domingo, 30 de septiembre de 2018

De doncellas, putas y demonios.



No por beata que pasaba todos los días por la iglesia, menos por confesar sus pecados (tantos y tan variados) que alargar la mano y hurtar un cirio en un descuido del prelado, apenas añadiría peso al saco de sus transgresiones. No los necesitaban los santos, ellos disponen de la luz divina para caminar en la otra vida mientras que ella, en esta mundana y miserable, ni de un candil contaba para alumbrarse.
Hogar podría llamarse aquella cueva, por disponer de paredes y un techo, de chimenea y goteras, de un brasero oxidado y de una cama en la que cohabitaban piojos con chinches, polillas con la carcoma y las pulgas campaban como Pedro por su casa. Por si fueran pocos los parásitos, también contaba con un casero roñoso y avaro. Sin falta, aparecería por la mañana para reclamar el pago por aquel cuchitril inmundo. Mucho hacía que rehusaba de cobrarse en "carne",  así que no la quedaba más remedio que salir a buscarse en aquella noche de perros, (no ya el sustento, que sus tripas se habían acostumbrado a no probar bocado en días), si no con lo que calmar la ira especulativa de aquel avaricioso. Un espejo es todo lo que conservaba de otros tiempos, que por lejanos, recordaba mejores. A la tenue luz de la vela sus arrugas eran menos acentuadas, pero no por ello dejaban de estar ahí como acequias por las que podría circular el caudal de sus lágrimas. Más sus ojos hacía mucho que estaban secos, lo mismo que los arrozales en febrero o la garganta de un muerto.
Intentaba pacientemente desenredar sus cabellos con los dedos cuidando de no dar tirones, su pelo era quebradizo como la paja y perder más mechones era algo que no podía permitirse. El color de la plata comenzaba a adueñarse de ellos, lejos de darle valor, la devaluaba como mercancía y nada tenía con que teñirlos. No era mejor el aspecto de su rostro, demacrado más por la mala vida que por la propia edad. Si nunca sonreía, era por la falta de dientes más que por motivos para hacerlo, que también eran bien escasos.
Confiaba en que la oscuridad de la noche no delatase una figura mal avenida. El busto caído, lo mismo que las nalgas y una talle al que no había faja capaz de mantener en cintura. Sin duda, perdió la hermosura mucho antes de darse cuenta de que el tiempo corre en nuestra contra, cuando para comerciar, no disponemos de otra cosa que el propio cuerpo.
Asomó la cabeza por la puerta para cerciorarse de no toparse con sus vecinos, que aun siendo tan pobres y mezquinos como ella, se creían mejores y no perdían la oportunidad de señalarla con el dedo.
Todo despejado, descendió los peldaños que conducían al patio interior y apresuró el paso hacia la puerta. Fuera hacía un frío de mil demonios, la brisa helada llegaba desde la ria y el chiribiri comenzó a empapar sus ropas, lo mismo que su ánimo se anegaba en aquel clima adverso. Unos zuecos separaban sus pies del barro, nada entre estos y la madera, solo las durezas de sus callos. Se dirigió hacia el barrio pesquero renqueando.
Por María "la coja" la conocían en Vigo, (el apelativo piadoso), pues de puta y de zorra era más común el trato que la dispensaban conocidos y extraños. "Las verdades ofenden" reza el dicho, más a ella poco le importaba cómo la llamasen si el pago lo valía. Borrachos poco exigentes solían ser sus clientes, mucho le debía al vino en aquel trueque de favores que era el sexo por monedas. Ebrios, poco podían discernir lo bueno de lo malo y acababan durmiéndose entre sus brazos dejando desprotegidas sus bolsas. "Además de golfa ladrona", la acusó en más de una ocasión el juez y acabó dando con sus huesos en prisión. Ya siendo gallina vieja no debía temer las calenturas de los carceleros, pero tampoco aprovecharse de ningún trato de favor. Mejor andarse con cuidado y no regresar por aquellos lugares dónde era más "popular".
Imposible hacer negocio a la intemperie con aquella mala noche. De no buscar refugio, su única ganancia sería una pulmonía con la que no podría pagar al casero, mucho menos conseguir la atención de un médico si enfermaba.
La taberna estaría a esas horas repleta de pescadores y hacia ella se encaminó.

Le bastó una fugaz mirada al salón para que se acabaran de hundir sus esperanzas de conseguir algún rédito antes de acabar la noche. Poco o nada, guardaban en sus bolsillos aquellos zarrapastrosos muertos de hambre. El olor a sidra era intenso, mucho más barata que el vino, era la bebida preferida del pueblo llano.
La presencia de una mujer no le sería durante mucho tiempo ajena al posadero. No eran bienvenidas las fulanas, menos aun, las que no "aflojaban la mosca" por el derecho a ejercer la profesión entre sus paredes. Avanzó deprisa hacia el rincón más oscuro intentando disimular la cojera. El suelo estaba tan pegajoso, que a poco no se deja un zueco en el camino. Se cruzó con unos soldados que brindaban y reían a mandíbula batida en una mesa. Siendo la tropa (más si cabe cuando estä borracha) un cliente potencial, los evitó dando un quiebro en la trayectoria.
La capa no solo la resguardaba del frío, también ocultaba los remiendos de un jubón, que de raído y apolillado, corría el riesgo de desmenuzarse al más mínimo soplo de brisa. También el capuchón tenía otras funciones aparte de güarecerla de la lluvia, la de esconder su condición de mujer en tránsito a la vejez.
Los parroquianos no le prestaron mayor atención. Bien sabían, que hembra sola a aquellas horas, no podía ser otra cosa que zorra en busca de gallinas a las que desplumar. Lo mismo debió de pensar el posadero al verla, un chiflido seguido de un grito la invitó a largarse por donde había venido.

- ¡Eh tú, la puta! Aquí no se te ha perdido nada. Ahí tienes la puerta abierta, así que... ¡Eah, aire!
La exhortación del tabernero llamó la atención de los soldados.
- No sea descortés con la señora. - Le recriminó el que parecía de mayor rango. - Entre tanto palurdo ha surgido una flor. - Todos los de la mesa rieron a carcajadas. El soldado se levantó he hizo una reverencia, volvió a tomar asiento y se dio palmadas en los muslos. - Venga, bella dama, a reposar las nalgas sobre mis rodillas, verá que no hay mejor silla, que la que tiene en medio una quinta pata. - Más carcajadas.
Poca gracia le hizo todo aquello al tabernero.
- Si no se ha de gastar la plata, ¡ni dama ni niño muerto! Suficientes zánganos he de aguantar pasando las horas con solo un trago, como para tener también que dar cobijo a mendigos. ¡La caridad en la iglesia! - Viendo que se resistia a marchar, sacó una gruesa porra de debajo del mostrador. - ¡Vive Dios, que ha de irse caliente si se demora otro suspiro!
La mujer contemplaba a los soldados. Eran cuatro, todos cortados por el mismo sastre. La piel quemada por el sol, enormes mostachos perfilados hacia arriba en una curva acabada en finas puntas. El uniforme de infantes manchado de vino, tan relucientes las hebillas de los cintos como sus pelos, que de aceitosos, parecía los habían ungido con la misma grasa con la que le daban lustre a las botas.
A tres de ellos, por lo versados en darse pompa, se les veía veteranos en las filas del rey. El cuarto casi era un chiquillo, al que tanto había aturdido el vino, que apenas podía abrir los ojos

María ignoró la proposición del bigotudo, asumiendo la derrota se encaminó hacia la salida. Una mano la sujetó por el brazo. La presión fue suave, más una invitación a quedarse, que una brusca orden de esas a las que tanto estaba acostumbrada. Bajó la mirada para cerciorarse de a quien pertenecía aquella zarpa, pues garra le pareció por lo peluda, por lo huesudo de aquellos dedos que (de delgados) asemejaban más largos de lo que a una mano humana correspondía. Las uñas limpias y perfectamente perfiladas (un tanto puntiagudas en sus extremos) no ayudaban a mitigar la sensación de que pertenecían a algún tipo de bestia. La ausencia de roña en ellas, fue lo que acabó por convencerla de acceder al requerimiento del extraño. Tan pulcras extremidades, sin duda, debían de ser parte de alguien acaudalado.
Sentado en una esquina a la que no iluminaban los candiles, no pudo María ver más que una sombra. La "garra" la soltó y le hizo una seña invitándola a tomar asiento. Entonces, como surgida de la nada, apareció entre aquellos dedos un real de plata. María sintió en el cuello un aliento cálido y a su nariz le llegó un olor fétido. Se giró asustada, tras ella estaba el posadero garrote en mano, el brillo de la moneda había hecho que se detuviera en seco.
- Traenos algo de comer. - La voz del extraño sonó grave y un tanto cavernosa. - El real de plata saltó en el aire, el posadero lo cazó al vuelo y se retiró, olvidando por completo sus pendencieras intenciones.
También los soldados perdieron el interés por ella continuando con sus escandalosas bravuconadas. El resto de clientes permanecían con la cabeza gacha y la mirada esquiva, evitando que se encontrara con la de los hombres del rey, ávidos por hallar disputas.
- ¿No quieres sentarte? - María era reacia a hacerlo, con o sin dinero, había algo en aquel individuo que la repelía. Solo sus mano derecha asomaba fuera de las sombras, con aquellos dedos huesudos y largos de uñas afiladas. Intentó que sus ojos se acostumbraran a la escasa luz para ver a quien le hablaba, solo una silueta se perfilaba tras la mesa. Creyó apreciar por un instante el brillo de unos dientes. El extraño le había sonreído.
- Mi tiempo tiene un precio. - Respondió por fin. - 15 maravedís y la alcoba corre de vuestra cuenta. No he de acompañaros, si me proponéis de hacerlo, a lugar alguno que no sea de mi agrado y el pago por adelantado. - Había inflado el precio, en la intención de poder rebajarlo durante el consabido regateo. No bajaría de 9 maravedís, justo el valor del alquiler por su choza.
- No es ese tipo de compañía la que busco, pero me parece justo lo que pides. - María se sorprendió de que accediera con tanta facilidad y se apresuró a sentarse. La vida le había enseñado a desconfiar, y bien sabía, que nada cae del cielo salvo el agua, la nieve y el granizo.
- Si lo que queréis es algún tipo de "servicio" especial, la tarifa sube y me reservo el derecho a aceptar o rechazar vuestras apetencias.
El extraño se rió y de nuevo le pareció a MarÍa percibir el brillo de sus dientes.
- He venido de muy lejos por caminos desiertos sin hablar con nadie en días y a ninguno conozco por estos lares. Por mi oficio, soy comerciante, estoy dado a la palabra. El estar callado se me hace extraño. El silencio me repele, salvo cuando lo rompe la jerga de unos pedestres. - María entendió enseguida que se refería a los soldados, una mueca a modo de sonrisa fue más que suficiente para dejar claro que estaba de acuerdo con él. - He pensado que, quizás, vos podría llenar ese vacío y de paso silenciar con vuestra voz los rebuznos que me llegan desde la cuadra.
- ¿Vais a cambiar vuestra plata por un poco de cháchara? Vos sabréis... más yo no he de rebajar ni una sola moneda mi tarifa.
El posadero apareció con una bandeja llena de sardinas asadas y las dejó sobre la mesa.
- ¿No deseáis acompañarlas con una jarra de vino?
- Mejor agua para pasar sal y raspas.
- ¿Agua? Salid pues a la calle y podréis saciaros, que llueve a mares y parece nos ha de tragar otro diluvio.
- Agua por favor y que esté limpia como el alma de un santo.
- De la pila de la iglesia la traeré, que bien lo vale lo que habéis pagado.
El tabernero se fue refunfuñando por lo bajo. - Agua, el estirado y la fulana quieren agua. Entre piojosos y santurrones se me va a picar el vino.
- ¡Eh posadero! Traenos una cántara y otras cuatro jarras, que estas han pasado a mejor vida y nos da grima verlas de cuerpo presente.
Corrió a servir a los soldados olvidandose del primer recado.
María se había quedado en blanco, muda como monja de clausura sujeta a voto de silencio. Viendo el comerciante la dificultad de esta por entablar conversación, decidió acudir en su ayuda.
- ¿Que tenéis en contra de la tropa?
- ¿Que os hace pensar eso?
- He visto que los eludíais como si fuesen la misma peste.
- Tampoco vos tenéis de ellos un mejor concepto que el mio.
- Al contrario, yo los respeto.
- Pero si los habéis tildado de asnos tan solo hace un momento.
- No comparto sus zafios modales, pero entiendo que tanta bravuconería solo pretende ocultar el miedo que sienten. Esos de ahí parten mañana al frente y en unas semanas podrían estar muertos.
- ¿Como sabéis eso?
- Tengo buen oído.
- Un beato tenemos por rey, pero poco le importa dejar la tierra sin brazos para la siembra y la siega, los barcos en puerto sin marineros que echen las redes. Aquí solo quedan las viudas y los huérfanos condenados al hambre. ¡Si eso es de buen cristiano que baje Dios de los cielos a verlo!
- En su nombre van a la guerra para combatir la herejía.
- ¿En nombre del rey?
- En nombre de Dios. ¿Acaso hay algo más noble?
- Reniego de un Dios al que tan poco le importan los hombres. ¡Nada tiene de noble matar! ¿No lo prohíbe el quinto mandamiento? Entonces... ¿Porque ese empeño en verter sangre? Aquí nacen y apenas han dejado de mamar de la teta de su madre, ya los mandan a morir en tierras lejanas. Mira a ese muchacho. - Señaló hacia la mesa de los soldados. - Seguro que aun no ha conocido mujer, que hasta ayer no hizo otra cosa que lidiar con el mar para ganarse el pan. ¿Que sabe él de herejías? Miralo, pobre, es solo un chiquillo. Más cuando vuelva, si es que regresa, lo hará convertido en un animal, en un bruto como sus tres acompañantes.
- No es buena idea hablar como lo hacéis. ¿No teméis que os denuncie alguno de estos si os escucha?
- ¿Y que más pueden hacerle a una puta? ¿Van a encerrarme, a torturarme..? ¿Vos va a denunciarme?
- Me reitero. ¿Que tenéis en contra de la tropa? Es muy claro que la guardaís resentimiento.
- No quiero hablar de ello.
La mano peluda volvió a salir de la penumbra del rincón, las yemas de dos de sus dedos arrastraban tres monedas sobre la mesa, sorteando la bandeja de pescado ya frío, las aproximó hasta María.
- Ya que no tenéis hambre, quizás esto ayude a desentumecer vuestra lengua.
- Ese no es el precio convenido.
- No me olvido de los 15 maravedís, estos otros podéis considerarlos el monto por un poco más de vuestro tiempo.
- Dejé claro que el pago era por adelantado.
Una segunda mano se deslizó fuera de la oscuridad portando en la palma una bolsita de cuero. - No he de molestarme en contar, pero estoy seguro de que aqui dentro hay más de lo acordado.
María si lo hizo, puso la bolsa boca abajo y el contenido se esparció sobre la mesa con un metálico tintineo. Separó 15 monedas y le devolvió otras 7. El extraño comerciante las rechazó.
- A vos pertenecen si vuestra historia lo vale.
- Podéis quedaros con ellas entonces, tan poco valor tiene lo que pueda contaros como mi propia vida.
- Eso seré yo quien lo decida. ¿Porqué despreciáis a los soldados?
- No los aborrezco más que a cualquier otro hombre, pero fue uno de esos malnacidos, el que de una brutal paliza, me dejó tullida de la pierna derecha. Desde entonces renqueo, la proximidad del mar y la lluvia, que en esta maldita tierra nunca cesa, hace que padezca de dolores día y noche. Son esos dolores los que constantemente me recuerdan, que tras los finos modales de los oficiales del rey, lo que encuentras no es mejor que los patanes de esa otra mesa. Por eso me cuido de no tener tratos con soldados, ya sean peones o alfiles, lo mismo de viles los considero. ¿Y vos? ¿De donde tan lejos decís que venís y qué os trae por aquí?
- No cambiéis de tema, yo soy quien paga y por lo tanto quien hace las preguntas.
- Vos pagais por conversar, no por un interrogatorio. ¿Acaso mentís? Me da en la nariz que sois alguacil y no comerciante. Dejaos de petulantes juegos y decidme... ¿Que es lo que realmente queréis de mí? Más sabe el diablo por viejo que por diablo y yo ya cargo con muchos años como para chuparme el dedo.
Escuchó una risa ahogada. Tras un corto silencio llegó la respuesta. - Si bien es verdad, que el mentir es parte del oficio de un buen comerciante, no pretendo venderos nada. Soy lo que soy y no albergo malas intenciones. Podéis fiar en mi si os digo que soy sincero o, si ese es vuestro deseo, marchar sin más.
María no dudó en levantarse, guardó los maravedís en la bolsita de cuero y la escondió en el canalillo de su escote.
- Ese dinero ya es vuestro. - La mano peluda reapareció sujetando una segunda bolsa de monedas. - Pero yo aun no tengo mi historia. - Con un gesto la invitó a retomar asiento. Ella no se hizo de rogar, los ojos clavados en aquel nuevo soborno. Una voz interior le advertía de que todo aquello era demasiado bueno para ser verdad. Agudizó todos sus sentidos intentando averiguar en dónde escondía el gato aquel tipo extraño. Fue más fuerte la avaricia que la prudencia.
- ¿Que más deseáis saber de mí?
- El por qué de ese odio hacia los hombres.
- Deberiaís ser mujer para entenderlo.
- Dejad que lo intente.
- Soy natural de Porriño, una pequeña Villa no muy lejos de Vigo. La mayor de cinco hermanos y la única que no vino al mundo con una verga entre las piernas. Mis padres eran labradores, poseian unas pocas tierras, las suficientes para no pasar hambre. Aun no había cambiado los dientes y ya me dolían los huesos de trabajar en el campo. Padre solo pensaba en casarme para desembarazarse de lo que consideraba una carga. Nunca me vio como a una hija, más como a una res con la que hacer un buen trueque. Madre solo tenía ojos para sus varones, para los "hombres de la casa" y mientras yo me rompía la espalda, ellos zanganeaban corriendo perros.
Con 15 años me enamoré de Alberto Otero, un buen mozo hijo de unos vecinos ricos. Tardó lo mismo en preñarme que en abandonarme. Apalabrada tenía la boda con otra y yo como una boba me abrí de piernas sin enterarme de nada. Me regalaba la oreja con promesas mientras preparaba el ajuar. En cuanto le dije que estaba en cinta, me dio una paliza, me amenazó con negarlo todo y acusarme de bruja si tan solo insinuaba que él era el padre. Siendo como era una cría, callé.
Rezaba cada noche a Dios para que matase lo que crecía en mi vientre pero pasaron los meses y ya no pude ocultar por más tiempo mi estado. A paliza diaria era mi rutina, en una de ellas que pensé que padre iba a matarme, madre detuvo su mano. A partir de ese día el maltrato solo fue verbal, que lo más bonito que me llamaban era puta, y lo peor aun hoy no me atrevo a repetirlo por si me salen llagas en la boca.
Al ponerme de parto hasta un médico trajeron. Yo no entendí entonces el porqué de tantas atenciones.Recién nacido mi hijo, me lo arrebataron sin dejarme siquiera tenerlo en los brazos. Aun sangraba entre las piernas cuando me echaron de casa a patadas. Sin nada, aparte de la reputación de zorra, tuve que marchar del pueblo pero aún tuve tiempo de descubrir, que los "buenos" de mis padres, habían vendido a mi niño. Nunca averigüé a quien.
Desde entonces mi vida ha sido un calvario. Fui a servir a Santiago y allí deambulé de casa en casa. En todas ellas el "señor" acababa abusando de mí, hasta que me dí cuenta de que ya no podía volver a tener hijos, de que durante el parto se me desgarraron las entrañas y había quedado esteril.
Sabiendo eso, fue mucho más fácil vender mi cuerpo y mucho más lucrativo que limpiar mierda y soportar que se metiesen en mi alcoba por las noches. Tardé en soportar la repugnancia que me producían todos aquellos babosos y cuando creía que el sol asomaba, cuando mis ganancias me procuraban una cómoda vida, apareció otro cabrón ofreciéndome su "protección" a cambió de no recibir hostias fuera de misa. ¡Protección! ¡Hide pu! Desde entonces recé cada noche pidiendo que se lo llevasen los demonios, pero tampoco en esa ocasión Dios me escuchó.
Fui su esclava hasta que me abandonó la juventud y volví a quedarme en la calle sin nada.
Desde entonces hasta ahora, todo ha sido arrastrarme en el barro. Me vine a Vigo, aqui nadie me conocía y pensé, santa inocencia, que podría comenzar una nueva vida.
Para servir solo quieren chiquillas a las que poder violar impunemente. ¡Esos beatos hipócritas! Tampoco en el campo me dieron trabajo y en el mar no son bien recibidas las mujeres.
No se puede escapar del destino cuando has nacido para puta.

Fue como confesarse a un cura. Soltar toda aquella mezcla de amargura y rabia que guardaba en su interior, consiguió que por un instante se sintiese aliviada.
- Ya tiene su historia. ¿Decepcionado?
- Un poco. Son muchos los que comercian con la compasión e historias como la tuya me son muy familiares.
María se ofendió hasta el punto de que se le encendieron los colores, ya no recordaba la última vez que se sintió tan ultrajada.
- ¡Que me importa si me creés o no! Al fin y al cabo solo soy una ramera sin principios ni moral. Una zorra embustera. ¿No es así? Piensas que por pagarme tienes derecho a tratarme como basura. No eres menos repugnante que los que me clavan su frustración entre las piernas.

Antes de poder reaccionar la había sujetado por la muñeca. De forma delicada le giró la mano con la palma hacia arriba y en ella dejó caer la bolsa de monedas. El tacto de la piel del comerciante era de una suavidad que no se correspondía con su aspecto rudo. El peso de la plata fue suficiente para calmar su soliviantado ánimo.
- Habéis de disculpar mi desconfianza. Brilla por su ausencia, en los relatos de las plañideras, el reconocer algún tipo de culpa. Todas las desgracias las achacan a terceros y en ningún caso asumen sus propios errores. Se retratan a si mismos como santos varones y virtuosas damas con los que se ha cebado el infortunio, como si el mundo estuviera en su contra. Nunca hay propósito de enmienda en sus palabras y eso es lo que delata su condición de charlatanes.
- Vos si sois un charlatan, que debéis de tener la boca seca con tanto reproche. Ahora he de marchar.
- Ya escuchaste al posadero, está mala la noche. Aquí se está caliente, no como las sardinas que deben de haberse helado en el plato. Comed algo mientras me brindáis otro rato en vuestra compañía.
Realmente estaba muerta de hambre, un absurdo pudor de probar bocado delante de un desconocido, había mantenido sus dedos lejos del pescado. El sonido de sus tripas era audible por encima del estrépito de los soldados que seguían pavoneándose a voz en grito. No rehusó por más tiempo el ofrecimiento y se abalanzó sobre las sardinas.
- Con calma, podéis tragaros una raspa.
Inclinada sobre la mesa, la mirada sobre el plato, María no le quitaba el ojo a la silueta que se escondía en las sombras. ¿Para qué guardar los modales con aquel individuo? Comenzó a hablar con la boca llena sin preocuparse de los "perdigones" que expelía.
- Puede que a usía no le falte algo de razón. - Hizo un esfuerzo por tragar un bolo demasiado grande, retomó el aire y continuó. - Mi error no fue otro que confiar en vosotros los hombres. De nacer de nuevo... - Se golpeó el pecho forzando un eructo. - ...no dejaría que macho alguno me tocase siquiera sobre las ropas.
- ¿Os ordenaríais monja?
- Si fuese necesario, lo haría.
- Dura penitencia renunciar a los dictados de la carne.
- Vos sois hombre y tenéis la cabeza debajo de los calzones. Es por eso que mi oficio es el más antiguo que se conoce. Seguro Eva tentó a Adán con abrirse de piernas si mordía la manzana.
- No os basta con hablar mal del rey que también condenais vuestra alma proclamando blasfemias. - Maria volvió a ver el fugaz brillo de los dientes del comerciante.
- Si hubo una serpiente, no fue otra que el pene del primer hombre, pues él es quien os guía y como borregos seguís sus dictados.
- ¿Renunciarías entonces también al amor?
- ¿Amor? ¡Menuda estupidez! ¡No volvería a caer en esa mentira! El único fin de tanta palabrería, amor, amor, amor, es conseguir como trofeo la flor de las jovencitas incautas.
- ¿No os importaría tampoco el no tener hijos?
Los ojos de María se humedecieron como hacía mucho que no lo hacían. Sus palabras sonaron con una lastimera franqueza.
- Uno llevé en mi vientre durante nueve meses y siquiera sé si fue niño o niña. Solo espero, que en algún lugar, él o ella sea mas feliz que yo.
- Me sorprende. ¡Tenéis corazón!
- No os burléis de mi. - Había perdido el hambre de forma súbita, apartó la bandeja lejos de si.
- Nada más lejos de mi intención. Me congratulo de que aún haya algo de amor dentro de vos.
- ¡Os equivocáis, mi pecho solo alberga rencor. De empezar de nuevo, me vengaría de todos los hombres. Sería yo quien se aprovechara de ellos y no a la inversa. Ahora sé todo lo que se ha de saber de como manipularlos, de como manejarlos como a marionetas.
 - ¿Y porqué no lo hacéis?
- ¡Porqué soy vieja! Porqué mis tetas cuelgan lo mismo que las ubres de una vaca. Una pasa comienza a parecer mi piel. En todo este tiempo que conversamos... ¿En algún instante me habéis deseado?
- No os mentiré, lo cierto es que no, pero hace un buen rato que los de aquella mesa no os quitan el ojo de encima.
Se giró hacia donde le señalaba la mano del comerciante.
- ¿Los soldados? No he de tener trato con esos salvajes.
- Creo que pretenden que el muchacho se haga un hombre antes de marchar al frente y que sea vos quien lo estrene. Casi es un acto de caridad por el que podréis sacar unas monedas.
- Esta noche he ganado suficiente. Si el crío se ha de unir al Creador, que lo haga con el alma limpia.
- Perdonad mi torpeza. olvidé que tras vuestra dura apariencia se esconde una mujer piadosa.
- Ya os aburre mi compañía.
- No tengo más con lo que pagarla.
- No voy a creer que os lo habéis gastado todo en mí. ¿Cual es vuestro juego?
- Ya os dije que respeto a la tropa. Loable ocupación la de matar y morir por nobles ideales. Mal me sabe, que el muchacho parta a tierra extranjera sin llevarse un buen recuerdo de la propia.
- ¿Me tomáis el pelo? ¿Nobles ideales? Matan y mueren por el rancho, por comer a diario un plato de gachas. ¡Estúpidos! Solo los pobres van a la guerra.
- Don Juan de Austria no es ningún menesteroso.
- El hijo bastardo combate y el beato de su hermano reza en palacio mientras lleva las cuentas, del oro que llega de las Américas. En realidad, "el gran Duque" no tiene nada.
Los soldados se habían levantado, cantaban brindando y entrechocando sus jarras. Sujetaban al más joven que apenas se tenía en pie. Era una copla sobre marineros y mujeres de mal vivir.
- No es una forma demasiado sutil de llamar vuestra atención. Creo que deberías de ir antes de que decidan destrozarlo todo.
Solo el aguacero mantenía en la cantina al resto de clientes, amedrentados, ninguno se atrevía a recriminar la actitud de la tropa. Al posadero poco parecía importarle mientras siguieran dejandose los cuartos.
- No pienso ir con ellos.
- Bebed un trago para infundiros ánimo.
La mano peluda apareció con un cáliz dorado, empedrado con varias gemas y con cenefas finamente labradas. Parecía la copa de un rey.
- ¡Madre del amor hermoso! - No pudo evitar exclamar la mujer. - Esconded deprisa eso antes de que también a mi me acusen de ladrona.
Tampoco el extraño pudo en esta ocasión contener la risa.
- "Eso" es el motivo de mi viaje. No temáis, no lo he robado y puedo acreditarlo. Es un encargo para el obispo de Santiago de Compostela. Hacia la catedral me dirijo para entregarlo. Lo mismo que porto conmigo mi propio vino, por no catar el de antros infames como este, lo prefiero escanciar en esta copa que en las jarras llenas de babas que pudiera dispensarnos el tabernero. No creo que al señor obispo le importe, siempre y cuando no se entere.
Mientras acercaba el caliz a los labios le llegó un aroma de un dulzor embriagador.
- Si agitáis la copa su esencia será más intensa.
Así lo hizo María y la exquisita fragancia de aquel caldo le empapó olfato y paladar. Sorbió un pequeño trago, apenas se mojó la garganta. Abrió los ojos sorprendida y su lengua se deslizó entre los labios. Dubitativa, miró la sombra del comerciante.
- Apurad el contenido, no seáis tímida, dispongo de mucho más.
Asió entre sus dos manos el copón y lo inclinó despacio. Mantuvo parte del contenido en la boca hasta que el paladar le quedó impregnado por el sabor y el aroma de aquella sublime ambrosia. Jamás en la vida había probado nada tan arrebatador, tan refinado, tan primoroso... Su mente no encontraba palabras para describirlo. Muy despacio, deleitándose en cada sorbo, acabó con el vino. Le pareció despertar de un sueño, de un reparador letargo de mil años. Renovado su vigor y su ánimo, se sentía exultante y llena de vida. El brillo de los dientes del extraño la devolvió de regreso al aquí y ahora, a la mohosa taberna y a sus hediondos vapores.
- ¡Ahora sé lo que dan de beber en el cielo!
- Solo es un tinto afrutado. - Se rió el extraño. - Mucha sed debías de tener. Por un instante vuestros ojos quedaron en blanco y el semblante absorto.
- En cada sorbo me fui muy lejos.
- No habéis de caminar tanto, solo unos pasos hacia la otra mesa. No os demoréis, os esperan.
Los soldados le hacían señas para que se acercase.
María se dirigió hacia ellos contoneándose, doliéndose en cada paso de la pierna. A duras penas disimulaba la cojera de su extremidad tullida.
No tardó en darse cuenta de que no eran otras las intenciones de aquellos pedantes, que la mofa y el escarnio. El muchacho balbuceaba implorando que sus compañeros dejasen de escanciar vino en su garganta. Le pinzaban con los dedos la nariz obligándolo a abrir la boca. Sin hacer el menor caso a sus súplicas, vertían desde las alturas el líquido, con tan poca fortuna, que las más de las veces caía sobre rostro y ropas. Tampoco María se libraba de sus burlas, los soldados manoseaban sus senos mientras apostaban cual sería el peso de cada ubre.
- Hemos traído a tu madre para que te dé de mamar. -  Le repetían con insistencia al más joven.
- ¡Mira que caderas! No necesita abrirse de piernas para que el mozalbete se meta en su vientre.
Uno de ellos le dió tal palmada en las nalgas, que casi pierde el equilibrio.
- ¡Pero si está coja la potra! - Reían a carcajadas y en sus palabras un desprecio cada vez más intolerable. - ¿Porqué he tenido que acceder? - Se preguntaba. - Con lo que me dió el comerciante tengo para pagar alquiler varios meses y aquí estoy, soportando las chanzas de estos patanes mal nacidos. No he de aprender nunca.
- ¡Vamos abuela, enseñale al zagal el pavo! - Le levantaron falda y enaguas quedando con las vergüenzas al descubierto. - Se ruborizó como una cría, no por pudor, sino por verse las carnes flácidas de los glúteos y unas piernas llenas de varices y estrias.
- ¡Gallina vieja hace buen caldo! - Más risotadas. Semejante desdén era denigrante incluso para una "profesional" bragada como ella. Solo los soldados parecian disfrutar del lamentable expectáculo. Todos los demás clientes seguÍan mudos con los ojos fijos en sus jarras de sidra, sin atreverse apenas a respirar. Tampoco el posadero hizo nada para concluir con tan zafio sainete. María miró hacia la esquina donde se sentaba el comerciante en la esperanza de recibir su ayuda. No pudo distinguir su figura.
- Mal nacido, es por tí que me hallo en esta situación. - Sus pensamientos se evadían del presente buscando un responsable al que cargar con la culpa.
Auparon al muchacho y lo arrojaron en sus brazos junto con algunas monedas. El que llevaba la voz cantante la estrujó los mofletes haciendo que su boca quedara reducida de forma ridícula.
- A ver que eres capáz de hacer con él. Si consigues enderezarle el mástil le pondré una vela a la virgen. ¡Arrea!  - Le dio en las posaderas un violento empujón con la suela de su bota. - ¿Cuanto por la habitación de la zorra? - Escuchó que le gritaban al posadero mientras arrastraba a su semi inconsciente cliente hacia las escaleras.
A duras penas pudo subirlas con aquel peso muerto. Por fin en la alcoba, dejó al mozalbete tumbado en la cama. Enseguida se puso a roncar.
Habría sido muy fácil dejarlo allí durmiendo la mona, descender en un rato y dar por hecho el trabajo. Quedó mirándolo indecisa, era casi un niño. En primera instancia le pareció un sacrilegio mancillar aquel cuerpo puber, más luego pensó (que si en poco le harían matar a sus semejantes) nada de malo había en hacerlo antes un hombre.
Le bajó los calzones y comenzó a manosear su miembro. El joven reaccionó dando media vuelta en el lecho y balbuceando una tibia protesta. María volvió a enderezarlo, lo masturbó despacio hasta que su pene comenzó a endurecerse. Un suspiro ahogado escapó de su garganta y su mano fue en busca de la de la mujer.
- Shhhhh. - Lo tranquilizó. - Relájate y deja que yo haga todo el trabajo.
Consideró, que en aquel estado, poco le importaría al muchacho si se desvestía o no. Se levantó la falda y se puso sobre él colocando el pene en su sexo. Cerró los ojos, no quería verlo, quería acabar pronto con aquella "profanación". El joven se dejó hacer. Lo cabalgó primero despacio y a medida que escuchaba que sus gemidos iban en aumento, aceleraba el movimiento de sus caderas. Pronto los gemidos se convirtieron en jadeos para acabar transformándose en súplicas. Le imploraba que se detuviera pero ella continuó. Con las manos apoyadas en el pecho del muchacho, podía sentir sus latidos y el ritmo acelerado de su respiración. Ahora ambos gemían en una catarsis que pronto llegaría al éxtasis. Una explosión de placer que María no recordaba y por una vez en mucho tiempo, disfrutó del momento como si de autentica pasión se tratara.
Un suspiro prolongado escapó de la garganta del mozo, sonó como un fuelle que se desinfla y su pecho dejó de moverse. No podia notar los pálpitos del corazón del joven, tampoco escuchar su respiración. Desconcertada, abrió los ojos y reprimió un grito de horror mordiéndose la mano hasta hacerla sangrar. Entre sus piernas, se hallaba un anciano decrepito. Los ojos casi salidos de las órbitas y la boca muy abierta en un rictus que era difícil apreciar si era de placer o de dolor. De un brinco se apartó del cadáver, pues estaba tieso y bien tieso.
Empezó a dar vueltas por la pequeña alcoba sin saber que hacer ni qué pensar. ¿Donde estaba el muchacho, quien era aquel viejo y como demonios había llegado alli? Pensó que todo se trataba de una broma de los soldados, una bufa que se les había ido de las manos. ¡Imposible! ¿Como pudo aquel carcamal colarse entre sus piernas en lugar del muchacho sin que ella se diese cuenta? No tenía sentido, nada tenia sentido y estaba aterrorizada. Menos aún lo tuvo cuando se percató de que el muerto llevaba las mismas ropas del crio.
Lo único cierto es que la acusarían de haberle dado muerte. ¡Tenía que escapar! Si bajaba por las escaleras sin su acompañante, no tardarían en preocuparse por él los otros. Debía de ganar tiempo. ¿Pero cómo?
Había una ventana lo suficientemente grande para salir por ella. Sin dudarlo corrió a abrirla. Asomada, no tardó su cabeza en empaparse con la lluvia. ¡Demasiada altura! Su pierna mala no soportaría la caída y seguro se troncharía por varias partes. Con todo, prefirió arriesgarse. Se deslizó de culo por la abertura hasta que quedó colgando por las manos. Sin mirar hacía abajo, apretó los dientes y se preparó para soportar el dolor. Cayó como un saco, pero para su sorpresa se mantuvo en pie y solo se resintió un poco uno de sus tobillos. Corrió bajo el aguacero todo lo que le permitían las fuerzas. Debía de llegar a casa, recoger sus pocas pertenencias y escapar muy lejos de allí antes de que hallaran al muerto. Estaba descalza y sus pies se hundían en el cieno a cada paso, los zuecos se habían quedado en el barrizal bajo la ventana. Las calles estaban desiertas, con aquella tormenta nadie en su sano juicio saldría a la intemperie. Mejor así, se dijo. Sin mermar en ningún instante el ritmo de su carrera, llegó por fin a la hacienda en donde estaba su habitación.
Subió las escaleras sin pensar en otra cosa que la huida. En cuanto se cambiara de ropa y cubriese los pies con algo, marcharía hacia la plaza mayor. Tenía dinero suficiente para pagar al primer carruaje que partiese a Santiago de Compostela. Le temblaban las manos hasta el punto de no de no ser capaz de meter la llave en la cerradura. Se le cayeron al suelo en dos ocasiones. "Cálmate, respira e introduce la maldita llave. No han de echar en falta al difunto en un tiempo, que los nervios no te anuden la soga al cuello. Es este maldito resuello el que me ahoga y hace que me tiemble el pulso. ¡Cálmate puta del demonio! Recupera el aliento y atina el hierro en la ranura, más difícil es enhebrar la aguja y estás harta de remendar harapos." El sudor se mezclaba con la lluvia, resbalando de la frente a los ojos, goteando por el trampolín de su nariz, deslizándose por mejillas y barbilla. Por fin giró la llave y la puerta se abrió con un chirrido.
Del cirio apenas quedaba la mecha sobre un amorfo montón de cera derretida. Alumbraba lo justo para que no se partiera los dientes, ni trancara un tobillo contra la arista de algún mueble o esquina.
En un arcón tenía su otra muda, un vestido menos colorido que no clamaba a los cuatro vientos su condición de ramera. Debajo de él unos zapatos con presilla, que de tan desgastados era difícil apreciar el tacón. Se desvistió casi a oscuras de forma torpe y apresurada. Al librarse de faja y refajo resbaló la bolsa de monedas entre sus senos y una vez en el suelo rodaron los maravedís a buscar refugio bajo mesa y cama. Arrastrándose como un gusano palpó cada pulgada del suelo, más solo recogió polvo y chinches con el vientre. "¿Que he hecho yo para que me odies de esta manera? Se compadeció mirando al cielo. Extendió el brazo bajo el catre sin encontrar nada. Entre las tablas y el piso no había espacio suficiente para meterse sin arriesgarse a quedar trabada. Se sorprendió al darse cuenta de que más de medio cuerpo ya estaba dentro y el resto seguía avanzando teniendo que lamentar solo alguna rozadura en codos y rodillas. Las yemas de sus dedos palparon algunas monedas. Le llevó un largo rato recogerlas, más por fín creyó tenerlas a todas de regreso.
Tenía el cuerpo entumecido por lo incómodo de las posturas. Estiró los brazos hasta hacer crujir todas y cada una de las articulaciones junto con las de la espalda. Entre las manos, a buen recaudo, el patrimonio recuperado.
Debía de asegurarse de que no faltaba nada. Corrió a sentarse delante de la mesa sobre la que aún tiritaba lánguida la llama de la vela. Las contó despacio, separando reales de maravedís y el cobre de la plata. Respiró aliviada, aquella era una pequeña fortuna, mucho más de lo que hacía tiempo que era capaz de reunir en una sola noche. Sus ojos se clavaron en el objeto que reposaba boca abajo junto al cirio derretido.¡Su espejo! De a poco se olvida de él. Era lo único de valor que le quedaba de otros tiempos mejores. Aun conservaba un resquicio de la vanidad de cuando joven y no pudo evitar cogerlo y mirarse en el cristal. Fue como si le incrustaran en corcho en la garganta, le faltó el aire y la cabeza comenzó a darle vueltas. Se levantó derribando la silla y a punto estuvo también ella de caer al suelo. Antes de recuperar el aliento reunió fuerzas y lanzó lejos el espejo que se rompió en varios fragmentos.
"¿¡ Que nuevo prodigio es este!?" ¿Quien es el que se esconde tras esta burla, Dios o el Demonio? ¿Que ha pasado esta noche que a la mañana me levanté cuerda y ahora, a punto de amanecer, ya no estoy en mis cabales?" Se acercó despacio y recogió del suelo, no sin un manifiesto nerviosismo, uno de los pedazos de espejo. Solo abarcaba a reflejarse un ojo en él. Recorrió los párpados con la yema de su índice, estaban lisos y suaves, ni rastro de patas de gallo. Blanco inmaculado el globo ocular, iris y pupila cristalinas. Las pestañas largas y firmes. Recorrió por porciones el resto de su rostro. Labios carnosos y rosados, mentón estable sin rastro de papada. Ausencia de arrugas en frente y comisuras de la boca. No dejaba de acariciarse con la zona externa de los dedos, la piel suave como seda. Intentó en vano conseguir una panorámica más amplia pero el pedazo de cristal no era lo suficientemente grande. Eso, junto con lo escaso de la iluminación, hacía del todo imposible ver más allá de una sombra. No dejó de sorprenderse cuando comprobó el resto del cuerpo. Senos firmes, vientre liso, caderas estrechas y glúteos duros. La piel estirada como la membrana de un tambor.
Se puso de pie y comenzó a pegar pequeños saltos. ¡Su pierna estaba sana! Ni rastro del dolor, salvo el pinchazo de un esquince leve.
No era Maria supersticiosa en exceso, nunca hizo demasiado caso a los cuentos sobre meigas y aquelarres. Como todos, había requerido en muchas ocasiones los servicios de curanderos y supuestas brujas. No le parecieron otra cosa que charlatanes que sabían algunas cosas sobre plantas y sus remedios. Ungüentos y brebajes que sazonaban con "condimentos" estrafalarios a los que atribuían propiedades mágicas, era todo lo que ofrecían. Eso y colocarte algún hueso en su sitio cuando era necesario. Si conocía María la existencia de hongos capaces de hacerte perder la razón e incluso la vida.
"¡Ese buhonero hidepu! ¡Ese mal nacido me ha envenenado! Algo debió de echar en el vino que me hace tener alucinaciones. ¡El no probó un sorbo de la copa! Si, eso es... Estoy embotada, me ha drogado con algún tipo de ponzoña. De no morir se me ha de pasar en unas horas." Esos pensamientos la tranquilizaron, nada de lo ocurrido era real. A buen seguro que el muchacho seguía en la cama durmiendo la mona tan tranquilo. ¡No! Algo no cuadraba en aquella explicación. ¡Su pierna! Decidió hacer una arriesgada comprobación. Ni todos alucinógenos del mundo conseguirían evitar que cayese al suelo si intentaba saltar a la pata coja con su extremidad tullida.
Primero dio saltitos como los de un gorrión sin mayor dificultad para, a continuación, ser más osada y brincar como un posesa. ¡Nada! ni un ápice de dolor, solo el del esquince y ese era en su otra pierna.

"No sé qué temer más, si a despertar decrépita y tullida o a perderme en este sueño homicida y absurdo. Tantos son los pecados que adeudo, que he de pagarlos en el infierno de la duda. Si es burla o castigo ahora ya no importa, no estando mi pierna rota he de correr a toda prisa y alejarme de esta pesadilla antes de que arrecie y me vuelva del todo loca. Ya clarea el día, he perdido demasiado tiempo y a buen seguro que los soldados han echado la puerta abajo y encontrado los despojos de su compañero. Aqui es el primer lugar en el que han de buscar los alguaciles y tendré que dar muchas explicaciones si me encuentran. Peor que la soga ha de ser la hoguera si les cuento la verdad de lo ocurrido."
Recompuso el espejo con los fragmentos mas grandes y quedó del todo atónita ante su propia imagen. "Es cómo si el tiempo hubiera retrocedido 30 años. Esta soy yo de cuando pánfila e ignorante. Una chiquilla de carnes turgentes y suaves. Cabello largo y abundante, rostro inocente..." Se rió entre dientes. ."Solo en lo aparente, que debajo de la fachada impoluta, se ocultan los cimientos, hundiéndose en el lodo del odio más abyecto. Tras esta imagen poco hay en verdad de la inocencia que refleja el brillo de mis ojos. No es ilusión, estúpido espejismo tras el que corren los jóvenes hasta que el sol les quema la piel y los llena de arrugas. Es el brillo del poder que me otorga la unión de la belleza con la experiencia y fruto de esa unión han de dar a luz a mi venganza.
Estaba perdiendo en divagaciones un tiempo precioso. Se vistió y sujetó la bolsa de monedas con un cordel que se pasó por el cuello a modo de collar. Quedó oculto su preciado salvo conducto a una nueva vida entre el canalillo de sus pechos.
Asomó el hocico entre la rendija de la puerta semi abierta para comprobar que nadie la viese salir. Todo despejado, incluso el cielo que lucía limpio de nubes por fín. Nunca le había parecido tan hermosa la luz del día, se sintió llena de vida y esperanza. "No bajes la guardia, no te las prometas tan felices antes de salir de la villa." ¿Que podía salir mal? De estar buscándola la justicia, nadie la reconocería ahora. Podía caminar sin miedo a ser apresada. ¿Quién podría sospechar de aquella tierna jovencita?
Pronto la triste realidad, de que una mujer jamás está segura caminando sola, la despertó de forma cruel de su dulce sueño. Era de madrugada y las calles estaban vacías de gentes temerosas de Dios, más no de aquellos que no lo tenían demasiado en cuenta. Dos individuos le cortaron el paso, situándose el primero (grande, calvo y desdentado) frente a ella. El segundo (más menudo pero igual de desagradable) a su espalda, le impedía una posible retirada.
- Un pequeño gorrión se ha caído del nido. ¡Que comprometida situación estando estos callejones atestados de gatos! Suerte que estamos aquí para cuidar de vos y de vuesas pertenencias. - El desdentado sacó una navaja, lucía el metal al tiempo que crujían los 7 muelles. Una vez que la hoja estuvo libre, el desdentado la dirigió al cuello de la aterrada María. La introdujo entre piel y cordel y tiró hacia arriba por la parte sin filo. Con una habilidad digna de elogio, pasó el hilo por la cabeza de la muchacha, lo lanzó al aire y con reflejos de felino atrapó al vuelo la bolsa de monedas.
- Veamos lo que tenemos aqui... - Sus ojos se abrieron como platos, no esperaba conseguir semejante botín de una palurda. Su compañero no fue ajeno a su sorpresa y se apresuró a preguntar.
- ¿Cuanto lleva la rapaz?
- ¡Es mio, devolvédmelo hijos de puta! - Pudo más la indignación de perder su "futuro" de una forma tan absurda, que el miedo que le infundian los dos malhechores.
- ¡Carallo, menudo genio se gasta la meniña! Vamos ha tener que lavar esa boca tan sucia. - El "seco" perdió la curiosidad por lo robado, más interesado en la propia María que en la bolsa de monedas.
- Seguro que esconde muchos otros "tesoros" debajo de ese vestido. - Se apresuró el calvo a tomar la iniciativa.
María sabía perfectamente que es lo que había de pasar a continuación. Un día atrás se habría abierto de piernas, cerrado los ojos y esperado a pasar el mal trago lo antes posible. Hoy era totalmente diferente, volvía a respetar su cuerpo, a respetarse a si misma y no soportaría que la historia se repitiera, que volvieran a forzarla y a humillarla.
- ¡Quedaos con la plata! Disculpad mis modales, es vuestra. No diré nada os lo juro, no os denunciaré pero dejadme ir.
- ¡Claro que no nos has de denunciar, zorra! - El más grande se puso muy violento. - ¿De donde habría de conseguir una andrajosa como tú todo este dinero, si no es robando o jodiendo?
María intento derribar al flaco para escapar, pero era mucho mas fuerte de lo que aparentaba. La agarró por las muñecas apretando con fuerza. el dolor la inmovilizó. El aliento de aquel tipo le revolvió el estómago.
- Mira como se retuerce la rameira. Se me ha puesto enhiesta solo de pensar en lo que ha de ser capaz de hacer con ese cuerpecito.
- ¡Aparta desgraciado, a esta he de catarla yo primero!
El flaco obsequió a su compañero con una mirada de odio profundo, más no se hizo de rogar y empujó a María a los brazos del calvo.
Aquel animal la obligó a abrir la boca y a enseñarle los dientes.
- Tiene todas las piezas. - La arrojó violentamente al suelo quedando postrada de rodillas. - Mucho cuidadito con lo que haces con ellos. - Volvió a ponerle la navaja en el cuello mientras con la otra mano se bajaba los calzones.
María comenzó a llorar.
- No por favor, no me obligue a hacer eso.
- ¿Sabes lo que pretendo? Eso es que ya lo has hecho otras veces. - El falo de aquel miserable emergió tieso como un palo frente a la cara de la desdichada mujer. - ¡Ahora abre la boca!
- ¡Viene alguien! - Alertó en susurros el flaco. El otro individuo se subió los calzones apresuradamente. El soniquete de los cascos de un caballo acercándose es inconfundible. El calvo levantó del suelo a María y apretó la espalda de la joven contra su pecho. La punta de la navaja presionando en el hígado. - Hazte la lista y te la hundo! Ni una palabra...¿Entiendes?
El jinete se detuvo y el tiempo parecía haberlo hecho con él. En la espera, por el contrario, pasaron por la cabeza de María las ideas a un ritmo vertiginoso. Sopesó mil y una posibilidades pero ninguna le pareció adecuada. Clamar auxilio, probablemente, sólo serviría para poner en fuga al recién llegado y a ella clavada a la navaja del calvo. La tenía bien sujeta entre sus brazos y revolverse, sin duda, acabaría con el mismo resultado. Bajo su manga derecha amagaba un estilete, del que (por experiencia) jamás se separaba. En más de una ocasión la había sacado del aprieto, blandiéndolo ante los reacios al pago como contra aquellos que pretendían regatear lo ya acordado de antemano. Inmovilizada como estaba, su única posibilidad sería dejar que descendiera hasta su mano y clavarlo con fuerza en la pierna de su captor. Con suerte el dolor de la punzada haría que la librase, más de no ser así, serían sus propias carnes las que acogerían el filo del cuchillo de aquel mal nacido. Asumiendo que el emplear la fuerza, no solo sería inútil si no también contraproducente, optó por la palabra insidiosa, pues solo la traición y el engaño tenían cabida en aquella situación. La incertidumbre de la espera se hacía angustiosa tanto para ella como para sus captores. Lo notaba en como se contraían los músculos del calvo y en el rechinar de los dientes de su compinche.
Giró la cabeza para que sus labios quedaran lo más cerca posible de la oreja del desdentado.
- ¿Vais a renunciar a esa pieza? - Comenzó a susurrarle. - Es claro que ha de dar media vuelta, que ya está alerta y no continuará sin la ayuda de un cebo. Vos tenéis la caña y la carnaza. ¿Os conformaréis con llevar a casa el gusano pudiendo atrapar a un buen besugo? De mi tenéis la plata, que no es mucha, y lo más que podéis arrebatarme ahora es la honra, que vale bien poco. Buen ojo os dió Dios para reconocer a las personas, habéis visto en mi a una zorra y eso es lo que soy. Puedo compartir con vos las ladillas, o algo peor, pero seguro que ese jinete tiene cosas de más valor que mis enfermedades. Permitid que yo me ocupe de atraer al incauto, después dejad que marche por donde vine. Yo solo seré un poco más pobre pero conservaré a vida, que no soy tonta y sé que no habéis de dejar testigos. Después de convertirme en cómplice no tendréis que preocuparos de que se desate mi lengua ante ningún juez.
- ¡Callad mala puta si no queréis que os corte esa lengua y así quedar seguro de vuestra incapacidad para delatarme a mi ni a ningún otro! ¿Pensáis que soy un estúpido? Solo por eso os he de rebanar también los dedos para que tampoco podáis señalarme. Dejad de hablar y quizás conservéis la vida y esas ladillas no se queden sin una casa donde morar.
El traqueteo de los cascos se reanudó pero en la dirección contraría hasta dejar de ser audible.
- Se os escapó. Vuestros despotriques lo han ahuyentado.
- Está clareando, pronto estas calles se llenaran de gente, es mejor que nos retiremos a un lugar menos concurrido donde dar su merecido a esta golfa.
El calvo estuvo de acuerdo con el canijo. Entre ambos la llevaron arrastras sujetándola por los brazos.
Al cruzar la primera esquina se dieron de bruces con la figura de un desconocido. El capote lo cubría del cuello hasta los tobillos quedando solo a la vista unas botas brillantes, todo lustre salvo por el barro adherido a las suelas. Al contrario que el cuerpo, su cabeza estaba al raso. Era un hombre joven de pelo abundante y cuidado, bien peinado a la moda austera de los hidalgos. Al contrario de estos no lucía mostacho ni perilla, el rostro barbilampiño de un niño, cómo también los ojos curiosos de cachorro, disimulaban su verdadera edad. Una mirada más exhaustiva a su constitución, a sus hombros anchos y a su cuello grueso, constataban más años de los que aparentaba. Le pareció a María un hombre guapo, aun en aquella situación tan complicada, no fue capaz de apartar la mirada de aquel rostro, de aquellos labios carnosos húmedos como fruta fresca cubierta de rocío.
El calvo señaló con su navaja al recién llegado estirando el brazo sobre el hombro de María. - Ve a ver que guarda ese petimetre bajo la capa. - Ordenó a su compañero que obedeció raudo. Puñal en mano se dirigió hacia el joven para detenerse a medio camino.
- No es necesario que vuestro perro se acerque más. - Su voz sonó tranquila y segura. - Yo mismo os lo puedo mostrar. - Apareció su mano izquierda de debajo del capote, lo apartó a un lado quedando al descubierto el cinto y la funda donde cobijaba una espada. - Podéis apreciar que mi "cuchillo" es más largo que los dientes de tu mascota. Soltad a la moza y tengamos la fiesta en paz antes de tener que lamentar heridos.
- Muchos aires se da el imberbe. ¡Pinchalo de una vez y acabemos con esto!
El flaco miró al otro secuaz esperando ayuda. Su rival acababa de desenfundar un florete y se adivinaba muy afilado.
- ¡Vamonos, este tipo no se amedrenta!
- ¡Cobarde del demonio, nosotros somos dos y el está solo!
- Oh, que no os preocupe el pensar que la justa no es ecuánime. - Dijo el desconocido sin disimular la sorna. - Cierto que sois dos y no menos cierto es que yo dispongo de dos manos para no dejar a ninguno sin su justa recompensa. - Apartó a un lado el capote con la mano derecha en la que empuñaba una pistola.
Ante la visión del arma, el calvo volvió a atrapar a María entre sus brazos amenazando su garganta con la navaja.
- ¿Quién os dio vela en este entierro? La rapaz nos adeuda cuentas que ha de saldar más que os pese.
El "canijo" alternaba miradas, pasaba del rostro de su compañero a la pistola del joven de forma cada vez más inquieta.
- ¡Larguémonos! - Imploró. - Con tanto grito vamos a atraer a los alguaciles.
- Hagamos un trueque, vos deja libre a la muchacha y yo no le vuelo la tapa de los sesos a tu amigo. Hay poca luz pero la distancia no es tal como para que erre el disparo. Con él en transito al infierno vos y yo nos las tendríamos que ver cara a cara y os aseguro que sé como emplear una espada.
-¡Por lo más sagrados, haz lo que te pide y vayámonos de una vez!
- ¡Si movéis un dedo la rebano el pescuezo! - La punta de la navaja hizo una pequeña herida en el cuello de la joven.
- ¿Y con qué comerciaríamos entonces? - Le chistó meneando la cabeza hacía los lados.-  Eso no sería una buena idea.
- ¿Quieres comerciar? Comerciemos entonces. ¿Cuanto ofreces por ella?
- Tu vida y la del otro.
- ¡Ni hablar! Esta se viene con nosotros. Si la suelto nada os impide matarnos.
El calvo la agarró del brazo y tiró de ella obligándola a retroceder. Solo tuvo que ofrecer un poco de resistencia para que su captor hubiera de ayudarse de su otra mano. Con la navaja lejos de su garganta era la oportunidad que tanto llevaba esperando. Lo apuñaló en la pierna con el estilete y corrió hacia el joven esquivando al individuo flaco. Los delincuentes corrieron en dirección opuesta. El delgado dejó atrás a su compañero enseguida, renqueando y doliéndose de su pierna, el calvo también desapareció tras de una esquina.
- ¡Señor! . Imploró María a su bienhechor. - Se llevan todo lo que tengo, ha de darles alcance y recuperarlo, os lo ruego. - Se empleó a fondo, aplastando sus cuerpo contra el del joven, pretendiendo que el calor de la proximidad avivara el la libido del hombre y lo animara a perseguir a los ladrones en la esperanza de una postrera recompensa.
- Conserváis la vida y la honra, todo lo demás es reemplazable. - Debía de aplicarse más, hundió la cara en el pecho de él y comenzó a llorar en busca de su compasión. Lo rodeó con sus brazos y ahora eran sus pechos los que restregaba sin ningún pudor.
- Todo han sido desgracias desde que llegué a la villa. - Levantó la cabeza buscando que sus ojos se encontraran. Los de ella inundados en lágrimas, los de él cayeron en la trampa y tuvo que apartar la mirada.
- Hemos tenido suerte, los pillé por sorpresa, más ahora lo prudente es alejarse de aquí cuanto antes.
- ¿No vais a ayudarme?
- ¿De que ayuda habré de serviros si me dan muerte al girar la esquina? Allí es seguro que me aguardan para lavar con mi sangre la afrenta que les dispensé.
María lo pensó un instante. Se separó del joven, lo vio como a quien la había salvado y no como a un instrumento con el que conseguir sus fines. Dejando de lado el egoísmo.dio por perdidas sus monedas.
- ¿Que va a ser ahora de mi? - Se afligió de forma honesta.
- Lo mejor es que vayamos a un lugar más seguro, dejé mi montura a una calle de aquí. Podréis contarme vuestras penas entonces, si permitís que intente resarciros la perdida con un desayuno caliente.
- Vos sois el jinete al que pretendían emboscar. Estáis de suerte, esos canallas os habrían asesinado por vacear vuestros bolsillos. Sin duda contáis con un ángel que vela por vos y os instó a dar media vuelta.
El joven sonrió, una sonrisa un tanto malévola que dejó perpleja a María.
- Nada ha tenido que ver la suerte, como tampoco ángel alguno. He de confesar que os he estado siguiendo.
- ¿A mi? ¿Y con qué intención? Me estáis asustando, sería una macabra broma del destino que hubiera saltado de la sartén para caer al fuego.
- Nada habéis de temer de mi. Al veros caminar sola de madrugada por unas callejuelas tan oscuras, una voz en mi interior me dijo que debía de cuidar de vos.
- Es por mi entonces por quien velan los ángeles y os han enviado en mi ayuda. - María se dio cuenta de que estaba coqueteando. No debía de parecer una joven descocada, mejor aprovechar su apariencia inocente y desvalida si quería sacar algún provecho de la situación.
- En verdad que tengo mucha hambre. - Mintió, aun se le repetían las sardinas de la taberna de pescadores. Pensó que todo lo que aquel joven tenía de gallardo y apuesto lo tenía también de confiado. Su compañía le brindaría protección y tal vez incluso la ayudase a salir de Vigo.
- Perdonad mi descortesía. - Hizo una leve reverencia. - Un caballero no se ofrece a una dama sin antes haberse presentado. - Mi nombre es Alberto.
La muchacha se río con ganas. - Si es por eso no os preocupéis, yo no soy ninguna dama. - También ella hizo una graciosa reverencia alzando los bajos de su vestido. - María es el mio. - Hacía tiempo que aprendió, que lo más hábil para un embustero era no mentir sobre el propio nombre. Si no se tiene buena memoria es fácil que al pasar las horas, más si se ha abusado del vino, uno mismo se bautice varias veces la misma noche quedando en evidencia su condición de farsante.
- No hay otro nombre más hermoso que el de la madre de Dios.
- También es nombre de ramera, nadie se acuerda de la Magdalena.a la hora de hacer alabanzas. - "Cuidado, cuidado estúpida, que tu lengua no te delate. No te comportes como la furcia de antaño, ahora eres un polluelo recién salido del cascaron y los pollos no cacarean solo pian inocentes.
- No le importó eso a Jesús y tampoco yo soy quién para juzgar a nadie.
- ¿Siquiera a los miserables que pretendían daros muerte para robaros?
- No está en mi mano, si ha de ser así, recibirán su merecido cuando Dios lo crea oportuno.
- Sois un hombre piadoso.
- Y vos una jovencita muy extraña. Para ser alguien de tan corta edad, albergáis en vuestro corazón demasiado odio.
"Céntrate y no pierdas los papeles que este comienza a sospechar. Si te has de morder la lengua no lo dudes, hasta hacerla sangrar antes de volver a meter las manos en mierda."
Tanto se la mordió que quedó en blanco sin saber que responder y por una vez, sin que sirviese de precedente, fue la guardia en su ronda la que la libró de la incómoda situación.
- Buenos días nos dé Dios.
- Buenos días oficial. - Le respondió Alberto al que comandaba el grupo.
- Mucho madrugamos. ¿Que se les ofrece a tan tempranas horas por estos lares?
- De visita a los padres, más ya regreso a Santiago antes de que en la notaria me echen en falta.
- ¿Sois notario?
- Secretario de su excelencia don Florian Paez Mosquera, fedatario de Compostela.
- ¿Es vuestro el potro tordo que anda por ahí suelto?
- ¡Inquieto animal! Ha debido de soltarse de dónde lo amarré.
- Vaya por él antes de que haga algún destrozo o alguien lo robe, que no son calles ni horas para hacer manitas.
- Mis disculpas señor capitán, voy por él de inmediato.
- Soy cabo mentecato.
- De nuevo me disculpo, y hablando de los amigos de lo ajeno, aquí a la señorita la acaban de robar dos rufianes. Seguro que no andan lejos.
Lo último que quería María era tratos con la justicia.
- Nada tan importante como para hacer perder el tiempo de estos buenos señores. - La respuesta de la joven dejó perplejo a Alberto. No hacía ni unos minutos que le había suplicado que arriesgara la vida para recuperar lo robado.
- ¿Está segura señora? No hay robo pequeño como tampoco soga lo suficiente estrecha para el cuello de los criminales.
- Quiero olvidar el miedo que he pasado, de atraparlos, no tendría estómago para enfrentarme a esos canallas.
- Nada ha de temer señora, pasé mañana por los calabozos, seguro que les echamos el guante. Usted los identifica y la justicia les dará su merecido.
- Así lo haré. - Forzó la sonrisa.
La tropa pasó de largo para seguir con su ronda. Alberto no fue indiferente a como la excitación de María decrecía a medida que los soldados se alejaban.
- No os entiendo, podéis recuperar vuestro dinero y ahora parece no importaros.
- Era la rabia por la impotencia ante sus abusos la que me hizo comportarme de esa manera, en realidad no era más que calderilla y vos me habéis enseñado que no es a nosotros a quien corresponde juzgar.
. Realmente sois una joven muy extraña.
- Una última cosa. - El cabo de la guardia había regresado sobre sus pasos, a María se le heló la sangre. - ¿Han visto a una ramera? Es fácil de reconocer por su cojera.
- Siento no poder ser de ayuda, a ninguna mujer vi caminar por las calles salvo a esta joven.
- ¿Ella no viaja con vos?
- No, ha sido un agraciado encuentro. - Alberto la sonrió y a ella le costó horrores disimular el desprecio que comenzaba a procesarle.
"Patán del demonio, vas a conseguir que me cuelguen."
- Nunca antes te había visto por la villa. - Inquisitoria la mirada del cabo.
- He venido desde Porriño a servir.
- ¿Y quién os acoge?
María se vió entre la espada y la pared, no se le ocurrió otra cosa que echarse a llorar.
- Tengo que mandar dinero a casa, somos muy pobres. Llegué hoy pero nadie quiere por sirvienta a una campesina. He llamado a muchas puertas y todas se han cerrado en mis narices. - Entre gimoteos y mocarreras, no pudo evitar pensar en que quizás erró al decantarse por el oficio de meretriz, que como actriz habría llegado mucho más lejos.
- Señor, señor, cuanta ingenua llega con lo puesto en pos de honrado sustento para acabar vendiéndose en las calles. Regresa a tu aldea chiquilla ahora que estás a tiempo, mejor pasar hambre que acabar de puta como esa a la que buscamos.
El soldado siguió su camino.
- ¿Por qué buscan a esa mujer? - Preguntó curioso Alberto. - No suelen las pobres putas suscitar tanto interés por la guardia.
- Eso no es asunto de usia. - Se limitó a responder el cabo.

Encontraron al jamelgo dando buena cuenta de unos geraneos que alguien echaría en falta al despertar, mejor abandonar el lugar cuanto antes. Alberto conducía por las riendas al animal que lo seguía dócil, la joven caminaba junto a él un poco rezagada. La presencia de la guardia habría puesto en fuga a los maleantes por lo que no habrían de preocuparse de mas desagradables encuentros.
María respiró aliviada l comprobar que se alejaban del barrio de pescadores y de su cantina para dirigirse al casco nuevo de la ciudad, a la zona pudiente dónde se afincaban los comerciantes más ricos.
Tal como la había prometido, le pagó un copioso desayuno a base de pan recién hecho y embutidos de buena calidad. No necesitó María de mucho esfuerzo para brindarles un hueco en su estómago.
Alberto apenas probó bocado, la contemplaba en silencio. La forma como la  miraba, aun no siendo lasciva, la puso muy nerviosa. Sentía que intentaba desnudarla, no de las ropas si no de lo que ocultaba en su cabeza., indagando en cada uno de sus gestos en un intento de descubrir qué de extraño había en la muchacha. Sabía que no tardaría en comenzar un velado interrogatorio en forma de despreocupada conversación. Debía de apurarse en idear una historia convincente con la que apaciguar su curiosidad y sus sospechas.
Que diferente era aquel hostal de la taberna de pescadores, olía a pan recién orneado, al salado aroma de los perniles que colgaban del techo. Todo estaba limpio y apenas rondaban moscas molestas. Siendo aun muy de madrugada, los acompañaban tan solo la posadera, el dueño y una familia que esperaba que saliera la diligencia hacía Santiago.
- Habladme de esas desgracias que mencionaste, de cómo vuestros pasos os condujeron hasta el desafortunado encuentro con aquellos facinerosos.
María se bebió de un trago el cuenco de leche con el que acompañaba a la pitanza, un resto blanco quedó adherido al rededor de su boca. Se limpió con la manga dejando en evidencia sus modales de campesina. En realidad todos sus gestos estaban cuidadosamente estudiados para dar esa impresión.
Optó por una historía que conocía bien por haberla puesto en práctica hacia ya muchos años cuando en su aldea natal aun no sabían del modo en el que se ganaba la vida.
Forzó la expresión y las palabras para que Alberto no notara que las lágrimas en sus ojos se debían más a la risa que a la tristeza.
- Llegó a Porriño, allá por primavera, una que fue vecina nuestra. Fuimos amigas de niñas, jugábamos juntas y nuestras familias se llevaban bien. Se presentó en casa con ropas limpias y nuevas para hablar con padre. Ella marchó a servir hacía cosa de un año y le contó que sus señores se habían mudado a una casa más grande y necesitaban de otra miñona para las tareas. Padre no cabía en si de gozo y corrió a buscarme al campo. Me llevó ante mi amiga, estaba muy guapa con aquellas prendas de ciudad y yo acepté enseguida su proposición deseando poder lucir como ella.
Se puso muy contenta y nos dijo que regresaría de inmediato para hablarle de mi a sus amos, pero antes de marchar me miró reticente. - No puedes presentarte ante ellos de esa guisa. ¿Que iban a pensar de ti? ¿Como he de responder yo por vos si apareces en la puerta ataviada como una mendigo? - Todos nos apenamos mucho, ya he mencionado que somos muy pobres y ese trabajo podría aliviar nuestras necesidades. Se mostró en todo momento muy amable, así que cuando se ofreció a comprarme ropas en la ciudad, padre echó mano de lo poco que teníamos y no dudó en entregárselo.
Pasaron las semanas y nada sabíamos de mi amiga. Padre habló con el de ella pero este le dijo que su hija nunca los visitaba desde que marchó y se extrañó mucho de que hubiera pasado por casa de sus vecinos sin pararse en la propia.
Llegó el otoño y no podíamos hacer frente a las deudas así que mi pobre padre puso en mi mano sus últimas monedas y me encomendó marchar a Vigo en su busca. Teníamos una dirección que ella misma  nos dio, más al llegar al lugar me he encontrado que allí no hay casa alguna.
No puedo regresar de vacío, menos si cabe ahora que esos mal nacidos me robaron. ¿Que va a ser de mi, que va a ser de mi familia ahora?
Su relató se le antojó tan convincente que incluso sintió verdadera pena por los pobres incautos a los que engañó tiempo atrás con aquella patraña. ¿Que habría sido de ellos?
Alberto se lo tragó sin tener que pasar saliva. Se puso muy serio, apiadándose de quien creía victima del engaño de una desalmada.
- ¡Es terrible! Vivimos días aciagos en los que no podemos fiar siquiera en quienes fueron amigos en la infancia. No tienen perdón, por mucho que el hambre pueda ser en gran medida responsable de sus actos, quienes se aprovechan de la miseria de otros tan o más pobres que ellos.
"Son los crédulos como vos los únicos responsables, que el hambre no entiende de amistades y nada silencia mejor las conciencias que una barriga llena." María no acababa de encontrar la medida justa para que sus llantos no parecieran exagerados.
- Dios aprieta pero no ahoga, cuando nos cierra una puerta siempre deja abierta otra. - El joven la sonrió, una sonrisa limpia y sincera que a María no le inspiró otra cosa que desprecio - Yo os puedo dar ese trabajo que tanto necesitáis. Mucho hace que vivo solo y mi hogar está descuidado. Ambos saldremos ganando, vos me libráis del polvo y a cambió yo os ofrezco techo y comida. El mio no es oficio que me brinde grandes riquezas, pero puedo retribuiros en la medida de mis posibilidades.
- ¿Por qué he de fiarme de vos? ¿Porqué fiar en un desconocido cuando a quien creía un amigo me ha engañado?
- No puedo reprocharos el recelo después de lo vivido. Soy sincero cuando os digo que soy un hombre honesto. Darán fe de mis buenas intenciones aquellos que me conocen. Mi oferta se queda en el aire, más en breve saldrá hacia Santiago la diligencia y yo he de partir con ella sin falta.
No había sido otra la intención de María que la de encontrar a un primo que la sacara de Vigo. Fingió dudar unos instantes antes de aceptar.

Y así fue como María, la coja, la puta, la ladrona, escapó de Vigo llevando consigo tan solo sus pecados. En el carruaje viajaban apretados ella y su joven señor junto a la familia del hostal. "Cabeza de familia" podría llamar al marido por parecer un alfiler, gorda la testa y talle enclenque, encías más visibles que los dientes y nariz aguileña. Tras de unos lentes gruesos, también los ojos parecían desproporcionados en tamaño. Afable y dicharachero, no obstante no cabía a engaño, que su desagradable aspecto se debía en buena parte a la mala vida que le dispensaban mujer e hijas. Orondas las tres, no debían de dejar nada en la mesa con lo que el desdichado "cabezón" engañase al estómago. Las niñas no paraban de importunar peleando entre ellas, gritando constantemente e incordiando a Alberto, que demostró la paciencia de un santo no cruzandolas la cara. Buena falta les hacía a ambas una bofetada que las pusiera en calma. Tampoco estaría de menos algo de ejercicio y ayuno para rebajar las grasas y si por María hubiera sido, una patada que las arrojara fuera del carro para ganar espacio.
No dejaba la mujer de echar en cara a su marido su exceso de labia, rogando que dejara en paz a su acompañante. Entre reproches y sin ningún disimulo, coqueteaba con el guapo Alberto no desaprovechando ocasión ni excusa para tocar las manos o sobre las ropas del fornido joven.
Ninguno parecía tener en cuenta a la campesina, que guardaba silencio abstraída en sus pensamientos, salvo quizás (en algún momento), el calzonazos que intentó en vano entablar conversación. Siquiera los estridentes gritos de las mocosas hacían mella en su indiferencia, nada de lo que ocurría a su alrededor parecía interesarle. Recatada en las formas, evitando que el lenguaje de sus gestos delatase otra condición que no fuese la de palurda mojigata, estaba sentada con decoro. Piernas muy juntas, las manos reposando sobre las rodillas, la cabeza gacha y el pelo recogido. En verdad parecía una chiquilla del todo inocente. Podía parecer que su mutismo era debido a la timidez, o a tener clara su condición inferior. De poder mirar en su interior habrían visto sin dificultad las enormes cicatrices que poblaban sus entrañas. De ser capaces de entrar en su cabeza, sin duda se habrían horrorizado. De haber conseguido penetrar en su alma, a toda prisa hubieran huido muy lejos.
María ya no sabía si todos sus recuerdos se debían a una pesadilla de la que acababa de despertar, o si era este presente el que soñaba. No podía sacudir de su mente la imagen del soldado, muerto sobre el lecho, hecho un adefesio demacrado y viejo cuando hacía un instante apenas era un crío.
No podía ser real, nada de lo ocurrido podía serlo. Se acarició con la yema de los dedos su otra mano. Todos sus sentidos la engañaban: el tacto cuando sentía la piel suave, la vista al verse joven, el oído cuando no le llegaban los insultos y el desprecio de quienes la rodeaban, el olfato siendo su transpiración ligera y su aliento fresco, el gusto... El gusto renovado por la vida.
- María, que Dios tenga en su gloria, era la única reina legitima de Inglaterra. De seguir viva esos apostatas, con Isabel a la cabeza, estarían ardiendo en el infierno y nuestro buen monarca no tendría que derrochar vidas y medios para erradicar su herejía. ¿Sabía usia que Felipe ha reunido a toda la flota en Lisboa? Una armada que deja en nada a la empleada por ambos bandos en Lepanto. Sus velas cubrirán el horizonte a su llegada a las costas de la pérfida Albión, cargadas las naves con los tercios de Flandes que embarcaran en el canal de la Mancha y el mar del Norte. Van a pagar muy cara la muerte de la Estuardo y todas sus iniquidades. Colgaremos del palo más alto a ese pirata de Drake y nos resarciremos de lo robado saqueando las islas a sangre y fuego.
- Deja de aburrir a este buen señor con tus discursos. ¿Si tantas ganas tienes de verter la sangre, porque no vas y te enrolas? Seguro que en las filas del emperador hacen falta muchos buenos cristianos como tu y en el cielo San Pedro los aguarda con las llaves en la mano.
- Deja, mujer,  la política a los hombres y haz que tus dos hijas paren quietas de una vez. Perdonad a mi esposa, ya sabe usía que las mujeres tienen la lengua más ágil que la cabeza y hablan sin pensar en lo que dicen. De buena gana me alistaría pero, por estrecho de pecho, que el ejército me ha negado la entrada en varias ocasiones.
Su esposa estalló en carcajadas. - Cierto que vuestro pecho no abarca lo que vuestra cobardía. No intentéis escudaros tras tan patética excusa, que este buen señor no ha de ser tan crédulo como para pasarse tamaña tontería. Aquí donde lo veis... - La mujer rechoncha se dirigió a Alberto. - ...tantos aires patrióticos que se da, es la primera vez que sale de Vigo. No ha hecho otra cosa este, que regentar el taller que heredó de su padre y que, por cierto, es el motivo de nuestro viaje el pedir un crédito en Santiago ( dónde nadie lo conoce) para paliar su "buen hacer" en los negocios.
- ¡Me estás avergonzando delante de este caballero!
- Más ha de avergonzarte el habernos llevado a la ruina. ¿Que va a ser de nuestras hijas? - La mujer comenzó a gemir.
El cambio de rumbo en la conversación sacó a María de su ostracismo. Miró a las niñas y las imaginó sucias y escualidas mendigando descalzas por las calles mientras su madre se dejaba la piel de las rodillas fregando suelos. Por el hombre, sin embargo, sintió pena y le auguró una muerte rápida en el garrote vil por moroso. Levantó la mirada para empaparse en las lágrimas de la señora gorda, se deleitó en la vergüenza de su marido, pero sobretodo, disfrutó de las caras de temor de las hijas que por fin dejaron de alborotar. Poco duró la paz, ahora eran las tres féminas las que lloraban como plañideras en velatorio de acaudalado, sin que el "alfiler" fuese capaz de calmarlas.
- Acudir a usureros es la mejor forma de anudarse la soga al cuello. - Alberto intercedió por hombre dirigiéndose a la esposa de este. - Vuestro marido no anda desencaminado en lo que ha de acontecer, más yo dispongo de información que quizás os pueda ser útil. Como he comentado, trabajo en la notaría de Compostela y por mis manos pasan muchos documentos importantes. Sé de que nuestro buen rey está empleando más recursos de los que dispone para tan megalómana empresa y por ese motivo la corona se ha visto obligada a distribuir pagares con un rédito de lo más tentador. - La oronda señora puso cara de no entender nada, Alberto hablaba con ella pero sus palabras estaban destinadas a su esposo. - Mi consejo, junto con la advertencia de que la inversión no está exenta de riesgos pues es supeditada al éxito de la campaña, es que se hagan con una buena cantidad de ellos y en unos meses multiplicaran por cinco lo invertido.
Al comerciante se le abrieron los ojos como platos. - ¿Está del todo seguro de eso? - Exclamó excitado.
- ¿De la victoria?
- ¡No, no! La derrota de los herejes es inevitable estando Dios con nuestro emperador y su flota. Lo de quintuplicar el dinero.
- Quizás incluso más, pero ha de sopesar el riesgo, en este tipo de inversiones no hay que despreciar a la prudencia.
- Dudar del éxito es casi sacrílego. Tenemos la bendición del Papa de Roma, nuestra armada es el mismísimo brazo Dios. - Pasó a un estado eufórico y Alberto pudo ver cómo la avaricia se adueñaba del hombrecillo. -  Hipotecaré mi hacienda, el negocio, venderé mi patrimonio si es preciso para conseguir todos los pagares que me sean posibles. - Estrechó con fuerza las manos de Alberto entre las suyas. - ¡Amigo le debo la vida! ¿Con cuantos se ha hecho ya usía?
- Especular con la guerra no me parece algo ético. Mi trabajo me da lo suficiente para vivir con comodidad y no necesito de más. No hay que olvidar que han de morir personas en la contienda, de ambos bandos. Llamadme tonto si lo deseáis pero no me sentiría cómodo con un patrimonio manchado de sangre.
- Solo la sangre de los mártires es válida y como tales serán recibidos en el cielo. Dichosos los caídos por la Santa Iglesia Católica que podrán ver a Dios antes que yo.
- Yo nunca he visto a Dios pero se reconocer al demonio cuando habla por vuestra boca. - María no había soltado prenda durante todo el viaje hasta ese momento. Todos la miraron extrañados.
- No he entendido bien a esa moza. ¿Me ha faltado al respeto o son mis oídos los que me traicionan? ¿Me habéis llamado endemoniado?
- La codicia es una puerta directa al alma y por esa entrada se os coló el maligno. Tened en cuenta.  que cuando el demonio te tiende su mano siempre toma más de lo que ofrece. No permitáis que os ciegue el brillo del oro y no os deje ver el horror que es la guerra. ¿En que puede complacer a Dios la muerte prematura de sus hijos? Vos tenéis dos hijas, de seguir así no hallaran marido con quien desposarse, quizás con suerte algún tullido o lisiado, que curas y monjes no pueden casarse y son todo lo que ha de quedar en el reino.
- ¿Es vuestra criada esta deslenguada? - El "alfiler" fue incapaz de contener su indignación. - ¡Mejor estaba callada que escupiendo veneno! De no estaros agradecido por vuestro asesoramiento la denunciaría nada mas descender de la diligencia. ¡Atad en corto a esa arpía y ponedla un bozal antes de que os muerda y se extienda la ponzoña de su lengua por vuestra sangre! ¡Habrase visto tamaña desfachatez!
Fue la mujer del malhumorado comerciante la que acudió en auxilio de María antes de que Alberto pudiese reaccionar, tan sorprendido él como el "alfiler" por las palabras de su doncella.
- Recordad a vuestro primo, a como mediante engaño se llevaron a sus tres hijos al frente hace apenas un año. ¿Donde están ahora? Nunca más se supo y sin otros brazos que los suyos sus campos se secan al sol. Tan pronto habéis olvidado a vuestra hermana, su sufrimiento... era vuestro sobrino el que murió en Francia. Desde entonces agradezco a Dios que no nos haya dado hijos que pueda arrebatarnos el rey. ¡Vé tú a Inglaterra a luchar en nombre del emperador y de su Papa, pero deja a los hijos de los demás vivir en paz!
María empatizo con la señora gorda, tenía carácter y tal vez, solo tal vez si mantenía sujeto a su marido, saldrían del mal lance en el que estaban inmersos.
El viaje continuó en silencio, las niñas se durmieron y el matrimonio fingió hacerlo también. Alberto no dejaba de mirar a María con extrañeza. Esta, incómoda, decidió que simular una cabezada evitaría preguntas incómodas.
Pararon a comer en Pontevedra, y una segunda pausa para aliviarse y estirar las piernas tres horas más tarde. Oscurecía cuando llegaron por fin a Santiago de Compostela.
Alberto se despidió del resto de acompañantes y retomó su montura, que había viajado atada a rebujo del carruaje. Al pasar por la catedral no pudo María hacer otra cosa que maravillarse. Pidió detenerse para entrar, no para deleitarse en la grandilocuencia del edificio, sino con la intención de buscar al comerciante del bar de pescadores. Dijo que había de entregar el cáliz al obispo, con suerte lo encontraría y podría exigirle las respuestas que tanto necesitaba.
- Vas a tener mucho tiempo para visitar la catedral y a estas horas apenas estará iluminada como para poder disfrutar de ella como se merece una maravilla asi. Hay que descansar, el viaje ha sido largo y mañana ambos comenzamos a trabajar. - No quiso discutir, suficientes sospechas debía albergar el joven sobre ella como para infundirle más curiosidad.
La casa era grande, demasiado grande para una sola persona. Entraron, Alberto le enseño la alcoba en la que dormiría y se despidió de forma educada. Encontró sabanas y mantas limpias en una cómoda, hizo la cama con pasmosa lentitud, como intentando evitar todo lo posible el momento de acostarse y sumergirse en sus preguntas, preguntas que la asfixiaban por no hallar ninguna respuesta.
El colchón estaba mullido, relleno de lana que olía a limpio. El cansancio pudo con ella y cerró los ojos, se dejó trasportar en brazos de Morfeo.

Fin del primer acto.

viernes, 20 de julio de 2018

El jardín de la reina.

Cuentan, que hace mucho tiempo gobernaba en un lejano reino de oriente un monarca al que, por la abnegación en sus funciones de regente, sus súbditos llamaron "El Justo". Era tal su dedicación que nunca prestó atención a otra cosa que no fuese el bien estar y la felicidad de los habitantes del reino. Rodeado por el desierto, no tenía el rey enemigos que se disputaran sus tierras por pobres y estériles.
"El justo", no obstante, se había sabido rodear de hombres sabios, y del ingenio de estos, surgieron canales que transportaban la preciada agua desde pozos y acuíferos hasta campos y ciudades. Aquellas tierras, otrora yermas, eran ahora lo suficientemente fértiles como para que su pueblo nunca pasara hambre.
Solo había una cosa que preocupaba a sus vasallos, tanto a los poderosos como a los más humildes. El rey envejecía y aún no había tomado a ninguna esposa que diera al reino un heredero.
Demasiado ocupado promulgando leyes y administrando justicia, no tuvo ojos para mujer alguna. Más el amor no necesita de heraldos que lo anuncien y llega cuando menos te lo esperas. Siendo casi un anciano quedó prendado de una joven erudita, sólo la  enorme inteligencia de la muchacha era capaz de eclipsar su desmesurada belleza. Para sorpresa del monarca fué correspondido, cautivada ella por el carácter afable y los principios inquebrantables del rey "Justo".
Sabiendo de la debilidad que sentía su joven prometida por las flores, el monarca mandó embajadores al otro lado del mar, a las tierras del norte donde la lluvia caía abundante durante todas las estaciones.
Poco antes de la boda regresaron trayendo consigo  a Carlton y a su hijo Neakail, un chiquillo apenas destetado.
Carlton era jardinero y había trabajado para los reyes y los nobles más exigentes de Escocia. Su amada esposa había fallecido por la peste apenas pasado un año de dar a luz a su primer hijo. El jardinero, tremendamente afligido por la reciente pérdida, aceptó la oferta de los embajadores del rey, pensando que si se alejaba de su tierra natal hasta un lugar tan remoto y distinto, se atenuaría el dolor que le provocaba el recuerdo de su difunta esposa.
Dos semanas después de su llegada los pregoneros anunciaban la boda y un mes más tarde que la joven reina estaba en cinta. El júbilo se adueñó de las gentes y tampoco los regios consortes disimulaban su felicidad.
Pasaron nueve meses y el jardín estaba concluido pero la joven reina no podrá disfrutar del maravilloso lugar que había creado Carlton.  No hubieron festejos con la llegada del heredero, una niña fuerte y sana. Tan esperado acontecimiento se vio nublado por la tragedia de la pérdida de la reina consorte durante el parto.
El rey, destrozado, siquiera era capaz de mirar a su hija sin que los ojos se le inundaran de lágrimas.
Puso a la niña en manos de nodrizas y tutores y se alejó del dolor refugiándose en el trabajo. Sobreprotegida y sin una figura paterna que le inculcara los más básicos valores morales, pues sus tutores no osaban contradecirla o castigarla por no enemistarse con el rey, creció consentida y caprichosa.
La niña jamás abandonaba el palacio y el tedio la consumía durante la mayor parte del día. Solo había un lugar en el que era feliz, pues había heredado de su madre el gusto por las flores. A medida que crecía pasaba más tiempo en el jardín. Encontró en Carlton al padre que le negaban y en Neakail al único niño con quien jugar.
Fascinada por todas aquellas maravillas le preguntó un día al humilde jardinero por los secretos de su buen hacer.
- ¿Cómo consigues que broten tan hermosas de una tierra tan pobre?
- Las flores... - Comenzó a responderle. - ...al igual que las personas, necesitan un motivo por el que vivir. Necesitan del cariño y la compañía, necesitan sentirse amadas y respetadas...
- ¡Eso son tonterías! - Lo interrumpió. - Las flores no sienten, solo son... Pues eso, solo son flores.
- Es un error muy común pensar así. Quienes no son capaces de verlo, jamás podrán apreciar su autentica belleza. Me has preguntado por mi "secreto" y este no es otro que el de saber entenderlas, saber hablar con ellas.
- ¿Entenderlas, hablar con ellas? . La princesa puso cara de escepticismo. - No soy una niña pequeña, no intentes tratarme como a una tonta.
- Jamás osaría engañaros. Es cierto que se comunican, no con palabras claro está. Su lenguaje es mucho más sutil, pero no tanto como para que su alteza no pueda también aprenderlo.
- ¿Os consideráis mejor que yo?
El jardinero sonrió condescendiente. - No quise decir eso, Dios me libre. Hagamos una prueba, quizás así me creáis.
-¿Una prueba?
- Preguntadles algo, cualquier cosa, os darán respuesta.
- ¿Acaso pretendéis hacerme creer que pueden entender lo que les decimos?
- Ellas escuchan y saben muchas cosas, incluso acontecimientos que han de ocurrir. No solo eso, además nunca mienten.
Superada su reticencia inicial, la infantil curiosidad de la niña pudo más que su escepticismo.
- ¿He de preguntar a una flor en concreto?
- Cualquiera de ellas es valida, más podéis probar con las que llevan vuestro nombre.
La princesa se encaminó hacia unas lilas. Así quiso el rey llamarla, Lila, en un póstumo homenaje a su madre.
En una hora sería su fiesta de cumpleaños, ocho tiernas primaveras. Lo habían intentado mantener en secreto pero ella siempre se las ingeniaba para descubrir lo que tramaban en palacio. Aun así, ni todas sus habilidades intimidatorias ni sus numerosos "espías",  habían conseguido informarla de lo que habían de regalarle.
- ¡Tú, flor..! - Ordenó de forma enérgica. - ¿ Con qué porquería ha de defraudarme en esta ocasión?
Esperó un breve instante antes de girarse y gritarle su enfado al jardinero.
- ¡Sabía que era un engaño! ¡Eres como todos los demás, me tratas como a una niña tonta!
Carlton se acercó junto a niña y flores, se agachó a su altura poniéndose en cuclillas.
- Las has asustado con tus ademanes altaneros. - Su mano pasó muy cerca de los cabellos de la princesa. Por mucho cariño que la tuviera, ella era la futura reina y él solo un siervo. Se cuidó de no tocarla, en su lugar acarició con delicadeza los pétalos de las lilas. - Muestrales cariño y no dudarán en responder.
Lila hizo un mohín de desagrado, se encogió de hombros y tragó saliva.
- Esta bien, lo haré a tu manera, pero si me estás tomando el pelo has de arrepentirte y mucho. - Lo volvió a intentar suavizando el tono tanto como pudo. - Por favor flor, dime que han de regalarme para mi octavo cumpleaños. - En ese mismo instante se posó una abeja sobre los pétalos, enseguida llegó otra más pequeña y se pusó sobre el lomo de la primera. La niña las vigiló durante un largo rato, finalmente ambas reemprendieron el vuelo sin que la más pequeña se apeara de la espalda de la mayor.
Llegó su séquito a buscarla y se la llevaron a palacio. Al pasar junto al jardinero la princesa le dirigió una mirada asesina acompañada por un gesto inequívoco de "esta te la guardo".
La fiesta la presidió su padre. Como era habitual en él la trató con frialdad, dejando que fuesen los bufones y tutores, (en los que la princesa no hacía distinciones, poniendo a maestros y payasos en el mismo saco) los que se ocuparan de su hija. Solo se levantó del trono cuando sonaron las tubas y se abrieron las puertas del gran salón. Por ellas entró un lacayo arrastrando de las riendas a un precioso corcel árabe. Era de un pelaje negro que brillaba a la luz de las antorchas, un animal de una belleza sin par que dejó boquiabiertos a todos los presentes, incluida la princesa. El rey la aupó sujetándola por la cintura y la colocó con cuidado en el lomo del semental.
- Felíz cumpleaños hija mía.
La chiquilla no pudo evitar romper a llorar. El rey se enterneció pensando que era su regalo el que la había emocionado de aquella manera. Nada le podía hacer pensar que las lágrimas eran debidas a los remordimientos que sentía por haber tratado de forma injusta al jardinero. Acababa de entender lo que le habían dicho las flores.

Al día siguiente, como todas las mañanas, Lila apareció por el jardín. En cuanto vio a Carlton se abalanzó hacia él y lo estrechó entre sus brazos. El jardinero, atónito por aquella extraña conducta, no supo cómo reaccionar. No se atrevió a corresponder al gesto y dejó que la niña se desahogara en llantos manteniendo sus brazos alejados de ella.
- ¡Perdonadme! - Gemía desconsolada la pequeña. - Vos no sois como los demás, era la estupidez la que guiaba mi lengua. - Lo apretaba cada vez con más fuerza hundiendo el rostro entre las ropas del jardinero. - Nunca debí dudar de vos, vos nunca me habéis mentido, siempre me habéis tratado con verdadero respeto. No por miedo ni por adulación como los otros... - Separó la cabeza de su pecho y pudo el jardinero ver como se humedecían  los ojos verdes de la chiquilla. Entendía el porqué al monarca le costaba tanto tratar con su hija, la princesa era el vivo retrato de su madre. - ...Vos sois lo más parecido a un padre que tengo.
- Os lo ruego majestad, me estáis poniendo en una situación comprometida. Yo solo soy el jardinero y os debo todo el respeto que vuestra alta cuna merece. Siquiera deberiaís tocarme.
Lila se apartó de forma brusca pero no se dejó llevar por su habitual mal humor.
- Ahora sois vos quien dice tonterías. ¿Acaso vos no merecéis también mi respeto? ¿Qué importa la distancia que separaba a vuestra cuna del suelo? Sois un hombre bueno y sincero y es por eso que os ruego que seáis mi maestro. Enseñadme a hablar con las flores, esa es mi súplica y no habéis de tratarme de superior, siquiera como a igual, si no como a discípula y yo a vos como a mi mentor.
- No puedo hacer eso, el protocolo no lo permite.
- Nunca os importó jugar conmigo de niña.
- Ya no sois una niña, pongo vuestras propias palabras en mi boca.
- Podría obligaros, podría ordenaros que me enseñarais pero entonces vuestras lecciones no tendrían ningún valor.
- Si accedo nadie ha de saberlo, no todo el mundo opina como vos sobre el trato y el respeto.
- ¡Lo harás! - Hacía ya tiempo que el jardinero no veía a la princesa comportarse según la edad que le correspondía. La chiquilla comenzó a dar saltitos y gesticular con los brazos todo su júbilo.
- ¡Gracias, gracias, no te arrepentiras! ¡Voy a ser la alumna más aplicada del mundo!
Carlton sonrió divertido. - ¿Y qué sabéis vos del mundo?
- Cierto, no sé nada. ¡Habladme de vuestro país! ¿Es cierto que donde aqui hay dunas de arena, allí son montañas cubiertas de pastos lo que se extiende hasta el horizonte?

Pasaron cinco años y los lazos entre la princesa y el jardinero se habían estrechado hasta el punto de que ambos habían olvidado por completo el lugar que ocupaban en la escala social. Lila aun seguía maravillándose con los relatos sobre tierras lejanas que le contaba su mentor y, tal como había prometido, se aplicaba en las lecciones hasta casi haber dominado el lenguaje de las flores. Carlton, Neakail y ella cuidaban del jardín que con el paso del tiempo estaba cada vez más esplendido. En los intervalos de descanso seguían los dos adolescentes jugando juntos en aquel pequeño oasis apartado del mundo.
Llegó el día en el que la princesa se sintió preparada para hacer una pregunta verdaderamente trascendental, no como las chiquilladas que hasta entonces habían acaparado su curiosidad. Pensó que para algo así debía de elegir a la reina de todas las flores y se dirigió hasta un rosal.
Sabía que para obtener respuesta a una pregunta tan abierta, tan indefinida como aquella, debía de agudizar sus cinco sentidos. El oído, la vista, el tacto, el olfato e incluso el gusto. El idioma de las flores no siempre era conciso, había que interpretarlo con cuidado sin dejar escapar ningún detalle por pequeño o nimio que pudiera parecer.
- Hermosa entre las más hermosas, es tu fragancia el perfume de la propia vida, tan efímera como intensa. Perdona mi impaciencia, mi anhelo saber lo que ha de venir. Decidme bella flor... ¿Qué me depara el futuro?
Embelesada en los colores y el perfume de las flores, tuvo un descuido y sus dedos se acercaron demasiado a las espinas del rosal. Una aguda punzada la hizo gemir.
Se apartó asustada apretando la yema de su dedo corazón, una gota de sangre cayó sobre la tierra húmeda. Nunca antes había obtenido una respuesta tan breve y sin embargo tan clara.
- ¿Dolor? ¿Es eso? - Corrió a esconderse en palacio, los dos jardineros la vieron pasar y quedaron preocupados por la expresión asustada de la princesa. Fueron tras ella, pero una vez que salió del jardín para entrar en el alcázar desistieron, aquel era terreno vetado para ellos.
A los pocos meses de lo sucedido, el anciano rey murió y ella accedió al trono a la temprana edad de catorce años. Abrumada por sus nuevas responsabilidades, delegó estás en un comité de sabios y se refugió en el jardín. Allí pasaba días enteros sin querer saber de nadie, salvo de las dos únicas personas en las que realmente fiaba. En todo aquel tiempo no se atrevió a preguntar nada más a las flores.
Un año más tarde Carlton enfermó gravemente y aunque la reina puso a su cuidado a los mejores médicos, nada pudieron hacer por salvarlo. Las exequias fueron humildes. Sin otra familia que su hijo, tan solo se presentó en el entierro la reina. Allí, en la intimidad del jardín que tanto había amado, descansarían por siempre sus restos en comunión con las flores.
Lila lo lloró como si realmente hubiera perdido a un padre.

El desinterés por los asuntos de la corona que mostraba la reina comenzó a preocupar a algunos y a alentar la ambición de otros muchos. Pronto comenzaron las conjuras, los hipócritas y los falaces fueron poco a poco desembarazándose de los súbditos fieles haciéndose con el control del reino. "Es por el bien del pueblo" repetían los traidores con insistencia y con cada nueva ley que promulgaban se hacían un poco más ricos mientras que el pueblo, al que decían proteger, comenzaba a padecer penalidades.
Lila era ajena a las intrigas palaciegas, en realidad era ajena a todo lo que estuviera fuera del jardín. Había cumplido 18 años sin celebraciones de ningún tipo, lo mismo que en los tres años anteriores. Vivía entre las flores con la única compañia de Neakail y comenzaba a ver al joven con ojos de mujer. El mundo del jardinero era aún más reducido, si cabe, que el de la reina. Si bien ella nunca había abandonado el palacio, él en raras ocasiones había traspasado los límites del jardín. Desde la pérdida de su padre no tenía contacto con nadie salvo Lila.
Que la monarca pasara tanto tiempo a solas con "el extranjero", que es como llamaban de forma despectiva a Neakail, fomentó habladurías de todo tipo, calumnias malintencionadas que situaban a ambos yaciendo juntos. Las lenguas más afiladas llegaron a asegurar de que la reina ya había parido en secreto al menos a un par de bastardos.
Tamañas injurias calaban hondo en el vulgo, que achacaba a la reina sus desventuras y comenzaron a llamarla "la reina puta". Varios eran los que ansiaban el control del reino y sus disputas no hacían más que acrecentar el dolor y la miseria del pueblo llano. En aquel clima enrarecido y malsano, los nobles más avariciosos aprovecharon para desviar los canales hasta sus propias tierras.
- El reino necesita de una autoridad fuerte que lo libre del caos en el que se ha sumido! - Gritaba en la sala del consejo Ibrahim Al Faluk, noble que estaba consiguiendo la supremacía entre las partes en conflicto. - ¡La reina ha de tomar a un rey consorte antes de que la desdicha del pueblo se incremente aún más!
- ¿Y quien piensa su excelencia que ha de sentarse en el trono junto a nuestra señora? - Ben Amin Yusuf era abuelo de la reina por parte de madre. A la muerte de su consuegro pidió permiso al Sultán de Damasco, de quien era un respetado consejero, para estar junto a su nieta en aquellos tiempos difíciles. Solo la había visto antes en una ocasión, durante el entierro de su amada hija. La trágica llegada al mundo de la niña hizo que también él renegara de ella. En aquella segunda ocasión se le encogió el corazón al tenerla delante, era la viva imagen de Anyram Al Aliah, su queridísima hija.
Esta era su tercera vez en el pequeño reino, al que llegó alertado por un buen amigo de las conspiraciones que podían poner en peligro la vida de su nieta.
- ¡Yo, por supuesto!- Respondió Al Faluk sin pensarlo dos veces.
Como de costumbre la reunión quedó en nada, salvo en gritos, insultos y acusaciones cruzadas de los unos a los otros.
Yusuf  tenía claro de que el reino estaba al borde del colapso. Le habían llegado noticias inquietantes de emiratos vecinos que veían una ocasión propicia para anexionarse por la fuerza aquellas tierras.
"Los coyotes se habrán devorado entre ellos cuando llegue el lobo" - Pensó con amarga tristeza.
En todas las ocasiones que había intentado hablar con su nieta esta le dio largas, ya no sabía que hacer, de quedarse su propia vida corría peligro. Regresó a Damasco para buscar la intermediación del Sultán.

Lila sentía una agobiante desazón, no dormía durante la noche mientras esperaba ansiosa que llegase el día para regresar al jardín. Realmente había perdido el interés por las flores, era estar con Neakail lo que deseaba casi con desesperación. Un instante lejos de su compañía se le antojaba una eternidad.
A su lado todo lo demás perdía el sentido, era incapaz de dejar de mirarlo. Notaba la incomodidad del joven jardinero, le parecía encantador cuando este evitaba que su mirada se cruzara con la suya. Se ruborizaba al más leve contacto con la reina, podía notar su nerviosismo cuando las manos de ambos se juntaban al plantar orquídeas. Lila se había enamorado como solo es posible hacerlo cuando es la primera vez.

Durante el verano, el más caluroso que se recordaba en años, ambos se afanaban lo imposible por mantener a salvo el jardín de la sequía. Regaban una a una las plantas sin desperdiciar el agua, que por escasa, llegó a tener más valor que el oro. Mientras, el pueblo pasaba hambre y la impopularidad de la reina no dejaba de acrecentarse. La triste realidad era, que de no haber robado los nobles el agua de los canales, la situación podía haber estado bajo control mediante un justo racionamiento. Nada de todo aquello sabía Lila y posiblemente, de haberlo sabido, tampoco le hubiera importado. Ella solo tenía ojos para su jardinero.
- Esto no está bien. - Comenzó a decir Neakail con voz titubeante.
- ¿Qué es lo que no está bien. - Preguntó la reina y como de costumbre Neakail le rehuyó la mirada.
- Vos sois la reina, no deberíais pasar tanto tiempo aquí.
- ¿Acaso vos podéis decirme a mi lo que debo y lo que no? - Lila giraba alrededor del jardinero buscando que sus ojos se encontrasen, el joven se ruborizó cuando se vió obligado a mirarla.
- No mi señora, no soy yo quien lo dice. - Su voz temblaba lo mismo que sus manos, sudaba y no era debido al sofocante calor.
- Unos hombres llegaron hoy muy temprano, dijeron que su alteza está descuidando sus obligaciones. Que yo era en gran medida el responsable, yo y el jardín.
La reina montó en cólera. - ¡¿Osaron amenazarte'! - ¡¿Quienes son esos hombres de los que hablas?!
- Me trataron con cortesía, más de la que un humilde jardinero merece.
- ¡¿De quienes se trata?! ¡Mandaré azotarlos!
- ¿Como puedo saberlo? Jamás salgo del jardín y hace mucho tiempo que aquí no viene nadie salvo vos.
- Acompañadme a palacio y señalad a los cobardes que se dirigen a vos y no a mi para exponer sus quejas.
- Esos mismos fueron mis argumentos, más aseguran que su majestad nunca recibe a nadie. Aceptaré el castigo por ellos, por mi osadía al decir que tienen razón.
Lila no pudo enfadarse con aquel a quien amaba. - Mirese, camina con los pies descalzos cubiertos de barro, el vestido sucio de tierra y del verdín de las plantas, las manos llagadas por el trabajo. Vos sois la reina y pareceis una sierva. Su majestad debería estar rodeada de los de su misma sangre, su misma alcurnia. Vestir de seda y gobernar al pueblo... - Tragó saliva y su voz sonó trémula, apenas inteligible. - ...Tomar a un marido que os de hijos.
Neakail no tuvo tiempo de reaccionar cuando Lila se abalanzó sobre él y lo besó con la torpeza de un neófito. Cuando sus labios se separaron el jardinero estaba rojo como un tomate, temblaba como si el frío helado de la noche en el desierto le hubiese entrado hasta el tuétano.
- Yo solo quiero estar contigo.- La reina le sonreía. Pensó que era la sonrisa de una niña ilusionada con un juguete nuevo y la tristeza se mezcló con el temor de estar en lo cierto. - ¿De qué tenéis miedo? Yo os amo, siempre os he amado, creo que desde niña cuando jugábamos juntos entre las flores. Decidme que vos no sentís lo mismo y haré caso a los ruegos de esos que me quieren lejos de ti.
- Majestad, yo siquiera sé si se me está permitido responder a esa pregunta.
- Tonto... - Los enormes ojos de la reina resplandecían felices lo mismo que su sonrisa. - ...Tus labios ya me respondieron. - Volvió a besarlo y en esta ocasión fue correspondida. Ambos se fundieron en un abrazo, ignorantes de que estaban siendo espiados.

La noche en verano es corta, más a la reina se le hizo eterna. Dio mil vueltas en el lecho, estrechándose entre sus propios brazos rememorando el abrazo del día anterior. Pletórica de felicidad no podía dejar de sonreír. Se levantaba y recorría nerviosa la habitación de un extremo al otro, impaciente por volver a reunirse con Neakail. Tentada estuvo en muchas ocasiones de abandonar sus aposentos en la noche y correr al jardín, correr hasta la cabaña del jardinero y sorprenderlo en sus sueños. Quería mirarlo mientras dormía, acariciar sus extraños cabellos rojos, escuchar su respiración, acercarse a sus labios y sentir el calor de su aliento. No podía soportar estar lejos de él pero se contuvo.
Por fín clareó el nuevo día y pudo ir al jardín sin temor a los cuchicheos, o al menos es lo que ella cría. Caminó por los pasillos de palacio despacio, con la dignidad y el decoro que se le exige a una reina, mas cuando creyó estar a salvo de miradas perniciosas, corrió con los ademanes de una niña excitada. Se subió la falda del vestido por encima de los tobillos para evitar tras pies, y hablando de pies, mejor correr descalza que con unos zapatos, tan ampulosos como incómodos. Los lanzó lejos de sendos puntapiés.
Lo buscó por todo el jardín sin hallarlo, tampoco lo encontró en la cabaña. Lo llamó pero no obtuvo respuesta. Volvió por donde había venido pensando que quizás había ido a los aledaños de palacio por algún tipo de gestión. No lo habían visto en los almacenes, tampoco en la despensa. Todos aquellos a quien preguntaba se encogían de hombros. Regresó al jardín y lo esperó en vano hasta caer la noche. No regresó a palacio, permaneció sentada sobre la yerba llorando desconsolada.
Antes de llegar el alba su preocupación ya era insostenible. La guardia había acudido a buscarla en varias ocasiones y en todas los había despedido de forma grosera, lo mismo que a visires y a consejeros.
Desde que se pinchó con el rosal no se había atrevido a hablar más con las flores. La acongojante incertidumbre del paradero de su amado la convenció de que esa era su única opción para encontrarlo.
- Perdonad mi silencio durante tan largo tiempo. - Les dijo. - Seguro que también vosotras estáis preocupadas por quien desde siempre os ha cuidado con mimo y cariño. De tener respuesta os ruego que me devolvais la gracia de vuestras palabras. ¿Dónde está Neakail, dónde está mi amado?
Una mariposa llegó volando de forma grácil y quedó suspendida aleteando frente a Lila, el aroma intenso del polen pareció atraerla hacia unas malvas que crecían ocultas en un rincón.
El corazón casi se le sale por la boca, corrió hacia el lugar sin importarle mancharse los bajos del vestido, ni que las espinas de los rosales lo hicieran girones. Al llegar junto a las malvas se puso de rodillas y comenzó a escarbar dejándose las uñas. Su respiración se aceleraba con cada puñado de tierra, su mente se negaba a admitir aquella posibilidad. Las flores la engañaban, seguro que le guardaban rencor por el largo tiempo de silencio y esa era su forma de castigarla.
Dejó de horadar bajo las malvas, permaneció un rato en silencio antes de que de su garganta escapara un desgarrador grito de dolor.

Cuando cinco semanas más tarde los pregoneros anunciaron las futuras nupcias de la reina con Ibrahim Al Faluk el pueblo no mostró alegría, recibieron la noticia con la mayor de las indiferencias. La sed y el hambre dejaban cada día un reguero de cadáveres y el llanto de las madres al enterrar a sus hijos no conmovía a un futuro rey que mantenía el orden sirviéndose del miedo. Cualquier conato de protesta era reprimido con violencia por el ejército y ya eran muchos los que habían decidido abandonar el reino en busca de un lugar mejor en el que vivir.
Llegado el día de la boda los fastos fueron por todo lo grande sin escatimar en gastos. Aquél vergonzante derroche, mientras que el pueblo se moría de hambre, indignó a la plebe y nadie vitoreó a los recién casados.
- No tengáis en cuenta el desdén de esos palurdos. Habéis tomado la decisión correcta. Conmigo a vuestro lado los meteremos en cintura y devolveremos al reino su prosperidad. - La reina no le contestó, durante toda la ceremonia se había mostrado distante, ausente y ahora, mientras paseaban en una carroza descubierta por unas calles casi desiertas, su mutismo se acentuó. Al Faluk continuó con su monólogo. - Las arcas de palacio están vacías, lo primero que hemos de hacer es subir los impuestos. Aquellos que no paguen serán embargados y vendidos como esclavos. Los esclavos son un mercado en auge que no debemos ignorar, también para ello hemos de promulgar algunas nuevas leyes.
Llegó la noche de bodas y el gordo Ibrahim estaba impaciente por consumar el matrimonio. Ardía en deseos por poseer a la hermosa reina. Ella lo esperaba ataviada de finas y transparentes sedas. Se tumbó en el lecho y lo invitó a acercarse. Al faluk se desnudó a toda prisa y casi se cae de bruces al sacarse los calzones. Daba saltitos sobre una pierna mientras intentaba sacar el pie por la pernera de sus bombachos. Ya al descubierto sus flácidas carnes se abalanzó sobre su esposa sin percatarse de la sombra que se deslizó a través de un pasadizo secreto.
Alí Bajá Abnur era otro de los nobles que se disputaban el poder. Daga en mano se acercó despacio hasta Al faluk, muy distraído este babeando sobre el cuerpo de la reina para percatarse de la presencia de su enemigo. Lo degolló como se degolla a los cerdos, de un profundo tajo de oreja a oreja.
- Yo he cumplido lo acordado, ahora os toca a vos.
- Cumpliré, no temáis. Pasado el luto vos seréis el nuevo rey.
Alí sonrió complacido dejando al descubierto unas encías huérfanas de dientes.
- No lo olvidéis.
- No lo haré, ahora debéis de escapar por el pasadizo. Nadie ha de relacionaros con el crimen, culparemos a alguno de nuestros enemigos comunes.
Obedeció satisfecho, más no habiendo recorrido apenas más que unos pocos metros de las catacumbas bajo el palacio, Mohamed Halad Sari lo apuñaló por la espalda. Había esperado a Alí Baja escondido en los túneles. Tal como le había asegurado la reina, sorprendió a su enemigo portando el arma con la que había asesinado al rey. Ya se veía en el trono, respetado por haber sido quien había descubierto la criminal conjura.
Tal cual salió de las alcantarillas, Shalamar Ihm Hasan le abrió la cabeza con una enorme piedra y, por último, la guardia real abatió al cuarto en discordia mientras intentaba huir.
Todos sus más peligrosos enemigos habían muerto la misma noche y nadie podría culpar a la reina, que veía así parte de su venganza cumplida. Lejos de alegrarse por la muerte de los asesinos de Neakail, El corazón de Lila continuaba estando lleno de odio.

A la mañana siguiente mandó llamar a los hombres más ricos e influyentes, les dió el plazo máximo de un mes para presentarse ante ella. Los emisarios partieron con la orden hacia todos las ciudades y pueblos del reino. Tal como comparecian mandaba empalar a aquellos que robaban el agua. Colgó a los que engordaban mediante la usura beneficiándose de la desgracia ajena. Decapitó a los que habían abusado de su rango para enriquecerse.
No tardó en correr la voz y dejaron de llegar a palacio los parásitos. Los declaró prófugos.
Por bien que se escondieran, por muy lejos que huyeran, la reina siempre conseguía dar con ellos. Los traían a rastras los guardias , llorando y suplicando por sus vidas, más la regente no mostró misericordia con ninguno de ellos.
El agua regresó a los campos y ciudades y el hambre dejó de ser una sombra amenazante. El pueblo, no obstante, no era felíz. La crueldad de su reina, que la misma pena aplicaba al vulgar ratero que al asesino, inspiraba un terror profundo en las gentes.
Tampoco su comportamiento era digno de alabanza, todas las noches pasaban hombres diferentes por su alcoba y no siempre de uno en uno.
En menos de un año desmanteló cinco complots de asesinato y otros tantos de golpe de estado. El suplicio al que sometió a los conjurados les quitó las ganas de intentarlo a futuros conspiradores. Incluso se anticipó al intento de invasión de un emirato vecino infringiendo al ejército enemigo una ominosa derrota.
Nadie entendía como podía la reina estar tan bien informada de lo que pasaba dentro y fuera del reino, cuando ella apenas salía nunca de su jardín. Aunque todos lo pensaban, ninguno se atrevía a acusarla en voz alta de ser una bruja. ¿Cómo podían imaginar, que allí donde había una flor, la reina tenía ojos y oídos?
Ella misma se encargaba de cuidar el jardín y no dejaba entrar a nadie. Pasaba los días y las noches recluida en su pequeño mausoleo, pues eso era el jardín, la tumba donde descansaban los restos del hombre al que había querido como a un padre, donde reposaba el joven al que amó más que a su propia vida. De rodillas ante las tumbas de Carlton y Neakail les hablaba durante horas.
- Me llaman "la reina puta". Todos me odian más no me importa, también yo los detesto a ellos. ¡A todos ellos!

Ben Amin Yusuf caminaba por el zoco de Damasco meditabundo, preocupado por las inquietantes noticias que le llegaban sobre su nieta. Había intentado ponerse en contacto con ella en innumerables ocasiones, ninguna de sus cartas obtuvo respuesta. Sus contactos en el pequeño y lejano estado le informaban de forma periódica. Por ellos sabía que su nieta no corría peligro y que había recuperado la estabilidad del reino, más también de sus atrocidades. La recordaba como la jovencita de 18 años de su última visita y se negaba a creer que aquella chiquilla inocente pudiera haberse convertido en el monstruo que describían sus informadores.
Pasó junto a unos infantes que jugaban despreocupados, uno de ellos perseguía al resto caminando de forma grotesca y gesticulando como si pretendiera imitar a una bestia inmunda. Los otros lo evitaban divertidos al tiempo que cantaba a coro.

"En el jardín de la reina el verdugo no descansa y las flores bailan danzas macabras.
En el jardín de la reina abunda el veneno y florecen las malvas sobre los muertos.
En el jardín de la reina lo mismo te empalan que te cortan la cabeza.
Lo mismo te rajan, que te sumergen en agua hirviendo.
En el jardín de la reina te arrancan el pellejo y se lo dan de comer a los perros.
Si te dicen de ir, no vayas, que ahí es donde mora la reina loca.
Allí vive sola, ahí es donde llora.
En el jardín de la reina no hay jardinero, lo cuida el fantasma del extranjero."

Se le hizo un nudo en el estómago, aquella tonadilla se había hecho muy popular y no solo entre las criaturas. Las madres asustaban a sus hijos con historias sobre "la reina puta" cuando estos se portaban mal.
"Si no te acabas la comida vendrá la "reina puta y te llevará con ella". "Si no te portas como es debido "la reina puta" te arrastrará a su jardín mientras duermes".
No pudiendo soportar por más tiempo la situación pidió audiencia con el sultán que lo recibió enseguida. Expuestos sus ruegos de regresar junto a su nieta durante un tiempo para comprobar por si mismo lo que había de cierto en todas aquellas infamias, le respondió el sultán con tono muy serio.
- Comparto vuestra preocupación amigo mio. También a mis oídos han llegado las iniquidades que dicen ha perpetrado vuestra nieta. De tan terribles, me negué a creer que alguien de vuestra sangre fuese capaz de cometer tamañas atrocidades. Siento de antemano el daño que mis palabras os van a infligir, que vos para mí sois un amigo y no un consejero y es por ello que no os puedo mentir. Lo que cuentan de ella es cierto y la credibilidad de mis informadores es del todo incuestionable.
Sé que vuestra nieta no responde a vuestras misivas, cómo también sé que pasa la mayor parte de su tiempo en el jardín de palacio sin recibir a nadie. Ella os necesita a su lado, necesita de los sabios consejos con los que siempre me habéis ayudado a mi. Me encargaré de que vuestro viaje no sea en vano, de que una vez allí os deba recibir aunque no quiera. He pensado en nombraros embajador, de esta manera no podrá negaros audiencia.
- Pero mi señor, como embajador no podré atender a mis responsabilidades en Damasco.
- Os dispenso de ellas, hay muchas formas de servir a la ciudad y al reino. De seguir vuestra nieta por el mismo camino, el conflicto será inevitable y la inestabilidad traspasará las fronteras de ese pequeño estado. Eso es algo que no debemos permitir. ¿No es asi amigo mio?
Agradecido, Ben Amin recogió sus credenciales, se despidió de su familia y partió de inmediato.

El viaje hasta el lejano reino era peligroso y agotador. Ben Amin era un hombre anciano y atravesar el desierto se le hizo especialmente duro. Cuando por fin la caravana se adentró en el territorio de su nieta pensó que lo primero que haría cuando llegasen a la capital, sería comerse un cordero entero acompañado de una gran jarra de agua fresca.
Perdió el apetito cuando pasaron por un camino bordeado por ajusticiados. Dos hileras con decenas de cuerpos a cada lado fue su macabro recibimiento. Empalados todos ellos, algunos también descuartizados. Moscas y aves se daban un festín con los despojos, el hedor era insoportable.
- ¡Regresemos! - Imploraron muchos. Regresar no era opción, debían reabastecerse y dar de beber a los camellos si querían volver al desierto. No les quedó más remedio que seguir junto al embajador.

Las grandes puertas de la ciudad se abrieron para ellos y la comitiva se separó. Los caravaneros por un lado buscaron donde descansar y los diplomáticos, custodiados por algunos escoltas, continuaron su camino hacia palacio. Las calles estaban limpias y los edificios cuidados, a las gentes se las veía bien alimentadas y vestían con pulcritud, no vieron a ningún mendigo. Parecía una ciudad próspera, más el semblante de sus habitantes era sombrío.
Pasaron por un mercado, le llamó la atención al embajador la escasez de guardias vigilando. - Los zocos son el hábitat natural de rateros y maleantes. - Pensó Ben Alí. Comerciantes y clientes regateaban sin que parecieran preocupados por que alguna mano malintencionada les afanase bolsa o mercancías. El mercado carecía del bullicio provocado por los charlatanes y las riñas, reinaba una tranquilidad nada propia de un lugar en el que se reune tanta gente.
Miró a su alrededor, en todos los balcones habían tiestos con flores y pequeños jardines ornamentaban cada rincón de la ciudad.
No pudo Ben Alí contener su curiosidad y preguntó al primero con quien se cruzó.
- ¿Estáis de celebración?
El mozalbete se detuvo, sorprendido.
- No señor. ¿Por qué lo preguntáis?
- Las calles están engalanadas de flores.
- Es por orden de la reina. - Respondió el muchacho con algo de desconfianza. - Todo el mundo ha de tener flores en su casa.
Aquel era un mandato del todo inusual que no hizo más que acentuar su perplejidad. ¿Era posible que alguien que mostraba tal sensibilidad por las flores, fuese a la par capaz de las mayores atrocidades?
En estas cavilaciones continuó cabizbajo el camino hacia palacio.

La reina lo recibió en la gran sala del trono ataviada con unos ropajes impropios de una regente. Era el atuendo de un jardinero y estaba sucio. Lucía las uñas negras por la tierra que se había colado bajo ellas y en el pelo enmarañado podían verse hojas y algunas pequeñas ramitas. Era claro que acababa de llegar de su jardín sin preocuparse por adecentarse para la entrega de credenciales.
- Acabemos con esto, dame esos legajos. Así podrás comenzar a espiar sin más demora.
- ¿Es lo que su excelencia piensa? ¿Que mi presencia se debe a tan feo proceder?
- ¿Que es un embajador si no un espía?
- Ante todo soy vuestro abuelo.
- No merece ese título quien ha hecho de la ausencia su único mérito.
- Estáis en lo cierto y quisiera enmendar mi error.
- No os necesito a mi lado, no os necesité en el pasado y tampoco ahora. - La reina ordenó a un capitán que acompañase al embajador y a su séquito a su nueva casa.
- La embajada es un buen edificio, más no olvidéis adornarlo con flores. Las flores embellecen el lugar más sombrío. ¿Qué hay más sombrío que la burocracia?
Ben Alí hizo una reverencia y se retiró sin insistir. "La paciencia es la maestra de la diplomacia." Se dijo a si mismo sin demasiada convicción. Llevaba tiempo más que suficiente en política para saber que no le faltaba razón a su nieta. Que un embajador no es más que un conspirador en la sombra, que la diplomacia se aguanta sobre los pilares de la hipocresía.

Pasaron los días, los meses y las estaciones y no supo Ben Alí de un modo para acercarse a su nieta. Tampoco obtuvo mucho éxito al recabar información, todos a quienes preguntaba evitaban el tema. Unos esquivaban responder desviándose por todo tipo de derroteros, otros simplemente enmudecían a la sola mención de la reina. Nunca se le hubiera ocurrido imaginar que la paz pudiera llegar a ser tan incómoda. Las gentes sentían tanto terror que no se atrevían siquiera a discutir entre ellos. Nadie osaba hurtar una moneda, la reina lo sabía todo y a todos castigaba del mismo modo fuese cual fuese su delito.
Estando dormido tuvo un extraño sueño, en él aparecía un jardín que se perdía en el infinito. Paseaba cruzándose con todo  tipo de extrañas flores, cada una más bella que la anterior. El sol lucía espléndido sobre un cielo despejado. Sabía que no era real, que estaba sumido en el letargo, más con todo sentía una fresca y húmeda brisa en la piel. La mezcla de aromas se fusionaba en una fragancia sublime que el mejor olfato del mejor de los perfumistas hubiera sido incapaz de imaginar. Llegó a un gran claro, en el centro había una enorme roca de la que manaba un manantial de aguas cristalinas. Un hombre cuidaba del jardín, regaba unas margaritas con la mayor de las delicadezas.
- ¿Estoy en el cielo?
El jardinero le sonrió. Era un hombre no demasiado viejo de tez pálida y cabellos dorados. - Perdonad que me haya colado en vuestros sueños, pero es la única forma de que ella no nos escuche.
- ¿Ella?
- Sabéis perfectamente a quien me refiero. - El hombre acarició las flores con mimo antes de dejarlas atrás para acercarse a Ben Alí.
- ¿Quién sois vos?
- Soy un sueño, también eso lo sabéis.
- ¿Y de qué queréis hablar? ¿Qué es eso tan importante que hay que mantenerlo en secreto?
- Ella perdió algo y has de recuperarlo si quieres salvarla.
El anciano se olvidó de que estaba soñando y le preguntó excitado. - ¿Que debo encontrar para recuperarla?
- Una flor.
- ¡No me hagáis esto, hay millones de flores repartidas por el mundo! Os ruego que concretéis más.
- Sabréis reconocerla cuando la encontréis, no hay otra más hermosa.
- ¿Dónde he de buscar? ¡Decidme eso al menos!
El rostro del jardinero se ensombreció y sus palabras sonaron tristes y melancólicas.
- La tienen los muertos.
- No os entiendo. Eso no tiene ningún sentido.
- Mi hijo se la llevó con él y no sabe cómo devolverla.
- ¡Por Alá, creador de todas las cosas! ¡Quién sois vos, quien es vuestro hijo?
- Un último apunte. - Dijo el hombre de pelo rubio haciendo caso omiso de los ruegos del anciano. - Evitad las flores, deshaceros de todas las que tengáis cerca.

Ben Alí se despertó empapado en sudor.
Poco se puede sacar de los sueños. - Se dijo a si mismo Ben Alí. - No son más que incongruencias del subconsciente. - Si, incongruencias inconexas la mayor de las veces, más aquel (de tan real) no carecía de sentido. Acababa de tener una idea, una idea que valía la pena intentar.
Esperó impaciente que llegara la mañana, se vistió con prisas y salió en dirección al palacio sin haber probado bocado. En palacio debía de haber algún botánico que lo iluminase en el camino a seguir.

- La vida está llena de ironías. Un botánico se desposa con quién no es capaz de estar cerca de una planta sin ponerse enferma. - Una mujer ya anciana les sirvió un té. Besó en la frente con ternura a su marido y se sentó junto a los dos hombres. - Eso no supuso un gran problema hasta que su majestad decretó que todos en el reino debían de adornar sus casas con flores. - Omar había sido el botánico de la corte desde que el anterior rey llegó al trono. - No tuve más remedio que renunciar a mi trabajo y retirarme a este lugar inhóspito en mitad de la nada.
- ¿No teméis un castigo de la reina por no obedecer sus dictados? - No fue ajeno Ben Alí a la ausencia de plantas tanto dentro como en los aledaños de la casa, una choza de adobe muy humilde.
- Ya somos muy viejos, solo puede privarnos de estar juntos un tiempo no demasiado largo. Mi Shorai se ahogaba en la ciudad, sus manos y tobillos se hinchaban y no podía dejar de estornudar. - Ambos ancianos se sonrieron. - Ella no hubiera podido aguantar y yo no soy capaz de vivir sin ella. De todas formas... ¿Que interés puede tener la reina en dos ancianos?
- Todos dicen que es implacable, que la más pequeña infracción la castiga con la muerte.
- Y es cierto, ese es otro de los motivos por el que nos hemos refugiado aquí, lejos de la ciudad. Ya no pudimos soportar más asistir a aquellas horribles ejecuciones.
- ¿Y aún así aseguráis no tener miedo?
- Claro que lo tengo, solo digo que prefiero morir junto a mi esposa a sobrevivirla.
- Vos, como experto en flora, debiste de tener mucho trato con la reina.
- En todos mis años de servicio en palacio, no la habré visto en más de una docena de ocasiones.
- Pero vos erais el botánico real y la reina está obsesionada con las flores. ¿Nunca os pedía consejo?
- Solo era una chiquilla solitaria que encontró en el jardín su refugio. El extranjero, y luego el hijo de este, eran quienes se ocupaban de todo. Si alguna vez trataron conmigo fue para que les consiguiera algunas semillas.
A la mente de Ben Alí llegó el eco de la canción de los chiquillos en el zoco. "En el jardín de la reina no hay jardinero, lo cuida el fantasma del extranjero."
- Es ese el tema que me ha conducido hasta aquí. Busco una flor, una lo suficientemente especial como para que la reina se sienta atraída por ella.
- Oh, podéis creerme si os digo que no hay semilla que no hayamos traído ya. Quizás al otro lado del Pacifico, en esas tierras que llaman " el Nuevo Mundo" las haya aun por descubrir.
Ben Alí estaba decepcionado. No poseía capital para sufragar una expedición a tierras tan lejanas y, de tenerlo, tardarían meses en regresar con una mercancía que nadie podía asegurar que sirviera de algo. Su plan se había quedado en "agua de borrajas". Ya que había hecho el viaje, quizás podría sonsacar a la pareja de ancianos alguna otra información útil.
- Habladme de ese extranjero.
- Me pareció un buen hombre. Llegó desde el otro lado del mar acompañado de su hijo, de las tierras al norte de Europa. El rey le encomendó crear un jardín para su futura esposa, vuestra hija. - El embajador se sumió en las sombras de la tristeza. Siempre tan ocupado en sus funciones de consejero del Sultán, que incluso se perdió la boda de su única hija.
Omar advirtió la palidez de su contertulio.
- ¿Os encontráis mal?
- No os preocupéis, los recuerdos se han agolpado en mi cabeza. Se me pasará enseguida.
- Nosotros no hemos tenido hijos, no podemos imaginar siquiera el dolor de vuestra pérdida. Todos querían a la anterior reina, una mujer de una inteligencia y una belleza fuera de lo común, pero eso vos ya lo sabéis. - Omar entendió que estaba haciendo daño a su invitado, intentó proseguir con todo el tacto que le fuese posible. - El extranjero hizo un trabajo excelente, el rey estaba satisfecho, sería su gran sorpresa para cuando la reina diera a luz pero... - Sintió Ben Alí una punzada en el pecho, cerró los ojos y una lágrima se deslizó por su mejilla. - ...¿Deseáis que continúe?
- Os lo ruego.
- La reina no llegó a ver el jardín. - El matrimonio de ancianos también se apesadumbró al recordar el trágico episodio.
- Estoy bien, no os detengáis.
- ¿Estáis seguro?
- ¿Qué pasó con el jardinero? ¿Qué sentido tenía conservar el jardín?
- El rey no volvió a visitarlo, pero imagino que lo mantuvo como homenaje a vuestra hija. Desconozco a que edad fue la primera vez que vuestra nieta lo visitó. Debía de ser muy pequeña, pero desde entonces que no dejó de hacerlo y cada vez con más frecuencia. Murió el rey y no mucho después el jardinero. La, ya reina, pareció afligirse más por la pérdida de este que por la de su padre. Su hijo se hizo cargo del jardín y la actual reina siguió visitandolo sin faltar a la cita un solo día.
- ¿Cómo era?
- ¿El hijo del jardinero?
Ben Alí asintió con la cabeza. - Era un buen muchacho, poco mayor que vuestra nieta, un tanto inocente pero eso no es de extrañar.
- ¿Porqué decís eso?
- El joven se crió y creció en el jardín, no sabía nada del mundo ni de aquellos que lo habitan. A mi modo de entender era un alma demasiado cándida.
- ¿Porqué habláis de él en pasado? ¿También murió?
- Nadie lo sabe, un día desapareció sin más... ¡Pluf! Como si se lo hubiera tragado la tierra.
- Alguién debe saber de él, me sería de gran ayuda poder hablar con ese joven.
Omar se encogió de hombros. - En eso no os puedo ser de ninguna ayuda.
- Por favor Omar, este buen señor merece saberlo. - Sharai le soltó una buena reprimenda a su marido.
- ¡Calla mujer! Eso no son más que iniquidades que en nada han de ayudar a nuestro invitado.
- ¿De que habla, que me estáis ocultando?
- No la toméis en serio, vos sabéis cuán de insidioso puede ser el populacho y lo dado que és a los rumores injuriosos.
- ¿Rumores? No me vengas con esas. ¡Si era un secreto a voces!
- ¡Te he mandado callar, mujer!
- No he de callarme, a buen seguro que este noble señor. ya sabe.. y que Alá me perdone, como es conocida la reina desde aquel tiempo.
- Esconde en su funda esa daga envenenada que tienes por lengua, no solo hablas de nuestra reina, también de su nieta.
Ben Alí interrumpió la disputa. Sus palabras fueron sosegadas pese a la afrenta, que imaginó no era mal intencionada. - Sé como la llaman y os agradeceré que no me lo recordéis. Dejad que vuestra esposa prosiga.
- Vuestra nieta fornicaba con el joven jardinero. - ¡Hala, ya lo he dicho!
Ben Alí se levantó de la silla indignado y tuvo que contenerse mucho para no golpear a la anciana.
- ¡Por Dios Shalai, tienes la delicadeza de un camello!
- Basta! - Gritó el embajador. - Solo el respeto por la hospitalidad que me habéis brindado me impide  daros muerte ahora mismo. No porque así habláis de mi nieta... es a vuestra reina a la que ultrajáis con tan despreciables difamaciones.
- No la hagáis caso. Son habladurías y ya sabéis vos cuanto gozan las mujeres con este tipo de chismorreos. Debéis de disculparla, yo me encargaré de castigarla por su intolerable conducta.
- ¿¡Tú vas a hacer qué..!? ¡No tendrás valor de ponerme un dedo encima!
Parece que la entrañable pareja de viejecitos no estaba tan bien avenida como le quisieron dar a entender en un principio. Prefirió retirarse y no esperar a que arreciara la tormenta. Allí los dejó discutiendo a voz en grito.
Estaba dolido, terriblemente afectado por lo que le había revelado la anciana. No se podía sacar de la cabeza la cancioncilla de los chiquillos. "En el jardín de la reina no hay jardinero, lo cuida el fantasma del extranjero." ¿A quien se referían, al padre o al hijo? Fuera lo esperaban los escoltas que la reina había puesto a su servicio. No fiaba en ellos, era claro que estaban ahí para vigilarlo y no por salvaguardar a su persona. En cuanto lo dejasen en la embajada irían con el cuento a la reina. Aunque abandonó al botánico y a su esposa colérico, una vez que se tranquilizó deseó de corazón no haberles causado ningún problema con su visita.
Una vez en la embajada se encerró en sus aposentos y dio recado a los criados de que nadie lo molestase. Debía averiguar toda la verdad sobre el jardín, saber que había de cierto y que de injuria en toda aquella historia. Debía escucharlo de labios de su nieta, más nunca lo recibía, siquiera para asuntos oficiales.
El jardinero le habló de una flor. Le dijo que se la llevaron los muertos, que estaba en poder de su hijo y que este no sabía cómo devolvérsela a la reina. ¿De verdad se estaba tomando en serio un sueño? Antes de aquella noche nada sabía de quienes habían cuidado del jardín de la reina. ¿Como pudo el subconsciente crear algo de lo que no tenía constancia? - Toda esta situación me supera, ahora incluso me planteo la existencia de fantasmas. - Pensó en darse por vencido y regresar a Damasco antes de perder el juicio por completo. Su nieta lo necesitaba, no daría su brazo a torcer. Algo tuvo que ocurrir, algo terrible para que la reina pasara de ser una joven inocente a convertirse en la mujer cruel y despiadada que era ahora.
Al día siguiente salió muy temprano del edificio oficial, estaba pletórico de optimismo. ¡La reina requería su presencia por fin! No desperdiciaría aquella oportunidad. Su decepción no solo fue mayúscula también dolorosa. En la misma sala del trono azotaron a Sharai delante de su esposo. No fueron necesarios muchos latigazos para que la anciana abandonara entre aullidos el mundo de los vivos. Omar fue el siguiente, aceptó su destino sin suplicar y mientras el látigo le rasgaba las carnes no dejó en ningún instante de mirar el cuerpo inerte de su mujer. La reina asistió a la ejecución sin pestañear, con una gélida indiferencia.
Ben Alí intentó interceder por los reos, los guardias le cortaron el paso al querer acercarse. Solo cuando ambos ancianos dejaron de existir permitieron que se aproximara.
- ¿Porqué, que hicieron ellos para merecer tan cruel castigo?
- Desobedecieron a su reina.
- ¿Solo me llamaste para ser testigo de esta infamia?
- Cuidad vuestra lengua, vos no sois mi súbdito y estáis bajo la protección del sultán de Damasco, más ni él os podrá proteger si volvéis a conspirar en mi contra. No toleraré que os inmiscuyáis en asuntos que no os conciernen. ¿Lo habéis entendido?
Ben Alí hizo una reverencia y se retiró, la guardia de palacio lo escoltó hasta la embajada.
Estaba destrozado, se sentía culpable por la muerte del botánico y su esposa.
Necesitó de tres semanas para organizar la caravana de regreso a Damasco.

El jardín se estaba secando, solo quedaba maleza. Las belladonas crecían sin control en todos los rincones. La hiedra venenosa estrangulaba a robles y pinos y de sus troncos muertos brotaban amanitas, clytocibes y morchella. Dónde antes habían moras ahora solo crecía el manzanillo, dónde margaritas y rosas... la higuerilla y la adelfa.
Lila arrancó un pequeño pedazo de musgo. Había sido suficiente un poco entre las rendijas de la choza del botánico, para que sus esporas la pusieran al corriente de la visita de Ben Alí. Una babosa se arrastraba entre sus dedos. La reina estaba ausente, tan ensimismada que no reparó en el insistente golpear de la aldaba. No reaccionó cuando los soldados echaron la puerta abajo.
Ni oficiales ni tropa fueron indiferentes al tétrico decorado que los rodeaba, paralizados en un principio ante la visión de aquella abominación que tiempo atrás había sido un paraíso en la tierra. Los tejos eran tan altos y frondosos que ocultaban la luz del sol, las lluvias de oro ocultaban tras sus hermosas hojas su condición ponzoñosa y las semillas del ricino se desperdigaban bajo un manto de malas hierbas.
La reina estaba al corriente de aquella nueva insurrección, como también de que ya no contaba con ningún apoyo para hacerla frente. Se limitó a esperar que los soldados la rodearan.
Se la llevaron presa, un grupo de hombres se quedó rezagado. Prendieron teas y antorchas con las que incineraron el jardín. La humareda era tan toxica que en pocos minutos los mató a todos.
Aquel fue el último crimen del que acusaron a la reina depuesta.

Ben Alí corrió a palacio en cuanto tuvo noticia. Por más que intentó valer su condición de embajador le negaron bajar a las mazmorras para visitar a su nieta. Le gritaba al capitán al mando de la guardia. - ¿Quienes son los artífices de esta infamia? ¡Exijo hablar con ellos! El sultán de Damasco tendrá noticias de esta insubordinación. ¡Nadie está por encima de su rey, nadie tiene el derecho de reclamarle rendir cuentas!
- ¡ Estúpido viejo! - El oficial le golpeó con el puño de su alfanje, Ben Alí cayó al suelo con una brecha en la ceja izquierda. -  El Sultán está al corriente. ¿Quién creés que está detrás de todo?
El incrédulo anciano no pudo más que balbucear. - ...Mientes.
- ¡Largo de aquí carcamal si no quieres que tambien te encierre!
No podía dar crédito, quien creía su amigo se había valido de él para hacerse con las tierras de su nieta. Aquella traición no era propia del sultán, sin duda el soldado le mentía. Al ver pasar una compañía ataviada con los colores de Damasco cayó en la cuenta del error que había cometido al confiar en el sultán.

La ejecución de la reina se había fijado para dos semanas más tarde. En ese tiempo, Ben Alí intentó en vano ponerse en contacto con Damasco. Mandó palomas con mensajes implorando clemencia para su nieta, no llegó ninguna respuesta. Tampoco le dejaron hablar con ella por mas que les suplicó a los guardias.
Desde la ventana de la embajada tenía una vista privilegiada de la plaza mayor de la ciudad. La estaban engalanando como si hubieran de celebrar una gran fiesta y en el centro acumulaban leña para una enorme pira.
- La van a quemar como a una bruja. - Se lamentó el anciano.
Sin saber qué más hacer por ver a su nieta, reunió todo el oro que le quedaba y regresó a palacio en la intención de sobornar a los guardias que la vigilaban.
Las mazmorras no distaban mucho de dónde había estado el jardín. ¿Qué tenía aquel lugar que enloqueció a su pequeña? Sintió el impulso de visitarlo.
Solo quedaban escombros de los muros que lo cobijaban y en el interior ceniza y los restos carbonizados de algunos árboles. Tuvo que protegerse la boca con un pañuelo, el aire (aun después de 14 días) seguía enrarecido. Lo habían quemado a conciencia, con cada paso que daba la ceniza se levantaba formando una pequeña neblina que lo asfixiaba. Pensó, que de haber alguna respuesta, se habría quemado con todo lo demás. Estaba perdiendo un tiempo precioso.
A punto de marchar, le llamó la atención una pequeña mancha blanca en mitad de lo que debió de ser un claro. Al acercarse distinguió que se trataba de una flor. Aun estando cubiertas de ceniza, pudo advertir dos tumbas y sobre una de ellas había brotado una margarita. La extrajo de la tierra con sumo cuidado para no dañar las raíces de la planta y se la llevó consigo.

El guardia contaba las monedas mientras que su compañero no le quitaba el ojo de encima.
- ¿A cuanto tocamos?
- Hay suficiente para ambos.
- ¿Pero cuanto? - El segundo de los soldados cometió el error de acercarse demasiado al primero, mucho más grande.
- ¡Aparta, imbécil! Ya te he dicho que es más que suficiente para los dos.
El tipo obedeció refunfuñando. Vio la oportunidad de desquitarse arremetiendo contra el anciano.
- ¿Qué es eso que llevas ahí?
- No es más que un presente para la condenada, solo una pequeña flor.
-¡Nada de flores! - Le increpó. - Bastante hemos pasado por culpa de ellas.
- ¿Vais a negarle a este pobre viejo el ver por últim vez a su nieta, solo porque a usía no le gustan las flores?
- ¡He dicho que nada de flores! - Intentó arrebatarsela de las manos pero el anciano consiguió zafarse. De la manga de su camisa apareció una nueva bolsa como por arte de magia. Había guardado unas monedas por si se daba la necesidad de sobornar a alguien más. Se la arrojó al carcelero sin disimular su desprecio. La impaciencia de aquel individuo casi hace que se le cayesen al suelo.
- ¡Trae acá! - Su compañero le arrebató la bolsa y de un puntapié lo mandó a besar el suelo. Se enfrascaron en una riña. La puerta a los calabozos ya estaba abierta. Ben Alí no desaprovechó la oportunidad, los dejó discutiendo y peleando.
La buscó por todas las celdas hasta hallarla en la más oscura y apartada. Comprobó la puerta, la madera era gruesa y sólida, sin la llave sería imposible entrar. Le habló a través de los barrotes de la pequeña ventana.
- Lila, soy yo, Ben Alí. - La joven estaba acurrucada en una esquina. Sucia y vestida con harapos, incluso con tan poca luz pudo distinguir las marcas en su piel. - Mi pobre chiquilla. ¡Esos salvajes te han torturado! ¿Por qué no me hablas? Te juro que yo no he tenido nada que ver en esto.
Lo intentó por todos los medios, más no consiguió ninguna respuesta. Ya sin más argumentos se dejó llevar por el dolor y la tristeza.
- Los sueños no solo son caprichos del subconsciente, ahora lo entiendo. Pueden ser ilusiones, anhelos, pesadillas cuando no son correspondidos. Soñamos con una vida mejor, con que nos sonría la fortuna... con el amor. Soñamos despiertos, soñamos que estamos dormidos junto al ser querido, soñamos la muerte en su ausencia. Pasamos la vida soñando despiertos y caminamos sonámbulos, descalzos sobre los vidrios de de la decepción.
Lo entendí al ver las dos tumbas en el jardín pero no quise admitirlo.
Tengo algo para tí. - Acercó la margarita a los barrotes. - Él me pidió que te la devolviera. No es la flor más hermosa, tampoco su fragancia es la más exquisita. Es solo una margarita, la más humilde entre todas las flores, lo mismo que fue en vida vuestro jardinero.
Lila se levantó del suelo y se aproximó tambaleándose, los ojos inundados en lágrimas. Cogió entre sus manos la flor.
- ¿Qué mal hizo él por quererme? ¿Qué le importaba a nadie si yo lo amaba?
Ben Alí no pudo contener el llanto. - Perdonadme  por no haber sabido verlo, por no haber estado a vuestro lado para protegeros a ambos. Perdonad que también yo pequé de miserable en mis prejuicios.
- Él se llevó mi corazón para que no sufriera su ausencia.
- Él os lo devuelve para que volváis a vivir.
Lila buscó con las suyas las manos de su abuelo.
- No lloréis por mi, merezco el castigo que me aguarda.
No pudo Ben Alí sostenerle la mirada, se quebró en sollozos.
- Perdonadme, perdonad a este estúpido viejo.
- Perdonadme vos a mi, ya que no espero el perdón de ningún otro.

Llegaron los soldados y se la llevaron a rastras. No permitieron que Ben Alí los acompañara en el camino al cadalso. El anciano estaba seguro de que su nieta no se había llevado la margarita consigo. La buscó por toda la celda sin encontrarla.
- El jardinero tenía razón. - Se dijo entre llantos. - No hay flor más hermosa que el corazón.

El suyo no hubiera sido capaz de soportar la ejecución. La caravana estaba lista para partir.
- ¿Volvemos a Damasco? - Preguntó el guía.
Ben Alí asintió, en Damasco lo esperaba su esposa con la que pasaría sus últimos días lejos de la corte y del sultán.


                                                                                                      Fin.

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