que siga teniendo miedo.
- Claro que no mi amor. - Le brindó ambos brazos extendidos. - Ven conmigo, estando juntos no necesitamos de nada ni nadie.
- Es por no tener miedo por lo que me voy.
- ¡Me va a estallar la cabeza! ¿Porque juegas conmigo de esta forma? ¡No entiendo, no entiendo nada! Yo soy capaz de hacer cualquier cosa por ti, cualquier cosa que me pidas... - Señaló el cuerpo inerte, la llave era una extensión de su brazo y del extremo goteaba un hilillo de sangre.
- Maldita sea. ¡HE MATADO POR TÍ! Y ahora dime, dime de que demonios tienes miedo.
- ¿Como entiendes que cambiaría algo al otro lado, si no eres capaz de comprender lo que has hecho?  Me voy, me voy para siempre. No quiero siquiera recordar tu nombre.
Impotente, la veía alejarse sin darle la espalda, el rostro blanco como el papel y totalmente inexpresivo.
- ¡Ahora lo entiendo, "ellos"... "ellos" te están controlando! ¡No los escuches, debes resistirte a su influjo! "Ellos" son todo negatividad, quieren separarnos, no quieren que seamos felices. ¡Dios mio, no te conviertas en uno de "ellos"! Cayó de rodillas totalmente abatido, la llave se deslizó entre sus dedos hasta caer al suelo, el sonido del metal golpeando el piso lo hizo reaccionar.
De un salto se puso en pie y se dirigió hacia el caído. Comenzó a patearle el costado descargando ten él toda su rabia.
- ¡Tú, tú tienes la culpa! ¡Tú has envenenado su mente con tus mentiras! ¡Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta..! - Lo habría seguido golpeando mucho más tiempo de no ser por unos brazos que lo inmovilizaron por la espalda. Pronto se vio rodeado por una multitud. Plantados frente al cuerpo inerte de su compañero, con sus blancas e inexpresivas máscaras, sus trajes de pingüino,  inmóviles y apáticos. Uno de ellos comenzó a practicarle un masaje cardiaco.
- ¡Deja que se pudra! ¡Merece la muerte, no una ni dos... MIL VECES!
En cada embate de sus manos sobre el pecho de su compañero caído, la máscara se deslizaba poco a poco hasta que quedó la cara al descubierto.
Él dejó de resistirse. Su mente se negaba a admitir la obviedad del porqué bajo aquella melena negra, en ese rostro ensangrentado, estaban los ojos verdes de Rebeca.


Los auténticos monstruos caminan entre nosotros, ocultos detrás de nuestra indiferencia.

                                                                                                                                  FIN.







sábado, 27 de mayo de 2017

Esculpida en piedra. ( Un nuevo comienzo.) Cap. 2. "El charlatán."

- El sol estaba en su cenit y había comenzado mi ascenso con la bruma de la mañana. Alcé la mirada y pude ver mi objetivo, la torre más alta parecía tocaba el cielo. No podía permitirme una flaqueza, tan solo manos y pies, ninguna cuerda me sujeta para librarme del vacío que tras mío queda. Ni tan solo había tocado la piedra de las almenas, aun me debatía con la escarpada ladera que emergía del mar. A nado llegué al lugar para pasar inadvertido a los ojos de las tropas del visir. Casi era de noche cuando agarré con los dedos la cornisa de la ventana. Sin apenas fuerzas, me adentré en la sala. Deseaba que mi informador no se equivocara y la suerte me sonrió al comprobar que no erró. La gran habitación era esplendida, adornada con alfombras y exquisitas telas. En el fondo ella, sujeta de una muñeca al lujoso lecho por una fina cadena de oro. Vestida con sedas de vivos colores, podía distinguirse su cuerpo bajo las finas telas. Un pequeño chaleco incrustado de piedras preciosas apenas ocultaba la voluptuosidad de sus senos. Subían y bajaban al ritmo que marcaba su nervioso aliento. Sus ojos… - Hizo gesto de ensimismarse con el recuerdo de la imagen, - … dos luceros aun siendo profundamente negros, y su faz… ¡Maldije a los moros por ocultar el rostro de sus mujeres tras los velos de su celosía! La luna apareció por la ventana, pero más resplandecía la cautiva. Seguro sintió envidia de la belleza de la joven y con su luz me delató, haciendo que se disipara la penumbra en la que me guarecía. Sentado en una esquina, levantó el guardián el culo de la silla alfanje en mano. Un escalofrío me recorrió la columna, el infiel era un ogro enorme, mayor que un oso erguido sobre sus patas traseras. Me miró con ojos fieros y sonrió cuando desenvaine mi acero. Aunque forjada en Toledo por el mejor herrero, no parecía mi espada más que un mondadientes, comparada al arma que esgrimía el sirviente sarraceno.

Los reunidos en la taberna escuchaban embobados el relato del recién llegado. El forastero se había subido sobre una mesa agitando un puñal de filo romo y hoja mellada. Lo movía de un lado a otro cortando el aire, como si realmente, en frente se encontrara un contrincante de la envergadura que describía.
Se presentó en el lugar con aires de caballero, pero su indumentaria no lo señalaba como tal. Vestía con una camisa raída y entre los remiendos de sus calzones, apenas se distinguía la tela original. Sus botas estaban descosidas y los dedos de los pies amenazaban con huir de su interior. Tampoco su aspecto era el de un caballero, aunque si sus pretendidos finos ademanes. El pelo largo pero ya escaso, graso y sucio. Su constitución frágil y su piel blanquecina, parecida más a la de un enfermo que la de un miembro de la nobleza. Con todo, había conseguido captar la atención de aquellos labriegos, que tras el trabajo en el campo se relajaban bebiendo vino en la taberna de la villa. Dió una patada al vacío al tiempo que giraba sobre sí mismo y asestaba una puñalada a su imaginario enemigo.
- Intenté descargar un golpe sobre el vigilante, pero me mantenía a distancia con la hoja de su alfanje. Fue entonces él quien, con todas sus fuerzas, partió una mesa de un solo tajo. Suerte que su gran tamaño lo hacía lento y torpe. Para desgracia del mueble, pude esquivarlo en el último momento. La rehén intentaba infructuosamente liberarse de la cadena que la mantenía sujeta. Temeroso de que pudiera resultar herida en la refriega, alejé al infiel hacia el lugar más apartado de la estancia. Esquivaba uno tras otro sus mandobles, pero era incapaz de acercarme lo suficiente como para poder incrustar mi hierro en su grande y fofo estómago. Demasiada algarabía, temía que el resto la guardia apareciera en cualquier momento y diese al traste con mi intento de liberar a la noble dama del destino que la aguardaba. Pues aquella alcoba no era más que la antesala de una forzada boda y la cama se trasformaría la próxima noche, de instrumento de reposo a cadalso de tortura. No podía albergar dudas sobre mi victoria, si me rendía al desaliento, la derrota era tan segura como la condena de la doncella. – El orador pidió un sorbo de la jarra de vino del parroquiano más cercano para refrescar la garganta. No se hizo de rogar el palurdo, ansioso de escuchar el final de aquella increíble historia. Cuando notó que su boca dejaba de estar pastosa prosiguió con su relato.
- El tiempo estaba en mi contra, pensé que podría encaminar la fuerza bruta de aquel animal a mi favor. Continuemos la lucha cerca de la ventana, parecía se burlara la luna de mi situación haciendo brillara el alfanje, mas intimidante si cabe, la mirada burlona del gigante. Jugaba divertido con migo, no debía parecerle más que un insecto. No me daría por vencido, llegó mi oportunidad tras un terrible sablazo. De nuevo erró el golpe y su acero quedó incrustado en un armario. En vano intentó librarlo, momento que aproveché para abalanzarme contra el infiel. Se libró de mi de manotazo, me hizo surcar por los aires. Volé sobre él, momento que aproveché y, de un solo tajo, le separé la cabeza del cuerpo.
Temblaba asustada la muchacha ante la visión de toda aquella sangre. La libré del cautiverio rompiendo la cadena de un tirón y un resplandor en sus ojos delató la sonrisa que, oculta tras el velo, se dibujó en su rostro. Extendí mi mano en pos de la suya, me sobrecogí al notar la suavidad de su tacto. Se enredó su larguísimo pelo en mi brazo acariciándolo. Negro como la noche, limpio como el roció. Desprendía, al igual que el resto de su cuerpo, un embriagador aroma a flores…
- ¿La hiciste tuya? – Se escucharon risas, junto con el sonido del metal de las jarras chocando en espontáneo brindis.
-¡Silencio gañan! – Le ordenó el orador a aquel que lo interrumpió con tan soez pregunta. – ¡Aquella dama era la hija de un rey! ¡Ve a desfogar tu libido con las gallinas, palurdo! En mi presencia nadie mancilla el honor de una doncella, ni tan solo de palabra!
Un tipo grande tras un delantal de herrero se levantó y se posicionó justo en frente del aventurero, este aún permanecía sobre la mesa como un actor en su escenario.
- Dejadlo proseguir, quiero saber cómo escapó de allí. - Todos se silenciaron amedrentados por el herrero.
- No pintaba bien la cosa. – Continuó. – Tal como temía, se abrió la puerta y apareció el grueso de la guardia. Con un movimiento firme, pero lo más delicado que me fue posible, la obligué a escudarse tras de mi. Planté cara a los sarracenos. Algunos iban armados con arcabuces. Temí estar perdido, nada podía contra el plomo y menos sin dejar desprotegida a la cautiva. Pero, cuando una causa es justa, goza del favor de Dios y el valor de aquellos perros se replegó al interior de sus estómagos cuando vieron al decapitado gigante. Escaparon los muy cobardes, dejando delante el paso libre.
Parecía que no acababan nunca las escaleras de aquella almena. Cuando descendimos por fin, el mismísimo visir, escoltado por sus mejores guerreros,  nos aguardaba alfanje en mano . Al verlo se apoderó de mí el odio, el pérfido traidor reía confiado tras sus soldados. Me abalancé sobre ellos raudo, tanto que ni vieron como mi acero rebanaba el cuello de los tres primeros. Cinco más besaron el suelo antes de que alcanzase al visir. El sarraceno, aunque bien es cierto era malvado, no pecaba de cobarde y siempre había hecho alarde de su pericia con el alfanje. En buena lid, nos batimos durante más de una hora antes de poder propinarle una estocada que le seccionó en dos el corazón.
Sin más contratiempos, marché junto a la bella cautiva. Embarquemos rumbo a Constantinopla y una semana después entregué su hija al califa que, agradecido, me dijo tomase de sus riquezas todo aquello que quisiera.
- Me conformaría con poder ver el rostro de la dama. – Le dije y su actitud cambió como de la noche al día.
- ¡Perro cristiano! – Me gritó. – Debería castigar tamaña osadía clavando tu cabeza en la punta de una pica.
- Se conformó el califa con propinarme una brutal paliza, que yo acepté a modo de penitencia por atreverme a pedir algo semejante. Mientras los lacayos me golpeaban con varas y palos, pude ver como de los ojos de la princesa manaban lágrimas que se deslizaban por sus mejillas bajo el velo. Ese fue el mayor de los regalos que podía esperar, no fui indiferente a los sentimientos de la hija del sultán. A rastras me sacaron de palacio y me abandonaron en una sucia calle rodeado de basura. Ese fue mi pago.
Una carcajada lo devolvió a la realidad. El herrero cesó en sus risas para escupir las palabras a la cara del narrador. Aun estando este último encima de una mesa, el artesano del hierro casi era igual de alto que el viajero.
- ¡Embustero! No te creo ni una sola palabra.
- ¿Osas llamarme mentiroso, patán? – Lo amenazó apuntándole con su oxidado puñal.
- Aparta ese pincho de mi cara si no quieres te lo meta por la retaguardia. Hablas de ti como si de un fornido guerrero se tratara, pero yo no veo otra cosa que un alfeñique. Enfréntate a mí, no te resultará difícil doblegarme si has podido con ejércitos y gigantes.
- No mancharé mi espada con tu sangre. Un caballero no se bate con plebeyos. –
El herrero se arrancó de nuevo en carcajadas. – Menudo caballero mugriento y harapiento. Vos ni siquiera sois un soldado, vos solo sois un patético charlatán.
- Capitaneé una galera en Lepanto a las órdenes de Juan de Austria. Hice cautivas cinco naves enemigas. Con mis propias manos quité la vida a Alí Bajá, comandante de la armada turca. Que mi aspecto no te engañe, aun habiendo caído en desgracia, soy un hidalgo temible. No tientes a la suerte, acaba tu vino y no busques reyertas de las que no saldrás airoso.
- ¡Mentiroso!
- ¡Osa repetirlo!
- ¡Mentiroso!
- ¡Vas a probar mi acero!
- No serias capaz ni de cortar manteca con ese cuchillo. No te pondré en ridículo, tampoco deberás mancharte con mi sangre. – Nuevamente carcajadas, en esta ocasión el resto de parroquianos se le unieron. El caballero bajó de la mesa y se plantó altivo frente al herrero. El otro tipo le sacaba casi medio cuerpo de altura.
– Arreglaremos esta afrenta de manera que nos satisfaga a todos. Nada de dagas ni… - Miró el viejo puñal y contuvo la risa. - …espadas.
- ¿Qué propones villano?
- Un pulso.
- Que así sea.
Se sentaron uno frente al otro, apoyando los codos en la mesa tras remangarse la camisa. El "caballero" le ofreció la palma de su mano.
- No tanta prisa. Hagamos esto un poco más interesante, añadamos condimentos que le den un mayor aliciente. – Todos los presentes, salvo el foráneo, entendieron a lo que se refería el herrero. Trajo el posadero dos tablas traspasadas ambas por clavos y las puso en el lugar donde calcularon acabaría la mano del derrotado.
- Veamos ahora si eres tan valiente, fanfarrón del demonio. ¿Preparado?
No pareció dejarse intimidar el caballero. Agarró con fuerza la mano del herrero.
- A la que cuente tres. – Dijo el posadero, que se reservó el papel de juez.
- Uno… - Confiado en su victoria, aún se permitió el herrero dar un trago de su jarro de vino, soltando tras la ingesta un sonoro eructo.
- Dos… - No le incomodó aquel gesto de desprecio al caballero, se mantenía atento a la cuenta del posadero. Los ojos fijos en los de su enemigo. Bajo la mesa, presionó el talón de su bota y en un forzado gesto lo hizo girar. De la punta emergió una afilada y puntiaguda cuchilla de tres dedos de longitud.
- Tre… La sincronización fue perfecta. La cuchilla se clavó en la espinilla del grandullón justo al desvanecerse el sonido de la ese final del número. En ese momento que el dolor de la punzada lo doblegaba, empotró el hidalgo la mano enemiga en los clavos que reposaban con las puntas arriba sobre la mesa. Allí quedó sentado el herrero gimiendo, incapaz de desclavar su mano. Asombrados, los parroquianos no podían dar crédito a lo que acababan de presenciar. Antes de que comenzara el pulso se hicieron algunas apuestas. Solo uno lo hizo a favor del presunto charlatán. Mientras recogía beneficios lo miró y le sonrió. Ese rostro anguloso de ojos negros y malvados, abundante pelo y barba afilada, fue lo último que vio el caballero antes de salir de allí a toda prisa. Debía escapar antes de que descubrieran su treta. Corrió todo lo que le permitieron las fuerzas hasta que, perdido el fuelle, se detuvo. Estaba lejos de la villa, agachó el cuerpo, las manos sobre las rodillas y estas flexionadas. Arqueada la espalda y la boca muy abierta intentando recuperar el aliento. Un nuevo ataque de tos, no pudo parar en varios minutos, la sangre se mezclaba con la saliva. Miró a sus espaldas, parece que nadie lo perseguía. Al cesar la tos, comprobó no haber dejado atrás ninguna de sus pertenencias. A decir verdad, todo lo que tenía lo llevaba consigo sobre la piel a modo de harapos y, colgado en el hombro, un zurrón donde guardaba su más preciado tesoro.
Miro al cielo, empezaba a oscurecer y el frío de la noche se le metió en los huesos. Debía de buscar un refugio lo antes posible.



domingo, 21 de mayo de 2017

Esculpida en piedra. (Un nuevo comienzo.) Capítulo 1. "La niña y el sapo."





Plena la luna, noche estrellada, monótono canto el de sapos y ranas. Todos están de fiesta en la pequeña charca. Sobre una piedra, contento, se encuentra el sapo Batracio. Con el estómago lleno tras una opípara cena (que si ahora una mosca, ahora una libélula) contempla la escena sabiéndose a salvo. Demasiado gordo y venenoso, no entra en la dieta de la pérfida culebra. Despreocupados, juegan los renacuajos. Un escarabajo despistado se arriesga temerariamente, al acercarse demasiado al alcance de la lengua de don sapo.
Se aproxima una extraña luz y cunde el pánico. Todos buscan cobijo en el fondo del barro, menos el pobre Batracio. El escarabajo fue el colofón, demasiado lleno, le faltan reflejos y sobre el desafortunado sapo cae la desgracia en forma de red. Atrapado en las manos de dos cachorros de humano, sabe que se ha acabado su suerte. Sin duda le espera la muerte tras un largo suplicio. Una vida de excesos y vicios, poco ejercicio, lo han convertido (por lo lento) en presa fácil.
Contentos, los niños lo miran divertidos.

- Es feo y verde, de piel verrugosa, tu mamá te miente. ¿Qué puede tener de príncipe semejante cosa?
La niña se enoja con la pregunta del chiquillo. – Mi mamá no me engaña, todas las noches, cuando estoy en la cama, me cuenta su historia. Yo cierro los ojos y sueño lo beso. Toma forma el príncipe, alto y hermoso, cabellos de oro y en la cabeza una corona. Me lleva a su castillo, donde seré reina cuando crezca y así acabarán nuestras miserias y penas.
Batracio los mira, rubio y pecoso el niño, morena de ojos verdes y vivarachos ella. Visten con harapos y están sucios. Los piececitos descalzos embadurnados de barro. Se siente reconfortado por el cálido tacto de aquellas manos. Una mueca de desagrado en el rostro del muchacho.
- ¡Es asquerosoooo! Solo pensar en acercar los labios me revuelve el estómago.
- ¡No es una princesa, no debes besarlo! – Le recrimina ella.
- No tengo ninguna intención de hacerlo. ¡Toma, quédate con tu sapo!
Pasa de manos Batracio, las de ella son mucho más cálidas y suaves, se le escapa un suspiro.
- Croac.
La niña ríe divertida y se le sonrojan las mejillas, el sapo la mira con sus enormes ojos redondos.
- Croac.
- ¿Qué es lo que pretendes decirme mi príncipe? ¿Deseas rompan mis labios el hechizo que te mantiene encerrado bajo el aspecto de un sapo? No tengas miedo, huiremos donde la bruja malvada no pueda alcanzarnos. Comeremos perdices y patatas todos los días, no pasaremos nunca más hambre ni yo ni mi familia. – Le sacó la lengua al niño rubio. – Tú te quedarás aquí junto a la charca, quizás alguna de esas ranas sea tu princesa, pero tendrás que besar a todas ellas. - Rió y de nuevo sus pálidas mejillas recobraron el color.
- ¿A qué esperas entonces, tienes miedo de quedar en ridículo? Eso no son más que cuentos, mentiras.
- ¡No, no lo son y ahora lo verás! – Aferrada a la esperanza de que la ilusión todo lo puede, acerca despacio los labios a la enorme boca del sapo. Toma contacto y el calor del aliento de la inocente muchacha reanima la sangre fría de Batracio. Se siente extraño y por unos momentos también él cree se obrará el milagro.
La niña lo arroja con fuerza contra las piedras. A los pocos segundos se le hinchan los labios y, alrededor, la piel adquiere un tono morado. La ponzoña del sapo la ha envenenado. Ríe cruelmente el muchacho, mientras se llenan de lágrimas los verdes ojos de la niña. Batracio, herido de muerte panza arriba, la mira.
- ¡Nunca más creeré en cuentos de hadas! – Grita decepcionada, al tiempo que le propina una patada a  la pobre rana.
Batracio se lamenta entre quejidos - ¿Qué culpa tengo yo si de pequeños os engañan? ¿Merezco el castigo por ver defraudadas vuestras infantiles ilusiones? Yo era más que un príncipe, el rey de mi charca, el monarca de las ranas. Pero para vosotros no soy nada, sin ningun motivo me matas de una patada.
Se cansó el niño de escuchar el agónico croar de don Batracio y lo aplastó con su pie descalzo.
La niña llora desconsolada. Allí, oculta entre los árboles, estaba el monstruo de piedra, dispuesta a tragarse la infancia de la pequeña.
- ¡El mundo es un asco, ya no creeré en nada! - Padecerán mi venganza todos aquellos que engañan, los que regalan alegremente a la gente esperanzas para, al despertar del sopor, arrebatárselas de forma cruel.
El chaval pecoso la mira asustado. Escondida, la gárgola aspiró toda la ira de la niña.


En la cima de la montaña del mago, Criando Malvas observaba contrariado al anciano que se aferraba a su báculo para mantenerse en pie. Tenía una larga barba blanca que le llegaba a los tobillos. También el pelo era canoso y muy largo. Tras todo el cabello de la cara, apenas se distinguían los ojos, coronados por unas pobladas y… claro está, blancas cejas.
- ¿Por qué me cuentas esto?
- Debes saber a qué te vas a enfrentar.
- ¿Yo? Yo solo abandoné la cabeza de la maldita gárgola porque así me lo ordenó de malas maneras. Eskatologico se negó en redondo, dijo haber tenido suficiente con salir una vez y que no tenía intención de hacerlo nunca más, y ahora comprendo el motivo. Aquí hace frío. ¿Dices que Magenta estaba allí?
- Se alimentó de la decepción de la pequeña, luego (con la panza llena) regresó satisfecha a su catedral.
- Ella me ordenó que te pidiese ayuda, dijo que solo tú puedes deshacer el entuerto en el que nos hayamos inmersos.
- Así que la mente del Hacedor de Historias se secó. Es por ello que os encontráis prisioneros en el limbo. ¿Y porqué cree el monstruo de piedra que retroceder en el tiempo puede solucionar este embrollo?
- Dice que si aparecemos antes de que perdiese a la Inspiración, quizás podamos evitar que los acontecimientos transcurran como están establecidos. Si conseguimos mantenerlos juntos continuará ideando historias, seguiremos vivos.
- Entrometerse en el pasado para variar el futuro es muy peligroso, suele ser peor el remedio que la enfermedad.
- Solo soy un emisario, un mandado. En cuanto me des respuesta, volveré a la cabeza de Magenta, de donde jamás debí de haber salido.
El mago río a carcajadas. – Pobre infeliz, recae en ti todo el peso de esto, y aun no te has dado ni cuenta.
- ¿En mí? ¿De que estas hablando? – Malvas tenía la apariencia de un bufón, los colores chillones y alegres de su indumentaria contrastaban con su siempre serio semblante.
- No puedo mandar a la gárgola y que se encuentre consigo misma, ni a ningún otro que existiera por aquel entonces, sin embargo tú…
Los ojos de Malvas se entre cerraron mostrando su susceptibilidad. - ¿Yo qué?
Ni tú ni Eskatologico habíais sido creados aun por la mente enferma del monstruo de piedra, teniendo en cuenta que el gruñón no se encuentra aquí, solo me queda un aspirante.
- ¡Ni hablar, no pienso embarcarme en esto solo! Solo quiero regresar a la seguridad del cabezón de mi dueña.
- Regresaras con las manos vacías. ¿Estás dispuesto a enfrentarte a su ira?
- Correré el riesgo, a fin de cuentas…¿Qué es lo que puede hacerme?
- Puede desterrarte por siempre.
-  No se atrevería a tanto.
- Me permito dudarlo. – El mago sonrió maliciosamente.
- ¿Qué tiene que ver en todo esto la niña de tu cuento?
- Es a ella a quien buscáis, será algo mayor que en mi historia. Tendrás que tener mucho cuidado con ella, aquello pudrió su alma y Magenta aprovechó para robar su infancia. Todo junto la convirtió en un monstruo sin corazón.
- ¡La Inspiración! – Exclamó Malvas y el mago asintió con una sonrisa.
- Debes emprender tu viaje ahora. – El mago miró el cielo. – Va a haber tormenta, es el momento.
-  ¡No pienso ir a ningún sitio!
- Tranquilo, no estarás solo, sabrás lo que es que alguien se instale en tu cabeza. Yo guiaré tus pasos. – Los rayos sobresaltaron a Malvas, empezó todo de improviso. El rugir de los truenos ahogaban las protestas del payaso triste.
- Es hora de irse. – El mago alzó su báculo y un relámpago alcanzó la punta. Bufón y anciano desaparecieron como si se los hubiera tragado la tormenta.



domingo, 9 de octubre de 2016

Relatos enajenados. "Comediantes."

Comediantes.

Como timbales retumbaban en su cabeza los abucheos. Una mezcla de vergüenza y rabia lo estaba quemando por dentro con mucha más fuerza que el quinto coñac que acababa de meterse entre pecho y espalda. No había conseguido arrancarles a aquellos cretinos otras carcajadas que la que induce el desprecio. Risas con sorna, cínicas burlas mal intencionadas que duelen más que una puñalada en el hígado.
Levantó la mano y en cuanto la camarera se le acercó, señaló la copa vacía. La mujer escanció el licor sin quitar el ojo de aquel individuo que empezaba a mostrar síntomas de embriaguez.  El brebaje desapareció en un suspiro por su garganta, exigió le sirvieran otro trago. Le fue suficiente a la camarera cruzar la mirada con el que parecía el encargado, para mandarle un claro mensaje de alerta. Este asintió y la copa volvió a estar llena.
¿Qué podían saber los parroquianos de aquel tugurio de mala muerte sobre lo que es el humor "inteligente"? Debería haber abandonado el local a toda prisa después del desastre de su actuación, pero eso sería como asumir que "ellos" tenían razón y admitir su propio fracaso.
El séptimo coñac traía consigo por "tapa" una nada desdeñable ración de auto compasión. Debía de admitirlo de una vez por todas, no tenía talento, iba siendo hora de que desistiera. Sus monólogos carecían de gracia y tenían menos ritmo que una cursa de caracoles. "Una cursa de caracoles" ¡Menuda comparación de mierda! De todo pretendía siempre sacar un chascarrillo, incluso de su desgracia, pero su ingenio se quedaba ahí, en lo trillado y mediocre.
Con la octava copa su percepción de las cosas dio un giro de 360 grados. Su actuación había sido perfecta, había estudiado al milímetro todo el guión durante días. Había enlazado cada chiste con suma maestría y los había dotado de un "valor añadido" gesticulando según mejor convenía en cada ocasión. Acentuó el tono cuando era necesario llamar la atención, hizo guiños cuando la ocurrencia requería de la complicidad del público, enfatizó los gestos cuando se suponía llegaba al clímax. No era culpa suya si aquellos palurdos eran idiotas. A fin de cuentas, solo era un local de copas y la gente estaba más, por ver a quien se llevaban a la cama al finalizar la noche, que por prestar atención a su talento.
Levantó la mano pero en esta ocasión fue el encargado el que se acercó.
- Se ha cerrado el grifo, a partir de ahora has de pagar lo que bebas.
- 30 euros y barra libre, eso era lo acordado. - Protestó el beodo.
El barman señaló un local a medio aforo. - Lo acordado era que dejarías secas las gargantas de estos por las carcajadas y me llenarías la caja, de a poco no me los espantas a todos. Ya tienes tu dinero, lo mejor será que te marches a dormir la mona.
- Sirve la última al menos.
- Serán 10 euros.
- ¡Y una mierda! No voy a pagarte, pon otra y esta que no sea garrafón.
El camarero se encaró con el borracho sacando fuera de la barra medio cuerpo, era un individuo enorme acostumbrado a ese tipo de situaciones. - ¡Lárgate por las buenas o les daré a mis clientes el espectáculo que tu les has negado! Ellos se troncharan de risa igual que tu brazo. - Lo agarró con fuerza de la extremidad con que sujetaba el vaso vacío.
- Yo pagaré esa copa. - Los contendientes se giraron al unisono. Junto al cómico se había sentado un personajillo que parecía sacado de una mala telecomedia. El barman sirvió la bebida a regañadientes y continuó con sus tareas. La clientela perdió pronto el interés por la escena, no habría un desenlace violento. Defraudados, también ellos siguieron a lo suyo.
El cómico escudriño a su benefactor de arriba a abajo. Los ojos pequeños y una nariz chata que apenas ocupaban espacio en una oronda cara. En contraste, la boca si era grande y al sonreír asomaban unas marcadas encías sobre unos menudos dientes. El borracho entre cerró los ojos intentando enfocarlo mejor. - ¡Por Dios, menudo cabezón! - Pensó. - Ahí podrían anidar una bandada de cigüeñas y aún quedaría espacio para un helipuerto. - Reparó en como le colgaban los pies en el taburete y se balanceaban. - ¿Que coño querrá este enano "mongoloide"? - Contuvo la risa, el tipo peinaba como un crío en su primera comunión. La raya al lado intentando cubrir, sin conseguirlo, los estragos de una alopecia galopante. Tampoco escaparon a sus burlas mentales las ropas. Pantalones de pinzas demasiado cortos que dejaban al descubierto unos calcetines blancos. Los zapatos parecían los de un niño y a la camisa, embotonada hasta lo mas alto del cuello y pulcramente planchada, solo le faltaba como atrezzo lucir pajarita para resultar del todo risible. El colofon fue comprobar como aquella "micro nariz", sostenía fuera de todo pronostico favorable, unas enormes gafas de pasta.
Agarró su coñac, dispuesto a ignorar a aquel grotesco entrometido.
- ¡Me ha encantado tu actuación!
El interés del comediante se reafirmó de inmediato. El tono exaltado y el brillo de aquellos ojillos miopes demostraban una admiración sincera. No tardó el desencanto en entrometerse. ¿Que peso podía tener la opinión de aquel subnormal?
Su asombro fue en aumento mientras el "subnormal" descomponía su monologo y lo analizaba frase por frase. Todo eran halagos y la interpretación de muchos de los chistes que el enano hacía ni se le habían pasado por la cabeza. Desde ese punto de vista, el de un miope cabezudo muy convincente, tomaban un cariz que rozaba la genialidad. Se dejó regalar el oído durante un buen rato sin atreverse a interrumpir a su admirador.
- Yo también soy humorista. - De sopetón abandono el sopor en el que se encontraba. Que idiota se sentía, debió suponer desde el principio que había una trampa oculta. Por fin la temida frase. - He traído uno de mis monologos, me encantaría que un profesional me diese su opinión. - El "mongoloide" sacó del bolsillo de la camisa dos cuartillas, las desplegó con cuidado y se las ofreció.
- ¡Joder, necesito otra copa!
No se hizo de rogar el aspirante a comediante en pedirle la bebida, él se tomaría un agua con gas. Estaba perdido, ahora tendría que ceder al chantaje de su generosidad echando un ojo a lo que vaticinaba un bodrio insufrible. Le arrancó de malas maneras las cuartillas de las manos con la intención de simular leerlas. Para su sorpresa, quedó enganchado desde la primera linea. Se maldijo, el enano era bueno, buenisimo, le costó horrores contener la risa y mantener una actitud distante y fría. ¿Como era posible que aquel estúpido tuviera toda la chispa que a él le faltaba? Aquello lo enfureció mucho mas que las burlas durante la actuación. Alguien tenía que pagar por su frustración, alguien al que tenia muy cerca.
- Lo siento chaval, - En realidad el medio enano debía rondar su misma edad, pero sus rasgos lo hacían parecer mucho mas joven. - No quiero que te hagas falsas ilusiones. - Le devolvió las cuartillas. - Podría mentirte como pago a tu generosidad, pero darte alas no te ayudaría. Esto es muy flojo. - Pudo ver, pese a su evidente cogorza, como se hundía el ánimo del aspirante a humorista. Aquello, lejos de afligirle, lo reconfortó. - Estoy seguro de que tienes muchas otras aptitudes, no pierdas el tiempo con esto, el humor claramente no es lo tuyo.
- Entiendo.
Aunque estaba cabizbajo y no podía ver sus ojos, pudo imaginar como intentaba reprimir las lágrimas. Le dio una palmada en la espalda. - No desesperes chaval, encontraras tu camino. Que se yo, quizás como probador de sombreros, con semejante cabeza seguro que no te faltaría trabajo. - ¿Realmente era necesario ser tan cruel? ¡Por supuesto que si! Aquel semi retrasado se lo merecía. No era justo, no, no era justo que fuera mejor que él.
Se despidió humildemente dejando 10 euros sobre la mesa. - Toma un último trago en justo pago por dedicarme tu tiempo. Te agradezco que me hayas abierto los ojos.
Lo vio salir por la puerta con la espalda curvada y arrastrando sus cortas piernas. Agarró en seguida el dinero y lo agitó delante del barman.
- ¡Pon otro coñac!
Que rico le estuvo aquel último trago, se relamió para saborear lo que quedaba del dulce licor en sus labios. Hora de marchar, no gastaría su propio dinero en aquel bar de mierda.
Al levantarse reparó en las hojas que seguían sobre la barra. El idiota se las había olvidado, o simplemente las abandonó convencido de que eran basura.
- ¿Que otro término que "idiota" merece alguien que fía más en la opinión de un extraño que en si mismo?  - Miró a su alrededor antes de ocultar las cuartillas en un bolsillo, se sentía como un ladrón.
De los 30 euros que había cobrado gastó más de 20 en un taxi para regresar a casa. Menudo negocio había hecho.

Al día siguiente se levantó con una resaca de mil demonios, la cabeza aún le daba vueltas y sentía unas nauseas que, irremisiblemente, lo condujeron a introducir la cara en el inodoro. Vomitó durante un buen rato, solo bilis salia de su estomago. ¿Cuanto haría que no probaba bocado?
Reparó en que había dormido vestido, ahora ademas de la peste a alcohol, se le había adherido a cuerpo y ropas el hedor de los vómitos. Necesitaba de una buena ducha fría.

Tras pasar bajo el grifo media hora y ya más despejado, buscó por la nevera algo comestible. Olfateó unos "tranchetes", Los acompañaría con algo de pan duro, no tenía ganas de bajar a la calle a comprar.
El improvisado desayuno no tardó en causarle una atroz acidez de estómago. - Menuda mierda de existencia. - Pensó. La verdad es que, para ser un pretendido humorista, su actitud ante todo y todos era claramente negativa. Las últimas horas de la pasada noche quedaron difusas en su mente, poco a poco, los retales que como fogonazos le llegaban, se fueron uniendo hasta que el puzzle estuvo completo.
Recordó al enano "mongoloide" y corrió a toda prisa a buscar entre los bolsillos de sus ropas. Las había dejado tiradas esparcidas por el cuarto de baño. En los pantalones no estaban, tampoco en la camisa. ¿Lo habría imaginado todo? Quizás se habían caído en el dormitorio, lo revolvió todo hasta encontrarlas entre las sabanas. ¡Ahí estaban las dos cuartillas!
No, no había sido el alcohol el que había perturbado su percepción, ahora estaba sereno (o casi) y el monologo en ellas escrito le parecía aun mejor que la primera vez que lo leyó. ¡Era fantástico, una autentica maravilla! Lo tenia todo, sarcasmo, ternura, mala uva, ironía... todo atado y bien atado, sin estridencias ni salidas de tono. Pulcro y exquisitamente enlazado, con un ritmo trepidante que no daba tiempo al respiro. Maldijo a aquel pobre diablo, seguro que tenía su autoestima por los suelos, (con aquellas pintas no era para menos) y por eso le fue tan fácil hundirlo en la miseria.
Durante toda la mañana leyó y releyó el monologo hasta saberlo de memoria. El destino lo había puesto en sus manos, si, fue el destino el que le envió a aquel idiota. El cretino solo era el mensajero, el portador de una suerte que por fin le sonreía. No podía darle la espalda al destino, eso sería un feo gesto, lo escrito era suyo y solo suyo. ¿Quien podía discutírselo? ¿El enano? ¿A quien creerían, a él o a aquella piltrafa con patas?

El siguiente sábado había un concurso para amateurs, no en un "chiringo" de mierda como el de la otra noche, sería en un pequeño teatro de verdad. Ya estaba anunciado meses atrás pero no tuvo intención de participar. Le faltó valor para inscribirse, no confiaba en que ninguno de sus monologos estuviera a la altura de un ganador y, si no es para ganar, ¿para que coño presentarse? Ahora era diferente, tenía entre las manos a un autentico "pura sangre", la gloría a una sola semana de distancia, tiempo más que suficiente para prepararse a conciencia. Ya se soñaba en la televisión recogiendo aplausos en un baño de multitudes.

Eternos se le hicieron los días pero por fin llegó el momento. El pequeño teatro estaba a rebosar y le había tocado en suerte actuar en tercer lugar. Era un buen puesto, los dos primeros participantes habrían caldeado el ambiente y estaba seguro de que el resto desistirían de concursar después de escucharle. Los había visto ensayar entre bastidores, ninguno estaba a su altura.
El primer participante se retiró dejando tras de si unos fríos aplausos de consolación, se regodeó en el desencanto de su competidor. No por ello lo privo de una rastrera palmadita en la espalda cuando se cruzó con él.
¡Maldita sea! El segundo resultó ser bueno de narices. El "respetable" no dejaba de reír. Aquel cabrón se movía por el escenario como pez en el agua y era capaz de improvisar ingeniosas respuestas a las provocaciones de algunos de los asistentes. Al contrario que los de sus predecesor, los aplausos a él dedicados eran tan sinceros como los vítores y los "bravos". A este ni lo miró cuando abandonó las tablas y se cruzaron.
Era su turno, respiró hondo e intentó tranquilizarse mientras el maestro de ceremonias lo anunciaba. Se lo había trabajado mucho. Puede que él no tuviera el desparpajo de su predecesor, pero sin lugar a dudas su monologo lo superaba con creces. Salió a escena cuando escuchó su nombre, lo hizo dando largos pasos alternados con pequeños brincos, queriendo aparentar un dinamismo y una despreocupación que en verdad le eran ajenas. Lo recibieron con un protocolario aplauso.
Al llegar al micrófono se paró en seco y miró la platea. Los focos le apuntaban y solo podía ver las siluetas de los asistentes. Se hizo el silencio y el miedo escénico lo dejó petrificado, comenzaron los primeros murmullos de desaprobación. En un movimiento intuitivo miró hacia los bastidores, el maestro de ceremonias lo animó mediante un gesto de las manos a que comenzara. Se sentía como un borrego a punto de ser degollado, si no reaccionaba enseguida su defenestracion sería inevitable.
Golpeó con el dedo el micro en un intento de ganar segundos.
- ¡Si... Si... Probando! - Debió de poner una cara realmente estúpida porque en las primeras filas se escucharon risas ahogadas.
- ¿Se han preguntado alguna vez el porque...? - Fue como arrojarse por primera vez en paracaídas, si lo piensas no lo haces. A partir de entonces fue una caída libre, toda una descarga de adrenalina. No tardaron en escucharse las primeras carcajadas, como un virus contagioso se fueron esparciendo por todo el patio de butacas. A más iban en aumento, mas pletórico se sentía el comediante. Todos los miedos se habían diluido entre las risas y su voz sonaba ágil y fluida, sin los tartamudeos y las lagunas mentales que acostumbraban a asaltarle en sus contadas actuaciones lejos de un espejo. Se movía de un lado a otro del escenario, enlazando ocurrencias, cada una mas desternillante que la anterior. También desde bastidores le llegaban las risas, el maestro de ceremonias, sus adversarios, los encargados de iluminación y sonido, todos se habían unido al publico y reían a mandíbula batida. A medida que se aproximaba a la traca final, al desenlace de su monologo, las carcajadas se trasformaban en un clamor ensordecedor. El comediante se sentía en una nube, gesticulando, exagerando todos sus movimientos para enfatizar el punto y final a una actuación memorable.Tal como esperaba, el último chiste fue el colofon, todo un orgasmo humorístico. Las carcajadas no cesaron en minutos, momentos que paladeó brazos en cruz, haciendo continuas reverencias, haciéndose participe de aquel éxtasis que había invadido todo el teatro. No hubieron, sin embargo, aplausos. Las risas se fueron apagando poco a poco hasta que, por las filas del medio se escucharon las últimas, seguidas de algunas toses ahogadas, después el total silencio.
Continuaba el comediante haciendo reverencias, esperando unos aplausos que no llegaban. El extraño silencio lo sobrecogió. Miró a las butacas, las siluetas permanecían tan inmóviles como mudas. ¿Que demonios estaba pasando? Miró hacia los bastidores pero no vio a nadie. Un frío repentino le recorrió la espina dorsal e hizo que sufriera unos pequeños espasmos.
- Gracias, gracias a todos... - Tartamudeo tímidamente, no hubo respuesta. Se aproximó al borde de la tarima intentando distinguir mejor a aquellas siluetas, se protegió los ojos de los focos con una mano pero seguía viendo solo sombras. El escenario no era mucho más alto que dos peldaños de una escalera, intentó descender pero algo dio un tirón de él. El susto le encogió el corazón. Solo era el cable del micrófono que había llegado al límite de su extensión. El pulso se le había acelerado a un ritmo frenético y el sudor frío le empapaba la cara. Arrojó al suelo el micro que se acopló con los altavoces emitiendo un chirrido estridente. Ya en la platea comenzó a caminar entre las butacas, sus ojos tardaron unos minutos a habituarse a la penumbra. Continuó andando casi a tientas, algo hizo que resbalase y a poco no cae al suelo de no haberse agarrado a un tipo. Bajo sus pies lo que parecía un charco. Pese a que el agarrón debió de haberle hecho daño, aquel individuo no emitió ningún quejido. El humorista buscó entre sus bolsillos y sacó de uno de ellos un encendedor. Le temblaba tanto el pulso que no fue capaz de hacerlo funcionar hasta el cuarto intento. Su alarido sonó amplificado por la acústica del teatro y esta vez si cayó de culo. El encendedor iluminaba lo suficiente como para poder ver a uno par de metros de distancia. El tipo al que había agarrado parecía mirarlo, tenia la mandíbula desencajada en un rictus parecido a una siniestra sonrisa. El comediante se incorporó y se limpio asqueado las manos en la camisa, aquel charco no era otra cosa que orines, aquel tipo se lo había hecho todo encima. Desplazó la pequeña llama, en el resto de sillones la misma escena. La mayoría de los asistentes se habían meado y todos, sin excepción, tenían el rostro deformado con aquella aterradora sonrisa.
El mechero se había puesto al rojo y una súbita quemadura lo obligó a arrojarlo al suelo, cayó en los inmundos orines. De nuevo estaba en penumbras.
El silencio fue alterado por unos aplausos, por el repicar de dos únicas manos.
- ¡¿Quien anda ahí!? ¿¡Que significa esta macabra broma!? - Agarró por la pechera a quien tuvo mas a mano, una mujer de mediana edad, La zarandeó con todas sus fuerzas, la cabeza de ella se movía de un lado a otro como la de una muñeca de trapo. La arrojó lejos de si.
- ¡Hijos de puta! ¡No tiene ninguna gracia!
Se reanudaron los aplausos, ahora sonaban un poco mas cerca.
- Mis felicitaciones, nunca me defraudan tus actuaciones, en cada una de ellas te superas.
El cómico entrecerró los ojos, creyendo de forma ingenua, que así podría ver un poco mejor.
- ¿Quien eres? ¡Da la cara!
- Entiendo que alguien tan anodino como yo se lo olvide con facilidad.
Los ojos del cómico se abrieron como platos.
- ¡Tú!
Tenía enfrente al hombrecillo de la noche anterior. La misma nariz chata, la misma cara de pan y la misma apariencia hortera, pero sus pequeños ojos miopes eran distintos, como también lo era su expresión. Seguía siendo casi un enano, rollizo y blanquecino. No supo el comediante si achacarlo a la situación o a la pobre iluminación, pero en esta ocasión daba miedo... mucho, mucho miedo.
- ¿Que es esto? ¿Una cámara oculta? Reconozco que te lo has montado muy bien, casi me cago del susto. Ahora que os habéis reído a mi costa podéis encender las luces y dar por finalizada esta tomadura de pelo.
- ¿Te parece una broma? Me apena tu actitud, deberías estar orgulloso de tu obra. ¿Cuantos cómicos pueden alardear de que su audiencia haya muerto de risa? Literalmente. - Siniestra la mueca que se dibujó en la oronda cara del "mongoloide".
- ¡Te voy a partir la cara tarado!
El hombrecillo agarró de las muñecas al comediante inmovilizándolo sin dificultad. Quedó este asombrado por una fuerza que no esperaba en un tipejo como aquel. - ¿Quien eres tú? - Le preguntó aterrado.
- Solo un comediante con un peculiar sentido del humor, un incomprendido igual que tú.
- ¡No, no, nada de esto es real! ¡Estoy soñando, no es mas que una pesadilla provocada por el coñac! Despertaré en casa y de este mal sueño solo me quedará la resaca.
- Si es un sueño no tienes por que preocuparse por estos que llegan. - El inconfundible sonido de las sirenas de la policía se escuchaba acercándose a toda velocidad.
- ¿Como pueden estar aquí tan pronto? ¡Tú, maldito cabrón, tú los has avisado!
El hombrecillo lo soltó, el cómico desistió de intentar agredirlo. - Solo es un sueño según dices, que más da quien lo haya hecho.
- ¿Y si no lo es? ¿Como voy a explicar esto? ¿Que voy a contarles?
- A mi no me preguntes, solo soy un aficionado sin talento. Haz lo que mejor sabes, cuéntales un chiste.
Justo en el momento en que la policía derribaba la puerta del teatro, el hombrecillo se desvaneció en la oscuridad.




miércoles, 8 de junio de 2016

Los absurdos cuentos de la bruja Terciopelo. "La judía mágica."

Planté una judía mágica y me brotó un estado sionista. ¡Menudo se ha puesto el califa! En mi contra ha promulgado una sharia, de pensarlo me sale urticaria. ¡Lapidadla, lapidadla! Grita Sherezhade, la cosa esta que arde y tengo a los cuarenta ladrones pegados a los talones, cargados de dinamita en plan comando palestino. Pero para genio, el de Aladino, empeñado en pasarme a cuchillo el muy cretino. Suerte que, como dice mi madre, soy un encanto y lo he convertido en sapo. Me puse en manos de mis contactos entre la nobleza. “¡Que le corten la cabeza!” Joder con la reina de corazones, con amigas como esa, veremos cómo me lo monto para salir ilesa de esta. 
Menuda mierda, si lo sé planto lentejas.


martes, 17 de mayo de 2016

Otoño. / Los pretendientes.

Otoño.

No me calma la sed beber de tus lágrimas, me daña la espalda soportar la carga de tu silencio. Sentirme un necio cuando al llegar a casa, sobre la mesa me encuentro las frases ya hechas, en la sartén los reproches y la pasión en la nevera.
Una pena que sobre la tierra hayan mas tontos que locos, no recuperar un poco de la maliciosa inocencia de cuando niño.
Nada te pido, nada me dices y las perdices pululan felices sin temer acabar de menú.
Tú y yo, codo con codo y sin embargo tan solos. Fue de otro modo en la plenitud del verano, pero llegó el otoño para pudrirlo todo.






Los pretendientes.

Armados tan solo con palabras, aparecieron el bufón, el soñador y el seductor. En una esquina permanecía oculto el huraño, observando en silencio..
 Empezó el combate dialéctico y en un pedestal, el trofeo por el que se baten en duelo.
El payaso la hizo reír, lo abrazó como a un amigo y el bufón se retiró a un rincón cabizbajo.
En el circo de la vida, no vasta con decir tonterías para ganar la partida.
El soñador se extravió en un laberinto de desvaríos, en un mundo que solo existía en su mente, e intentó arrastrarla consigo. "Lo siento, el tuyo no es mi mundo" Le dijo. Allí quedó solo, en espera de que lo devorara el Minotauro.
Raudo, se aproximó el seductor para empacharla con halagos. Un torrente de versos y estrofas casi la ahogan. La rescató una mano y cuando quiso darse cuenta estaba en brazos del huraño.
"En toda la velada no has dicho nada". El apocado la miró angustiado, la soltó y regresó a su esquina. "¿Porque no me miras?" El huraño sin alzar la vista tartamudeo, apenas se le entendía.
"No se me dan bien las palabras. Me colé por la puerta de atrás. No vine a competir, pues para mi no eres un trofeo." Con un nudo en la garganta, que le obligó a tragar saliva, lo soltó en un susurro. "Yo...yo te quiero."
"¿Como has dicho? Apenas te escucho." Lo cogió de la mano y le invitó a levantarse del suelo. "No me tengas miedo."
Ella lo besó y ambos salieron abrazados del anfiteatro.
El juez miró el registro de participantes y sonrió. "Ya tenemos ganador." Se dijo para sus adentros, al tiempo que subrayaba el nombre del embustero.