viernes, 18 de enero de 2013

La eterna forastera.

LA ETERNA FORASTERA. 











 Infierno de whisky..
Acabó de liarse el pitillo con la mano izquierda mientras, con la diestra, escanciaba nuevamente el whisky de la botella al pequeño vaso. Esta vez lo sorbió despacio, paladeando el seco y fuerte sabor a madera. En frente, el gran espejo de detrás de la barra del saloon reflejaba a los dos individuos que seguían plantados tras de ella. Una lámpara de petróleo sobre sus cabezas los iluminaba con claridad. Nadie más podía verse en toda la sala. Creyó reconocer al tipo del bigote y ojos de loco, estaba casi segura, su nombre era 500 dólares. Demasiado dinero por tan poca cosa - pensó la pistolera. - Se levantó despacio de su asiento y giró muy muy lentamente (No tenia ninguna intención de recibir un balazo por la espalda por un estúpido movimiento nervioso.) Ahora sus ojos se encontraron, no le preocupaba el otro individuo, se notaba demasiado que no era mas que un patán al que habían embaucado con la promesa de dinero fácil. Sin embargo, en la mirada del bigotudo podía leerse la ambición de gloria. Estúpido, tendrá lo que busca, tendrá la gloria eterna. Apuró el último trago y agarró de nuevo la botella para servirse uno mas, siempre con movimientos pausados, ese no seria su último whisky. Los tipos prácticamente acariciaban las culatas de sus revólveres con la yema de los dedos, el patán sudaba abundantemente, un idiota asustado podía ser muy peligroso, era cuestión de tiempo que se precipitara a hacer una tontería. El del bigote miró a su compañero de forma autoritaria, eso basto para calmarlo.
La botella estaba casi llena, que desperdicio, la lanzó en un rapidísimo movimiento sobre los sicarios y una detonación rompió por fin el angustioso silencio. La botella estalló en mil pedazos y el licor tomo contacto con la llama de la lámpara. Una gran bola de fuego envolvió a aquellos dos desgraciados que corrían ardiendo y gritando de un lado a otro. Descerrajarles un tiro hubiera sido un acto de piedad pero ella desconocía el significado de esa palabra. A los pocos segundos se desplomaron por fin, la mujer sacó un papel de uno de sus bolsillos y lo miró detenidamente. En efecto, el tipo del bigote era el de aquel mal retrato, 500 dólares vivo o muerto rezaba la inscripción bajo su fea cara. Puso el pitillo en sus labios y acercó su rostro a la cara del chamuscado delincuente. Aun sufría estertores y se convulsionaba, estaba irreconocible, había perdido una pequeña fortuna pero el espectáculo había valido la pena. Acercó el cigarro sujeto en sus labios a la cabeza del socarrado tipejo hasta que prendió, extrajo de otro de los bolsillos de su raído guardapolvos un nuevo papel, lo desdoblo con cuidado, era muy viejo. Lo contempló durante largo rato, el hombre de pelo largo y negra barba que estaba retratado probablemente seria ahora muy diferente, si conservaba la barba estaría llena de canas y, la frondosa cabellera que poblaba su cabeza, posiblemente habría desaparecido.
Morgan Flanagan, 100 dólares vivo o muerto. El cigarro se había consumido y la quemó los labios devolviéndola nuevamente a la realidad. Dobló con mucho cuidado el papel y lo guardó en el que parecía ser un bolsillo especialmente destinado a salvaguardar dicho documento. Salió por la puerta, el abrasador viento procedente del desierto la golpeó el rostro, a su espalda quedaba un rastro de muerte.
se detuvo unos minutos para liarse otro pitillo, algunas cabezas curiosas empezaban a asomar de los sitios mas inverosímiles. Buscó por todos sus bolsillos pero no encontró ningún encendedor, arrojó el cigarro a una escupidera y prosiguió su camino.


 




La senda del odio.
- ¿Por qué quieres matar a tu padre? - Formuló la pregunta con la indiferencia de quien realmente no espera respuesta. Estaba mas pendiente de que la destartalada cafetera llegase por fin a bullir, que de la flacucha muchacha de cabello castaño y enormes ojos color avellana que sentada a su lado lo observaba con aire decepcionado. Aquel viejo tenia pinta de cualquier cosa menos de leyenda; Roberto Reyes, mas conocido en los estados del sur como Texas centella. En todas las historias que de él había oído, se hacia especial hincapié en la vertiginosa rapidez con la que desenfundaba. De ahí su apodo, pues aseguraban que era imposible distinguir el momento en que el arma escapaba de su funda y parecía aparecer de la nada para, con la misma velocidad, disparar y abatir a su oponente. Sin embargo quien se hallaba enfrente de ella era un anciano con profundos surcos en la frente y el rostro arrugado como una pasa. Su ojo izquierdo prácticamente estaba oculto por la desagradable telilla amarillenta de unas ya muy avanzadas cataratas mientras, en el derecho, también se empezaba a advertir el principio de la enfermedad.
El café estaba listo por fin, agarró la cafetera con cuidado protegiéndose con un trapo del hierro candente, llenó un par de sucios vasos y ofreció uno a la joven. Ella observaba cada uno de sus movimientos, su pulso aun era firme, rechazó el café.
- Haces bien muchacha, tan solo es asquerosa achicoria, no tomo un café en condiciones desde hace años, tantos como llevo aquí escondido olvidado por todos. - Sonrió y dejó al descubierto sus sanguinolentas encías enfermas de gingivitis, apenas le quedaban dientes.
- ¿Me enseñaras entonces?
El viejo la interrogó nuevamente. - ¿De verdad quieres convertirte en una asesina, dormir el resto de tus días con un ojo abierto, temiendo que en cualquier momento alguien ponga fin a tu vida? Yo también fui joven, era orgulloso y no temía a nada. Me regocijaba de la suerte que corrían mis enemigos, sangrando como cerdos abatidos a mis pies. Pero los años pasan y si tienes la suerte de no haberte topado con alguien mejor que tú y sigues respirando, empiezas a hacerte preguntas. Te das cuenta de que estas solo, poco a poco pierdes la confianza en ti mismo, llegan las dudas y con ellas los miedos. - Sorbía despacio la achicoria, estaba demasiado caliente.
- Yo no tengo miedo, me juré a mi misma que nunca mas lo tendría. - Ahora si la miraba, la observaba detenidamente buscando un atisbo de duda, una debilidad que le permitiera disuadirla de aquella locura.
- Tienes determinación muchacha, lo reconozco, el hecho de que me hallas encontrado lo demuestra, pero mírame. Todos nos convertimos en esto, si tu padre sigue vivo ya habrá comenzado a languidecer, a apagarse su estrella, sus crímenes los purgara solo….  - Permaneció unos segundos en silencio, giró la cabeza para evitar la mirada de ella. - …como yo. - Recuperó la sonrisa y de nuevo dejó al descubierto sus escasos dientes. - Bébete eso, te hará bien, hiciste un largo viaje. - Nuevamente la joven rechazo el ofrecimiento. - Ya no se cuanto tiempo llevo ocultándome en este lugar, temiendo que en cualquier momento aparezca un lechuguino con ganas de hacerse un nombre o alguien, al que seguramente he olvidado, buscando venganza. He desperdiciado mi vida te lo aseguro, búscate un marido, forma una familia y ten un montón de críos. Vive una vida como Dios manda, el odio solo engendra mas odio, olvida tu venganza.
- No olvido y lo único que poseo es mi vida, dispondré de ella como me venga en gana viejo, ahórrate los discursos. Tú lo has dicho, recorrí un largo camino y me jodería irme con las manos vacías. Me contaron que eras el mejor, pero desde que llegué no has hecho otra cosa que llorar y compadecerte. Exageraron demasiado tus historias, no creo que nunca hayas sido ni siquiera mediocre. - El viejo no cayó en la trampa.
- De nada te servirá provocarme, la edad no solo me hizo cobarde, también he ganado sabiduría. Muy bien, como bien has dicho, tan solo posees tu vida. ¿Cómo piensas pagar mi tiempo? - La muchacha no vio lujuria en la mirada del anciano, eso la tranquilizó un poco pero no solucionaba el problema. No tenia nada con que pagar ni siquiera aquel apestoso vaso de falso café.
- Llevo mucho tiempo solo, agradeceré algo de compañía, pero tendrás que trabajar duro. Cocinaras para mí, yo soy un desastre en eso. Limpiaras todo esto, cultivaras el huerto y cuidaras de mis escuálidas reses. Si después de todo eso te sobra algo de tiempo te enseñare, pero si no cumples con mis expectativas te mandare a casa de nuevo con tu madre. - El rostro de ella se ensombreció fortuitamente y en sus ojos podía verse germinar el odio, se mordió la lengua para no echarlo todo al traste. El viejo se dio cuenta de ello y se acarició la barbilla meditabundo, esta vez no haría preguntas.
- Trato hecho. - Le estrechó la mano, Centella pudo darse cuenta de que, aunque demasiado delgada, era fuerte, un cuerpo acostumbrado al trabajo. - Muy bien empezaremos mañana temprano. Ahora limpia todo esto.
Parece mentira la cantidad de recuerdos que pueden pasar por la mente en tan solo unos segundos. Frente a ella los despojos espatarrados panza arriba, inertes sobre el barro mezclado con estiércol de la sucia calle. Se acercó para verlo mejor, había conseguido desenfundar, aquel muchacho podía haber sido bueno, muy bueno, pero las prisas, la intrepidez suicida de la juventud lo habían conducido a una muerte prematura. Era muy guapo, le hubiese gustado pegarle un polvo en vez de obsequiarlo con una onza de plomo justo en mitad del corazón. Se sintió sucia. ¿Remordimientos…? No, le acababa de bajar la regla, tan solo necesitaba un baño.


 
Primera bala. (Por 0rcanario.)


El semblante tranquilo del forastero dejaba claro que el inminente enfrentamiento no le preocupaba en lo más mínimo. Dedico una amplia sonrisa a su oponente, una sonrisa que al muchacho le pareció una mueca de desprecio. El pistolero parecía tener prisa por zanjar el asunto, su tiempo valía mucho más que la vida de aquel palurdo y lo estaba desperdiciando en un duelo que no le proporcionaría siquiera la satisfacción de la victoria, demasiado fácil. La seguridad en el andar, la ropa absolutamente negra pero de corte pulcro y elegante contrastaba con la sucia apariencia del harapiento joven que tenía enfrente. La camisa, que algún día había sido blanca se encontraba totalmente gris por la mugre acumulada, algunos agujeros a modo de “ornamento” junto a uno que otro zurcido de confección torpe le daban el desaliñado aspecto de un pordiosero. El pantalón no tenía mejor apariencia, acaso menos agujeros, y las botas daban muestra de haber hollado muchos caminos y no siempre con el mismo dueño. Su revolver debió de ser un buen arma, seguro lo fue, pero veinte años atrás.
Sin duda el olor a whisky barato que emanaba el aliento del joven era lo único que podía explicar una lucha tan desigual. El pistolero había vivido muchas veces esa misma situación. Su fama le precedía y siempre aparecía algún temerario con ganas de obtener fama y notoriedad, que, tras hacer acopio de valor con una botella, sólo lograba obtener una bala alojada en el cuerpo y, casi siempre, la muerte.
Sus amigos eran mucho más optimistas que el propio joven. Si bien trataban de animarle, sabía que no era lo mismo humillarlos a ellos en competiciones disparando contra botellas vacías que hacerlo contra un hombre, y mucho menos si ese hombre era un pistolero de renombre, famoso por su frialdad y rapidez. Pero ya no había marcha atrás. Estaba harto de su apestosa vida, prefería dejarla con una bala en el estómago a seguir trabajando en la mina, jugándose el pellejo cada día por unos cochinos dólares. A fin de cuentas, ganara o perdiera, acabaría en el interior de un agujero y posiblemente la muerte era una mejor opción que seguir sepultado en vida en la mina. Nadie le iba a echar de menos. Sin esposa ni padres había sido siempre un paria en todos sitios, pero cuando aquel energúmeno entro en la cantina con sus aires de superioridad humillando a todo el mundo y pasó por su lado, él al contrario que los demás no aparto la mirada si no que la clavo desafiante en los ojos de aquel engreído. Algo le había impulsado a retar a aquel pistolero, ahora a unos segundos del cruento desenlace se había dado cuenta que solo pretendía impresionar a la joven hija de Reilly que se encontraba presente por algún motivo en aquel tugurio. El pistolero se había acercado a ella con sus aires de superioridad y empezó a flirtear con el mayor de los descaros. Que estúpido, Mery no sabía ni su nombre y no asistiría dolida a llevarle flores a la tumba.
El pistolero se colocó en mitad de la calle, dirigiendo antes unas palabras a su acompañante, un hombre de mediana edad con inequívocos rasgos de sureño que llevaba un largo guardapolvos teñido de gris por el polvo del camino pero bajo el que se distinguían ropas más elegantes. Rodeándole el talle un cinto con dos revólveres. Tampoco en su cara se apreciaba ninguna emoción.
El joven se colocó en frente del tipo de negro con una actitud demasiado segura, incluso soberbia, para alguien condenado a morir.
- Has encontrado la horma de tu zapato miserable. - dijo teatralmente el joven envalentonado con la bebida y los ánimos de sus compañeros.
El pistolero miró el calzado del muchacho y esbozo una sonrisa. – No te vendrían mal un par de zapatos junto con un baño, cuando me mates podrás quedarte con los míos. – El gañan se quedó meditando aquellas palabras unos segundos sin acabar de entender el sarcasmo. – Desenfunda de una vez cretino - Ordenó el matón, hastiado, sin levantar la voz, seguro de sí mismo. El joven minero sudaba más que extrayendo carbón a cien metros bajo tierra, intentó tranquilizarse pensando que a fin de cuentas tampoco tenía nada que perder. Los dos rivales desenfundaron, casi al mismo tiempo, y dos disparos sonaron, casi al unisono. Casi.

El joven despertó en la habitación del hotel. Su cabeza daba vueltas y una repentina náusea se apoderó de su estómago. Los recuerdos se agolpaban en su cabeza. ¡Lo había hecho! Había acabado con aquel fantoche engreído. El alcohol mezclaba en su mente imágenes del duelo. Su mano apretando febrilmente el revolver mientras el pistolero caía al suelo se fundían con los posteriores abrazos y felicitaciones de sus camaradas de la mina y de la excesiva celebración posterior. Demasiado alcohol. Ni siquiera sabía cómo había despertado en aquel hotel junto a Mery y mucho menos quien iba a pagar la cuenta. Quizás era mejor buscar una salida trasera y abandonar la habitación cuanto antes. ¿Qué hora sería? En ese momento alguien golpeó la puerta y, sin esperar una invitación o permiso entró. Era el hombre que había visto que acompañaba al pistolero, el sureño.
- Buenos días señorita. – Hizo una leve inclinación con la cabeza al tiempo que movía con el pulgar y el índice un poco hacia delante el sombrero a modo de saludo, Mery se ocultó avergonzada bajo las sabanas. - Veo que sigues borracho. Te vendría bien un baño, y no sólo por la cogorza, apestas.- El muchacho busco por la habitación su viejo revolver con la mirada sin encontrarlo, se fijó en el extraño, no iba armado, eso lo tranquilizo y respiro aliviado.
-¿Quién eres? Estoy lo suficientemente sereno para mandarte al infierno junto al otro advenedizo.
- Estoy seguro de ello. Eres una mala bestia y hueles igual... – Ahora el chico si capto el sarcasmo a la primera.
- ¿Qué quieres? Si es para hablar de mi olor puedes irte por dónde has venido. Te repites.
- No suelen sorprenderme con facilidad, debo reconocer que con lo de ayer tú lo has conseguido. Pero tu proeza no solo es motivo de admiración, también supone un serio problema para mis “negocios”. Tu “gesta” es un gran inconveniente para un asunto que tengo entre manos. Éramos un grupo de cinco, si sabes restar, que lo dudo, ahora solo somos cuatro, dejaste una plaza vacante. Necesito un hombre y ya no tengo tiempo de buscar a un sustituto. Seguro que me arrepiento de lo que vengo a proponerte.
- ¿Un trabajo? – Las palabras escaparon de la garganta del muchacho de forma precipitada y sonaron con un ridículo tono agudo.
- Llámalo como quieras. Tendrás que disparar... y posiblemente también matar, he visto que sabes hacer ambas cosas. Pago bien, pero me pregunto si tendrás arrestos...
-¿Y si no me interesa? – Su excitación inicial se había tornado inquietud, temía represalias si se negaba. A fin de cuentas había mandado al otro barrio a uno de los secuaces de aquel tipo.
- Volverás a tu apestosa vida. Espabila en regresar si quieres conservar tu trabajo en esa mina. A tu capataz le importa un bledo lo rápido que seas con el revolver, le serás útil hasta que tu espalda se rompa o exploten tus pulmones. Quizás a mi lado vivas aún menos tiempo pero disfrutaras cada segundo de tu existencia y…- Hizo una pausa teatral. – pago mucho mejor.
El joven no trató de disimular su interés pero recelaba. - ¿Sois delincuentes? – El sureño esperaba la pregunta, sonrió.
- Podría decirse que somos lo más parecido a la ley que encontraras por estos parajes abandonados de la mano de Dios.
- Soy su hombre. - Respondió tratando de que sonar convincente.
- Date un baño y come algo. No te preocupes por la cuenta. Ten un adelanto - le arrojó un fajo de billetes a la cama, más dinero del que el joven había visto en su vida. - Necesitarás un caballo y un buen revolver, no ese cacharro que llevabas ayer... Tambien algo de ropa, no trabajo con pordioseros.
El joven recogió el dinero, pasando por alto el último comentario con un gruñido. Mientras su nuevo patrón se dirigía a la puerta, antes de cerrarla tras de sí se giró. - Partimos mañana temprano, ya he perdido demasiado tiempo así que date prisa. Compra lo que necesites hoy mismo, haz lo que tengas que hacer de forma rápida. - Hizo una pausa. – No suele importarme el nombre de los recién llegados pero como ya te he dicho me has sorprendido y contigo hare una excepción. ¿Cómo te llamas muchacho?
- Si no le interesa mi nombre quizás tampoco yo quiera saber el de usted. - Espetó desafiante.
- No tientes a tu suerte muchacho. Una cosa es el valor y otra muy distinta la estupidez aunque muchos, sobre todo jovenzuelos como tú, confunden ambos términos con demasiada frecuencia. Me llamo Roberto Reyes pero todos me llaman Centella. El muchacho quedo en silencio unos segundos sin saber cómo reaccionar, finalmente decidió ofrecerle la mano
- Flanagan - completó el joven- Morgan Flanagan.. – Centella le dio la espalda y allí quedo plantado con la mano extendida y expresión de besugo. De entre las sabanas asomó una melena negra y bajo ella unos ojillos curiosos sobre una pequeña nariz pecosa.
- ¿Ya se fue ese individuo? Si trabajas con gentuza como esa tendrás muchos problemas.- Mery estaba ahora sobre el lecho totalmente desnuda.
- Me excitan los chicos malos, ven a la cama, mañana aún queda muy lejos.
Morgan no la escucho, ya estaba casi vestido y dispuesto a salir de compras, tan solo le faltaba calzarse su nuevo y flamante par de botas.





.Bautismo de sangre.
- No somos del agrado de las “gentes decentes”, ellos nos temen por que son de naturaleza cobarde. Se refugian tras las armas de otros, nos consideran lobos y se echan en brazos de los perros en vez de defender ellos mismos lo que les pertenece o aquellos a quienes aman. Prefieren no ver que los perros tienen amo, que no los protegen si no que los controlan como a un rebaño, que eligieron convertirse en ovejas y ponerse en manos de los poderosos.
Los poderosos son el gran problema del mundo, hacen y deshacen a su antojo para su único beneficio. Ellos son los jueces que promueven leyes y administran justicia, los banqueros que controlan el dinero y esclavizan mediante la usura, los políticos que dicen representarnos y que no son mas que otro de los tentáculos de esta gran mentira que es el sistema, los terratenientes que acaparan una tierra que era suficiente para todos.
Tampoco somos del agrado de ellos, odian todo lo que escape de su control, se tragaran cualquier semilla de libre pensamiento antes de que pueda germinar, arrancaran de cuajo cualquier brote que crezca fuera de su cercado. Querrán acabar contigo, porque tú eres un lobo y los lobos no tienen patria ni amo.
No permitas nunca que te conviertan en perro. Ten por seguro que si aceptas el trabajo que te ofrezcan te traicionaran, cuando ya no les seas útil intentaran utilizarte como a todos, controlarte, y si no lo consiguen todo el peso de “su” ley intentara aplastarte. Tienes que ser más lista que ellos muchacha…
El anciano la miró con sus ojos enfermos, quien tenia enfrente ya no era la muchacha flacucha que había llegado a su derruido rancho hacia dos años. La que lo escuchaba con atención era toda una mujer de cuerpo esbelto y bien formado, fuerte tanto físicamente como de carácter. No la miraba con deseo, aunque la encontraba sumamente hermosa. La veía como a la hija que siempre deseo, y aunque ella era parca en palabras, había llenado el gran vació que era su vida.
- Acompáñame fuera muchacha. - Salieron al exterior de la pequeña cabaña y el viejo hizo que lo siguiera hasta el lugar donde solían practicar la puntería. - Ya aprendiste todo lo que soy capaz de enseñarte muchacha pero aun no estas lista para enfrentarte al mundo, aun te falta algo muy importante por aprender. - El tono del anciano era solemne, demasiado solemne para ella que intentaba reprimir la risa que le provocaba la expresión tan seria del anciano. - Aún no has probado la sangre, ese será tu ultima prueba, tu examen final. - La joven ya no pudo aguantar más y soltó una carcajada.
- ¿Quieres que mate a alguien? - Las risas iban en aumento. - Pensaba que no te quedaban enemigos que se acordasen de ti viejo, y ahora quieres que te haga el trabajo sucio. Está bien, no me importa que me utilices, te debo el pago de tu tiempo aún. Dime de quien se trata. - El viejo retrocedió varios metros, arqueó un poco las piernas y liberó la pequeña correa que aseguraba el colt a la funda.
- El aprendiz debe superar al maestro. - La risa cesó de inmediato y los grandes ojos color avellana de ella se abrieron aun más, dando la sensación de que se le saldrían de las órbitas en cualquier momento.
– No me enfrentaré a ti viejo.
La voz del anciano sonaba serena , la tristeza que sentía en aquellos momentos le provocaba una gran congoja pero consiguió ocultarla. - Mírame muchacha, en pocos meses estaré completamente ciego.-La telilla amarillenta de las cataratas ya había cubierto también casi todo su ojo derecho. - ¿Cuánto crees que sobreviviré en este lugar ciego y solo? Créeme, esto es necesario, no te dejaré partir si tu entrenamiento no esta completo.
- ¿Y si pierdo? - La muchacha estaba segura de su triunfo pero tuvo la necesidad de formular aquella pregunta.
- Si pierdes habrá sido el fracaso de ambos, que los sentimientos no te distraigan. Dime cuando estés lista.
- ¿Sentimientos? No seas ridículo viejo, si quieres morir aquí y ahora tus deseos serán atendidos. Estoy preparada.

Le dolía terriblemente, más el amor propio que la herida en si. La sangre ya seca manchaba su cuello y el hombro izquierdo. Maldito viejo, aún decrepito y casi ciego había sido realmente una centella al desenfundar. Si seguía viva era gracias a su reducida visión, estaba segura de ello.
Aun le quedaba mucho que aprender. La bala le arranco el lóbulo de la oreja, un centímetro mas a la derecha y hubiese sido ella la que reposaría bajo el túmulo de tierra con una cruz sin nombre clavada en el.
- Texas Centella, tu leyenda seguirá viva, todos te recordaran como el invencible, el mas rápido.
Ya no era una muchacha ahora era una pistolera, una asesina y tenia su primera cicatriz, su primera herida en el alma, pues no era su oreja lo que realmente le dolía.
Sobre la tierra, junto a la cruz, un pequeño manojo de flores silvestres.




Lobos en el desierto.  (Por 0rcanario.)

- ¿Alguna vez has perdido en un duelo? – Quien preguntaba eso era un joven imberbe, que respondía por el anodino nombre de Tom, mientras dirigía la mirada al hombre de más edad del cuarteto.

- Siempre se pierde alguna vez, y esa probablemente será la primera y la última. Eso debes tenerlo presente. Siempre habrá un lobo más joven y más rápido que querrá ocupar tu lugar…

- Empiezas a filosofar otra vez, viejo. ¿A qué se debe esa obsesión por los lobos?

Centella rio de forma condescendiente. -  Solo trato de utilizar la cabeza para algo más que llevar el sombrero, pero eso ya lo sabes, Morgan, y quiero meter algo de provecho en la sesera del crío.

El fuego apenas servía para calentar el pastoso caldo que Bruce estaba preparando con todas las hierbas y condimentos que había conseguido. Los cuatro hombres, sentados alrededor de la hoguera buscaban sacarse de encima el frío de la noche en el desierto. Habían cabalgado todo el día y aún les quedaban varias jornadas de camino hasta su destino. La tenue luz de la hoguera iluminaba débilmente al grupo. Bruce apartó la comida del fuego y la fue repartiendo en cuatro platos.

- No has respondido a mi pregunta, tu reputación está a salvo, ninguno de los presentes se lo dirá a nadie. - Insistió el joven. – En esta ocasión si soltó una complacida carcajada, cuando se recompuso se secó las lágrimas con la manga y comenzó a liarse un pitillo. - Recuerdo hace años, llegamos a un pueblucho después de un trabajo. Había salido todo a pedir de boca y nos emborrachamos a base de bien con un brebaje que no era muy diferente a esta sopa – Se oyó un gruñido de Bruce desde la oscuridad. - y entre vaso y vaso hicimos unas cuantas demostraciones de puntería contra los platos del local. Había una “dama” que no me quitaba ojo, y tras invitarle a una copa…

- Me gustaría ir a dormir antes de que amanezca… abrevia – Dijo Morgan, dejando el plato, ya vacío, a un lado y recostándose sobre su manta

- Por mi puedes irte a dormir al infierno, aunque no creo que lo consigas con ese caldo en tu barriga, antes tendrás que desahogarte al lado de cualquier cactus… pues lo dicho, cuando me dirigía a la habitación con la distinguida señora…

- ¿Era una fulana?

Centella dirigió una expeditiva mirada a Tom. – Mira muchacho. – Le recrimino. – Cualquier mujer que tenga el estómago de irse al catre conmigo merece todo mi respeto. Nosotros somos asesinos, le arrebatamos la vida a otros seres humanos, ellas consiguen que nos olvidemos de ello durante unos instantes. Trátalas como merecen chico.

Morgan se cubrió la cabeza al tiempo que soltaba un malhumorado gruñido. -¡Ya estamos con lo de siempre! Yo no me considero un asesino.

- ¿Vais a dejarme terminar la historia?

- La has contado un millón de veces maldito viejo, la sabemos de memoria. – Ahora era Bruce quien se quejaba, intentaba limpiar los platos con unos trapos y algo de tierra. El agua es un elemento demasiado precioso en el desierto como para mal gastarla.

- Pero el chico no la conoce, deja que sacie su curiosidad al tiempo que aprende algo. – Tom tenía los ojos clavados en Centella, esperaba impaciente que prosiguiera con su relato.

- Como iba diciendo, me dirigía a una habitación con la “señora” – Remarco con el tono la palabra. – Cuando apareció un individuo lanzándome improperios. Supongo que debía ser el marido o el hermano o yo que sé quién.

- ¿No lo sabes? – Pregunto Tom que tenía los ojos como platos por la excitación producto de la curiosidad y la impaciencia por llegar al desenlace de todo aquello.

- No lo recuerdo bien, estábamos muy borrachos, sé que gritaba y se lo llevaban los demonios, pero el caso es que tuve que salir fuera del local, entre los insultos de aquel tipo, que tenía toda la pinta de un granjero. El asunto es que saqué el revólver y disparé tres veces antes de que aquel cría cerdos sacara el suyo, pero con la cogorza no me acordaba de que había usado todas las balas destrozando los platos de aquel tugurio y no había cargado el arma. – Soltó una carcajada. - Así que aquel tipo desenfundo el suyo lentamente y me disparó dos veces. Si en vez de un granjero cría cerdos hubiera sido un pistolero medio decente, hoy no estaría aquí. Desde entonces nunca más he probado el alcohol, recuérdalo chico, mantente apartado de la bebida si quieres vivir mucho tiempo. No hagas como esos otros dos pendejos.

Tom no pudo reprimir la risa, casi vomita el mejunje que con tanta dedicación les había preparado Bruce. – Cuando recupero la compostura se dirigió al viejo Centella aun con la sonrisa en los labios. - ¿Te hirió?

- En un hombro y una pierna, nada grave. Pero por eso ahora siempre llevo dos revólveres. – Ahora era el viejo quien reía.

- ¿Y por eso los llevas tú también, Morgan? – Inquirió Tom

A Morgan no le agradaba aquella conversación, quería descansar y sus compañeros parecían empeñados en impedírselo. Cuando amaneciera seguirían su camino por el desierto y deseaba recobrar fuerzas. Decidió zanjar la cuestión por las bravas. - No, lo hago para compensar el peso en la cartuchera. No hagas tantas preguntas.

Mientras Texas Centella reía, Morgan Flangan cerró los ojos y recordó como hacía unos años, después de su primer trabajo juntos, el viejo Texas le puso un revolver en cada mano. - Dispara a esos dos troncos, de ahí.- El disparo con su mano derecha acertó plenamente en el blanco, pero el del revolver de la izquierda se perdió, lejos, detrás del tronco. – Si eso fuera un hombre armado ya estarías muerto, tienes que aprender a usar las dos manos. No todo es demostrar quién es más rápido en un duelo, muchas veces tendrás que disparar contra todo bicho que se mueva. Pueden aparecer muchos perros oliéndote el trasero, no siempre vendrán de uno en uno. Por ahora eres solo medio asesino – No me gusta esa palabra, Centella – Le recrimino Morgan enojado. – Pues eso es lo que somos. Te lo dirán muchas veces, así que acostúmbrate, no me vengas ahora con remilgos. Ellos pagan y tú disparas. No hay más.

Desde entonces entrenaba cada día para aprender a usar el revolver con la mano izquierda, había conseguido una destreza razonable, superior a la de muchos pistoleros con la mano derecha. Nunca le dio las gracias a Centella por el consejo. Tampoco le comentó nada sobre sus logros. No sabía lo que le depararía el futuro, y quizás, alguna vez, tendría que disparar contra el viejo, no veía necesario que supiera cuan bien disparaba con ambas manos. Lo que sí sabía es que, si llegaba ese momento, iba a necesitar ambas y más de una bala.



Para todo hay una primera vez.

Tenía 21 años y lo único que sabía de los hombres era la manera de matarlos. Los había visto desnudos, conocía como eran sus cuerpos. En cierta ocasión siguió a tres durante varios días, por algún motivo ofrecían más dinero por ellos vivos. Espero pacientemente la mejor oportunidad y esta llego cuando pudo sorprenderlos bañándose en un rio. Tuvo que volarle las pelotas a uno para que la tomaran en serio y así, tal como los trajo Dios al mundo, los entrego al sheriff más cercano. Cobro el “extra” por dos de ellos, el eunuco se desangro por el camino. Pero otra cosa lo que le daba vueltas por la cabeza desde hacía semanas, le vino a la memoria su estancia en el mugriento rancho donde, siendo una niña, la abandono Morgan justo después de asesinar a su madre. Por las noches, después de soportar las humillaciones y el duro trabajo a la que la sometían intentaba dormir que, de alguna forma, era la única manera que tenía de morir y olvidar. Pero los gemidos de aquella pareja de miserables la despertaba y la curiosidad, esa que dicen mata al gato, la impulso en varias ocasiones a espiarlos a través de la rendija de la puerta entre abierta de la habitación. Veía al hombre sudoroso sobre la hembra embistiéndola y en el rostro de ella un placer que no parecía corresponderse con a lo que, en aquel entonces, le parecían gemidos de dolor. Cuando aquel tipo dejo de tratarla como basura y empezó a hacerse el simpático comprendió que había llegado el momento de escapar de allí, tenía 16 años.
Cuando llego a aquella ciudad lo tenía decidido, era un lugar del suficiente tamaño como para tener un hotel medio decente. Alquilo una habitación y salió de compras, en esta ocasión no sería solo munición lo que buscaría. Adquirió una camisa y unos pantalones de hombre que le parecieron bonitos, nunca se planteó la posibilidad de ponerse un vestido. Aquel comerciante no dejo de mirarla en todo momento con aquella cara entre incrédulo e idiota y su expresión fue aún más estúpida si cabe cuando le pregunto por un perfume. Regreso a toda prisa al hotel, estaba nerviosa, nunca se había sentido así, una extraña desazón le recorría todo el cuerpo. Le subieron un barreño que llenaron cubo a cubo con agua caliente y le trajeron una pastilla de jabón. 5 dólares por aquello le parecieron un robo, pero una vez dentro, bien relajada, con un puro entre los labios ya no le parecía un gasto inútil. Se frotó con fuerza, muchas jornadas de camino habían adherido a su cuerpo el polvo que, mezclado con sudor, se había transformado en costras de mugre. Quería sentirse bien limpia cuando llegase la noche, paso el jabón por sus hombros, por su cuello y cuando quiso darse cuenta se sorprendió jugando con sus senos. Sus pezones estaban erguidos y cuando sumergió la mano en el agua y comenzó a limpiar su intimidad sintió un calambre que le recorrió toda la espina dorsal. Reprimió la tentación de masturbarse, cuando llegara la noche entregaría su cuerpo a algún afortunado y no tenía ni idea si aquello podría influir negativamente cuando se acostara con él. Cuando salió del barreño tenía las yemas de los dedos arrugadas como pasas, paso un buen rato desenmarañando con un cepillo su mojada cabellera, espero pacientemente a que se secara por completo antes de seguir peinándola. Se miró en el espejo y se preguntó si resultaría bonita a los ojos de un hombre, vio su oreja mutilada y la oculto bajo el pelo de forma nerviosa. Ya estaba lista, solo faltaba el toque final, esparció una cantidad desproporcionada de perfume por su cuerpo y el intenso olor impregno toda la habitación, le pareció una fragancia agradable así que comenzó a vestirse.
Había oscurecido cuando se dirigió al saloón, sorteaba como mejor podía el barro y el estiércol de la calle, había invertido media hora y una caja de betún en dar lustre a sus botas. Por primera vez, desde que el viejo Centella se los dio, salió sin su inseparable guardapolvos y su enorme magnum. Un abrigo viejo como aquel no era “elegante” y un arma podría intimidar a sus posibles pretendientes. Llevaba el pelo descubierto, también prescindiría en esta ocasión del sombrero. Al entrar en aquel tugurio nadie le presto gran atención, era sábado y estaba a rebosar de tipos de todas las calañas y raleas. Vaqueros, con sus piernas arqueadas, hediendo a estiércol, comerciantes que querían distanciarse por unas horas de sus mujeres, algún tipo elegante desplumando en la mesa de póker a los pardillos. Apenas algunas mujeres, un par de flores marchitas buscando quien les ofreciera un techo y un poco de cariño, la camarera y algunas prostitutas. Sin lugar a dudas la noche era para los hombres. Paseo con pasos cortos por todo el local pero nadie parecía percatarse de que no era uno de ellos y eso la desilusiono un poco. Se miró de arriba abajo y pensó que, quizás, debió de comprarse unas tallas menos para que la ropa se ciñese más a su cuerpo, le pareció una idea estúpida, sería demasiado incómodo.
En cuanto lo vio supo que su búsqueda había concluido, en la barra tomándose un whisky se hallaba un ejemplar imponente. Una espalda amplia y fuerte, el talle esbelto, bajo la ceñida camisa no se adivinaba ni un gramo de grasa. Hasta ese momento nunca se había interesado por los traseros pero el de aquel tipo le pareció redondo y bonito. Sobre la fornida espalda caía media, negra como el azabache. Se fijó en la culata del revolver que asomaba fuera de la canana. Era un modelo esplendido, desterró la imagen de su cabeza, no había venido a interesarse por las armas, esta vez no. Se puso a su lado y el intenso olor a perfume lo saco de su letargo, se quedó con los ojos clavados en la extraña muchacha de pelo castaño que lo miraba con expresión bobalicona. Los ojos de él eran verdes, algo bastante extraño para alguien tan moreno, una combinación exótica y sumamente atrayente.
-Hola.
El individuo quedo en silencio, en un principio pensó tenía enfrente un bisoño, la luz del local y el humo del tabaco formando una autentica niebla, no era ciertamente el mejor ambiente para apreciar un rostro. La voz la delató, era una muchacha sin ninguna duda, y además le pareció sumamente bonita aun con aquellas ropas de hombre. El pelo laceo de color castaño, los ojos grandes bordeados de unas largas pestañas. El mohín de la expresión curiosa de la chica daba un aspecto encantador a su nariz. El tipo respondió por fin.
-Hola. – Ella seguía con los ojos clavados en él sin apenas parpadear. El tipo se puso algo nervioso en espera de una respuesta que no llegaba. Apuro su vaso de licor de un trago y reclamo la atención del camarero exigiendo otro whisky.

-¿Te apetece un trago?
-No bebo. – Respondió de forma parca la chica. El tipo empezó a sentirse incómodo.
-¿Pues si no bebes que has venido a hacer a una taberna?
-Eres guapo. – Pensó que se encontraba frente a una granjera palurda, la hija de uno de esos que se aparean entre primos y los vástagos nacen con un hervor de menos.
-Gracias por el cumplido, tú también eres guapa pero creo que lo mejor es que vuelvas a casa. Seguro papaíto te está buscando, no quisiera que apareciese hecho una furia y me disparase por un tonto malentendido.
-¿Te parezco guapa?
El hombre se cansó de aquello y le dio la espalda.
-No me trates como a una cría, tengo 21 años y no te preocupes, “papaíto” no vendrá. Estamos desperdiciando el tiempo. Pídele al de la barra una habitación. – Lo pillo tragando su bebida y se atragantó escupiendo buena parte de ella.
- ¿De dónde demonios te has escapado tú? Estas como un cencerro. – Se había girado de nuevo dándole la cara pero tuvo que apartarse un poco. - ¡Y Por Dios! ¿Qué es lo que te has echado encima? Casi no puedo respirar por culpa de esa peste.
-Has dicho que soy bonita. ¿Qué problema tienes entonces?
Lo era, realmente lo era y ya no podía apartar la vista de ella. No le parecía buena idea aprovecharse de una retrasada pero mirando detenidamente sus ojos pudo darse cuenta de que no era una tarada, que en su mirada se reflejaba una inteligencia cautivadora, era la mirada de un depredador.
-¿Por qué yo?
-Ya te lo he dicho, eres guapo.
-Está bien pequeña zorra, vas a tener lo que buscas. – La muchacha sonrió y el tipo se apresuró en alquilar la habitación.
La trato bien, no le molestaban las groserías que le decía, al contrario, la excitaban. Al principio tuvo que reprimir la risa que le causaba los nerviosos manoseos de él pero no tardo en sumirse en un estado de placer. La beso y noto como su lengua buscaba la de ella, no tardo en aprender aquel nuevo juego. Luego recorrió con los labios su cuello mientras desbotonaba la camisa y liberaba sus pequeños senos. Cuando la boca del hombre se acercó peligrosamente a su oreja mutilada lo detuvo con suavidad y lo invito a que lamiera sus pezones. Si, La trato bien, fue delicado con ella en todo momento, incluso cuando la penetro intuyendo que por su comportamiento que él era el primero lo hizo con extremo cuidado. No sintió dolor, debía hacer mucho que su himen se rompió mientras cabalgaba. La hizo desbordarse en cinco ocasiones, jamás la muchacha había sentido algo así. Finalmente, tras lo que a ella le pareció una eternidad en el paraíso, también él descargo en un estallido de frenesí.
Ambos estaban satisfechos, había sido sencillamente magnifico. El hombre lio un cigarro y lo compartió con la muchacha, esta parece que había encontrado un nuevo motivo de interés. Las ropas estaban esparcidas por toda la habitación en desorden, solo una cosa había depositado con cuidado cuando enloquecido por la lujuria se arrancó las vestiduras. Canana y revolver seguían colgados en el respaldo de la silla, la muchacha no apartaba la vista de él. Se levantó, él seguía tumbado aspirando de lo que quedaba del pitillo y soltando bocanadas de humo. Se deleitaba contemplando el escultural y joven cuerpo de la chica, en un principio ni se le paso por la cabeza que debajo de aquellas ropas de hombre pudiera ocultarse algo tan hermoso. Ella se dirigió a la silla y desenfundo el revolver, se quedó embobada. No solo era un arma realmente bonita con su empuñadura de nácar y aquellas filigranas gravadas por el tambor y la estructura de metal, tenía el peso perfecto, era ligera y manejable.
-Ten cuidado con eso muchacha, podrías hacerte daño.
-Es magnifica. – Exclamo ella.
- Si, lo es. Ahora déjala en su sitio. ¿No es un juguete, sabes? – La chica volteo el tambor y comprobó la munición, hizo girar el arma rápidamente y calibro el peso asiéndola firmemente por la empuñadura. El hombre quedo perplejo ante la habilidad con que la joven manejaba el revolver.
-¡Te he dicho que no juegues con eso!
-No te preocupes, se lo que me hago. – Ahora comprobaba el punto de mira. El hombre se relajó. ¿Qué importaba? Que se divirtiera un poco con el juguete.
-¿Y lo haces muy a menudo? – La pregunto.
- ¿Si hago que?
- Irte con desconocidos.
-¿Lo dices por ti? – La miraba divertido, realmente aquella muchacha debía estar algo loca. – Pero si tú no eres un desconocido.
-¿No? ¿Acaso nos habíamos visto antes?
-Jamás, pero se muchas cosas de ti. – Ahora el tipo estaba intrigado. – Tu nombre es Jonás, Jonás Pibody. – Su perplejidad se tornó miedo cuando ella lo apunto con su propia arma. – Un nombre bastante estúpido para un ladrón de ganado. – La muchacha lo miró, le llamó la atención el hecho de que la entrepierna de él pudiese cambiar de aspecto de esa forma, hacía apenas unos minutos era grande y estaba erguido y sin embargo ahora, flácido y pequeño le pareció ridículo.
-¡¿De qué mierdas estás hablando!? ¡Estás loca, no me apuntes con eso maldita zorra!
-Ofrecen una recompensa de 200 dólares por tu cabeza en Luisiana. Vivo o muerto.
-¡No,no,no,no,no,no, te confundes! ¡No soy ese que piensas! – El horror era manifiesto en su voz. La pistolera ahora tenía un dilema. Estaba completamente desnuda, no podía salir así fuera de la habitación y durante los instantes de pasión había podido darse cuenta de que su amante era mucho más fuerte que ella. Intentar atarlo era un riesgo demasiado grande. Sonó un disparo y todos en el salón se sobresaltaron. Cuando llego el sheriff la pistolera lo esperaba con la puerta abierta, estaba vestida con su ropa nueva y en su mano el cartel de busca y captura junto a la orden firmada por un juez, sobre la cama el cadáver de Jonás Pibody, ladrón de ganado.
A la mañana siguiente, muy temprano, ahora de nuevo enfundada en su viejo guardapolvos la pistolera abandono el lugar a lomos de una yegua habiendo aprendido una importante lección.
No es cierto que no se puedan mezclar los negocios con el placer.



Trabajar para el enemigo.

Hizo detener a su montura para poder ver como los mineros salían tiznados de aquel agujero. El blanco de sus ojos resaltaba en sus negras caras dándoles un aspecto espectral, se movían despacio, en silencio, agotados por la larga jornada de trabajo. También vio a algunos niños, en un pueblo minero como aquel no habían casi mujeres por lo que imaginó que aquellos críos eran los hijos de las prostitutas del burdel. Tenían la mirada pérdida , su infancia acabo demasiado pronto, la silicosis destrozara sus pulmones antes de que lleguen a desarrollarse del todo. Se vio reflejada en ellos, en la tristeza de la expresión de sus pequeñas caras. Su mente volvió a divagar perdiéndose en viejos recuerdos, su anciano maestro se lo advirtió muchas veces: “Tu cabeza deja de reposar sobre tus hombros con demasiada frecuencia, debes mantener los pies sobre la tierra y todos tus sentidos alerta, de lo contrario tu historia no será mas que un breve relato.” Ahora veía a aquel que dijo ser su padre destruir de un disparo todo lo que fue su mundo durante diez años, recordó como estando el cuerpo de su madre aun caliente la arranco de sus brazos y la abandono en el rancho de aquella pareja antes de huir de la justicia. En unos pocos días agoto todas sus lagrimas quedando sus ojos completamente secos. Allí la trataron peor que a un negro, la hicieron trabajar duro de sol a sol y la humillaron constantemente. Acumulo odio durante 6 años, tan solo el recuerdo de su madre llamándola por su nombre permitió que no lo olvidara, nunca nadie mas lo hizo, lo guardaba en secreto como si se tratara de un preciado tesoro que no compartiría con nadie. Reunió todo su valor y escapo de allí haciéndose la promesa de que Morgan pagaría por todo lo que le había hecho; Morgan Flanagan, ni siquiera le dio su apellido, tampoco lo quería, renegó de cualquier lazo de sangre que pudiese unirla a aquel monstruo. Salió de sus ensoñaciones al percatarse de él último grupo de “hombres topo” que emergió de las profundidades de aquel negro agujero. Arrastraban por los brazos a un hombre medio muerto que escupía sangre.-¿Qué ha pasado?-Un derrumbamiento señora.-Le respondió un sujeto en el que ya se apreciaba la enfermedad de la mina.-Una piedra ha aplastado el pecho de Jhosua, otros dos compañeros no tuvieron tanta suerte.-¿Dónde esta el medico?-La miraron entre extrañados y enojados.-Ninguno de nosotros tenemos con que pagar a un medico, no vendrá.-La forastera hecho un ojo por el lugar, habían muchos hombres armados custodiando la mina.
Media hora mas tarde se encontraba sentada en un lujoso despacho frente a un tipo gordo de aspecto porcino, no pudo evitar reírse pero su interlocutor no parecía compartir su sentido del humor. -¿”El zarrapastroso”? Jajaja. Alguien con semejante apodo no debería ser un problema para un tipo importante como usted. No entiendo porque necesita de mis servicios.-El gordo permanecía serio, fumando un enorme puro que con su humo cargaba el ambiente del lugar.-Ese tipo es un agitador y un asesino. ¡UNA MALA BESTIA!-El dueño de la mina intento relajarse para poder continuar con sus explicaciones. Sudaba abundantemente, demasiada grasa. La pistolera dejo de reír, estaba allí por negocios y 500 dólares eran algo muy serio. El gordo continuo.-Ese individuo intento poner a los mineros en mi contra y arrojo a mi capataz por un respiradero, aun no hemos podido sacar el cadáver de ahí dentro. Le partió la espalda al sheriff y su ayudante aun esta conmocionado por la pedrada con la que le abrió la cabeza. Los ánimos por la mina están muy cargados así que no puedo prescindir de ninguno de mis hombres. Si me lo traes vivo te daré un extra de otros 100 dólares, quiero colgarlo yo mismo del extremo de una soga.-Salió del despacho y se cruzo con un tipo con la cara marcada por una gran cicatriz, la miro con indiferencia antes de entrar al despacho. El gordo ofrece mucho dinero por un jornalero con malas pulgas, sin duda había algo muy personal en todo este asunto como para contratar los servicios de tantos caza recompensas, el de la cicatriz parecía realmente peligroso. Se dirigió a la cantina a tomar un trago, el humo de aquel apestoso puro la había secado el gaznate y la presencia del gordo porcino dejado un mal sabor de boca. Era muy fácil deducir al ver a los clientes que se trataba de mineros, las uñas negras y sus caras aun tiznadas por el carbón, desde que entro en la pequeña taberna todos la vigilaban con semblante serio. Estaba sentada en una mesa , el whisky de aquel lugar era malo y caro, un autentico matarratas, comprendió en seguida que la cantina era propiedad del gordo como la mina y todo aquel pueblo miserable. Se levanto el mas grande de los tres tipos que bebían aquel veneno en la mesa de al lado, trajo su vaso consigo y se sentó frente a ella.-Sabemos a que has venido, espero que el zarrapastroso destroce tu bonita cara antes de mandarte al infierno.- Es curioso, pensó, en un lugar como este en el que no hay mujeres, aquellos hombres preferían verla muerta antes que desnuda en su cama. El tipo grande apuro de un trago su whisky y lo dejo de un golpe sobre la mesa en lo que seguramente a él le pareció un gesto amenazante. La pistolera miro el vaso y vio en el una metáfora de lo que era la vida de aquellas gentes, una existencia vacía.
Era hora de partir, tenia una cita con 500 dólares, si el tipo no era demasiado terco podría conseguir un tentador suplemento de otros 100. Se encontraba perfectamente pero antes de irse sintió la imperiosa necesidad de visitar al matasanos.


 
Oro maldito.) 


- ¿En que demonios estabas pensando? ¿Cuántas veces te advertí que siempre es Bruce el primero en disparar? – Centella estaba realmente enojado, le arreo un tremendo pescozón en la cabeza a Tom haciendo que su sombreo saliese despedido fuera del improvisado parapeto. El muchacho intento incorporarse para atraparlo al vuelo pero Morgan lo sujeto con fuerza obligándolo a permanecer agachado.
- ¿Es que quieres que te vuelen la cabeza estúpido? – El jovenzuelo se acurruco avergonzado.
- ¿Por qué narices nos han hecho cargar con este novato cabeza hueca? No es más que un estorbo.
- Deja tranquilo al chico, todos hemos sido nuevos e inexpertos.
- Desde el principio me dio muy mala espina este trabajo. Tanto secretismo y el que nos impusieran a este cretino como compañero. – Centella puso su revolver en la sien de Tom. – Tú debes de saber más de lo que dices. ¿Qué es lo que han hecho esos tipos y porqué diantres hemos de coger al menos a uno vivo? – Morgan aparto el arma de la cabeza del muchacho con un movimiento pausado para no poner más nervioso a su compañero. Nunca había visto a Centella perder la compostura de aquella manera, últimamente el viejo no era el mismo de siempre, parecía como si ya no le interesada nada de lo que hacían y lo peor de todo es que su hastío era contagioso.
- Ya le propinaras unos azotes cuando acabemos con esto, ahora necesitamos de toda nuestra potencia de fuego. – El viejo soltó un bufido despectivo. – De poco nos sirve alguien que no es capaz de acertarle a un buey a cinco metros. Centella asomo cauteloso el hocico entre unos sacos de legumbres. Había sido providencial que aquel colmado se encontrara allí repleto de sacos, toneles y otras mercancías expuestas en la puerta. Cuando Tom se precipito y empezó el tiroteo les hubiera ido mucho peor si no se hubieran podido resguardar entre aquellos ultramarinos pero ahora estaban atrapados.
Todo debiera de haber sido muy sencillo, localizaron a los seis fugitivos y siguieron su rastro hasta aquel pequeño pueblo. Esperarían como tantas otras veces a que los tipos salieran de la cantina, un objetivo borracho y confiado siempre es una presa mucho más fácil de abatir. Bruce se había apostado como de costumbre en un tejado desde el que dominaba el perímetro, como buen cazador experimentado siempre era capaz de encontrar la posición más ventajosa y allí espero pacientemente. Morgan y Centella los seguirían por la espalda a una distancia prudencial que no los delatara como sospechosos. Tom simplemente se debía limitar a que todo comenzase, permanecería escondido tras una esquina y los apoyaría cogiendo a los delincuentes en un fuego cruzado. Todo habría sido rápido y limpio si el jovenzuelo no se hubiera precipitado al abrir fuego, aquellos individuos comenzaron a correr como alma que lleva el diablo disparando contra todo bicho viviente. Aun confundidos entre la asustada multitud que también ponía tierra de por medio buscando donde ocultarse Bruce consiguió derribar a uno de ellos. Centella y Morgan estaban demasiado lejos para tener una clara diana sin exponerse a matar inocentes así que los persiguieron revolver en mano. Los huidos no eran ningunos aficionados, buenos reflejos y mejor puntería, se refugiaron en un establecimiento y al descubrir a sus perseguidores los obligaron a tiro limpio a esconderse tras lo primero que encontraron dándose de morros con el asustado y confundido Tom.
De esa forma fue como discurrieron los acontecimientos que ahora tenían a los tres pistoleros a merced de aquellos a los que pretendían dar caza.
- ¿Y ahora qué? – Pregunto Morgan. – Centella le hizo un gesto con la mano invitándolo a permanecer callado.
- Shhh, puede que las cosas no estén tan mal como creíamos. Ese edificio solo tiene una puerta y tres pequeñas ventanas, dos en la planta baja y la tercera en el primer piso, pero desde ellas el ángulo de tiro es limitado. No tienen un buen control de la calle.
- Peor ángulo es el nuestro, si asomamos la cabeza esparcirán nuestros sesos junto a los excrementos de los caballos.
- No seas tan negativo Morgan, disponemos de un par de ojos en las alturas que velan por nosotros y no me refiero al buen Dios. Centella pego un agudo silbido, aquella señal contenía toda la información que Bruce requería para comprender que sus compañeros iban a salir de allí por pies y necesitarían de una buena cobertura. – Centella se dirigió a Tom. - A mi señal sal tras nuestro y pase lo que pase no te detengas hasta llegar a aquella esquina. ¿Lo has entendido muchacho? – Tom asintió con un gesto de la cabeza. – El que cae se queda atrás, tenlo bien presente. – El joven asintió de nuevo sin emitir sonido alguno. – Ahora el silbido fue más prolongado, era la señal, Bruce descargo todas las balas de su winchester sobre las ventanas del edificio de enfrente en unos pocos segundos, tiempo más que suficiente para que los tres caza recompensas se pusieran fuera del alcance de sus oponentes. Ciertamente aquellos individuos no eran unos vulgares delincuentes, hicieron caso omiso de los disparos del franco tirador, tenían claro que no estaba a su alcance. No picaron el anzuelo, sabían que era una maniobra de distracción, gracias a que de nuevo Centella dio en el clavo, el ángulo desde aquellas ventanas no era bueno y si asomaban la jeta más de lo recomendable Bruce se las arrancaría de cuajo, los tres pistoleros llegaron sanos y salvos a aquella esquina aunque les fue de bien poco. El viejo Centella resoplaba intentando recobrar el aliento. – Me hago mayor, mis piernas ya no responden como antes.
- ¿Tus piernas? Fumas demasiado viejo.
- Lo que tu digas Morgan, pero esta vez creí que no lo contaba.
- Tonterías, tu eres inmortal, nada puede acabar contigo. – Morgan se giró hacia Tom. - ¿Cómo te encuentras chico?
- Creo que me lo he hecho todo encima.
- No lo creas, tenlo por seguro, apestas. - Le dio una palmada en la espalda intentando infundirle ánimos.

- Bien. – Dijo Centella. – La situación es la siguiente. No se arriesgaran a salir de ahí mientras Bruce siga en la azotea. Nosotros ahora tenemos libertad de movimiento para tomar posiciones siempre que no nos pongamos en mitad de la calle. – Al mencionar la calle los tres miraron a su alrededor, el silencio era sepulcral, ni un alma. Todos los habitantes del pueblo parecían haber desaparecido. – Mejor que esto esté desierto, no es bueno apuntar sorteando a palurdos histéricos. – El sonido de los cascos de varios caballos alejándose desanimo de nuevo al viejo. – Tenemos poco tiempo, esos deben haber ido a buscar al sheriff más cercano. No creo que en un pueblucho como este estén acostumbrados a que los forasteros resuelvan a tiros sus disputas. Voy a bordear ese edificio, si hay una puerta trasera podemos decir adiós a nuestra recompensa, esos tipos ya deben de estar muy lejos.
Centella regreso al cabo de unos pocos minutos cargado con varias lámparas de petróleo. Tanto Morgan como Tom lo miraron perplejos. – Ha habido suerte, no hay otra puerta, están encerrados.
- Dime que no piensas hacer con esas lámparas lo que imagino. – La mirada de Morgan era casi era suplicante.
- No tenemos mucho tiempo antes de que aparezca el sheriff con una partida. ¿Qué demonios íbamos a explicarle? Si son otros los que les echan el guante di adiós a tus honorarios y los de la compañía de ferrocarriles tampoco creo que estén muy contentos con el resultado. El misterio que ocultan esos tipos debe de ser muy valioso para ellos. El cartel de la entrada indica que ese edificio es una sastrería, debe de estar lleno de vestidos y telas que arden fácilmente.
- Ahí dentro debe de haber más gente, el tendero, clientes… No me gusta tu idea, no somos animales, no todo vale.
- Te he visto matar a muchos Morgan, no me vengas ahora con remilgos. No esperaran a quemarse, el humo y el calor los harán salir antes. Tranquiliza esa conciencia.
- ¿Qué te pasa Roberto? No te reconozco.
- Solo me llamas por mi nombre cuando estas disgustado conmigo. Estoy al mando asi que obedece o desaparece de mi vista.
- ¿Qué es lo que tengo que hacer yo? – Pregunto Tom que hasta ese momento no había abierto la boca.
- Vas a enmendar tu error, te acercaras a gatas bien pegado a la pared, prenderas las lámparas y las arrojaras al interior de la tienda por la ventana.
- Eso es un suicidio, mandas al chico a la muerte.
- ¿Preferirías ir tú?
- ¡Maldita sea, dame esas dichosas lámparas!
- No te preocupes Morgan, te cubriremos y recuerda, tu particular ángel de la guarda sigue sobre la azotea.

Bruce estaba perplejo, no entendía lo que pretendían sus compañeros. Permanecía agachado tras la terraza de adobe de aquella azotea que le proporcionaba una excelente protección. Desde allí arriba podía vigilar el edificio donde se habían refugiado los prófugos a una distancia suficiente como para no temer recibir un balazo. Siempre que les era posible intentaban sorprender a sus presas cuando salían de algún antro, a las tabernas no se entraba con rifles y se acostumbraba a salir con los reflejos tocados por el alcohol. Sería muy difícil que lo alcanzaran con sus revólveres mientras que él, armado con un magnifico winchester de precisión y dotado de una excelente puntería, los mantenía allí encerrados. No les daría la posibilidad de escapar. Ahora veía de nuevo a Centella junto a Tom, debían de haber rodeado por detrás el edificio donde se encontraba para no exponerse al fuego enemigo y ahora tomaban posiciones bien pertrechados tras un carromato quedando a su izquierda de la sastrería. ¿Dónde estaba Morgan? Temió al no verlo que lo hubiesen alcanzado durante la desesperada carrera para escapar de su desventajosa posición en la puerta de la tienda de ultramarinos. Respiro aliviado cuando apareció por una esquina de la sastrería. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se acercaba prácticamente reptando a la ventana situada a la derecha con algo en las manos. - ¡Mierda! – Exclamo Bruce. – Va a hacer que lo maten. – Ahora distinguía las lámparas que portaba y comprendió cual era el plan que pretendían llevar a cabo. Buscó a Centella, se topó con su mirada al tiempo que le hacía unas señas. Bruce levanto el pulgar hacia arriba para dejarle claro que había entendido lo que debía de hacer. Desviarían la atención de los atrincherados para que Morgan pudiese acercarse a la ventana sin que lo rellenasen de plomo. Demasiado arriesgado, si cualquiera de aquellos tipos se percataba de la proximidad de su amigo lo mataría a placer mientras se arrastraba. Apuntó hacia la ventana, si alguna de aquellas sanguijuelas asomaba el hocico más de la cuenta se lo volaría de un balazo.
Centella y el muchacho empezaron a disparar contra la sastrería, Bruce se unió a la fiesta y enseguida recibieron respuesta desde el interior. Las balas zumbaban como enjambres de moscas y se incrustaban en carromato y paredes. Unos oídos despistados podían creer que se trataba de la pirotécnica traca final de las celebraciones del 4 de julio, en aquel pequeño y apacible pueblo jamás había pasado algo tan semejante a una guerra. Morgan estaba muy cerca de su objetivo, aquellos tipos no eran idiotas, debieron sospechar que algo no andaba bien. Se dieron cuenta que faltaba uno de los caza recompensas y estaban seguros de no haber alcanzado a ninguno de ellos. - ¡Maldición lo han visto! – Bruce concentro todo su fuego sobre la cabeza de Morgan que ya se encontraba bajo la ventana adherido como una lapa a la pared. Encendió las tres lámparas, también Centella y Tom intentaban cubrirlo, los delincuentes asomaban los brazos por la ventana y disparaban al azar sin atreverse a exponer partes más vitales de su cuerpo. El pistolero respiro hondo, conto mentalmente hasta tres y arrojo los artefactos incendiarios. Se escucharon algunos gritos y el tiroteo desde el interior se hizo menos intenso, algunos de los atrincherados debían haber ido a intentar sofocar las llamas. Morgan se arrastró lo más deprisa que pudo lejos de allí hasta que milagrosamente consiguió ponerse a salvo al otro lado de una esquina del edificio. Cesaron los disparos por ambos bandos. Centella recargo sus dos revólveres y ordeno con un gesto al novato que hiciera lo mismo. También Bruce aprovecho la tregua para recargar su rifle, Morgan por su parte intentaba que sus piernas dejaran de temblar. Empezó a salir mucho humo por las ventanas.
Los cazadores estaban en silencio, contenían la respiración y mantenían los cañones de sus armas dirigidos hacia la puerta de la tienda.
La puerta se abrió de golpe y por ella escapo una nube de humo junto a varias siluetas. Tal como Morgan había imaginado allí además de los delincuentes se hallaban personas inocentes. Todos salieron de allí corriendo sin aparente rumbo y era difícil distinguir a justos de pecadores. Los caza recompensas maldijeron su suerte. Centella obligo a Tom a bajar su arma para que no se precipitase de nuevo y acabase con quien no debía. El último en salir eligió la táctica equivocada, debió de creer que era más seguro escudarse tras un rehén. La mujer gritaba histérica, tener que arrastrarla lo hacía lento y quedo rezagado en mitad de la calle. Bruce se tomó su tiempo, apunto mientras contenía la respiración y apretó el gatillo. Ahora solo deberían preocuparse de dar caza a cuatro hombres.
Morgan se reunió con sus compañeros, el viejo sureño pego un silbido y Bruce se descolgó desde la azotea deslizándose a continuación por una columna del atrio hasta poner los pies en la calzada. Morgan había visto en infinidad de ocasiones la pericia y la agilidad con la que el antiguo cazador subía y descendía por los edificios pero nunca dejaba de sorprenderse.
-En una ocasión fui a un circo en el que exhibían a un animal peludo que se movía exactamente igual que Bruce.
-No hay tiempo para tonterías. – Sentencio Centella. – Hay que atrapar a esos tipos antes de que consigan escapar o lleguen esos que fueron a buscar al sheriff acompañados de la ley. En esta ocasión la compañía de ferrocarriles no nos respaldara, esto se nos ha ido de las manos. Separémonos, recordad que debemos de atrapar al menos a uno vivo. Tom, tu no te despegues de mí en ningún instante. ¿Entendido?
Bruce desapareció de su vista el primero, no era un pistolero, no se enfrentaría a los fugados de cara. Lo más probable es que intentara sorprenderlos desde la distancia. Centella y el muchacho marcharon juntos y a Morgan le toco hacerlo en solitario. Aquello se había convertido en algo personal para los forajidos, dos de sus compañeros habían muerto y no escaparían de allí sin satisfacer sus ansias de revancha. Antes de salir por pies de la sastrería habían urdido un plan.
-Ya deben de haber conseguido unos caballos y escapado del pueblo. – Tom seguía al viejo Centella como un cachorro a su madre. Se desplazaban despacio siempre muy arrimados a las paredes de los edificios. El sureño asomo la cabeza al otro lado de una esquina y observo la calle con detenimiento. La escondió de nuevo tras la esquina como el caracol dentro de su cascara.
-No es nada personal chico, no diré que no me apenaría si te mandaran al otro barrio pero se me pasaría enseguida. Pero llevo muchos años con Bruce y Morgan, si alguien les hiciese daño no descansaría hasta que lo pagasen. Esos que nos aguardan al otro lado de la calle no se comportan como los habituales matones mezquinos y egoístas, esos tipos nos quieren muertos.
Podían haber escapado de allí pero quien quiera que fuesen aquellos tipos sin ninguna duda los perseguirían hasta donde acabase el mundo. La decisión estaba tomada, debían de acabar con ellos vengando así a Pete y Malone. Consiguió un rifle y se enfilo en el tejado de uno de los edificios aprovechando los minutos de confusión. Estaba seguro de que sus oponentes eran cuatro pero su objetivo prioritario era el franco tirador. Aquel bastardo era el responsable de la muerte de sus dos compañeros, le demostraría que no era el único que tenía buena puntería. Permanecía atento, vigilando cualquier movimiento por las azoteas despreocupándose de los otros tres caza recompensas. - ¿Dónde estás maldito? Sé que rondas por aquí cerca, asoma la cabeza para que pueda arrancártela de los hombros. – El arma bien apoyada en el omoplato, la cabeza ladeada tras el punto de mira siguiendo la trayectoria del cañón que buscaba a la presa recorriendo punto por punto su campo de visión. Contaba con el elemento sorpresa, con que no esperase encontrarlo allí apostado. Unos cuervos emprendieron el vuelo en una cornisa del edificio de enfrente. Algo o alguien los había asustado. – Ya eres mío. – Se le escapo una sonrisa y acaricio el gatillo. Pasaron los segundos y ningún otro movimiento al que prestar atención. Una falsa alarma, cambiaria de posición pero primero un último repaso a la zona. Recorrió despacio de este a oeste el perímetro sin dejar de apuntar, la sangre se le heló, a cincuenta metros un individuo lo encañonaba. Disparo sin tiempo de apuntar, ahora su vida estaba en manos del azar pero la suerte no le sonrió. ¿Cómo pudo picar en un truco tan infantil? Ni siquiera escucho el sonido de la detonación, la nada lo arrastró consigo.
Bruce, salió de allí a toda prisa, saltando de un edificio a otro. Era en la rapidez de movimientos en donde residía la clave del éxito. Si permanecías demasiado tiempo en el mismo lugar era fácil que dieran contigo y que tu destino fuese el mismo que el de aquel estúpido infeliz del edificio de enfrente. Ya solo quedaban tres mal hechores pero por más que escrutaba las calles no conseguía dar con ellos, tampoco con sus amigos. No se escuchaban disparos ni se veía un alma, la ciudad parecía un enorme mausoleo.
Flanagan no conseguía dejar de temblar, en los tres años que llevaba persiguiendo delincuentes jamás pasó tanto miedo como debajo de aquella ventana. Debía tranquilizarse, todo había salido según lo previsto. Dos disparos consecutivos lo sobresaltaron, miro hacia el lugar de donde provenían y vio a un tipo caer de un tejado. De seguir así Bruce se llevaría todo el mérito de la misión, él solo había acabado ya con la mitad de los fugados. Asomo la cabeza prudentemente tras la esquina. Estaba en una cuadra, el olor a estiércol era intenso. - Solo quedan tres y para cobrar el trabajo debemos atrapar al menos a uno vivo. – Pensó. – Centella tiene razón, demasiadas incógnitas y de seguir como hasta ahora la posibilidad de conseguir la recompensa se esfumaba al tiempo que mandaban a aquellos tipos con sus seres queridos. Estaba demasiado nervioso, en aquel último año habían cambiado muchas cosas en su vida, cosas que lo distraían del trabajo. Había arriesgado demasiado al arrojar aquellas lámparas pero no podía permitir que el bisoño de Tom lo hiciese. ¿Porqué se preocupaba tanto por el nuevo? – Mejor él que yo. – y más ahora que tenía un buen motivo por el que seguir vivo. Debía centrarse en el momento, no había sobrevivido al disparatado plan de las lámparas para que ahora lo sorprendieran abstraído en estúpidos pensamientos. Había quedado solo, rezagado del resto del grupo. No veía a Bruce por ningún sitio aunque tenía la certeza de que no andaba lejos, velando desde las alturas por ellos. Ni rastro tampoco de Centella y el crio.
Escucho un -¡Pss! – a sus espaldas. Se giró rápidamente sabiendo que allí acababa todo. Una bala le perforo limpiamente el ante brazo, el dolor hizo que soltase el arma. Frente a él un individuo alto y delgado le apuntaba desde menos de cinco pasos de distancia justo entre los ojos. Parecía disfrutar de la situación, regocijarse del momento de su triunfo. Flanagan desenfundo como una exhalación su segundo revolver con la mano izquierda, el primer disparo impacto en el estómago del tipo que se encogió ofreciéndole un blanco perfecto de la parte superior de su cabeza, una nueva deflagración y ya solo quedaban dos enemigos.
-No hagas nunca del trabajo algo personal, ello puede acarrearte fatales consecuencias. Si tu oponente se pone a tiro dispara a matar sin pensarlo dos veces y acaba con él. – Recordó las palabras que Centella les había repetido tantas veces. Tenía muchas cosas que agradecerle al viejo y ahora más que nunca comprendía como el sureño había conseguido durar tantos años en el oficio. No es suficiente con ser rápido, hay que ser frio e inteligente. Miro al tipo flaco, le habrían venido muy bien los consejos de alguien como Centella para no acabar así. Dejo atrás el cuerpo del caído, sonrió al pensar en todo el tiempo que empleo en aprender a disparar con la izquierda, también eso se lo debía de agradecer al viejo. Con todo, el dolor de su herida lo incapacitaba para seguir, buscaría un lugar seguro donde esconderse.
-¡Dad la cara mal nacidos! ¡Acabemos con esto como hombres! – Aquel estúpido debía de haber perdido el juicio, se plantó en mitad de la calle ofreciendo un blanco perfecto. Apelaba al valor de sus contrincantes. ¿Pretendía hacerlos salir de su escondrijo con una estratagema como esa? El tipo era realmente estúpido pero eso le salvaría la vida, al menos por el momento. Centella le voló la rodilla izquierda sin contemplaciones y sin exponer su cuerpo gratuitamente. El delincuente cayó al suelo retorciéndose de dolor , injuriando y maldiciendo. Ya tenían a su prisionero, ahora solo debían preocuparse del último forajido.
-¡Lo tenemos! – Tom corrió revolver en mano hacia el herido. Centella apenas tuvo tiempo de reaccionar. Salió tras él e intento detenerlo, un impulso tan estúpido como el del crio. Sonó un disparo y el muchacho cayo en sus brazos mirándolo con los ojos completamente abiertos mientras la vida se escapaba por ellos. ¡Un maldito señuelo, cualquiera podía verlo! ¡Cualquiera menos el inexperto crio! Apareció de la nada vaciando los tambores de sus dos colts sobre Centella que utilizó el cuerpo de su desventurado compañero para cubrirse. Dos balas más se incrustaron en el cadáver, la sangre salpico el ojo derecho del pistolero. Una centésima de segundo es la que separa la vida de la muerte, un corto espacio de tiempo que no puedes permitirte. El viejo caza recompensas parecía no verlo claro y nueva mente fue Bruce quien le salvo el pellejo. El último delincuente salió despedido y cayó boca abajo en el barro de la calle con un agujero en la espalda. Desde un tejado el antiguo cazador lo miraba rifle en mano, entre sus brazos los despojos de Tom. ¿Cuántos años podía tener? ¿17? ¿18? Nunca se lo preguntaron, ahora necesitaban otras respuestas y estas se retorcían en el suelo a sus pies. Flanagan apareció entonces sangrando abundantemente por la herida del brazo. Bruce descendió como si se tratase de un gato del tejado y corrió a reunirse con ellos. Los tres rodearon a su presa.
-¡Hijos de puta, duele mucho! ¡Llevadme a un médico o acabad con migo! – El tipo empezó a gimotear.
-Bruce ve a por los caballos, salgamos de aquí cagando hostias antes de que llegue el sheriff o algún otro entrometido. – Ordeno Centella.







-No debimos de dejar a Tom allí tirado como un perro.
-En el pueblo le darán sepultura. Mejor eso que enterrarlo en el desierto. Déjame ver esa herida Morgan. – Centella hizo un gesto de desagrado. – Mal asunto, aunque parece que no ha tocado hueso seguro te ha deñado musculo y tendones.
-La bala me atravesó, al menos no hay que extraerla.
-¿Cómo te dejaste sorprender? Has tenido mucha suerte de que aquel tipo fuese un cretino ávido de sádica venganza. – El sureño vertió un abundante chorro de whisky sobre la herida y vendó de nuevo el antebrazo de Flanagan, siempre iban bien provistos de vendas y gasas para ese tipo de “imprevistos”. Se habían alejado lo suficiente de la pequeña ciudad como para sentirse relativamente a salvo de posibles perseguidores. -Necesitas que te vea eso un médico, será fácil que se te infecte.
-Estamos en medio de la nada, el matasanos más cercano debe de encontrarse a varios días de distancia. Dame esa botella, creo que el láudano no es suficiente, me duele horrores.
-¡¿Te duele maldito hijo de perra?! – Bruce le dio una patada al prisionero que permanecía recostado como mejor podía en el suelo.
-¡Mantén la boca cerrada si no quieres que te corte la lengua!
-Eres muy valiente con alguien que esta maniatado y herido. – Llevadme a un médico maldita sea, podrán mirar también a vuestro amigo y por lo que más queráis…dadme un poco de láudano, el dolor es insoportable.
Le habían desinfectado levemente la herida y entablillado la pierna para evitar que la moviera. Con la rótula destrozada no iría a ningún sitio. Bruce le dio otro puntapié en el costado y el tipo soltó un quejido.
-Este cabrito tiene razón, no deberíamos perder más tiempo sin buscar ayuda.
Centella se acercó al prisionero y Bruce se hizo a un lado. – Primero tiene que responder a algunas preguntas.
-¿Preguntas? ¿Qué demonios queréis saber? Solo éramos unos vaqueros que habían ido al pueblo a divertirse un poco y aparecisteis vosotros repartiendo plomo. Soy yo quien tiene derecho a respuestas. ¡¿Qué cojones queréis de mí ! – Se echó a llorar. – Los habéis matado a todos, habéis asesinado a mis amigos. ¿Por qué? ¿Qué crimen hemos cometido para ello?
- Dímelo tú. – El sureño prendió el extremo del cigarro que acababa de liarse sin hacer caso de lo que entendía no era más que puro teatro.
-¡Yo no he hecho nada! ¡Por dios llevadme a un médico, voy a perder la pierna!
-Por lo visto pagan muy bien a los vaqueros en esta zona. Llevamos semanas siguiendo el rastro de todo el dinero que malgastabais a manos llenas.
Bruce se dio cuenta de que Morgan había perdido el conocimiento a causa del whisky y el láudano, lo protegió del frio del desierto cubriéndolo con una manta y se dirigió nuevamente a Centella.
-¿Qué nos importa lo que hayan hecho? Llevémoslo a la compañía de ferrocarriles y cobremos nuestra paga. Que ellos se ocupen de él. Morgan necesita que le traten esa herida lo antes posible o en el mejor de los casos su brazo solo quedara inútil.
El viejo sureño levanto por la pechera de la camisa al cautivo, un punzante e intenso dolor recorrió desde la rodilla hasta la espina dorsal. El pobre diablo no podía mantenerse de pie más que sobre su pierna derecha y mantuvo el equilibrio como mejor pudo dando saltitos.
-Si no me dices lo que quiero saber olvídate del médico. – Le dio un ligero golpe en la rodilla y el prisionero soltó un grito de dolor. – Si te llevamos con los del ferrocarril ellos te sacaran la información de todas formas pero para entonces la gangrena ya te habrá podrido medio cuerpo y de poco serviría que te cortasen la pierna. Tú eliges.
Se sabía perdido, estaba a merced de los caza recompensas. – Si os lo digo me matareis igualmente, no tengo ninguna garantía.
-Estas en lo cierto, no la tienes, pero es preferible una muerte rápida al padecimiento de la gangrena. Tendrás que arriesgarte, no lo rumies durante demasiado tiempo. – Centella le dio otro golpecito en la rodilla. – Es de tiempo precisamente de lo que careces. – Lo ayudo a tumbarse de nuevo sobre el suelo.
- Oro… - Dijo al fin. – Más del que jamás habríais sido capaces de imaginar. Sé quién eres, los de la Unión Pacific han mandado tras nuestro a su mejor sabueso. Me sentiría honrado si no fuese por el resultado de los acontecimientos. Nada menos que Roberto Reyes alias Texas Centella, el viejo lobo o el mexicano cabrón que es como prefiero llamarte. ¿En serio no os dijeron lo que buscabais? La verdad es que no me extraña, ya habían perdido a uno de sus grupos salvajes, es comprensible que no quisieran arriesgarse a perder a otro.
-¿De qué diantres estás hablando? ¿Ya habían mandado a otros en vuestra búsqueda?
-Tienes mejor puntería que entendederas…¿Bruce? Sí, eso es, Bruce el piojoso, el cazador harapiento de las montañas, no puede tratarse de ningún otro y el que está allí tirado indefectiblemente debe de tratarse de Morgan Flanagan. Morgan la alimaña, Flanagan el gusano minero. No sé quién podía ser el pipiolo al que mande al infierno.
-¡Hijo de puta! ¡No era más que un crio!– Bruce no pudo reprimirse y le propino de nuevo una patada en los riñones, en esta ocasión el prisionero se rio entre quejidos.
-No es culpa mía que ahora la compañía mande a niños a hacer el trabajo de hombres, recuerda que habéis matado a mis amigos, cinco a uno no es un mal resultado, para vosotros claro. Yo sé quien sois pero por vuestras expresiones entiendo que vosotros no tenéis ni idea de quienes éramos nosotros. El primero en caer fue Pete Haycock. – Bruce se encogió de hombros pero Centella quedo muy contrariado por la revelación.
-¡Mierda!
-¿Qué es lo que pasa Centella, conocías a ese tipo?
-No personalmente, pero ciertamente era bastante popular.
-Jamás he escuchado hablar de él y conozco los nombres de todos los delincuentes importantes en treinta estados. – El prisionero empezó a reír a carcajadas, el sufrimiento que eso le provocaba no impedía que siguiese riendo a mandíbula suelta.
-¿De qué te ríes tú? – Otro puntapié no basto para hacer que cesara en sus risas.
-Era un criminal, uno realmente peligroso pero no encontrarías un cartel de busca y captura con su nombre en la oficina de ningún serifff.
-Tu amigo es un cabeza hueca, no entiende nada. Pensaba que te rodeabas de los mejores pero veo que me equivoque.
-Él sigue vivo y tus cinco compañeros son pasto de los gusanos incluido Pete. No te equivocas, solo trabajo con los mejores.
-Un golpe de suerte.
Bruce en esta ocasión lo pateo con saña hasta que dejo de reírse. – ¿Ahora que por fin esta calladito serás tan amable de explicarme de que va todo esto?
-Pete Haycok solía trabajar por los estados del norte por eso nunca coincidimos con él.
-Hemos ido muchas veces al norte y sigue sin sonarme un carajo.
-¡Trabajaba para la Compañía estúpido! Estos a los que hemos matado eran de los nuestros, otro “grupo salvaje”. – Bruce puso cara de bobo.

- ¿No esperaras que meta la mano ahí dentro?
Llegaron a un paraje desolado no muy alejado de la ciudad donde se llevó a cabo el tiroteo. Según les había explicado el prisionero siempre escondían su botín como medida de prevención antes de entrar a un núcleo poblado. Morgan estaba muy pálido, la herida del brazo le había producido fiebre. También el cautivo tenía muy mal aspecto, Centella lo ayudo a descender del caballo y lo obligo a introducir el brazo en aquel agujero, el tipo no se aguantaba de pie, obedeció y se arrastró hasta el lugar. Del interior saco seis pequeños sacos junto a una cartera. Centella cogió uno de ellos, calculó que pesaría unas seis o siete libras, al mirar en el interior se dibujó una sonrisa en el rostro. Tanto Bruce como Morgan preguntaron impacientes al unísono.
-¿Qué hay ahí dentro viejo? – Centella puso la mano en forma de pala, la introdujo y al extraerla del saco en su palma había un montoncito de oro en polvo. Comprobaron el resto de los saquitos, en todos ellos había el mismo contenido. Por lo visto los forajidos habían hecho el reparto a partes iguales. En la cartera encontraron más de 5000 dólares en metálico.
- Hay suficiente para todos. – Exclamo el delincuente entre quejidos. – Yo he cumplido mi parte, ahora llevadme a un médico.
- ¿Para todos? Te llevaremos al matasanos y después a la compañía de ferrocarriles junto con tu tesoro. Nosotros no somos ladrones.
- No te precipites Bruce, ese tipo tiene razón, hay para todos. Con todo este oro podemos darnos la gran vida y dejar este apestoso trabajo.
Ni Morgan ni Bruce podían creer lo que acababan de escuchar. Centella contaba y recontaba el dinero, luego calculaba el peso de cada uno de los sacos de oro. – Estoy harto de jugarme el pellejo por el dinero de otros y de recibir a cambio las sobras. Esta vez no me conformare con un hueso, me quedare con todo el cordero.
- ¡El sol te ha licuado la sesera viejo, la compañía nos perseguirá! Pasaremos de cazadores a presas. Sabes por propia experiencia que nadie escapa de la Unión Pacific.
- Ese oro está sucio, nuestra misión era sobornar con él a un individuo muy importante de la Costa Oeste. La compañía no mandara a la justicia en nuestra búsqueda tenedlo por seguro. Vuestro amigo tiene razón, también nosotros nos cansemos de ser los perros de esos ricachos sin escrúpulos.
- Tú no formas parte de nuestro grupo. – Bruce le dio una patada no demasiado fuerte en el estómago, el delincuente se retorció en el suelo y lo miro con odio. – Tendrás mucha suerte si sales de esta vivo y con las dos piernas.
- La Compañía nunca manda a la justicia, serán otros como nosotros los que nos darán caza. – Morgan se dirigió de nuevo a Centella que seguía sentado en el suelo aferrándose a aquella fortuna como si fuese de hierro y él un imán. Sabes que es cierto Roberto, eres el más listo de todos nosotros. ¿Qué mosca te ha picado? Robar a la Compañía es un suicidio.
- Correré el riesgo, que manden en mi busca cuantos perros quieran, los recibiré como merecen. También tú sabes que no soy ninguna liebre asustadiza.
- Lo se Roberto, tú eres un lobo y los lobos no tienen patria ni amo. Te engañas viejo, somos perros no lobos y a los perros que muerden la mano de su amo los cuelgan de un árbol.
- Acércate Morgan, también tu Bruce. – Los dos hombres obedecieron y se sentaron a su lado, el prisionero quedo apartado, tumbado en el suelo quejándose y maldiciéndolos por que no cumplían con el trato y no lo llevaban a un médico.
- Mi padre murió pobre como una rata. – El tono de Centella era oscuro, el recuerdo parecía lo suficientemente amargo como para que el viejo pistolero dejara que sus ojos se humedecieran. – Llegue a su lado justo para verlo expirar, ni siquiera me reconoció. Yo no quería ser como él, no quería ser como ninguno de los habitantes de mi apestosa aldea. Labradores que se empeñaban en hacer crecer algo comestible entre las piedras. Si algo brotaba de ellas y crecía lo suficiente para convertirse en comida llegaban los ladrones y nos lo quitaban. Me largue de allí con catorce años sin siquiera despedirme.
-Ninguno de nosotros hemos tenido una vida fácil. ¿Pretendes darnos pena para justificarte? Nunca espere algo así de ti.
- No Morgan, no es eso. Hoy Bruce me ha salvado la vida en dos ocasiones. En la primera tú estabas conmigo, no es esa de la que quiero hablar si no de la segunda. Fue cuando murió Tom en mis brazos. – Giro la cabeza a un lado avergonzado. - ¡Estoy harto de ver morir gente a mi alrededor! Pero no es eso tampoco lo que quiero explicar. – Los volvió a mirar de frente. – Fijaos en mis ojos. – Sus dos compañeros se acercaron pero no vieron nada extraño en ellos.
- ¿Qué les pasa a tus ojos viejo? – Pregunto Bruce.
- Están enfermos, igual que lo estaban los de mi viejo. Por eso no me reconoció, porque no podía ni siquiera verme. Me estoy quedando ciego Morgan, hoy cuando la sangre de Tom me mancho el derecho por el izquierdo no fui capaz de distinguir con nitidez a mi oponente. Si Bruce no hubiera estado allí ahora estaría muerto junto al crio. ¿De qué sirve un asesino ciego? Repartamos este tesoro y empecemos a vivir como personas de una vez, nos lo merecemos.
¿Tu que dices Bruce?
-Me gusta la vida que llevo, sabes que no lo hago por dinero. El dinero nunca me ha interesado. Lo siento Centella.
- No siempre serás joven amigo mío. Llegara el día en que serás incapaz de trepar a las azoteas, en el que no serás apenas capaz de subirte al caballo. Entonces te sentirás inútil y no tendrás nada en los bolsillos.
Bruce le dio la espalda. – Lo siento.
- ¿Y tu Morgan? Has formado una familia, vas a tener un hijo. ¿Qué le legaras?
- Cuando salí de casa para perseguir a estos tipos mi mujer ya estaba a punto de dar a luz. Posiblemente mi hijo ya haya nacido y no he podido estar junto a ella en un momento como ese. ¿Crees que pasar la vida huyendo es lo que quiero para ellos?
- Ahora apenas los ves, no has visto nacer a tu hijo ni lo veras crecer. ¿Es eso mejor?
- No vas a convencerme. Abandona esa idea, es descabellada. Ve a un médico, seguro que lo de tus ojos puede arreglarse.
Centella cogió un saco de oro y mil dólares de la cartera que ya había separado previamente.
- Me conformo con esto, no necesito más para emprender una nueva vida.
- Mandaran en tu búsqueda viejo, quizás seamos Bruce y yo quienes debamos darte caza.
- En ese caso esperad a que este completamente ciego, no sois lo suficientemente buenos para acabar conmigo.
Monto en su caballo y lo vieron alejarse.
- ¿Qué hacemos ahora Morgan?
El pistolero miro al prisionero que había intentado arrastrarse como un gusano hasta un caballo temiendo cual sería el resultado de todo aquello.
- De momento no debemos dejar cabos sueltos.
- ¡No, no, no no. Yo he cumplido con el trato!
- No es tu día de suerte amigo.
- ¡Cabro..!
Morgan le descerrajo un tiro entre los ojos. Bruce asistió a la escena sin inmutarse, luego se acercó a su compañero.
- Ahora lo principal es buscar un médico para que te cure el brazo. Ya pensaremos luego en cómo salir de este embrollo.
Morgan miro los sacos de oro junto al dinero que habían quedado olvidados.
- ¡Maldito oro, lo pudre todo! – Exclamo.




Salió a recibirlos todo un cortejo de bienvenida a la entrada de la ciudad. No tuvieron más elección, el pueblo más cercano estaba a demasiadas jornadas de distancia y Morgan no aguantaría el trayecto por lo que decidieron regresar al lugar donde apenas hacia un día tuvo lugar la refriega. Tres marshalls al frente y tras ellos una turba de más de veinte hombres armados hasta los dientes.
-Debí suponer que se trataba de vosotros. Sois como Atila, por donde pasáis no vuelve a crecer la yerba. Los tenéis bien puestos para atreveros a regresar después de la que habéis armado. No veo al viejo Centella, espero no pretendáis jugármela.
Ninguno de los dos caza recompensas tenían ni idea de quién era el tal Atila al que se refería el marshall pero se sintieron ligeramente aliviados al encontrarse con un viejo conocido. Morgan apenas se mantenía sobre la silla de su montura, la fiebre lo estaba consumiendo. Aunque estaba ardiendo y lucía un sol espléndido sentía mucho frio.
- El viejo no ha salido de esta, se acabó su suerte. – El agente sonrió y respondió a Bruce con sorna.
- Me cuesta creerlo, y más cuando no he encontrado su cadáver junto a los otros seis. Supongo que su cuerpo se convirtió en pájaro o algo parecido y salió volando. ¿No es eso lo que les pasa a los grandes guerreros que caen en combate?
-Sera mejor que disperses a esa chusma y dejes de decir tonterías, ya tengo bastantes problemas ahora mismo como para tener que preocuparme de que intenten lincharme.
- Cierto Morgan, tú y tu “novia” estáis hasta el cuello de mierda. Habéis calcinado el negocio de un honesto ciudadano y aterrorizado a todas las buenas gentes de este lugar, eso sin mencionar los seis muertos. Necesito una buena explicación si no queréis que os eche como carnaza a los perros.
- La Unión Pacific correrá con los gastos, esos tipos estaban en busca y captura. – Morgan casi se dejó caer de su montura, se deslizo por el lomo del caballo hasta el suelo y apoyado en él, sujeto a las riendas, se mantuvo de pie como mejor pudo.
- ¡Aaaah claro, la santísima compañía de ferrocarriles que te libra de todo mal. No podréis escudaros siempre en ella. Tampoco explica donde se esconde Roberto Reyes. Sois los tres mosqueteros, nunca os separaís. Supongo que el jovenzuelo muerto era D´artagnan. Muchos testigos presenciales aseguran que erais cuatro. – Tampoco en esta ocasión sabían de quien coño les estaba hablando pero lo que si tenían claro es que la cosa se complicaba por momentos. Todos los allí reunidos empezaban a ponerse muy nerviosos.
- Lo mal hirieron, lo enterremos en el desierto.
- Eres un mentiroso patético Bruce, no tartamudees cuando pretendas convencer a alguien de tus embustes.
- Es la verdad. ¿Por qué íbamos a engañarte?
- Porque está claro que si os habéis atrevido a regresar es por un buen motivo y viendo como luchas por mantenerte erguido es fácil deducir de cual se trata. Os vieron escapar con otro sujeto.
- También muerto.
- ¡Que proverbial casualidad! Desmonta Bruce, arrojad las armas y acompañadme sin hacer tonterías.
- No seas cretino Cooper. – Que así es como se llamaba el Marshall al que Morgan y sus compañeros conocían de multitud de ocasiones anteriores. – Escóltame hasta el telégrafo, la compañía de ferrocarriles lo aclarara todo y seguramente te aguarde una buena recompensa. Ya ves mi estado, no puedo darte ningún problema. Sigo insistiendo en que será mejor que mandes a sus casas a todos esos antes de que hagan alguna tontería. – Cooper lo medito un rato.
- Está bien, te acompañare al telégrafo pero tu amigo se queda aquí y por su bien espero que no se atreva a mover un solo dedo. Mis compañeros son de gatillo fácil.
- Ya has escuchado al “señor general”, vigila las monturas mientras tanto. Son unos caballos demasiado valiosos, no me extrañaría que alguien quisiera robarlos. Morgan miro disimuladamente las pesadas alforjas de su jamelgo en las que se ocultaban los pesados sacos de oro. Allí quedo Bruce junto a los dos marshalls restantes, Cooper ordenó regresar a sus quehaceres a la gente del pueblo y estos obedecieron a regañadientes.
Al llegar a la puerta del telégrafo Morgan dio un traspié y de no ser porque el policía lo sujetó habría caído de morros al suelo. – Estoy muy mal, es mejor que marche en busca de un médico sin más demora. – Saco con su brazo sano un fajo de billetes del interior de su camisa y se lo ofreció de manera descarada. El marshall, comprobó que no hubieran miradas indiscretas y prácticamente se lo arranco de las manos. Habían mil dólares.
- Ya sabes lo que has de contarles a los del ferrocarril.
- Una verdadera pena lo de Centella, también yo lo echare de menos.
- Siempre es un placer hacer tratos contigo Cooper. No te olvides de Bruce, que tus perros lo dejen tranquilo. – Cooper hizo un gesto a modo de saludo de despedida y se introdujo en las oficinas del telégrafo, Morgan se fue arrastrando los pies en busca de un matasanos.
Tres semanas más tarde un representante de la Unión Pacific llego a la ciudad junto a una compañía del ejército. En las oficinas del seriff reunió a los caza recompensas. Sobre una mesa los sacos de oro y tres mil dólares, tras ella, sentado en una silla, el burócrata flanqueado por un teniente del ejército y por Cooper. Bruce y Morgan permanecían de pie frente a él. Los miraba de arriba abajo, finalmente clavo los ojos en los de Morgan. Aunque Bruce llevaba trabajando para la compañía muchos mas años que Morgan sabían que no era un tipo con iniciativa, que sin Centella era con Morgan con quien se debía hablar.
- Me cuesta creer que alguien haya conseguido acabar con Centella. Levaba mas de 15 años con nosotros, ningún otro a aguantado tanto tiempo sin “retirarse” de una u otra manera.
- Tres lustros son mucho tiempo señor. – Respondió Morgan. – El viejo ya no era tan rápido, le fallaban los reflejos. Antes de morir también nos confesó que había perdido vista, los años al igual que las balas no perdonan cuando tocan el hueso. – El brazo del pistolero había sido tratado a tiempo, aun lo llevaba en cabestrillo pero según el matasano en una semana mas le quitarían el vendaje y podría empezar la rehabilitación. Estaba impaciente por comprobar hasta que punto las secuelas del balazo le limitarían el uso de un arma.
- Falta mucho oro y dinero. – El tono inquisitorio del representante de la compañía no los amedrento.
- Esos tipos tuvieron semanas para gastarlo antes de que les echemos el guante. Eso es todo lo que encontremos cuando el prisionero intento sobornarnos para salvar su vida.
Ahora miro a Bruce, el funcionario era un hombrecillo de pelo negro y grasiento con un bigotito con los extremos en puta que apuntaban hacia arriba, no hacía más que juguetear con ellos de forma nerviosa. - ¿Y qué paso con el prisionero?
- Cuando no aceptemos su oferta y supo que lo entregaríamos intento escapar. Lo abatimos, ya no era útil.
- ¿Y los cuerpos de ese tipo y Centella?
- ¡Los enterremos maldita sea! – Maldijo Morgan. - ¿A qué viene este interrogatorio? Esto es todo lo que hemos conseguido recuperar, no tenemos ni idea de si había o no había más. Centella y el crio han muerto, todo este asunto ha sido un desastre y la culpa ha sido vuestra. Si la Compañía nos hubiera informado de lo que buscábamos nada de esto habría pasado.
- Hay testigos que juraran que vieron salir del pueblo a cuatro jinetes y que uno de ellos estaba mal herido. – Fue Cooper, el Marshalll, el que intervino.
- Todo eso no me importa una mierda. También a mí me pedirán explicaciones en las oficinas centrales si me presento con una cantidad de oro y dinero tan mermada y las que me dan estos dos tipos no son convincentes.
- Es la verdad. ¿No basta con ella? – Sentencio Morgan. El tipo del bigotito permaneció meditativo un minuto.
-Mandare mi informe por telégrafo a la Compañía. En espera de instrucciones ni se os ocurra sacar el culo de la ciudad. Comprenderéis que no cobrareis un centavo por esta chapuza de trabajo. ¡Ahora desapareced de mi vista! – Los caza recompensas se dirigieron a la salida cuando el funcionario los hizo detenerse.
- Un momento Morgan, tengo algo para ti. – Saco un papelito de un bolsillo. – Llego este telégrafo a las oficinas hace unas semanas. Supongo que he de darte la enhorabuena.
Flanagan leyó el papel, no le importo que los del ferrocarril lo hubieran abierto y husmeado lo que decía, en sus labios apareció una resplandeciente sonrisa.
Los dos hombres salieron con paso firme de la oficina del sheriff intentando aparentar tranquilidad. Solo cuando se habían alejado lo suficiente Bruce se atrevió a hablar.
- ¿Crees que saldremos de esta? No parece que se hayan tragado nuestro cuento.
- Eso espero, de lo contrario lo vamos a pasar muy mal.
- ¡Maldito Centella! ¿Cómo ha podido ser capaz de meternos en este cenagal? Creí que era nuestro amigo. Quizás debimos denunciarlo, ahora quizás lo más inteligente seria salir por pies de este lugar.
- Eso confirmaría sus sospechas, ya es demasiado tarde. Esperaremos a ver qué pasa. Puedes rezar si crees que eso te servirá de algo. En cuanto a Centella, no justifico lo que ha hecho pero yo si lo tengo por un amigo y estoy seguro que él habría hecho lo mismo por nosotros. ¿Cómo se te ha pasado por la cabeza denunciarlo?
- Perdona Morgan, son los nervios, no sé lo que me digo. Por cierto… - Cambió de tema. - ¿Puedo saber qué es lo que decía el telegrama que tanto te ha alegrado en unas circunstancias como estas. – Nuevamente el rostro de Morgan se ilumino.
- Léelo tú mismo. – Le ofreció el pequeño papel. – Bruce le propino una sonora palmada en la espalda.
- ¡Cuánto me alegro! ¡Una niña, has tenido una hija y según pone nació fuerte y sana! Tenemos que celebrarlo, echemos un trago, cojamos una buena cogorza.
- Prefiero descansar, ya lo celebraremos cuando todo esto se solucione. – Imaginó a su mujer con el bebe en brazos. - Por fin he hecho algo bueno en esta vida, solo siento no haber estado allí y no poder partir ahora mismo a conocerla.
-¿Habíais pensado ya en algún nombre para ella?
Morgan no dejaba de sonreír mientras conversaban camino del hotel.
- Black Velvet.
- Es un nombre extraño.
- Es un nombre precioso.

Epilogo.

El oro al contrario de lo que había pensado no me limpio la conciencia ni ahuyento a mis fantasmas. Deje atrás en aquel desierto a mis dos únicos amigos sin saber que haría con mi vida, nunca supe más de ellos. La ceguera avanzaba despacio pero constante impidiendo que la luz entrase por mis ojos. Pase muchos años ocultándome, temeroso de que los de la Compañía diesen con migo. Ya no me sentía un lobo, ni siquiera un perro, ahora era una rata cobarde que se refugiaba en cualquier agujero. Pasaron los años, dilapide mi pequeña fortuna en un desvencijado rancho en mitad de la nada y en comprar el silencio de los habitantes de los pueblos cercanos. Aquí me consumía en la mayor de las soledades hasta que esta mañana, cuando tras más de 25 años creía que el mundo me había olvidado, ha aparecido una muchacha pálida y flaca. De pelo castaño y grandes ojos del mismo color.
Desconozco como ha dado con migo, tampoco es que a estas alturas me importe. Me contó que quiere que la enseñe a matar, que la convierta en una asesina para ajustar cuentas con su propio padre. ¡Dios! ¿Por qué motivo me recuerda tanto a Morgan? Nada más ha dicho, desconozco sus motivos, su historia. Quizás con el tiempo me gane su confianza y comparta sus secretos. Ahora que la veo dormida frente a mi, iluminada por el fuego de la chimenea, extenuada por un día de duro trabajo, comprendo el por qué no la rechace nada más que llegar. No ha sido el brillo de sus ojos, el brillo que desprende la mirada de los depredadores, el brillo tras el cual se oculta el alma de un lobo. No me gusta la idea de convertir a la que aún es casi una niña en una asesina, no me gusta la idea de corromper su alma para que camine por la senda del odio. No, no me gusta la idea, pero si hay algo que realmente detesto, … eso es sentirme solo.

Fin.



La eterna forastera.
Desde que dejo su caballo en el establo aquel alfeñique no dejo de perseguirla por las calles del pueblo, con su traje barato de leguleyo y aquella expresión bobalicona. Tomaba apuntes en una libretita mientras intentaba seguir el ritmo de las largas zancadas de la pistolera.-No soy abogado, soy periodista.-La corrigió.-No me importa que tipo de chupatintas seas, tienes pinta de picapleitos y eso es suficiente para que no me caigas simpático, aparta de mi camino si aun sientes aprecio por tus pelotas.- Acelero un poco mas el paso intentando inútilmente que el tipo de los anteojos desistiera y abandonara la persecución. Era un sujeto barbilampiño lo que le daba una apariencia mas joven de lo que realmente era, debía de rondar los 35 años pero aparentaba muchos menos. Lejos de cesar en su empeño, el periodista la seguía dando traspiés , escribiendo notas e intentando no perder una dignidad de la que sin duda carecía.-Parece que no quieres comprenderlo, alguien como tu entusiasmara a los lectores, una mujer que se ha enfrentado con éxito a forajidos de renombre. Todos besaran el suelo que pisas, eres…-Pensó unos segundos la palabra apropiada.-…exótica. Tus aventuras pueden hacernos…-corrigió.-acerté famosa.-Por mas que aumentaba el ritmo de sus pasos no conseguía dejarlo atrás, el presunto periodista hacia todo lo posible por no parecer que corría tras ella. De súbito, en un movimiento brusco, la pistolera cambio de trayectoria, el lechuguino iba un par de metros a la zaga de ella. Se detuvo de pronto y el tipo la alcanzo resoplando, se planto a su derecha. La pistolera se toco su larga cabellera castaña de forma nerviosa como intentando poner cada cabello en su sitio. Sabía que su oreja mutilada estaba bien oculta pero no soportaba la idea de que alguien pudiese percatarse de su existencia.-¿Sabes en que os parecéis tu y una mosca?-La miro contrariado con sus ojillos miopes.-No…no entiendo.-En que ambos tenéis los mismos gustos.-El tipo noto algo blando bajo sus pies.-¡MIERDA!-Exclamo, en efecto de eso se trataba literalmente, la pistolera lo había dirigido hasta una enorme plasta de caballo que rebosaba sobre sus zapatos de saldo. El tipejo se alejó maldiciendo, por fin respiro aliviada libre de su presencia. Se dirigió al salón, alquilaría una habitación para pasar la noche pero antes le apetecía un trago.
Media botella de whisky mas tarde reapareció la mosca cojonera con los mismos zapatos pero relativamente limpios. -¿Puedo sentarme con usted?-Formulo la pregunta después de haber tomado asiento, la pistolera lo miraba con los ojillos entrecerrados, el alcohol ya le había hecho efecto. –Permita que me presente como dios manda, fue muy descortés por mi parte no haberlo hecho desde un principio, no quisiera que una bella señorita como usted se formara un concepto equivocado de mi persona, mi nombre es Orcanadian, Orcanadian O´Tull. Aquí tiene mi tarjeta.-Patético adulador, se sirvió otra copa, sin ninguna duda necesitaría estar muy borracha para no pegarle un tiro a ese tipo.-¿Y su nombre es...?-Apuro de un trago el whisky, lleno el vaso de nuevo, lo empezaba a encontrar gracioso. –Comprendo, alguien con un “oficio” como el suyo es normal que quiera mantener el anonimato, pero necesitaremos un alias, algo grandilocuente, impactante, un nombre que se grave con facilidad en la mente de los lectores…-Lo interrumpió.-Acércate.-O´Tull se inclino hacia ella, para acto seguido volar por los aires y acabar en el suelo con la nariz rota.-¡HIJA DE PUTA!- La pistolera rio a carcajadas,-Ja ja ja, querías un nombre, ese me parece perfecto. –Jamás llegaría a saber el periodista lo cerca que estuvo de que le volaran la tapa de los sesos.-¿Por qué hiciste eso?- Llorisqueaba mientras intentaba detener el goteo de sangre con un pañuelo.-Porque me apetecía.-Continuo riendo al tiempo que lo veía alejarse corriendo en busca de un medico. Los presentes tan solo se habían percatado de la última parte de la escena y pensaron que el pobre Orcanadian debía de haberse propasado con aquella mujer de cara de tener poca paciencia. Se canso de la presencia de aquellos curiosos que ahora no dejaban de observarla, compro otra botella y subió a su habitación.
Se lio un cigarro, como de costumbre no tenia una sola cerilla así que lo acerco a la llama de la pequeña lámpara de aceite que mal iluminaba el lugar. Cuando quiso darse cuenta no quedaba ni una gota del brebaje. Estaba completamente beoda, todo empezaba a darle vueltas, era el momento de entrar en la fase depresiva. –“Todos acabamos solos, languideciendo al tiempo que anhelamos la compañía de otras personas, pero no podemos permitirnos semejante lujo, no podemos permitirnos confiar en nadie.”- ¡Mierda!- Intentaba borrar de su cabeza las palabras de su maestro.-Maldito viejo, siempre auto-compadeciéndose. Pero yo no soy como él, la soledad no me asusta. –Miro la botella vacía entre cerrando al máximo los ojos en un inútil intento de centrar su visión doble.-Necesito mas whisky.-Casi se cayó por las escaleras antes de llegar a la barra, ya habían cerrado el bar, en algún sitio habrá whisky.-Pensó. Ya en la calle se dio cuenta de que era de noche, lio un pitillo y busco una cerilla, en lugar de ello encontró una tarjeta. Se acercó tambaleándose al pequeño periódico local, en el interior se apreciaba luz. Estaba abierto así que entro en un despacho y se encontró con Orcanadian que se sobresalto al verla. La pistolera casi vomita por culpa del ataque de risa que le produjo verlo con aquella venda rodeándole la cabeza cubriéndole su maltrecha nariz. Orcanadian estaba sentado tras un escritorio (de manufacturación barata, claro esta.) Ella se subió encima de la mesa y gateando se aproximó lentamente a O´Tull. –Pobrecito, deja que vea que es lo que te hice.-El olor a alcohol que desprendía su aliento le hizo girar la cara en busca de una bocanada de aire fresco.-¡No te acerques a mi loca, déjame tranquilo, ya no me interesas!-Acerco mucho su rostro al de él, ya no le molesto el hedor del whisky, al verla tan cerca se sintió fascinado.-Es preciosa,-Penso. Fue desliando la venda poco a poco hasta que quedo al descubierto su amoratado rostro y la gran costra de sangre que marcaba el lugar exacto por el que su nariz se partió. Ella beso la herida y él se dejo hacer, cerro los ojos, de pronto vio todas las estrellas del firmamento acompañadas por un dolor punzante.-¡MALDITA SEA! ¿Por qué has hecho eso?-Ella reía como una posesa, no pudo reprimir la tentación de presionar fuertemente la herida con su pulgar. –Lo…lo siento. Jajajaja.-¡Maldita borracha!-SHHHH, calla. ¿No querías una historia? Tendrás una que no olvidaras en tu vida.
Se despertó en una de las habitaciones del saloon, la nariz aún le dolía horrores pero no le importaba. La pistolera ya no estaba, no la escucho marchar. Fue una noche realmente inolvidable, aquella mujer merecía una historia y él se encargaría de que el mundo la conociera, pero aún quedaba el escollo del nombre. Le dio muchas vueltas pero todo lo que se le ocurría era estúpido, trillado o pretencioso, por fin lo vio claro. Aquella mujer sin nombre, sin hogar, sin pasado era una extraña haya donde llegaba, una forastera. Si eso es justo lo que buscaba, era perfecto. Corrió a su despacho y empezó a escribir de inmediato. “La forastera llego sin llamar la atención, sin hacer ruido, pero al partir del lugar, al igual que el Holandés errante, se llevo consigo el alma de un montón de náufragos….” (Bueno, quizás él si era algo pretencioso pero aquello le encantaría a sus lectores.)
La forastera hacia horas que había abandonado el pueblo, tenia una resaca tan terrible que apenas podían mantenerse derecha sobre su montura. La cabeza le iba a estallar pero lo que mas le preocupaba era no recordar el motivo por el que había amanecido desnuda al lado de aquel cretino.



 Treinta monedas de plata.

La pistolera no creía en el destino, tan solo fue el azar la que la llevo hasta aquel lugar antes de que los nueve cadáveres se pusiesen rígidos. Ya el juez había tramitado la orden de busca y captura, vivo o muerto como es de ley. El sheriff había tasado al fugitivo en 100 dólares y si a ellos añadimos otros 500 que ofrecía una tal Daisy Doll la suma era tan suculenta como para movilizar a más de medio pueblo. Supuso que la donante de semejante fortuna sería una especie de filántropa preocupada por que se hiciera justicia, se rio por dentro de su cínica ocurrencia. No estaba allí para hacerse preguntas, la ley ya lo había condenado y ella sería su largo brazo. La jauría humana estaba desorganizada, hombres demasiado cargados con armamento que no les seria de ninguna utilidad no se ponían de acuerdo en quien comandaría la partida. Ella tenía todo lo necesario, su magnum, un winchester de precisión y un rastro claro, no perdería un tiempo precioso con tontas discusiones ni necesitaba unirse a aquellos novatos así que partió sin más dilación enfundada en su viejo guardapolvos a lomos de una yegua negra azabache.
El forajido había emprendido la huida con exceso de equipaje y las huellas profundas sobre el polvo no dejaban dudas de ello, sobre la grupa de su montura cabalgaban dos a todo galope. - Ese tipo acabo el solo con nueve matones. - Pensó la pistolera. - Pero todo lo que tiene de hábil con el revolver lo es de torpe a la hora de escapar después de la reyerta. Cuando llego a la ciudad todos hablaban de lo ocurrido hacia poco más de dos horas, de como un hombre joven se había enfrentado a nueve sicarios de la terrateniente del lugar. No le fue difícil imaginar que se trataba de la “desinteresada” filántropa. Pero ahora galopaban hacia al sur poniendo tierra de por medio entre ellos y sus perseguidores. La caza recompensas por el contrario no forzaba a su yegua, mantenía el trote e incluso podía permitirse el lujo de perder tiempo borrando el rastro tras de sí. Recordó las palabras de su anciano maestro.-“No somos caballeros andantes, no nos batimos en buena lid. Aquí todo vale, sería ingenuo por tu parte esperar que jueguen limpio contigo así que no te remuerda la conciencia si haces trampas.” –Y eso es precisamente lo que hacía, poner pistas falsas que despistaran y desviaran lejos a los otros perros de su presa, no tenía ninguna intención de repartir el botín. Tal como había supuesto se dirigían a la frontera con México, no llegarían muy lejos si seguían forzando el ritmo de su caballo. Los encontró al caer la noche a la orilla de un rio, eran realmente estúpidos o demasiado confiados en la distancia que creían haber ganado a sus perseguidores porque habían encendido una hoguera y eran un blanco claro. Los estuvo observando largo rato, sentía curiosidad por el muchacho, de pelo moreno era guapo ciertamente. Ella era una muchacha rubia, casi una niña, vio como él se liaba un pitillo, es curioso hasta ese instante no había sentido la necesidad de fumar pero el cigarro en los labios del joven le provoco la repentina necesidad de echar unas caladas. Saco una bolsita que abrió aflojando el cordel que cerraba un extremo y depositó unas cuantas hebras sobre el papelillo de fumar. Lo lio con proverbial habilidad sellando su pacto con un lengüetazo de extremo a extremo del cigarro. Busco por todos sus bolsillos, ni un solo fosforo, ningún chisquero.-Mierda.-Pensó al tiempo que lo escupía. El fugitivo acabo con su pitillo, ella no fumo, la pistolera pensó que era una chica sana, seguro que tampoco bebía pensó que sería una mojigata pero para su sorpresa contemplo como ambos se fundían en un abrazo para acabar siendo uno solo.-Joder, ahora si necesito un maldito cigarro.-Los dejaría consumar el acto, una especie de última voluntad del condenado, además no ofrecían ni una sola moneda por ella y no quería arriesgarse a acabar con una inocente. La verdad es que no entendía el porqué había prolongado la vida del joven durante tanto tiempo pero ahora que veía a la pareja retozando tan feliz le pareció incluso un acto de caridad antes de mandarlo al otro barrio. Pensó en sorprenderlo e intentar cogerlo vivo pero descarto enseguida la idea, no correría riesgos con alguien tan hábil con las armas. Además lo colgarían de una soga de todas formas. Al acabar apagaron la hoguera, era noche cerrada y sin luna, la oscuridad era total. Se acercó sigilosamente buscando la mejor oportunidad para actuar cuando a modo de inesperado regalo se encendió una pequeña luz. Era la inconfundible combustión de la punta de un cigarro. Calcular el lugar exacto donde se hallaba la cabeza tras la pequeña llama era tarea fácil. Apunto con su winchester tomándose todo el tiempo necesario y apretó el gatillo. El fogonazo apenas duro una décima de segundo pero fue tiempo mas que suficiente para ver como se habría una cabeza y como su larga caballera rubia se manchaba de sangre. La caza recompensas quedo rígida, después de tantos años persiguiendo forajidos por fin había ganado sus 30 monedas de plata. Una sombra avanzaba hacia ella desorientada, apunto de nuevo y el muchacho cayó abatido. La pistolera tuvo suerte, debió cogerlo en sueño profundo y aun no era plenamente consciente de lo que había ocurrido, ni lo será ya.
Enterró los cadáveres de los amantes, no se sintió con estomago para cobrar ni un solo dólar por aquellos despojos.
En aquellos tiempos, hace 200 años, nadie daba por hecho lo que ahora todos tenemos claro, que el tabaco mata.

 
Cuando las luces se apagan.

 -“Mantente alejada de la bebida muchacha, no es buena compañía. Embotara tu cabeza y ralentizara los reflejos. Un solo trago puede marcar la diferencia, te lo he dicho infinidad de veces, no puedes prescindir en ningún momento de tus cinco sentidos pero en muchas ocasiones veo cómo te pierdes en quien sabe qué lugar. Recuerda mantener la mente siempre despierta y aléjate de la botella, te aseguro que no te resultara fácil”. – Las palabras del viejo maestro retumbaban en su cabeza como mil tambores de guerra, parecía que toda una tribu de salvajes bailasen en su cerebro. No había seguido ninguna de sus recomendaciones, todas sus enseñanzas cayeron en saco roto. Estaba demasiado beoda como para recordar en que momento pidió su primer trago. Debió ser cuando empezó a hacerse preguntas, cuando comenzó a cuestionarse sus actos y fue entonces, tal como pronostico Centella que ocurriría, que empezó a languidecer su estrella, todo empezó a carecer de sentido. En esos momentos se sabía totalmente vulnerable, cualquier bisoño podría acabar con ella. Estaba tan intoxicada por el alcohol que apenas era capaz de abrir los ojos y aun así pidió otro trago. El barman se lo sirvió sin dejar de vigilarla, muchos otros curiosos la observaban en el saloon. Una mujer armada, ataviada como un hombre y totalmente borracha no era algo muy común. Todos parecían presos de la curiosidad, no podían dejar de mirarla. A ella no le importaba, era ajena a todo lo que le rodeaba, estaba perdida, (una vez más), en divagaciones etílicas. Quizás fue cuando atrapo a aquel palurdo que empezó su declive, le voló la cara a un tipo importante a la salida de los oficios del domingo. No fue difícil averiguar que tenía un hermano y que este vivía en una granja en mitad de la nada a pocas jornadas de donde ocurrió el asesinato. La cabeza del reo, la de aquel infeliz, se revalorizó enormemente cuando el padre del finado ofreció una suculenta recompensa de…¡1000 dólares! Una autentica fortuna. Muchos fueron los que acudieron a la granja, lo pusieron todo patas arriba, removieron debajo de cada piedra ante los ojos asustados de aquella familia. No encontraron al fugitivo, ella por el contrario no se acercó. Permaneció oculta sobre un cerro durante semanas, gracias a que era verano no tuvo que encender en ningún momento un fuego que pudiera delatar su presencia. Solo comió cecina seca, su estómago se resintió enormemente en aquellos días. Vigilaba al granjero, a su mujer, a su hijo y por como en todo momento al salir al exterior de la granja para hacer sus tareas diarias oteaban el horizonte temerosos, supo que el evadido se encontraba allí. No podía esperar más, apestaba y estaba hambrienta. Se arriesgaría a entrar, si irrumpía en la casa y no lo hallaba el granjero estaba en su derecho de disparar sobre ella, se convertiría en la perseguida si respondía a la agresión. Pero si tal como sospechaba, estaba segura de ello, habían bajado la guardia y lo sorprendía, el hermano y su familia se convertían en cómplices y entonces…entonces todo sería diferente.
Bajó por la ladera y se acercó por la parte trasera de la granja, una sola ventana en la segunda planta por la que pudieran verla. Era la hora de comer y contaba con que estarían todos reunidos alrededor de la mesa. Rodeo el edificio y se coló por una ventana lateral, al otro lado de la puerta se escuchaban voces, la de una mujer, un niño y…dos hombres. ¡Eureka, ya era suyo! Derribó la endeble puerta de madera de un puntapié magnum en mano y allí estaba, el hermano tenía un rifle apoyado en la silla e intento dispararle. Durante mucho tiempo aquella reacción le pareció estúpida, el pobre tipo pago con su vida la osadía de apuntarla con un arma. ¿Qué podía saber ella lo que suponía el vínculo de la familia? Allí dejo el cuerpo junto al que lloraba y gritaba la reciente viuda. Mientras maniataba al reo se fijó en como lo miraba el pequeño huérfano. Pensó en que cada vez que cerrase los ojos la vería apretando el gatillo y, seguramente, soñaría con el momento de vengar a su padre.
Lo llevaba sujeto por una cuerda a la silla de su yegua, lo forzaba a seguir un ritmo demasiado rápido. Al segundo día de camino el tipo se derrumbó, a ella no le interesaban los motivos que lo habían llevado a cometer el crimen, solo le importaban los mil dólares. Era culpable de una muerte y pagaría por ello, pero la soledad del trayecto hizo que prestara más atención a sus suplicas de lo que en otras ocasiones hizo.
Le hablo de su hija de quince años, de cómo apenas hacia unos meses era una chiquilla feliz. El hombre se preocupó el día en que su niña le hablo de él y apareció con un bonito vestido que le habían regalado. Entre sollozos lo escucho relatar como intento convencerla de que desistiera, de que no viese más a aquel hombre. El hijo menor del todo poderoso terrateniente de turno, dueño y señor de casi todo en cientos de hectáreas. De todos era conocido la afición que tenía el benjamín de la familia por las jovencitas y de cómo se aprovechaba de ellas deslumbrándolas con su fortuna. Era una niña, su niña y no atendía a razones. ¿Cómo podía entenderlo si aún era una cría? Regreso de un viaje de dos días a una feria de ganado y al entrar en el granero la encontró desnuda colgando de una traviesa al extremo de los jirones de su propio vestido. Nadie le hizo caso cuando suplico justicia, el juez (hermano del potentado) dictamino en 5 minutos que había sido un suicidio y el párroco se negó a enterrar en suelo sagrado a su hija. Nadie abrió la boca a su favor, ningún testimonio. Todos temían a la familia que regía sus vidas. Se cruzaba con aquel miserable que le sonreía con sorna, satisfecho de sí mismo, satisfecho de saberse por encima de la ley. Aquel domingo al salir de la iglesia le borro su asquerosa sonrisa de un disparo en la cara.
Nunca lo había hecho hasta entonces, en aquella ocasión si se quedó para ver la ejecución y por primera vez sintió nauseas cuando lo vio caer por la trampilla y quedar colgando de una soga como un embutido. –Nadie puede tomarse la justicia por su mano. – Pensó. – Nadie que no pueda pagar a otros para que manchen las suyas de sangre. -Tenía mil dólares en sus alforjas, se podía beber mucho con todo ese dinero.
-“Los poderosos son el auténtico mal de esta tierra, hacen y des hacen para su único beneficio. No consientas que te dominen también a ti. Tú eres un lobo, no te conviertas en un perro a su servicio.” – De nuevo las palabras de su viejo maestro removiéndole las entrañas. Eso es lo que era, una perra a la que le hacían oler un trozo de carroña y salía corriendo tras la presa mientras su gordo dueño dormía con la conciencia tranquila bajo sabanas de seda. Lo que a ella y a otros perros les parecía una fortuna no era nada para aquellos cerdos. Solo un hueso que les lanzaban y ellos recogían agradecidos. Pensó en la pareja de amantes de hacia tan solo unos días, de como se abrió la cabeza de la joven rubia igual que explotaban las sandias con las que practicaba la puntería en el rancho de Centella. Ahora veía al chiquillo ya hecho hombre, al hijo del granjero, que aparecía por la puerta del salón revolver en mano en busca de venganza. No podía levantar la cabeza de la barra, todo le daba vueltas pero no quería admitir que estaba indefensa. 
. Desenfundo torpemente y apunto hacia la entrada, fijo como pudo la vista en aquella silueta. Alguien sujeto su mano y le quito el arma. Era incapaz de abrir los ojos y de mover un musculo, se sentía flotando pero realmente era el barman que la arrastraba rodeándola con los brazos por los sobacos hacia la salida, la pistolera era un peso muerto. No había ningún joven en la puerta buscando justicia, todo había sido una alucinación producto de una de sus mayores borracheras pero ella ya ni lo recordaba. La arrojo fuera del establecimiento y cayó sobre el polvo de la calle como un fardo, el camarero le tiró su magnum a los pies advirtiéndola de que no regresara hasta que se hubiese despejado, o mejor, que no lo hiciese nunca más.
Se arrastró como un gusano en busca del revolver, lo único que consiguió es vomitar. Giro sobre su costado hasta conseguir ponerse boca arriba y se abandonó al sueño. De nuevo sintió como la agarraban, en esta ocasión del cuello de su guarda polvos, no se resistió, era incapaz de hacerlo. La arrastraban por el suelo, la fricción con la calzada y los guijarros clavándose en posaderas y espalda no eran lo suficientemente dolorosos como para espabilarla. Finalmente acabo el pequeño viaje, la dejaron con la espalda apoyada en algo, los brazos caídos y las piernas abiertas, la cabeza ladeada sobre un hombro. Vomito nuevamente, en esta ocasión se lo echó todo encima. Alguien le arrojo un cubo de agua a la cara, consiguió abrir los ojos lo suficiente para ver una silueta a contra luz. Poco a poco pudo fijar la mirada y distinguir a quien tenía en frente. Era un tipo enorme, desde aquella posición en el suelo posiblemente le parecía aun mayor de lo que era, con todo era un auténtico oso. Vestía a la manera de los sureños, camisa y pantalones blancos, como calzado unas humildes sandalias. Se le veía sucio y un repentino tufillo llego a la nariz de la pistolera confirmando lo sucio de aquel individuo. Aun con la tremenda borrachera recordó la descripción del dueño de la mina. Bien, sus peores temores se habían confirmado, la había cagado, la cazadora se había convertido en presa. Quien tenía en frente no podía ser otro que el “zarrapastroso”, el individuo que llevaba meses persiguiendo había dado primero con ella. Vio que tenía su magnum en las manos y pensó que había llegado por fin al final del camino y se lamentó de no haber sido capaz de encontrar a Morgan antes de morir. ¡Morgan, maldito cabrón! Llevaba toda una vida buscándolo. ¿En qué agujero se había escondido? En todos aquellos años no había dado con una sola pista de su paradero. Probablemente llevaría muerto mucho tiempo, esa idea siempre la había aterrado, la idea de que la privaran de la venganza. Ya nada importaba, si ya no estaba en este mundo no tardaría en reunirse con él en el infierno.
El tipo enorme vació el tambor del arma, las balas cayeron desperdigándose por el suelo, luego lanzo la magnum sobre el estómago de la pistolera, rebotó alejándose un metro de ella..
-Solo la curiosidad que siento es lo que te mantiene viva. – Dijo con una voz fuerte y ronca el “zarrapastroso”. – Curiosidad por saber que te motivó para ayudar a aquel minero, cual fue la razón que te llevó a pagar y amenazar al médico de aquel asqueroso pueblo para que salvase su vida. – La pistolera no podía articular palabra, lo miraba con la cabeza ladeada, el pecho manchado de vómitos. Se limitaba a seguir los movimientos de aquel tipo con los ojos.
-Viendo tu estado ya tengo las respuestas. – Le dio la espalda y se dirigió hacia la salida, estaban en una cuadra y ella apoyada en una bala de paja. Se giró para mirarla ya estando apartado a varios metros . – No continúes siguiéndome, si volvemos a encontrarnos no tendré más preguntas.
Paso cerca de media hora hasta que consiguió alcanzar su revolver, arrastro su cuerpo como pudo de regreso hacia la bala de paja y apoyo la espalda. Cerró los ojos y dirigió el cañón del arma hasta la sien derecha. Sonó un “clic” al apretar el gatillo, luego otro, y otro, y otro…





Despojos que el tiempo deja olvidados.


-¿El viejo Bruce? ¿Para qué quiere una mujer bonita como usted hablar con ese carcamal? – El individuo no disimulaba, la miraba de arriba a abajo inspeccionándola como si fuese una res y él un tratante de ganado. – Se le ocurrió la idea cuando le vino a la cabeza el recuerdo de aquel alfeñique, no conseguía recordar el nombre ni su aspecto y eso que la memoria de la pistolera para esas cosas era formidable. Claro que el lechuguino no era un objetivo y supuso era por eso que su selectiva memoria lo había eliminado.
- Soy periodista, escribo sobre la Unión Pacific y he escuchado en algún lugar que ese tal Bruce puso sus armas al servicio de la compañía. – Se sentía ridícula con aquel vestido beige que la cubría de los tobillos a la barbilla como el hábito de una monja y aquellos botines de tacón fino y alto que la estaban destrozando los pies. Por si fuera poco se había tenido que poner un corsé que apenas la dejaba respirar y rematando la faena aquel vergonzante mini sombrerito deslizándose constantemente hacia un lado de la cabeza. Finalmente, para darle un aire más “intelectual”, unos lentes graduados de los que despojo al cadáver de una de sus presas hacia años y que utilizaba a veces a modo de lupa para encender fuego. Con aquellos cristales veía borroso y le producían un ligero mareo pero era la primera pista que tenía sobre Morgan desde el inicio de su búsqueda y cualquier sacrificio seria bien merecido si con ello conseguía acercarse un poco más a la consumación de su venganza.
-¿Esta de broma señora? No creo que estemos hablando del mismo hombre. – El tipo se encogió de hombros. – Si quiere perder su tiempo con ese inútil es cosa suya. – La hizo una mueca parecida a una sonrisa maliciosa. – Seguro yo podría contarle cosas mucho más interesantes.
-Estoy segura de ello caballero, lo tendré en cuenta, pero ahora es ese tal Bruce quien me interesa. Ayúdeme y…quien sabe, quizás yo lo ayude a usted mas tarde. – El individuo se rasco la entrepierna sin ningún pudor y luego se subió los pantalones hasta casi los sobacos, tenía una enorme barriga inversamente proporcional a lo poblado de su cabellera.
- Lo encontrara trabajando en la cantina, a esta hora ese tugurio estará vacío, no creo encuentre a nadie más aparte del dueño y a él.
Camino hacia el saloon todo lo aprisa que le permitían aquellos malditos zapatos. Cada vez estaba más arrepentida de su ocurrencia pero pensó que recurrir al ego de aquel tal Bruce sería la mejor manera de sonsacarle la información que necesitaba. Ahora solo temía que, tal como le había dicho el tipo tripudo, se hubiera equivocado de hombre.
No había un alma en el local, solo un anciano encorvado y menudo que levantaba más polvo arrastrando los pies que con la escoba que portaba en las manos. Ciertamente aquel individuo no pudo haber sido jamás un pistolero, menudo fiasco.
-¿Bruce, el señor Bruce Mathews..? – Pregunto de todas formas.
-¿Quién quiere saberlo? – Respondió con voz cansada el viejo.
-Trabajo para el Journal Post, me gustaría hablar con usted.
La miro interrogante con sus ojillos medio ocultos entre los pliegues de los caídos parpados. – En mis tiempos las mujeres cuidaban de los hijos y de sus maridos. ¿Qué puedo yo decir que interese a ese…¿Cómo dijo que se llamaba?
- Journal Post, es un periódico de la costa Oeste.
- La Costa Oeste está muy lejos de aquí, seguro es por eso que nunca escuche hablar de ese periódico. – El torno sarcástico del anciano preocupo a la pistolera, parece que no estaba frente a ningún estúpido, con todo por mas que lo miraba no podía ver en él nada que pudiese indicar que en algún tiempo pudiese haber sido un asesino a sueldo de la gran compañía ferroviaria.
- Estoy escribiendo sobre la Unión Pacific, sobre su historia y los personajes que la convirtieron en mucho mas que una simple compañía de ferrocarriles.
- ¿Una simple compañía de ferrocarriles? – Su sonrisa fue forzada, una sonrisa de desencanto. – La Unión Pacific pone y depone gobernadores, es un estado propio con sus propias leyes. Es, como a quienes se esconden tras ella les gusta decir, “la locomotora que arrastra tras de sí el futuro”.
- Entonces es cierto que trabajo para ellos.
- Millares han trabajado y trabajan para ellos.
- No estoy buscando un peón, a los lectores no les interesa lo que pueda contarme un jornalero. He escuchado que el trabajo de usted para la compañía era bastante más apasionante que colocar railes. – La miraba como intentando averiguar qué es lo que ocultaba aquella mujer de pelo castaño enfundada en un vestido que a todas luces no era de su talla y cuyas manos terminaban en unas uñas gastadas y sucias.
- ¡Bruce!¿Que demonios haces ahí parado? ¡El suelo no se va a barrer solo! Y usted señora…si no va a tomar nada lárguese y deje de molestar al viejo.
- Tengo que continuar con mis quehaceres señora. No tengo nada que pueda interesar a sus “lectores”.
La pistolera hizo un gran esfuerzo para pronunciar aquellas palabras, para contener el imperioso deseo de tomar un trago. – Sírvame una limonada bien fría, también pagare el tiempo de su empleado.
-¿De donde quiere que saque limones en un lugar como este?
- ¡Los pinta! ¡Ahora deje de molestar! - La mujer metió la mano como pudo por el alto y estrecho cuello de su vestido y al rato de buscar saco 20 dólares arrugados que le dio al dueño del establecimiento. Bruce sonrió divertido, ya no le quedaba ninguna duda de que se hallaba ante una impostora.
- Siéntese conmigo en una mesa señor Bruce, hablemos. – La siguió hacia una esquina apartada lejos de la barra, sentía curiosidad por saber a donde llevaba todo aquello. Se acomodaron sentados uno frente al otro.
- ¿Qué es lo que quiere saber señora?
- Hábleme de su trabajo en la Unión Pacific.
- ¿No va a tomar notas?
- Tengo buena memoria, no se preocupe. – El camarero trajo una jarra con lo que parecía agua sucia y un vaso.
– No crea ni una sola palabra de lo que le diga este viejo, es un embustero consumado. No sirve ni para limpiar la mierda, no lo tendría aquí si no fuese por caridad. Creo que tengo demasiado buen corazón.
Se levantó cogiendo de nuevo la escoba. – Es cierto, no soy nadie, nunca he sido nadie. Pierde su tiempo señora.
-En sus tiempos las mujeres se dedicaban a cuidar de los hijos y de sus maridos. Los tiempos han cambiado mucho señor mío y las generaciones de hoy, las que vendrán mañana, deben saber de quienes hicieron posible su presente. De quienes en unos tiempos más duros, más salvajes pusieron los cimientos que los sustentan. Por favor se lo ruego, siéntese.
- No soy un estúpido señora. – Le dijo mientras tomaba de nuevo asiento. – ¿Qué es lo que busca en realidad?
- Hábleme del grupo salvaje. ¿No es así como llamaban a los “mastines” del ferrocarril? He escuchado que se los comparaba incluso con la agencia Pinkerton, pero que sus “restricciones” a la hora de cumplir con su trabajo eran mucho menores. – Ahora si vio un brillo en los ojos del anciano, por unos momentos estuvo a punto de desistir, pensó que aquel no era a quien buscaba. Como le resplandeció el rostro al perderse su mente en los recuerdos lo delato. La pistolera sonrió, era el hombre indicado.
- De aquello hace casi 30 años, es mucho tiempo. ¿Por dónde empiezo?
- Por el principio.
-La noticia corrió como la pólvora, alguien puso mucho empeño en ello. Un importante periódico lo publicó a todas página. Habían encontrado oro en las Colinas Negras de Dakota del Sur, acudimos por miles. Lo que no se mencionaba en ningún momento es que aquellos terrenos se los había cedido el gobierno a los cheyennes hacia una década. Los primeros lleguemos en pleno invierno, la vida en aquellas montañas era dura, solo se podía sobrevivir gracias a la caza. No se desperdiciaba ninguna oportunidad, si veías un lobo, le disparabas, si te encontrabas con una mofeta, la matabas, si te topabas con un indio…pues también lo matabas. La única diferencia es que no te lo comías, bueno, al menos yo no me zampe a ninguno. A los salvajes los habían echado hacía ya mucho de las praderas, en aquellos picos yermos se morían de frio y de hambre, por si fuera poco los mineros practicábamos la puntería con ellos. Yo era muy bueno con el rifle y provenía de un lugar muy parecido a aquel, con las trampas conseguía alimento suficiente pero nunca encontré ni una maldita pepita de oro. El mismo periódico que aireo lo de los yacimientos dio la voz de alarma. ¡Nos masacraban indiscriminadamente a los recién llegados! Contaban con pelos y señales las tropelías de los cheyennes basándose en los testimonios de los supuestos “supervivientes” de sus carnicerías. La opinión publica clamaba venganza , con la primavera llego el deshielo y junto al buen tiempo el ejercito de la Unión. Hicieron una buena limpieza y nosotros les ayudemos, no sé a dónde se llevaron a los pocos que quedaron con vida. Un par de meses después llegaron las obras del ferrocarril, nadie había encontrado oro por lo que la mayoría acabaron pidiendo trabajo en la Unión Pacific.
En aquel entonces no me hice preguntas pero con el tiempo me di cuenta de que nos habían utilizado como peones en su maquiavélica partida de ajedrez. No hay que ser muy listo para comprender que todo se había orquestado desde los despachos de la compañía de ferrocarriles. Con la ayuda de sus títeres en el senado la Unión Pacific no necesito bordear cientos de kilómetros, pasaría a través de la montaña en una ruta más corta, rápida y barata.
En un principio me resistí a trabajar para ellos pero de nuevo llego el invierno y se me presentó la oportunidad de ganarme la vida con lo que realmente me gustaba. Con el mal tiempo muchas alimañas bajaban a los campamentos de los jornaleros en busca de algo que llevarse al estómago y se convirtieron en una molestia. Yo les daba caza y me pagaban por ello, estaba contento. Un oso enorme ataco en un par de ocasiones a los trabajadores, estos animales pasan el invierno aletargados pero si no consiguieron acumular suficiente grasa se despiertan antes de tiempo famélicos. Poco tienen que comer con el terreno nevado y la opción más fácil era atacar a las personas, son realmente peligrosos. Lo perseguí sin resultado durante tres días. Aquel animal tenía mejor vista que yo, mejor oído y mejor olfato, así que decidí que lo mejor sería sentarme pacientemente hasta que fuese él quien diese conmigo. Salió los arboles sobre sus dos patas traseras gruñendo y babeando, le aloje una bala entre los ojos y regrese al campamento.
La pistolera no prestaba demasiada atención a lo que le contaba Bruce. - ¿Por qué les gusta tanto hablar a los viejos? - Estuvo tentada de exigirle que abreviara su relato (no era esa parte la que le interesaba) pero lo dejo continuar para no arriesgarse a enojarlo y quedarse sin nada.
-Debo reconocer que adorne un poco mi historia sobre la cacería del oso, el caso es que debió de llegar a los oídos de alguien con mas mando que el simple capataz con el que trataba. Un día me llamaron y me condujeron a la tienda del ingeniero.
- Dicen que tienes buena puntería. – Asentí con la cabeza sin decir palabra, aquel tipo por algún motivo me intimidaba. – Aquí estas desperdiciando tus habilidades, tengo una propuesta que quizás te interese, una propuesta con muchos ceros detrás.
Aquella misma tarde emprendí el trayecto con billete pagado por la compañía hacia Pierre. Era una ciudad enorme, nunca había estado en un lugar así, me sentía insignificante. La gente vestía de forma extraña y vi a muchas mujeres paseando por las calles. Hacía mucho tiempo que no veía a ninguna mujer. – Se le escapo un suspiro al tiempo que cerraba los ojos en un intento de revivir aquellos momentos. – Al llegar a las oficinas centrales de la compañía un tipo detrás de un mostrador me miro con gesto de desagrado. Le enseñe las credenciales que me había proporcionado el ingeniero y me condujeron a una sala. Me alegre de encontrar en ella a un sujeto que parecía normal, al menos comparado con el resto de “estirados” con los que me había encontrado hasta ese momento.
-¿Así que te crees buen tirador? – Era un tipo no demasiado grande pero de constitución fuerte, de tez oscura y rasgos acentuados. No había ninguna duda de que me encontraba ante alguien de la otra orilla de Rio Grande.
- No he venido hasta aquí para hacerme el modesto. – Le respondí. – Soy muy bueno.
- ¿También con los revólveres?
- Señor, soy cazador, no se abate una liebre con un colt ni se mata un oso con una pistolita.
- Nosotros cazamos otro tipo de animales, unos mucho más peligrosos. En este trabajo llegar a viejos es casi un milagro. Necesitare a alguien que me cubra las espaldas, alguien que sepa que no ha de fallarme.
- Solo necesito un buen rifle y no conseguirán acercársele ni las moscas.
- Bien muchacho, son cinco dólares al día más los “pluses” al acabar los trabajos. Tendrás el mejor rifle que hayas soñado nunca. Si me defraudas yo mismo lo recuperare de las manos de tu cadáver. Partimos a las cinco de la mañana, también te proporcionaremos un caballo. Espero sepas montar, vas a pasar lo que te queda de vida sobre un jamelgo.
- No soy mal jinete.
- Pues tendrás que espabilarte con eso, no esperamos a nadie ni regresamos por él. ¿Alguna pregunta?
- No me ha dicho su nombre.
- Roberto Reyes, pero todos me llaman Texas, Texas Centella.
Le alargue la mano. – Bruce Mathews.
-Si de aquí a seis meses sigues vivo quizás me moleste en recordar tu nombre.





Despojos que el tiempo deja olvidados. parte 2.


Escuchar el nombre de su mentor la saco del letargo e hizo retomara el interés por el relato de Bruce. Centella jamás le hablo de aquella etapa de su vida, por lo visto al viejo lobo también acabaron poniéndole una correa aquellos a los que tanto criticaba. – Que pequeño es el mundo. – Pensó. – Así que esos dos trabajaron juntos para la Unión Pacific. Seria irónico que las respuestas que buscaba pudiese habérselas dado veinte años atrás su maestro. No, más que irónico seria cruel, muy cruel, dos décadas malgastadas son demasiado tiempo. Empezaban a llegar los primeros clientes a la taberna, nada más entrar por la puerta, todos sin excepción, miraban a aquella forastera ataviada con un ceñidísimo vestido beige que la cubría el cuerpo como un calcetín al pie. Las lentes y aquel sombrerito ridículo provoco las chanzas de algunos de ellos. El dueño del local sin embargo era a Bruce a quien no quitaba ojo. El anciano se lio un pitillo, antes de ponérselo en los labios la mujer le pidió si podría pasarle uno.
-En mis tiempos…
-Si ya se. – Lo interrumpió la presunta periodista. – Las mujeres cuidaban de los hijos y de sus maridos. Ahora se amable y pásame un cigarro. No lio otro si no que le dio el suyo. Encendió un fosforo y lo acerco al rostro de ella dejando entre los dos medio metro de distancia. La mujer se inclinó con el cigarro en los labios y casi se quema la nariz. Soltó un gruñido que Bruce intuyó se trataba de una maldición al tiempo que se despojaba de las lentes. Ahora si prendió el extremo del pitillo, se incorporó de nuevo en la silla y exhalo una bocanada de humo satisfecha. El anciano pudo ver con claridad los ojos castaños de ella.
-¿Qué paso entonces? Continua.
-Todo fue de vértigo. Partimos un equipo de cinco, mi cometido era cubrirles la espalda a distancia. Yo era un desastre con los revólveres pero letal con el rifle. Nos movíamos a ambos lados de la ley, lo mismo atrapábamos a aquellos que osaban atentar contra los intereses de la compañía que extorsionábamos a los propietarios reacios a negociar con ella. Solo rendíamos cuentas a la Unión Pacific. Era el tipo de vida con la que siempre había soñado. Para alguien como yo que se había criado en las montañas entre animales, muchos de ellos caminaban sobre dos patas, todo aquel desenfreno hacia me sintiese en una nube, en otro mundo. Cuando acabábamos los trabajos salía de las oficinas con los bolsillos llenos, más dinero del que jamás hubiera conseguido en una vida como cazador. Lo derrochábamos durante los días en los que no habían “trabajos”. Mujeres hermosas, los mejores restaurantes, las camas más mullidas, pero yo solo deseaba salir a cazar de nuevo.
El anciano había cogido el vaso y empezó a jugar con él de forma nerviosa, la mujer no había probado la “pretendida” limonada. Lo volteaba con los dos pulgares haciéndolo girar sobre un canto de la base, luego se lo pasaba rodando por la mesa de una mano a la otra. Ella no prestaba atención al molesto ir y venir del recipiente, miraba fijamente el rostro de Bruce sin apenas pestañear.
Pasaron seis meses y de la partida inicial ya solo quedábamos Centella y yo. Un ranchero nos dio una buena tunda, mi posición solía estar en un lugar elevado desde el que podía controlar todo el perímetro donde se desarrollaría la acción y esa distancia fue la que me salvo. No vimos venir la emboscada, me cargue a cinco vaqueros pero eran demasiados. Centella era un tipo increíble, tanto como persona como manejando las armas. Creo que él solo mato a otros siete pero el resto del grupo no tuvo suerte. Nos presentemos ante el ranchero y le hicimos firmar el contrato de venta, creo que se cago en los pantalones. En esta ocasión no salí de las oficinas contento, nos habían dado nuestra “recompensa” junto con la parte de los caídos. Mucho dinero pero había dejado atrás a mis primeros compañeros. De camino al hotel Centella hizo que me detuviese.
-Te lo advertí muchacho, no te encariñes demasiado con los recién llegados o no podrás soportar este trabajo. – Me tendió su mano. – Ahora eres un miembro de pleno derecho del “grupo salvaje”. Bienvenido a la familia…¿Bruce?
Muchos otros pasaron por el grupo después de aquello. Centella tendría pocos más de cuarenta años pero los demás no llegábamos ninguno a la treintena así que lo llamábamos viejo de forma cariñosa. Para mí fue como un padre pero solo con los veteranos llegaba a coger confianza. Los que sobrevivían más de seis meses solían dejar el grupo, con los bolsillos llenos, no estaban dispuestos a seguir tentando a la suerte, pero para mí ya no había otra vida que esa.
Llevaba junto a Centella seis años cuando reclutaron a aquel tipo, un engreído que se creía un pistolero de novela. Vestía todo de negro y gustaba de provocar a los destripa terrones. Los que picaban el anzuelo mordían el polvo tras el duelo. No me gustaba en absoluto pero era bueno en el trabajo. Un día que disfrutábamos de un descanso se metió por lo visto con un palurdo que llevaba una cogorza tal que apenas podía caminar derecho. Si hubiesen abierto apuestas nadie habría dado un centavo por aquel muchacho. Contra todo pronóstico dejo despanzurrado al tipo de negro. El palurdo ocupo su lugar, el chico tenía una habilidad innata con el revolver. Fue a partir de entonces cuando se empezó a forjar la auténtica leyenda del “grupo salvaje”.
-¿Quién era ese individuo? – Pregunto la mujer.
-Su nombre era Morgan, Morgan Flanagan. –El vaso se escapó del control del viejo y rodo deprisa hacia el borde de la mesa. La periodista lo intercepto de un rápido movimiento, sus reflejos no pasaron desapercibidos para Bruce que sonrió maliciosamente. Por fin había encontrado a alguien que pudiera hablarle sobre Morgan, alguien que pudiese ponerla tras su pista. Lo animo a continuar.
-Cuéntemelo todo con pelos y señales.


- Habían muchos otros grupos como el nuestro repartidos por todos los estados donde la compañía tuviera intereses pero Centella, Morgan y yo nos labremos una excelente reputación, éramos “harina de otro costal”. Al año de trabajar juntos ya nos encargaban las misiones más peligrosas y por tanto las mejor pagadas. Éramos tan eficaces, tan implacables, que en cierta ocasión se entregó por propia iniciativa toda una banda de ladrones de trenes cuando se enteraron de que íbamos tras su pista. No necesitábamos de ningún apoyo, rechazábamos a nuevos componentes que pudieran entorpecer y, que por otro lado, tampoco solían vivir demasiado tiempo. – Bruce relataba los hechos casi con la misma ilusión que un niño contaría sus fechorías a los amigos. El caza recompensas de tiempos pretéritos había regresado por unos instantes y en sus ojos un brillo de orgullo, brillo que se apagó de forma súbita cuando una mano se apoyó en su hombro y lo apretó con fuerza.
- Se acabó el descanso Bruce, esto se ha llenado de clientes y hay muchas mesas por recoger. Levanta el culo de esa silla y regresa al trabajo.
- Lo siento señora, debo seguir con mis faenas. – El anciano se levantó de la mesa cabizbajo con movimientos lentos y pesados, la euforia de revivir tiempos mejores se disipo como un espejismo y su rostro era de nuevo el de un anciano abatido, vencido. La mujer se interpuso entre él y el dueño del tugurio, con aquellos tacones su altura aumento casi tres pulgadas, el barman la miro a los ojos inclinando la cabeza hacia arriba.
- Te he dado 20 dólares, más de lo que le pagaras al viejo en dos semanas, su tiempo me pertenece.
- Ya me canse de usted, este no es lugar para señoritingas, me está violentando a la clientela, es hora de que se largue. – La “periodista” miró a su alrededor, ninguna otra mujer en el local. Los parroquianos la observaban, algunos de forma disimulada, otros con descaro pero ciertamente era el centro de atención y lo fue aún más cuando propino un tremendo cabezazo en la cara del desprevenido dueño del saloon. El ridículo sombrerito salió despedido varios metros y el tipo cayó al suelo aturdido con la nariz sangrando. El cabello castaño de la forastera, libre del sombrero se descolgó por sus hombros y espalda, Bruce estaba cada vez más intrigado. ¿Quién era realmente aquella extraña mujer? Cuando el barman consiguió reincorporarse la amenazo levantando el brazo con la mano abierta.
- Tiene suerte de ser una mujer, debería girarle la cara. Salga de aquí si no quiere que avise al sheriff. – Fue un movimiento reflejo, sin apenas darse cuenta el tipo se vio inmovilizado, le retorcían el brazo y a su espalda la mujer le acercó los labios al oído. – Me gustaría ver la cara que pone el sheriff cuando un “hombretón” como tú le explique que una “señoritinga” le ha roto la nariz. – Le susurro al tiempo que lo liberaba. El barman se alejó de ella sin atreverse a darle la espalda, agitaba el dedo señalándola. – Si quiere seguir ocupando una mesa deberá consumir algo.
– Trae una botella de whisky, dos vasos y deja de molestar de una vez. - La mujer invito a Morgan a que tomara asiento de nuevo, el barman paso entre los clientes camino de la barra intentando no prestar atención a sus miradas burlonas.
- ¿Que paso después?
- Al cabo de tres años tanto Morgan como Centella empezaron a cambiar. El viejo se encerró en sí mismo, ya no hablaba por los codos, antes nos empapaba con su curiosa filosofía de la vida. Nunca había sido un hombre especialmente optimista pero nos hizo reír muchas veces con sus sarcasmos, aunque en aquellos últimos meses… - Ahora la expresión de Bruce era triste. – Yo nunca me había visto así, trabajaba para una respetable compañía, nada menos que la Unión Pacific, me veía a mí mismo como un servidor de la ley pero Centella empezó con sus discursos oscuros haciendo que me sintiese mal. Decía que no éramos más que vulgares matones a sueldo, asesinos que no diferían en nada de aquellos a los que perseguíamos. Hablaba de lobos, de perros, a veces pensé que había perdido el juicio. La mujer lo interrumpió, sabía muy bien a lo que se refería, Roberto Reyes la intento muchas veces desmoralizar con aquellas historias para que desistiera de su empeño de convertirse en una pistolera. Era el otro componente del grupo quien realmente le interesaba.
- ¿Y Morgan…En que cambio Morgan?
- Morgan nunca fue impulsivo, era muy meticuloso en todo lo que hacía. Los tres mantuvimos siempre la cabeza sobre los hombros y la mente fría, eso es lo que nos mantenía vivos pero se volvió demasiado prudente en aquellos tiempos. Cuando acabábamos un trabajo ya no nos acompañaba nunca para celebrarlo, desaparecía durante días, no regresaba hasta que no nos ofrecían una nueva misión. Morgan si era un hombre reservado, nunca hablaba de él, la verdad es que raramente hablaba de nada. Una noche me atreví a preguntar y por lo visto lo pille con la guardia baja.
El barman trajo la botella y golpeo la mesa con los vasos. La mujer le arrojo una moneda de 25 centavos. – El precio es de un dólar. – Protesto, pero desestimo insistir en cuanto se cruzaron sus ojos con la amenazante mirada de los de ella.
- Continua.
- ¡Morgan se había casado! – En la cara del anciano una mueca de desagrado. - ¡Se casó y ni algo así fue capaz de compartir con nosotros! Me sentí molesto con él por ello. – No quiero que os preocupéis ahora más por mí de lo que lo hacíais antes, esto no cambia nada. – Me dijo para añadir después que esperaba un hijo. Ahora lo entendía todo. – La mujer no pudo evitar apartar la mirada de su interlocutor cuando menciono aquellas últimas palabras. – Pocos meses después nos ofrecieron un nuevo trabajo, mucho dinero de por medio pero pocas explicaciones, Centella recelaba de tanto secretismo. Buscábamos como tantas otras veces a unos salteadores de trenes pero en esta ocasión nos habían puesto una condición, debíamos traer al menos a uno de ellos con vida. Por si fuera poco nos impusieron a un nuevo compañero, un pipiolo, casi un chiquillo. Nunca comprendí porque nos hicieron cargar con él. El muchacho se hacía de querer, era alegre e inquieto pero no tenía remilgos a la hora de disparar. Se llamaba Tom y en las semanas que duro aquello lleguemos a apreciarlo realmente.
Cuando dimos con su rastro fue fácil seguirlo, aquellos fantoches se dejaban una fortuna halla donde pasaban. Les preparemos una emboscada en un pequeño pueblo en el que no estaban acostumbrados a aquel tipo de “acontecimientos”.
- ¿Qué paso? – La mujer estaba absorta con el relato, era como cuando 25 años atrás siendo una jovenzuela engreída escuchaba las historias de su mentor y al igual que Centella, Morgan sabía cómo captar su atención.
-Fue un desastre. – Prosiguió. – Tom se precipito, siempre era yo el que efectuaba el primer disparo, eso nos aseguraba causar una baja al comienzo de las emboscadas. Se refugiaron en una tienda de telas. Pensemos que lo mejor para hacerlos salir era prender fuego a aquel comercio y así lo hicimos. A partir de ahí fue una batalla campal. – La mujer casi pudo oír cómo se quebraba el ánimo de Bruce y lo escucho intentar reprimir la congoja. – Perdimos a Tom, ya estaba acostumbrado a ver morir a los nuevos pero,,, - Trago saliva y respiro hondo intentando recobrar el aliento. – Una maldita bala perdida acabo con Centella.
La mujer se alteró. - ¿Una bala perdida? ¿Una asquerosa bala perdida mató a Texas Centella?
- Su suerte se acabó aquel día, al menos al contrario que Tom él pudo disfrutar de un buen montón de años de existencia.
- ¿Qué paso después? – Inquirió recelosa la forastera.
- Por primera vez en tres años fallemos, ninguno de los cuatro delincuentes salió de aquel pueblo con vida. Cuando nos presentemos en las oficinas de la compañía con los cadáveres nos llevemos un buen rapapolvo. No había asimilado aun la perdida y le propuse a Morgan ir a ahogar las penas en alcohol. Declino la oferta. – Ya debe hacer semanas que nacido mi hijo, no he podido estar al lado de la mujer que amo durante el parto, espero todo haya ido bien. – Se marchó y no regreso hasta un mes más tarde.
Ya nunca fue lo mismo, sin el viejo Centella no teníamos nada de especial que nos diferenciara de otros grupos. Morgan nunca acepto comandar ninguna partida y yo no valía para eso. Nos integremos en muchos otros grupos y así pasaron diez años. Yo aún creía en lo que hacía pero Morgan solo pensaba en su familia, no paraba de hablarme de su mujer y de su preciosa hija, creo que ellas eran lo único que lo animaba a seguir. Yo estaba solo y sentía cierta envidia cuando me contaba cosas sobre la vida en pareja. Aunque lo disimulaba bien sabía que no pensaba en otra cosa que en acabar los trabajos para poder reunirse con ellas durante unos pocos días. Siempre se quejó de no poder ver crecer a su hija “como Dios manda”. – Decía.
No pasó desapercibido para Morgan que la forastera cada vez se sentía más incómoda con sus palabras. Hizo una pausa y lleno primero el vaso de ella para a continuación hacer lo propio con el suyo. La mujer fijo la mirada en el whisky, parecía no poder apartarla de él. Al cabo de unos segundos aparto el vaso hacia el anciano. Bruce continuo con su relato.
- Un día marcho y ya no regreso, más tarde llego a mis oídos lo de la muerte de su mujer. Nunca he creído esa historia, por cómo me hablaba de ella él jamás la hubiera hecho daño. No, él no pudo matarla, estoy seguro de que fue víctima de una encerrona.- Los dientes de la mujer rechinaron. – Aun trabaje un lustro más para la compañía, ahora yo era el “viejo” halla donde iba. Pero nuestro tiempo pasó, la Unión Pacific ya no necesitaba de sus perros, como hubiese dicho Centella, ahora le bastaba con sus abogados y nosotros nos convertimos en basura que había que esconder bajo la alfombra.
Gane mucho dinero, muchísimo, pero los negocios no se me dan tan bien como disparar un rifle. Aquí me ves, aquí he acabado y esta es mi historia.
Ahora la forastera recupero su vaso de licor e hizo desaparecer el contenido por su garganta de un trago para luego dejar el recipiente sobre la mesa de un golpe.
- ¡Eres un maldito embustero! – Grito y las cabezas de los presentes más cercanos se giraron curiosas hacia la mujer y el anciano.
Bruce sonrió de forma cínica. – Entonces ya somos dos los mentirosos. –
Se apartó el pelo del lado izquierdo quedando al descubierto su oreja mutilada.-¡Centella me arranco el lóbulo de un balazo siendo mas viejo que tú ahora y estando casi ciego!
- Siempre me pregunte que fue de él. – Susurro sin apartar la vista de la oreja medio cercenada.
- En “tus tiempos” los hombres de verdad se despedían del mundo mirando a la muerte a la cara. ¿En qué más me has mentido? ¿Dónde se esconde Morgan?
- Me negué a creerlo pero ahora sé que es cierto. No te engañe en eso, jamás supe más de él pero de no ser así tampoco te lo diría. – No dejaba de observarla fijamente. – Lo que hizo es terrible pero después de tanto tiempo aun lo considero mi amigo.
La forastera perdió la compostura y se incorporó reclinándose hacia el viejo con los puños presionando la madera de la mesa. - ¡Debe pagar por su crimen! – Gritó y todos en la taberna la miraron. Morgan no podía apartar la mirada del rostro de ella.
- Tienes sus mismos ojos.
Se levantó enfurecida, dio un traspié y el tacón de su zapato izquierdo se rompió. Salió por la puerta renqueando y soltando maldiciones, había perdido el tiempo. Donde quiera que Morgan se hubiera ocultado nadie en aquel asqueroso lugar lo sabía. ¡Toda la vida buscándolo y ninguna pista! Estaba colérica, habría deseado golpear a Bruce. –Solo es un anciano amargado. – No la habría calmado hacerlo sufrir, él no era culpable de nada pero tampoco ella. Una y otra vez la imagen de Morgan disparando contra mama, una y otra vez se repetía para atormentarla. Alguien la empujo. - ¡A ver si miras por donde vas estúpida! – Levanto la mirada para desafiar a aquel tipo, alguien debía pagar su frustración pero en cuanto lo vio agacho la cabeza y apresuro el paso. En esta ocasión la suerte la había sonreído, con aquel disfraz no la reconoció. Torció el pie y presiono hasta que el tacón del otro zapato también cedió. El tipo se alejaba, la pistolera miro de reojo la plaza por la que transitaba sin alzar demasiado la cabeza ni dejar de caminar. Steve Walsh apodado el indio es quien la había empujado, varios metros a su izquierda, apoyados en la pared de una licorería estaban Kerry Livgren y Phil Ehart. Richard Williams, Dave Hope y Robyn Steinhardt no podían estar muy lejos. Efectivamente, acababan de entrar a caballo en la plaza. ¿Qué podía hacer la banda al completo en aquel pueblo tan lejos de Kansas? La respuesta era el edificio más grande que presidia el lugar. En un rotulo el nombre de la pequeña ciudad bajo el cual en letras más grandes podía leerse “Banco”. Las cosas se iban a poner muy “calientes”. Apresuro el paso hacia el hotel donde se alojaba.
Se abrió la puerta del salón, nadie salvo Bruce reconoció bajo aquellas ropas de hombre a la mujer que apenas hacia diez minutos salió por aquella misma puerta. Enfundada en un viejo guardapolvos y con un sombrero sucio cuya sombra le ocultaba la parte superior del rostro, al cinto canana y revolver y al extremo de su brazo derecho bien sujeto en la mano un rifle de precisión. El anciano conocía muy bien aquel tipo de abrigo que portaba la mujer, era del mismo tipo de los que él y los miembros de los diferentes “grupos salvajes” llevaron hace años como seña de identidad.
La mujer le lanzo el Winchester modelo 1873 y el anciano lo cogió al vuelo soltando la escoba con la que barría el local. Lo acaricio mientras lo contemplaba, luego comprobó la recamara, era un rifle magnifico.
- Me han dicho que eres buen tirador.
- Nunca se me ha escapado ninguna presa.
- Bien, - Dijo la mujer. – Vamos a cazar.
Bruce la siguió, ya no arrastraba los pies y su porte recupero parte de su dignidad. Se dirigieron a la salida, hizo oídos sordos a las amenazas de despedirlo si cruzaba la puerta de su jefe. En el exterior el cielo era plomizo y amenazaba tormenta. El aire helado se incrustaba en los huesos, un día de perros. Bruce respiro profundamente aferrándose a su rifle. Hacía muchos años que no se sentía tan vivo,




Cuando el pasado nos alcanza.


- Pesa como un novillo. – La joven sostenía con ambas manos el enorme revolver. Había ajustado el cinto con la funda del arma en el último agujero del interior del correaje y aun así se le deslizó hasta detenerse en lo más ancho de sus caderas. Centella la miro, le aseguro al llegar que tenía dieciocho años pero era obvio que le mintió, su cuerpo aún no estaba formado. Quince, a lo sumo su edad seria de dieciséis tiernas primaveras. La época en que se tiene prisa por crecer, por dejar atrás la niñez pero renegando de la vida adulta. Tiempo de empezar a tontear con jovenzuelos, de despertar a nuevos sentimientos, nuevas sensaciones y sin embargo…sin embargo estaba allí, en medio de ninguna parte con una magnum en las manos acompañada de un viejo que se esconde del mundo.
- Aprenderás a dominarla, si lo consigues un colt será liviano como una pluma. – La jornada había sido dura como siempre pero en esta ocasión había contado con la ayuda de la muchacha. Sacarle rendimiento al pequeño rancho en aquel desierto requería de gran esfuerzo, solo drenar del pozo con la desvencijada bomba el agua suficiente para dar de beber a las reses la mantuvo ocupada varias horas mientras él se dedicaba a la infinidad de menesteres necesarios para sacar adelante el rancho. Le daba órdenes que ella acataba sin rechistar, apenas dijo una palabra en todo el día, con el ocaso decidió dar por concluida la jornada convencido de que la joven estaría demasiado agotada como para no desear otra cosa que descansar. Se equivocó, le exigió la enseñara aprovechando que aun disponían de algo más de una hora de luz. Era verano y se agradecía la brisa fresca con la que el desierto los obsequiaba al apagarse el día.
- Enfunda. – Así lo hizo la muchacha de forma torpe, tuvo que mirar el cinto y se ayudó con ambas manos. Centella coloco una botella vacía a unos veinte pasos sobre un poste de la cerca en el interior de la cual se agrupaban tranquilas las vacas. – Solo vas a familiarizarte con el arma, desenfunda, no tengas prisa. Lo único que te pido es que no pierdas de vista a tu objetivo. – La muchacha palpo la culata de la magnum, la mirada fija en la botella, desenfundo todo lo rápido que pudo y el arma se escapó de su mano cayendo al suelo. – Te dije que no te precipitaras. – El tono de Centella era autoritario pero sin llegar a ser vejatorio. – Recógela e inténtalo de nuevo, ahora hazlo despacio. – Repitió la operación pero en esta ocasión lo hizo con movimientos muy lentos. – Estira el brazo, que quede recto, ladea el cuerpo, dale a tu enemigo tu costado más estrecho. Tú eres su diana, debes empequeñecerte lo máximo posible. – La muchacha permanecía inmóvil con el brazo extendido, su pulso temblaba, el arma pesaba demasiado. – El cañón del revolver es la extensión de tu brazo, en el extremo está el punto de mira, hazlo coincidir con la ranura de la base. – Le resultaba imposible seguir las indicaciones de su maestro, no era capaz de mantener firme su brazo. Se sujetó la muñeca con la mano izquierda, Centella le dio un manotazo. – ¡Utiliza solo una mano, la otra debes tenerla libre, dispuesta para poder ser utilizada si es necesario! ¡Apunta y dispara! – La joven apretó los dientes, cerró los ojos y presiono el gatillo, estaba duro. Sonó un “clic” cuando el percutor golpeo el metal. La muchacha abrió los ojos perpleja y se encontró con la mirada enojada de su mentor. - ¿Cómo pretendes acertar si cierras los ojos? – Apretó el gatillo varias veces con idéntico resultado. Se dirigió a Centella furiosa.
- ¡Maldita sea! ¿Me tomas el pelo? ¡No está cargada!
- La munición es cara, y más la de ese calibre, no pienso malgastarla.
- ¿Es así como piensas enseñarme?
- Entrenaremos tus reflejos, no tengas tanta prisa por empezar la gran carrera. Por más que te empeñes ahora serias incapaz de acertarle a un oso a medio metro de distancia.
- ¿La gran carrera?
Centella hizo oídos sordos a la pregunta. - Enfunda de nuevo. – La ordeno. Durante más de media hora la tuvo enfundando y desenfundando, a la muchacha se le durmió el brazo y le dolía la muñeca ya no era capaz de mantener el arma a la altura de los ojos. Apretaba los dientes y contenía las lágrimas que le producía la rabia y la impotencia. El anciano la observaba con orgullo, la determinación de la joven era encomiable pero también era obvio que había llegado al límite. – Bien muchacha. – Le dijo con tono condescendiente. – Ahora probaremos con la izquierda.
No probo apenas bocado del guiso de carne que ella misma había preparado, Centella se zampo ambas raciones. Estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas con la vista fija en el fuego de la chimenea. El interior de aquella choza de adobe no era más que una sala rectangular, una mesa y dos sillas. En la pared colgados algunos utensilios de cocina y ningún tipo de decoración. Un catre y en una esquina se había improvisado un segundo que no era otra cosa que unas mantas sobre el suelo.
Centella le estaba fajando las muñecas, las dos se le habían abierto y le dolían terriblemente. El viejo pistolero se fijó en ellas, huesudas como también sus brazos y el resto del cuerpo. Sus ojos castaños parecían mucho más grandes en aquel rostro escuálido. La muchacha era más fuerte de lo que podía parecer por su físico pero estaba claro que había crecido en un ambiente hostil y que su alimentación tampoco fue la correcta. – Hoy lo dejare pasar pero a partir de mañana deberás alimentarte, si no comes como es debido te largare de aquí a patadas. Ella parecía hipnotizada, no apartaba la vista de las llamas de la chimenea ensimismada en sus pensamientos.
- ¿Qué es la gran carrera? – Pregunto al fin. El viejo puso a hervir una cafetera llena de achicoria.
- La vida es nuestra gran carrera, cuando empiezas a correr ya no puedes detenerte y hay un único sentido, avanzar porque si te detienes, si te detienes el pasado te alcanza para que le rindas cuentas.
- Yo hace mucho que estoy corriendo.
- Aun no has cruzado la línea de salida, has venido a mí para que te convierta en un monstruo y ni siquiera sé el motivo por el que odias tanto a tu padre como para querer matarlo. Lo único que realmente se es que si no desistes en tu empeño serán muchos los fantasmas que irán tras de ti, tendrás que ser muy rápida en todos los aspectos.
- Lo que dices no tiene sentido. Tú te has detenido en este agujero. ¿Dónde están tus fantasmas?
La cafetera empezó a bullir y sirvió aquel mejunje en una taza de metal oxidado. Se la ofreció a la muchacha pero ella la rehusó. Centella se señaló la cabeza con el índice – Están aquí, el infierno lo llevamos dentro.
- Te han alcanzado entonces.
- Es inevitable que lo hagan, corremos en círculo, al final llegamos al punto de inicio. Si el pasado no nos atrapa somos nosotros quienes lo alcanzamos a él.
- Todo eso no son más que tonterías sin pies ni cabeza.

- Mira muchacha. – Tomo un sorbo de achicoria y continuo cambiando de tema. – Te estas metiendo en un cenagal, una cloaca por la que es imposible caminar sin mancharte de mierda. En tus manos esta ensuciar solo las botas o cubrirte hasta el cuello. He hecho muchas cosas de las que no estoy orgulloso, he vivido a costa de la vida de otros, he vendido su sangre. Lo mejor que podía pasarme es que alguien me mandase al otro barrio de forma rápida, lo peor, una muerte lenta. Muchos habrían disfrutado torturándome si les hubiera dado la ocasión, no se la di a ninguno de ellos. Cuando te marches de este lugar lo harás de regreso a dónde quiera que hayas venido o como una autentica pistolera. Te verás atrapada en un mundo de hombres y tendrás que ser mejor que todos ellos porque ellos querrán vengarse de ti sometiéndote a la peor de las torturas. Promete que no dejaras que te atrapen nunca con vida.
El silencio como respuesta, la miro y la encontró con los brazos en su regazo y la cabeza colgando, se había dormido totalmente extenuada. Si la dejaba en esa posición se levantaría por la mañana con los huesos doloridos. No entendía el por qué no la había echado nada más llegar. Se sintió tentado de cogerla en brazos y tumbarla en la cama pero borro de su mente la idea. Si quería convertirla en una pistolera debía endurecerla y no tratarla como a una niña. Le dio una patada para despertarla.
- ¡A dormir a la cama! - La joven se acurruco en el suelo tapándose con una manta.
Lo despertó el sonido del hacha cayendo sobre madera, apenas había amanecido. Salió al exterior y la vio cortando leña, descargando sobre los troncos su ira. Ahora entendía el motivo de haberla aceptado como pupila, demasiados años de soledad, la presencia de otro ser humano lo reconfortaba y aquella muchacha además despertó en él un sentimiento paternal. Ella podía ser la familia que nunca tuvo. Si seguía a aquel ritmo sus muñecas se abrirían aún más, se fijó en el viejo vestido de la joven y en como por un agujero de su mocasín derecho asomaba el dedo gordo del pie.
- Deja eso muchacha. Hoy iremos al pueblo, te comprare ropas más apropiadas para el trabajo y de paso algo de munición.

No sabía que podía haber hecho que Morgan saliese de su escondrijo después de tantos años. Estaba haciendo mucho ruido, demasiado como para pasar desapercibido. Un viejo acompañado por una mujer con incontinencia verbal y un lechuguino había humillado al matón de turno en una ciudad en el sur de Arkansas.
- Es rápido como el demonio. – Le explicaba el sheriff de la pequeña ciudad. – Algo increíble para alguien de esa edad, debe de tener por lo menos sesenta años y su contrincante menos de treinta y sin embargo lo hizo bailar antes de que pudiese desenfundar. No se que pinta con esos dos alfeñiques pero la verdad es que le estamos muy agradecidos, nos ha librado de un auténtico energúmeno. Pudo matar a Reilly pero se conformó con hacer que manchase sus pantalones poniéndolo en fuga. – La pistolera saco de un bolsillo un viejo papel que desdoblo con sumo cuidado temiendo pudiera desmenuzarse entre sus dedos. Era un cartel de busca y captura en el que aparecía un joven por el que se ofrecía una recompensa de cien dólares.
– ¿Podría ser este hombre? –
- Oh no señora, ya le he dicho que es un anciano aunque también dijo llamarse Morgan, pero no Flanagan si no Kerner. Si eso es, ahora lo recuerdo, Morgan Kerner.
La pistolera doblo de nuevo el papel y lo guardo. Una mezcla de indignación y satisfacción a partes iguales se dibujó en su rostro. El miserable de Morgan se ocultaba tras el apellido de su madre. ¿cómo había sido capaz de una insidia semejante?
- ¿Dónde puedo encontrarlo?
-Entró en el salón con los otros dos hará menos de una hora, supongo que seguirán allí. Ese hombre no puede ser un criminal, estoy seguro de que no es quien busca señora.
La pistolera le dio las gracias y se dirigió con largas zancadas hacia el bar, la excitación la hizo sudar, tenía la nuca empapada. Se recogió el pelo dentro del sombrero. – Tiene que ser él, tiene que serlo. – Se repetía una y otra vez. Abrió la puerta de la cantina, el sol a su espalda evitaba que los del interior viesen de ella nada mas que una silueta. Morgan estaba sentado junto a un hombre y una mejor. Había envejecido bien, su pelo era blanco pero seguía siendo igual de abundante de como la pistolera lo recordaba. Su rostro estaba muy arrugado pero lo reconoció con facilidad. – ¡Morgan Flanagan al fin! – Pensó, le hizo una seña que el anciano entendió fácilmente, el recién llegado lo estaba retando. Lo siguió hasta un callejón. La pistolera pensó en las palabras de Centella. El circulo se había cerrado, el pasado te ha alcanzado Morgan, por fin.






El cazador y su presa. (Por 0rcanario.)
Quizás es simple justicia o solo una cruel broma del destino. Ahora se encontraba al otro lado, en el de los malos, los fugitivos y aun tras tantos meses grabada en la mente la mirada de desprecio de lo único bueno que había dejado en la vida.
Cabalgaba penosamente atravesando la maleza y la lluvia. El sendero estaba prácticamente oculto por la maleza, se dejaba guiar por el instinto del caballo que se abría paso por el estrecho camino. Podía oír el rumor del rio, debía de estar muy cerca. Ladera abajo, a través de la lluvia, de la noche y del tupido follaje logró atisbar pequeñas manchas de luz. La herida del costado le dolía a horrores, había perdido mucha sangre, pero no era momento de desmayarse, debía a toda costa seguir despierto y llegar hasta aquellas luces. Bajo la espesa lluvia el pueblo parecía más oscuro y sucio de lo que recordaba. Hacía ya varios años que se había marchado pero el tiempo parecía no haber pasado. Seguían las mismas casas destartaladas, el mismo saloon apestoso donde seguramente seguirían sirviendo el mismo pésimo whisky, y al final de estrecha calle principal la pequeña casa con el tejado rojo y un diminuto cartel que anunciaba la profesión de su propietario: Robert J. Cole, Doctor. Hacía años que conocía a Bob, era de los matasanos más competentes de todo el estado, el mejor que había conocido, y sin duda el más indicado para sacarle la bala del costado. Además su vieja amistad le salvaba de preguntas indiscretas y de informes a la autoridad local que lo sometería a molestas preguntas y, quizás, incluso a una identificación que sin duda terminaría con sus maltrechos huesos en la cárcel más cercana. Se despertó en una mullida cama, era de noche, pero no sabía cuantos días habían pasado desde su llegada, pues había pasado casi todo el tiempo dormido o medio inconsciente. No podía quejarse del trabajo del doctor. Había sacado la bala rápidamente y sin mucha pérdida de sangre. Un aparatoso vendaje le cubría el torso. Sentía que recuperaba sus fuerzas. En su mesilla Bob había dejado, en señal de recuerdo o prueba del éxito de la operación, el plomo extraído. Lo observo atentamente, calibre de nueve milímetros. Unos centímetros más a la derecha y se hubiera alojado en la espina dorsal y aquel caza recompensas hubiera tenido su presa y su dinero. Había tenido suerte. Más de la que había tenido el viejo Bruce. Cerró los ojos y recordó su cuerpo caído encima de la hoguera, con la herida de bala sangrante en su nuca, mientras el segundo disparo le golpeaba directamente en su espalda. Había escapado gracias a la humareda que provocó el cuerpo del viejo al caer sobre el fuego. Le fue de muy poco, salvo la vida gracias a estar a solo dos jornadas de camino de aquel olvidado pueblo y del bueno de Bob. Maldito Slinger! Caza recompensas en unos estados, proscrito fugitivo en otros, antiguo pistolero y asesino. La cacería tenía más de ajuste de cuentas que de auténtica cacería. Él lo había humillado hace años en un duelo delante de muchos. Le hirió en la mano y en una pierna antes de que Slinger llegara siquiera a desenfundar su revolver. Podría decir que ahora estaban en paz, pero sospechaba que el cazador no se conformaría con tan poco habiendo dinero de por medio y era una buena ocasión estando él herido. De repente sonaron unos leves pasos por el pasillo. ¿Sería el doctor? Pero era de noche y no había ninguna luz al otro lado de la puerta. Quienquiera que fuese no pretendía pasar inadvertido. El pistolero no necesitaba nada más. Con ambas manos aferró el colchón de la cama, por la parte más cercana a la puerta, girando sobre sí mismo hacia el lado contrario. Se parapetó tras de él justo en el momento en que la puerta se abría y tres disparos atronaban. Las balas se incrustaron en el colchón, por encima de la cabeza del pistolero, mientras terminaba de rodar hasta el suelo. Inmediatamente reptó hasta ponerse debajo de la cama y se levantó lanzándola hacia la puerta. El impacto lanzo al caza recompensas fuera de la habitación. Cerró la puerta de golpe, sonaron otros dos disparos que se perdieron muy lejos del objetivo. ¿Dónde estaba su revolver? Lo más probable es que el Doctor lo hubiera dejado en el piso de abajo antes de la operación. Era inútil buscarlos, palpo en la oscuridad más absoluta con la esperanza de toparse con otra salida. No había ventana pero si recordaba una puerta que daba a un pequeño lavabo con una claraboya. Se lanzó hacia la puerta del lavabo mientras otra bala levantaba la madera justo detrás suyo. Cerró la puerta mientras, de un golpe con una jarra de metal, rompía el cristal de la ventana. El caza recompensas no podía saber que la ventana era demasiado pequeña para que nadie pudiera escapar por ella, con algo de suerte el pensaría que había escapado por ella. Levantó con ambos brazos la jarra del agua y aguantando la respiración esperó durante unos interminables segundos sin hacer ruido. La herida del costado se había abierto y comenzaba a sangrar pero ignoro el dolor. La puerta se abrió lentamente asomando el cañón de un revolver plateado aún humeante. El pistolero golpeo con todas sus fuerzas el brazo que portaba el arma con la jarra, la mano cedió y el revolver cayó al suelo escupiendo otro proyectil que rebotó en el suelo y en la pared que quedaba enfrente de la puerta. El fugitivo lanzó contra la puerta sus ciento ochenta libras de peso, atrapando el brazo del caza recompensas en el golpe, que retiró antes del segundo embate con un grito de dolor. En un sólo movimiento el pistolero se dejó caer, mientras su mano izquierda agarraba el revolver. Si no había contado mal quedaba una sola bala. Era más que suficiente. No podía dejar escapar a Slinger. No había tiempo para abrir la puerta, disparó. La madera no era gruesa y la bala la atravesó limpiamente, una exhalación, como un bufido, sonó al otro lado, seguido del ruido de un cuerpo desplomándose sobre el suelo de madera. Dos días después el pistolero abandonaba el pueblo. Como siempre sin despedirse, dejando una suculenta minuta al doctor que aún dormía en su habitación. ¿Cómo es posible que no lo despertara el tremendo alboroto de aquella noche? En la mesilla, al lado de la cama, un frasquito vacío y un vaso con un poso de agua. Lo olfateo, láudano, el mismo que empleo para anestesiarlo. Parece que el buen doctor también tiene sus propios problemas. Con el pistolero viajaba de compañero, atado, el cadáver del cazador cazado con un agujero en el pecho. El pistolero sabía que debía salir de aquel Estado si quería obtener un buen precio por el cuerpo que cargaba. Demasiados días de trayecto, cavaria un agujero en el bosque y jamás nadie volvería a escuchar hablar de Slinger, solo quedaba buscar un lugar lo suficientemente oculto para que el mundo se olvidara también de Morgan Flanagan.



La última bala. (Por 0rcanario.)


Se dirigió hacia la salida del local, con pasos cortos  y pausados. La antigua herida del costado le empezó a molestar como queriendo evocar tiempos pasados. Hacía mucho tiempo que no disparaba contra nadie, que no mataba, pero la náusea que le había invadido al contemplar el rostro de su última víctima ya no le había abandonado nunca.




Un pasado muy lejano, que pensaba olvidado en el fondo de alguna botella lo había alcanzado para ajustar cuentas. El forastero era un pistolero, no tenía ninguna duda,y había llegado hasta aquel apestoso pueblo sólo para enfrentarse a él.

Fuera del bar, un cielo ceniciento cubría los tejados y no permitía ver el sol. ¿Qué hora sería? Desde allí no podía ver el reloj del campanario. Daba igual, cualquier hora es buena para matar o morir. Sentía que había vivido más de lo que le correspondía y que los muertos que atormentaban sus sueños habían decidido cobrarse su deuda.

Nadie le echaría de menos, había malgastado sus últimos años apurando vasos de whiskey, intentando olvidar, y lo había conseguido, ya no recordaba ningún rostro, ningún nombre, ningún amigo, ninguna cuenta pendiente. La muerte le había acompañado siempre y se había acostumbrado a dormir a su lado.

¿Quién era el forastero? Parecia  joven, ni siquiera le había preguntado el nombre. Se había dirigido directamente a él y le había indicado la salida del saloon. Sus manos se acercaron al revolver. El dolor en el costado le servía para mantenerse alerta y sereno pese a la cantidad de licor que había bebido. Sus ojos escrutaban al joven tratando de vislumbrar un atisbo de duda, una señal de miedo, pero el rostro que le contemplaba estaba oculto por el sombrero dejando solo apreciar dos pupilas que atravesaban la oscuridad con el brillo de un odio frío y ciego.

Sus miradas se cruzaron, y el viejo pistolero vio en los ojos del forastero sus propios ojos impregnados de muerte y una punzada del pasado le atravesó el alma. La vieja herida empezó a arder. No hubo tiempo para dudar. Las manos de ambos se movieron rápidamente. Un disparó atronó, solo uno. De pronto el viejo pistolero sintió que sus piernas se quebraban. Su cuerpo cayó al suelo, roto, mientras un estallido de sangre y fuego le desgarraba el pecho.

Vencido, tendido en el suelo, contempló el rostro del extraño que se acercaba. Al quitarse el sombrero, dejó al descubierto una larga cabellera castaña. Fueron los rasgos suaves de mujer lo que le había confundido, por lo que creyó se encontraba frente a un joven. Vio que eran sus propios ojos los que le miraban. El rostro que había olvidado después de tantos años, después de tantas botellas vacías, después de tantas noches en vela se le volvió a aparecer, pero esta vez no era un sueño. Esta vez no habría tiempo para olvidar. 

El viejo pistolero cerró los ojos. Recordó el rostro de la única mujer que había amado, el rostro muerto que había tratado de olvidar durante tanto tiempo y que luchaba por aparecer cada noche. Era el mismo rostro que le miraba en ese mismo momento, con la mortal serenidad de quien está acostumbrado a matar. Un nuevo disparo y una lágrima broto, una lágrima que llevaba demasiado tiempo luchando por salir de los ojos del viejo pistolero.

La forastera se dirigió a la cantina, necesitaba beber, necesitaba olvidar.

El tabernero dejó una botella frente a la mujer, la pistolera lleno un vaso con el licor y lo apuro de un trago, repitió la operación hasta que se le empezó a nublar la vista. Todos la miraban con miedo, en el exterior una turba de curiosos se habían arremolinado alrededor del cadáver del viejo asesino. Esos eran todos los sentimientos que la forastera era capaz de infundir, miedo y odio. Sentado a su lado un joven jornalero la observaba. - Tu no me miras como los otros. ¿No me temes? - No más de lo que te temes tu misma. - Fue su respuesta. - Debes estar aterrorizado entonces. - Lo agarró del brazo. -Necesito empezar de nuevo, quiero que mi primer recuerdo sea algo bello. - Subieron juntos a una habitación.







Errar el camino.
Al despertar se encontró con la atenta mirada del jornalero, era un muchacho joven, no demasiado fornido, con unas manos delicadas poco acostumbradas al duro trabajo de un rancho.
-¿Qué mierdas estas mirando?
-Eres una mujer muy hermosa.
No estaba acostumbrada a aquel tipo de cumplidos y se sintió incomoda, busco por la habitación su viejísimo guardapolvos, lo encontró tirado sobre una silla, alargo el brazo y busco en sus bolsillos.
-Soy una maldita vieja que ha malgastado su vida persiguiendo fantasmas.
Saco la bolsita del tabaco y unos papelillos, lio un cigarro con su proverbial precisión.
-¿Quién era ese hombre? ¿Por qué acabaste con él?
-No era mas que un anciano al que la hora de expirar sus pecados le ha llegado demasiado tarde. ¿Qué te importan mis motivos? Solo puedo asegurarte que se lo merecía.
-¿Que puede hacer un hombre para merecer la muerte?
La pistolera soltó una carcajada. -¿Realmente eres tan estúpido o es que me tomas el pelo? Haces demasiadas preguntas, deberías haberte dado cuenta que no es conveniente ponerme nerviosa.-Acaricio las manos de él.-Tu también ocultas cosas, no eres un peón, tus manos son suaves y tu piel no esta quemada por el sol.
-Llegue hace unos pocos días y encontré trabajo en un rancho, mi cuerpo se acostumbrara, y mis manos también. Pero es cierto, no lo soy, prométeme que no te reirás.
-Solo me hago promesas a mi misma y ayer cumplí la última, lo siento pero no puedo prometerte nada.-Busco por todos los bolsillos pero no encontró una sola cerilla. Se giro hacia el muchacho.-¿Tienes lumbre?
-Lo siento, no fumo.
-Ahora me dirás que tampoco bebes- El joven asintió, la pistolera hizo un mohín de desagrado y busco con la mirada por toda la habitación.-La verdad muchacho...-Se percato de la lámpara de petróleo de la mesita justo al lado del jornalero, con el cigarrillo en los labios estiro su cuerpo en busca de la llama rozándolo con el de él.-...que si no fuese por lo de anoche pensaría que eres un afeminado.- Por fin el cigarro se encendió, se incorporo un poco sobre el respaldo del lecho y aspiro satisfecha una profunda calada, la habitación se lleno de humo.
-Soy poeta.-El joven espero las burlas de la mujer pero estas no llegaron.-Me alegro de que no te hayas reído.
- No puedo reírme de algo que no se lo que es.-Saboreaba el pitillo como si aquel pésimo y apestoso tabaco fuese un autentico festín de aromas y sabores.-Ufff, ahora solo falta un buen trago para sentirme como en el cielo.
-Un poeta es como una especie de escritor, por explicarlo de forma sencilla.
-Una vez conocí a un tipo que decía querer escribir sobre mi.-Sonrió.-Le rompí la nariz y después me acosté con él.
-¿Lo hizo?
-¿Que si hizo que?
-Pues eso, escribir tus aventuras, tu vida debe haber sido apasionante.
-No tengo ni idea, después de aquella noche nunca mas supe de él.
-¿No te hubiese gustado poder leer tus propias gestas y que otros las conocieran?
-No me interesa que nadie sepa de mis andanzas, créeme, eso solo me traería mas problemas. Además...-Aparto la cara intentando escapar de la mirada de él para que no se percatase de su sonrojo.-...apenas se leer ni escribir, solo se contar hasta seis, es conveniente saber cuando tu oponente debe recargar su arma.-Aquello ultimo no era mas que un mal chascarrillo, un vano intento de ocultar su vergüenza desviando la atención de la triste realidad.
El joven la acaricio el pelo y la miro con ternura. -Si me aseguras que no me romperás la nariz yo podría enseñarte.- No entendía el porque, pero ella que había apagado tantas vidas se sentía vulnerable ante aquel muchacho. -Hay muchas historias hermosas que te están vedadas, deja que sea tu maestro.
De nuevo la invadió la tristeza, de nuevo los recuerdos mordiéndole el corazón, desgarrándole las entrañas.
-Tuve un mentor, después de una dura jornada y una frugal cena nos sentábamos junto a la chimenea y me contaba innumerables historias, era el mejor momento del día, lo esperaba con impaciencia, me embebía cada una de sus palabras. Me encantaban sus relatos pero nunca se lo dije.- Agacho la cabeza intentando ocultar los sentimientos que afloraban en su interior.
-Parece que por fin descubro a alguien en tu vida por el que sientes aprecio.
-Lo adoraba.
- Hablas en pasado. ¿Lo sigues viendo, que ha sido de él?
-Lo mate.
-Estar a tu lado es realmente peligroso.- El joven estaba confuso, horrorizado por semejante revelación.-No se si salir corriendo en este mismo instante y alejarme al otro extremo del mundo, lo mas lejos posible de tí, sin embargo te miro y no puedo creer que seas tan horrible, no me pareces el monstruo que describes. Solo veo a una mujer que necesita que la escuchen.
Se levanto del lecho dejando que el joven pudiese disfrutar de toda la voluptuosidad de su anatomía. Si, era cierto, ya era una mujer madura de mas de 40 años pero conservaba gran parte del atractivo de antaño.
No me hagas mas preguntas te lo ruego, convenimos en que empezaría de nuevo, quiero olvidar mi pasado, ahora escribiré una historia diferente en la que la muerte no este presente en cada palabra, en cada letra. Solo pretendo eso, una vida normal hasta que el destino me alcance, como alcanzo a mi padre.
El jornalero se sobresalto, no pudo reprimirse.
-¿Ese a quien mataste ayer era tu padre?
-Lo he pasado bien contigo, no lo estropees.-La pistolera acabo de vestirse, cogió la canana con el revolver y cuando estaba a punto de ajustárselo a la cintura se detuvo, se lo quito de nuevo y lo miro fijamente.-No, esto es el pasado.-Pensó. Lo arrojo sobre la cama al lado del muchacho.
-Toma, un recuerdo. Si no lo quieres siempre puedes venderlo, te darán un buen dinero por el.
El jornalero miro el arma.
-No sabría disparar con el, ni tan solo empuñarlo. No quiero un dinero que no provenga de mi trabajo y mucho menos uno manchado con tanta sangre. Lo agarro de las muñecas y acerco las palmas de sus manos a sus mejillas.
-A mi me gustan así de suaves, es una pena que las eches a perder.
-No me has dicho tu nombre. –Dijo el muchacho.
-Tampoco tu a mi el tuyo, pero no quiero saberlo. No he de verte nunca mas.
-Yo no soy ningún misterio, mi nombre es Zupia.
-Que nombre mas extraño.
-Significa de lo malo lo peor, supongo que mis padres tenían un sentido del humor un tanto peculiar, pero yo lo acepto, me gusta mi nombre aunque modestamente no soy lo peor de estos lugares.
-Eres un buen chico Zupia, hazme caso y olvídame.
Salió de la habitación en dirección a la calle pero no se dio cuenta de los gritos de la muchedumbre ni los vio correr frenéticamente buscando refugio en cualquier agujero. Había sacado de un bolsillo un viejísimo papel, lo desdoblo con sumo cuidado para que no se deshiciera entre sus dedos, aun podia apreciarse un mal dibujo y unas ya casi borradas palabras. "Morgan Flanagan. 100 dolares vivo o muerto." Cuando se dio cuenta lo tenía enfrente, tambaleándose con la boca llena de espuma y una mirada asesina. Un perro rabioso estaba apunto de abalanzarse sobre ella. Hecho mano al cinto de forma instintiva pero esta vez no encontró su revolver, estaba desarmada a merced del maldito chucho. Un relámpago atravesó su cerebro y de lo mas recóndito de su mente emergieron los recuerdos perdidos. Su madre enfrente suyo, ella tan solo una niña pequeña de diez años y Flanagan disparando. Un par de semanas atrás mama llego corriendo con la mano sangrando, la había mordido una comadreja.
-No es nada, no te preocupes Black preciosa.
-Sangra mucho mami.
La mujer se hecho un poco de whisky en la herida y se vendo con un trozo de tela. A los pocos días empezaron las fiebres, fue entonces cuando apareció Flanagan en una de sus esporádicas visitas. Estuvo pendiente de la enferma día y noche sin despegarse de ella en un solo instante. Después de casi dos semanas de vigilia casi sin dormir, agotado se retiro a descansar en una cama unas pocas horas.
-No te acerques a mama Black, yo dormiré un par de horas y regresare con ella, no te preocupes, se pondrá bien.
Cuando su padre se durmió la niña entro a la habitación para ver a su madre, la encontró erguida con la mirada perdida y la boca llena de espuma, cuando la mujer reparo en la presencia de la pequeña se abalanzo sobre ella. La niña no pudo soportar una visión como aquella, su madre era todo su mundo y no reconocía a la mujer que la miraba con ojos desencajados y un horrible rictus que le deformaba el rostro, no, aquella no era su madre, desterró la imagen a lo mas profundo de las catacumbas de su sique. Fue en ese momento cuando sonó el disparo y mama cayo muerta sobre un charco de sangre. La escena se vio cercenada adquiriendo un significado totalmente distinto.
El perro la miraba con los mismos ojos con los que tantos años atrás la miro mama, y como aquella vez estaba indefensa, pero ahora su padre no la salvaría, porque su padre estaba muerto, lo asesino ella.
Sonaron varias detonaciones, los impactos distaban mucho de alcanzar su objetivo, el sexto disparo dio en el blanco y el animal cayo abatido. La pistolera se giro y vio a Zupia jadeando, semidesnudo, intentando sostener su revolver. Había corrido hasta el limite de sus fuerzas cuando desde la ventana de la habitación se percato de lo que pasaba en la calle.
Con lagrimas en los ojos lo miro. En el suelo, destrozado y cubierto de barro, un viejo cartel de busca y captura.
-Mi nombre es Black Velvet y toda mi vida ha sido un error.