martes, 17 de mayo de 2016

Otoño. / Los pretendientes.

Otoño.

No me calma la sed beber de tus lágrimas, me daña la espalda soportar la carga de tu silencio. Sentirme un necio cuando al llegar a casa, sobre la mesa me encuentro las frases ya hechas, en la sartén los reproches y la pasión en la nevera.
Una pena que sobre la tierra hayan mas tontos que locos, no recuperar un poco de la maliciosa inocencia de cuando niño.
Nada te pido, nada me dices y las perdices pululan felices sin temer acabar de menú.
Tú y yo, codo con codo y sin embargo tan solos. Fue de otro modo en la plenitud del verano, pero llegó el otoño para pudrirlo todo.






Los pretendientes.

Armados tan solo con palabras, aparecieron el bufón, el soñador y el seductor. En una esquina permanecía oculto el huraño, observando en silencio..
 Empezó el combate dialéctico y en un pedestal, el trofeo por el que se baten en duelo.
El payaso la hizo reír, lo abrazó como a un amigo y el bufón se retiró a un rincón cabizbajo.
En el circo de la vida, no vasta con decir tonterías para ganar la partida.
El soñador se extravió en un laberinto de desvaríos, en un mundo que solo existía en su mente, e intentó arrastrarla consigo. "Lo siento, el tuyo no es mi mundo" Le dijo. Allí quedó solo, en espera de que lo devorara el Minotauro.
Raudo, se aproximó el seductor para empacharla con halagos. Un torrente de versos y estrofas casi la ahogan. La rescató una mano y cuando quiso darse cuenta estaba en brazos del huraño.
"En toda la velada no has dicho nada". El apocado la miró angustiado, la soltó y regresó a su esquina. "¿Porque no me miras?" El huraño sin alzar la vista tartamudeo, apenas se le entendía.
"No se me dan bien las palabras. Me colé por la puerta de atrás. No vine a competir, pues para mi no eres un trofeo." Con un nudo en la garganta, que le obligó a tragar saliva, lo soltó en un susurro. "Yo...yo te quiero."
"¿Como has dicho? Apenas te escucho." Lo cogió de la mano y le invitó a levantarse del suelo. "No me tengas miedo."
Ella lo besó y ambos salieron abrazados del anfiteatro.
El juez miró el registro de participantes y sonrió. "Ya tenemos ganador." Se dijo para sus adentros, al tiempo que subrayaba el nombre del embustero.




lunes, 2 de mayo de 2016

Cuentos de viejas.

Sesenta y ocho historias sobre cubierta a cada cual más truculenta, pero ninguna comparable a la del capitán de la nave. Nadie nace pirata, a nadie lo paren en la oscuridad de los sollados. A nadie salvo a Pete Haycok, del que aseguran corre agua salada por sus venas y, que es por esa carencia de sangre, por lo que se alimenta de la de los desgraciados que se cruzan a su paso. Una reputación terrible de la que sabía sacar partido.
Lo cierto es que no distaba en lo sanguinario de cualquier otro de los miembro de su tripulación, que lo de beber sangre no era más que otra de las muchas patrañas que sobre él se contaban. En cierta ocasión que apresemos un galeón flamenco, degolló al capitán cautivo y llenó con el rojo líquido una copa con la que fingió calmar la sed. Fue una grotesca pantomima, pero aquellos afortunados por los que se pagó rescate, fueron con el cuento del aberrante acto acrecentando de esa forma la oscura leyenda de Pete.
Ahora que ha llegado el final, que nuestras fechorías han sido justamente recompensadas con el garrote vil, a Pete le han premiado con la hoguera, privilegio reservado a aquellos que la inquisición considera endemoniados.
Esta noche velaré los cuerpos de mis compañeros, todos ellos con la nuez aplastada y el cuello roto. Los ojos rojos y la lengua azulada colgando fuera de la boca. Ya no les parecen tan temibles a los últimos curiosos que quedan en la plaza. Sonrío al recordar todo lo vivido junto a ellos, pero es de todos sabido que los piratas no somos hombres de palabra, que no debemos lealtad más que a nosotros mismos.
Recojo un puñado de las cenizas, serán un bonito recuerdo, las meto en una pequeña bolsa de cuero que cierro con un cordel y me alejo del lugar.
Una voz me susurra al oído. –“Traidor”. – y se me hiela la sangre. No hay nadie en rededor, es solo mi imaginación. Doy media vuelta, los cuerpos siguen ahí, y de los restos de la hoguera apenas sale ya humo. Que estúpido soy, no van a ponerme nervioso los mismos cuentos de vieja que nosotros mismos creemos. Me espera una cómoda vida, una existencia sin sobresaltos gracias a mi salvo conducto y a la pequeña fortuna de la recompensa. ¡Que se pudran todos en el infierno! Al girarme me topo de morros con un rostro familiar que me sonríe. – “Brindemos” – Lo escucho decir al tiempo que mi yugular se secciona de un certero tajo. Lo último que ven mis ojos es a Pete apurar de un trago su copa.