sábado, 21 de febrero de 2015

Relatos enajenados.




Relatos enajenados.

Rostros de porcelana. (Basado en un texto de Federico Rivolta.)

Con las piernas flexionadas y las manos sobre las rodillas intentaba recobrar el aliento entre jadeos y sudores fríos. El corazón parecía haberse desplazado por su laringe hasta llegar a la garganta y lo sentía palpitar totalmente desbocado. No habían dejado de correr durante horas, sin atreverse siquiera a girar la cabeza para comprobar quienes eran sus perseguidores. La noche se les venía encima y necesitaban de un refugio con urgencia.
- Debemos continuar. - Dijó él cuando sintió que su corazón había regresado al lugar que le correspondía.
- Estoy muy cansada. - Se quejó ella.
- Creo que ya no nos siguen, podemos aminorar el ritmo, pero no es seguro demorarnos más.
- Estoy muy cansada. - Insistió la muchacha.
La sujetó por la muñeca forzándola a continuar. La joven lo seguía tambaleándose pero no salió de su boca ninguna otra protesta..
Caminaron cerca de una hora por los raíles de una vía abandonada. Él sacó un mapa del bolsillo, lo desplegó y, junto con una brújula que parecía de juguete, intentó calcular en donde se encontraban comparando la posición del sol y la ubicación del norte.
- Nos hemos alejado demasiado de la carretera. - Dijo con semblante muy serio.
La muchacha no le prestaba atención, aprovechó ese breve alto en el camino para descalzarse y comprobar el estado de sus pies, ambos estaban cubiertos de llagas. Volvió a ponerse los mocasines enseguida.
- ¡Mira Rebeca! - Lo escuchó gritar eufórico. - ¡Mira! Sabía que la vía tenía que llevarnos a algún sitio. - A un centenar de metros aproximadamente, se distinguía un edificio cochambroso. Resultó ser una especie de almacén situado justo al lado de donde morían los raíles. Supuso que debieron de emplearlo como taller de reparaciones para los vagones del tren. Al entrar comprobaron lo deteriorado del lugar, sin duda llevaba abandonado mucho tiempo. Era perfecto, lejos de cualquier núcleo habitado, ni siquiera aparecía en su mapa.

En aquel cobertizo podrían descansar toda la noche. La miró conmovido, Rebeca se dolía de la muñeca izquierda, estaba sentada en el suelo cabizbaja.
- Lo siento, no era mi intención hacerte daño.
- No importa.
- Si, si que importa, sabes que yo jamás te lastimaría a proposito.
- No es nada, una pequeña irritación, ya te he dicho que no importa.
- Descansa un poco, creo que los hemos despistado. Cuando nos hayamos repuesto continuaremos. - Sonrió. - Ya estamos muy cerca del puente y al otro lado del río... - Se acercó a Rebeca y le acarició los cabellos... - ...Al otro lado seremos libres.
- Tengo miedo.
- No lo tengas, yo estoy contigo. -  Le colocó su mano bajo la barbilla y la hizo levantar el rostro hasta que sus ojos se encontraron. Rebeca estaba ojerosa y demacrada, el pelo enmarañado y su vestido sucio. Se le encogió el corazón al verla en ese estado. Quiso consolarla pero no tenía claro el modo de hacerlo.
- Nosotros no somos como "ellos". - Comenzó a decirle. -  Por eso nos detestan, no comprenden nuestro amor y "ellos" odian todo lo que no entienden. No tengas miedo cariño, los dejaremos atrás junto con sus prejuicios. Nos envidian, en realidad nos temen porque saben que somos el comienzo de algo que se les escapa de las manos. "Ellos" son incapaces de sentir, de amar, son como esas máscaras tras las que se ocultan, inexpresivas y frías.
Los ojos de la muchacha se humedecieron. - Pero yo estoy cansada de huir, de esconderme y no poder decir lo que siento. Estoy cansada de tener miedo.
- Eso va a acabar muy pronto mi amor, en cuanto crucemos el puente.
- ¿Cómo puedes estar tan seguro de que en la otra orilla las cosas serán diferentes?
- Porqué tengo fe. Deja de preocuparte, todo saldrá bien mientras continuemos juntos. - Miró a su alrededor, habían herramientas tiradas por todas partes, oxidadas y muy deterioradas, pero aún podían serles útiles.  Desplegó el mapa sobre el suelo delante de la muchacha y señaló un punto con el dedo.
- Mira, estamos aquí. - Recorrió con el indice una fina línea hasta llegar al símbolo que indicaba la ubicación de un puente. - Si seguimos la carretera, en un par de horas habremos cruzado al otro lado. Pero eso será mañana. -  Plegó el papel y lo guardó de nuevo sin dejar de mirar los ojos verdes de Rebeca. - Ahora debes descansar, intenta dormir un poco.
- No tengo sueño. - Encogió las piernas hasta quedar hecha un ovillo, los brazos rodeando sus tobillos y la barbilla apoyada en las rodillas.
Él volvió a comprobar el destartalado cobertizo, el aire helado se colaba entre los tablones de madera y se preguntó si realmente era un lugar seguro. Había atrancado la puerta con un travesaño, pero estaba tan podrido, que de un puntapié podrían echar la entrada abajo. - No importa. - Se dijo a si mismo. Tenía todo lo necesario para subsanar aquel inconveniente. Recogió tablones y clavos herrumbrosos y comenzó a sellar puerta y ventanas a golpe de martillo.
Rebeca no dejó de observarlo ni un instante, atenta a cada golpe que descargaba, como hipnotizada por los movimiento de su compañero. El eco de los martillazos debía de ser audible a mucha distancia pero eso no parecía ser lo que la preocupaba.
Sin darse cuenta comenzó a musitar una canción sumamente meláncolica..
Al escucharla se apresuró en regresar junto a ella, le puso el indice sobre los labios.
- Shhhhh. No mi amor, no cantes cosas tristes, no dejes que la tristeza te domine, es así como "ellos" te atrapan.
Rebeca hundió el rostro entre los brazos y comenzó a sollozar. - Los echo de menos, echo de menos a mi familia... a mis amigos, a todos a quienes conocía.
Se puso de cuclillas frente a ella y la estrechó entre sus brazos, dejando que la cabeza de la joven reposara sobre su hombro. Volvió a acariciarle los cabellos con ternura. Aun grasienta y sucia, su larga melena negra seguía siendo suave como la seda.
- Pobre chiquilla. Mantén vivo su recuerdo, el recuerdo de cómo eran en los tiempos felices. Estarán contigo si no los olvidas, seguirán vivos en tu corazón.
Rebeca se separó de él con rudeza.
- ¡Pero es que están vivos, todos siguen vivos!
La sujetó por los hombros con firmeza y la obligó a mirarlo a la cara.
- Has de asumirlo, si es verdad que continúan caminando, que hablan y respiran, pero ahora son como "ellos". Ahora también ocultan sus rostros detrás de una máscara, ya no sienten nada por tí, no sienten nada por nadie.
Rebeca apartó la mirada, avergonzada de que la viese llorando. - ¿Cómo admitir algo así? Es todo tan horrible, quiero despertar de esta pesadilla.
- Y despertarás, despertaremos los dos, pero para eso primero has de dormir.
- No tengo sueño.
- Solo te pido que no te rindas. Hemos llegado tan lejos... estamos tan cerca de conseguirlo. No puedes ceder al desánimo, no ahora.
No obtuvo respuesta, la joven volvió a apoyar la barbilla sobre sus rodillas y quedó en silencio, la mirada perdida, ensimismada en sus pensamientos.
- He de acabar el trabajo antes de que no haya luz suficiente. No te preocupes por nada, yo estoy aquí para cuidar de tí.

Pasaron varias horas pero a la muchacha le parecieron un instante, él observaba satisfecho su obra. Ahora su escondrijo era inaccesible, salvo por las ventanas de la segunda planta, pero estaban demasiado altas cómo para que pudieran colarse por ellas.
- Por fin podemos dormir un poco más tranquilos, nada de esto los detendrá demasiado tiempo, pero si el suficiente para que podamos escapar si nos encuentran.
- ¿Escapar, escapar por donde? - Preguntó la joven. - Estamos encerrados en esta ratonera.
- Debes descansar, duerme un poco, ya me ocupo yo de todo, tienes que confiar en mi.
- Este lugar me da escalofríos.
- Aquí estamos a salvo. - Le acarició la mejilla y el largo pelo negro de Rebeca se lió entre sus dedos, los apartó de su cara y la besó en los labios. - Ahora duerme.
Los ojos de la muchacha se fueron cerrando despacio hasta que la nada se adueñó de todo.

Se despertó sobresaltada, estaba segura de haber abierto los ojos pero no podía ver nada, la oscuridad era total. Sintió cerca de su oreja un aliento cálido, en contraste con lo frío de la mano que le cubría la boca. - Shhhhh, escucha. - Maldijo él en susurros. - Creo que están al otro lado de la puerta. ¿Cómo han podido encontrarnos tan pronto?
Entre las rendijas de los tablones de las paredes se filtraba una fina neblina luminiscente que parecía podrían ser linternas..
- Deben de ser muchos, están por todas partes. Hemos de salir de aquí ya.
- ¡No veo nada! - Exclamó la muchacha cuando se redujo la presión de la mordaza.
Presionó con mas fuerza sobre sus labios. - Shhhhh, cariño no grites, van a oírnos.
Tampoco él era capaz de ver por donde caminaban, pero había memorizado en su cabeza la ruta de escape que se había procurado horas antes. La agarró por la muñeca y subieron a la segunda planta tanteando cada palmo del trayecto. Una escalera deslizante colgaba del techo, justo debajo de un tragaluz por donde entraba la claridad de la luna.
-¡Por ahí, vamos! - Pasaron al lado de un banco de trabajo y se detuvo, sobre él se encontraba una enorme llave fija. - Espera un momento, eso puede sernos útil. - La sopesó en su mano, tamaño y peso parecían los apropiados. Rebeca estaba cada vez más asustada.
- ¿Que vas a hacer con esa llave?
- No te preocupes, no la utilizaré si no es del todo necesario y solo a modo disuasorio.

Treparon hasta el tejado. Era noche cerrada pero la luna resplandecía en un enorme circulo perfecto. El viento invernal parecía que iba a cortarles la piel como si se tratase de diminutas y afiladas cuchillas suspendidas en el vacío. La joven de ojos verdes tiritaba de miedo y frío. Se había formado una niebla tan densa que no era capaz de elevarse más allá de un par de metros y se deslizaba por el suelo como si tuviese vida.
Desde aquella posición elevada intentó en vano ver donde se encontraban sus perseguidores.
- Puede que la suerte no nos haya dado del todo la espalda. La neblina es tan intensa que servirá para camuflarnos. Vamos, aun tenemos una oportunidad.
Desplegaron una escalera de incendios, el chirrido estridente del metal oxidado acabava de delatar su presencia. Ambos quedaron petrificados, todos sus sentidos alerta, esperando que en cualquier momento alguien trepase por la escalera y diese por concluida su huida. Los segundos se hicieron eternos, nadie apareció y él respiro aliviado.
- Han debido de irse.
- ¿Porqué marcharse cuando nos tenían acorralados? - La incredulidad era manifiesta en el rostro de la muchacha.
- "Ellos" no sabían que nos escondíamos aquí.
- Siquiera intentaron entrar.
- ¿Piensas que es una trampa? ¿Que están ahí abajo esperándonos? En todo caso no tenemos más remedio que arriesgarnos.
Ella no contestó, se limitó a fruncir el ceño en un mohín de desagrado.
Descendieron, una vez en el suelo no podían ver más allá de donde alcanzaban sus brazos extendidos. Él la sujetó por la muñeca con su mano izquierda, en la derecha empuñaba con fuerza la llave de sólido metal.
- No te separes de mí, con esta niebla sería muy fácil extraviarse.
Nadie les salió al paso, caminaron muy despacio hasta que tropezaron con los raíles de la vía.
- Retrocederemos hasta el lugar en el que abandonemos la carretera, no te salgas de entre los raíles y ten cuidado donde pisas, podríamos torcernos un tobillo fácilmente si alguno de nuestros pies se cuela entre las traviesas de madera.
Caminar en aquellas condiciones no solo era agotador, también desesperante. La niebla no se disipaba y faltaban aun muchas horas para que amaneciera un nuevo día.
El resplandor de las potentes farolas abriéndose paso entre la bruma les avisó de que estaban muy cerca de la carretera.
Se salieron de la vía y pudieron andar con más libertad. Una vez en la carretera él intentó situarse. Solo debían seguir el asfalto para llegar al puente, pero eso sería si no elegían la dirección equivocada. Volvió a valerse de su minúscula brújula.
- ¡Hacía allí!
Ella avanzaba arrastrando los pies, intentando a duras penas seguir el ritmo que él le imponía.
Erá como si realmente se encontraran inmersos en una pesadilla. La luz de los focos se difuminaba en la neblina. Siguiendolas no saldrían de la carretera pero era una atmósfera inquietante, como sacada de un terrorífico video juego.
Rebeca no podía ver más que la espalda de su compañero, que en ningún momento soltaba su muñeca. Tiraba de ella con fuerza sin que pareciera darse cuenta de que apenas podía sostenerse sobre los pies.
- No puedo seguir. - Balbuceó por fín. - No me quedan fuerzas para continuar, todo es inútil.
Él se detuvo y la muchacha aprovechó para sentarse en el suelo.
- Lo entiendo, no hemos podido descansar como es debido. Tranquila mi amor, haremos una parada para reponer energías.
Buscó por los bolsillos de su abrigo hasta dar con un pedazo de pan envuelto en papel de aluminio. Se lo ofreció a Rebeca.
- No nos queda nada más, lo siento. - Enseguida pasó de un semblante apesadumbrado a otro más alegre. - Pero en el otro lado seguro que encontraremos toda la comida que necesitemos.
- Tengo sed. - Se limitó a responder mientras daba pequeños bocados al coscurro de pan duro. Con la boca tan seca, la miga acabó convirtiéndose en una masa pastosa que no fue capaz de tragar.
Él comenzó a impacientarse. - Vamos, hemos de continuar. Ya debemos de estar muy cerca del puente.
-No puedo... ¡No quiero!
La cogió de las manos y la invitó a levantarse. - No digas eso, no dejes que "ellos" dobleguen tu espíritu. Has de ser fuerte, solo nos tenemos el uno al otro y yo... yo no sé lo que haría si te perdiese.
Prosiguieron, él miró su reloj, ya debía de ser de día y sin embargo continuaban caminando en tinieblas. Lo achacó a la persistente niebla que no parecía tener intención de disiparse. Se detuvo de forma brusca y a ella casi se le sale el corazón del pecho. A pocos metros frente  ellos, una silueta humanoide.
- No digas nada, mantente en silencio. No podemos arriesgarnos a salir de la carretera y extraviarnos. Pasaremos por su lado, con esta niebla puede que nos confunda con uno de ellos.
Lo sobrepasaron sin incidentes, sin atreverse siquiera a respirar hasta no haberlo dejado atrás.
- Al final esta niebla ha resultado un regalo del cielo. - Se felicitó él, ella se mantuvo en silencio con rostro inexpresivo.
Poco les duró la alegría, más de aquellas siluetas comenzaron a aparecer distribuidas por toda la calzada.
Tranquila mi amor, hay espacio suficiente para pasar entre ellos sin llamar su atención. Sujeta mi mano y no te separes de mí. - Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Rebeca cuando lo vió sacar la llave de entre su cinto y esgrimirla con fuerza en la mano derecha.
- Dijiste que no la emplearías.
- Dije que no lo haría si no era necesario pero las cosas se están complicando y hemos de protegernos.
Ella le suplicó con los ojos pero los de él no miraban otra cosa que las difusas siluetas que aparecían de la nada cada vez en más número. Acabaron por ser tantas que era imposible evitarlas, llegando a un punto que para abrirse paso entre ellas había que empujarlas y echarlas a un lado.
Ya no eran simples sombras, podían verlas con claridad. Todas ocultaban sus rostros detrás de unas máscaras blancas que parecían de porcelana, semejantes a las que se utilizan en los carnavales de Venecia. Sin boca ni orificios nasales, solo unas pequeñas aberturas para unos ojos que lucían negros como cuevas. Vestían todos ellos con esmoquin negro, camisa blanca y pajarita también negra, los pantalones a juego. Las manos enfundadas en guantes blancos, para los pies, mocasines negros con polainas blancas. Parecían salidos de un musical de Fred Astaire, pero al contrario que el grácil actor y bailarín, se movían de forma torpe y apática, como manejados por los hilos de un titiritero perezoso.
Rebeca estaba horrorizada.
- ¿Por qué no hacen nada? ¿Por qué ninguno hace nada?
- Entre la niebla deben de creer que somos de los suyos.
- Pero yo los veo perfectamente, chocamos contra ellos, los echamos a un lado y sin embargo es como si para ellos no existieramos. No lo entiendo... ¡¿Por qué ninguno hace nada?!
Él la arrastraba tras de si con violencia, practicamente corrían. - No tengo ni idea de lo que sucede, pero tampoco intención de preguntárselo. Hemos de salir de aquí a toda prisa antes de que cambien de opinión y decidan vernos.
A medida que avanzaban dejaron de ser multitud y poco a poco su número reducido a esporádicas sombras esparcidas por la carretera, finalmente los dejaron a todos atrás.
- Que miedo he pasado. - Volvió a "enfundar" la llave entre cinto y pantalón. - Vamos mi amor, el puente ya no puede estar lejos. - Tiró de ella y notó que se resistía a seguirlo. Se giró contrariado.
Rebeca se había detenido, la mirada ausente lo mismo que la expresión de su rostro.
- Ninguno hizo nada. - Tartamudeó.
- Ya ha pasado cariño, el peligro ha pasado. Ha estado muy cerca pero hemos salido airosos. ¡Vamos, pronto seremos libres en el otro lado!
Él no se equivocaba, media hora más tarde la niebla comenzó a difuminarse y al final de la carretera apareció el tan anhelado puente que cruzaba el río.
- ¿Lo ves mi amor..? ¡Lo hemos conseguido! - La estrechó entre sus brazos y comenzó a girar hasta que los pies de ella se separaron del suelo. - Ves como no hay que perder la esperanza. ¡Estando juntos nada puede detenernos! - Estalló en carcajadas. Rebeca parecía ajena a su entusiasmo, miraba el puente sin mostrar ninguna emoción.
- Estoy muy cansada.
- Descansaremos al llegar al otro lado, no nos entretengamos más. - Más risotadas. - ¡Lo hemos conseguido, lo hemos conseguido cariño! ¿No es maravilloso?
Volvió a arrastrarla tras de sí, acelerando el ritmo a cada paso, impaciente por llegar a su destino. El puente parecía no acabar nunca. Era tan ancho como una carretera de dos sentidos, pero de tan larga, daba la impresión de estrecharse hasta convertirse en una fina línea que se perdía en el horizonte. De forma súbita comenzó a aminorar el ritmo.
Frente a ellos, una figura les cortaba el paso a muy pocos metros de distancia. Con su máscara blanca y su traje de mayordomo salido de una serie de la BBC.
Él sacó la llave del cinto y la ocultó detrás de su pierna derecha.
- No te preocupes cariño, parece que solo es uno.
- ¿Que vas a hacer? - Preguntó Rebeca sumamente asustada.
- Voy a intentar razonar con él.
- Por favor, - Sus enormes ojos verdes se humedecieron implorantes. - No necesitas de eso para hablar, tiralo al suelo, te lo suplico.
- No hemos llegado tan lejos para fracasar en el último momento, no estoy dispuesto a correr riesgos.
- Hazlo por mi, por favor.
- Tranquila, solo lo asustaré si no me deja ninguna otra opción.
Avanzaron muy despacio hasta la figura.
- Déjanos pasar. - Le ordenó de forma enérgica cuando lo tuvieron muy cerca.
Rebeca no podía separar sus ojos de la llave fija, casi podía sentir la sudoración de la mano de su compañero. Sentir la fuerza con la que empuñaba el pedazo de sólido metal. Sentir la excitación que se adueñaba de todo su cuerpo.
- Nada te impide que continúes, pero deberás de hacerlo solo. - La voz tras la máscara sonó impersonal y carente de emociones.
- No me iré sin ella. Échate a un lado, no tengo nada contra ti, no te conviertas en mi enemigo.
- ¿Que esperas encontrar al otro lado? Te ahorraré el esfuerzo de comprobarlo. Allí no cambiará absolutamente nada. Las cosas no cambian con solo desearlo.
- Eso seremos nosotros quienes lo decidan.
- ¿Nosotros? No hay un nosotros. Es hora de que se separen ambos caminos. Te estás aferrando a una esperanza que no es más que una ilusión malsana.
- ¿Malsana? ¡Vosotros sois los enfermos, los que no entienden nada! ¿Qué sabes tú de esperanza? No eres más que una abominación que se oculta detrás de una máscara. ¿Por qué tenéis tanto miedo de dar la cara?
- Yo no oculto mi rostro, eres tú quien se niega a verlo. Debes de continuar tu camino solo, esa es la única verdad.
- No te lo pediré más veces. ¡Apártate de nuestro camino!
- Tienes que continuar solo.
- ¡Has acabado con mi paciencia! - Soltó a Rebeca para agarrar con ambas manos la llave, la alzó sobre su cabeza y descargó un brutal golpe sobre la de su adversario. La careta se resquebrajó de lado a lado sin llegar a partirse, de la fisura comenzó a manar la sangre a borbotones. El enmascarado retrocedió un par de pasos tambaleándose antes de caer y quedar inerte boca arriba en el suelo.
Extendió su brazo hacia atrás buscando la mano de Rebeca, pero no la encontró. Se giró contrariado, su desconcierto inicial se transformó en estupor. Rebeca estaba fuera de su alcance. Volvió a extender la mano invitándola a acompañarlo.
- No tenga miedo, todo está despejado. Ya nadie puede impedir que estemos juntos. - Le sonrió. - Dame la mano mi amor, crucemos al otro lado.
La joven estaba extremadamente pálida, sus palabras sonaron carentes de emoción.
- No voy a ir contigo.
- No digas tonterías, ya casi hemos llegado.
- Yo ya he llegado, me quedo aquí.
- No puedes hablar en serio, estamos tan cerca... No te rindas ahora, te lo suplico.
- Es cierto, al otro lado no habría cambiado nada.
- ¿Vas a hacer caso a ese monigote? Solo pretendía separarnos, todo lo que dijo no son más que mentiras. ¡Basura!
- No voy a ir contigo.
- ¡¿Pero porqué?! ¡No lo entiendo! Hemos llegado tan lejos. Yo te quiero, no podría vivir sin ti, tú eres lo único que me importa. - Sus palabras sonaban trémulas y entrecortadas, estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no romper en sollozos.
- Tú nunca me has querido, tan cierto como que yo tampoco te amo.
- ¿No me amas? ¿Y si no me amas, por qué has venido conmigo hasta tan lejos?
- Por qué tenía miedo.
- Estoy tan confundido. Ya no hay motivo para tener miedo. ¿Ves..? El camino está despejado, ya nada se interpone entre nosotros y la felicidad.
- Es cierto, ya no hay motivo para que siga teniendo miedo.
- Claro que no mi amor. - Le brindó ambos brazos extendidos. - Ven conmigo, estando juntos no necesitamos de nada ni nadie.
- Es por no tener miedo por lo que me voy.
- ¡Me va a estallar la cabeza! ¿Porque juegas conmigo de esta forma? ¡No entiendo, no entiendo nada! Yo soy capaz de hacer cualquier cosa por ti, cualquier cosa que me pidas... - Señaló el cuerpo inerte, la llave era una extensión de su brazo y del extremo goteaba un hilillo de sangre.
- Maldita sea. ¡HE MATADO POR TÍ! Y ahora dime, dime de que demonios tienes miedo.
- ¿Como entiendes que cambiaría algo al otro lado, si no eres capaz de comprender lo que has hecho?  Me voy, me voy para siempre. No quiero siquiera recordar tu nombre.
Impotente, la veía alejarse sin darle la espalda, el rostro blanco como el papel y totalmente inexpresivo.
- ¡Ahora lo entiendo, "ellos"... "ellos" te están controlando! ¡No los escuches, debes resistirte a su influjo! "Ellos" son todo negatividad, quieren separarnos, no quieren que seamos felices. ¡Dios mio, no te conviertas en uno de "ellos"! Cayó de rodillas totalmente abatido, la llave se deslizó entre sus dedos hasta caer al suelo, el sonido del metal golpeando el piso lo hizo reaccionar.
De un salto se puso en pie y se dirigió hacia el caído. Comenzó a patearle el costado descargando ten él toda su rabia.
- ¡Tú, tú tienes la culpa! ¡Tú has envenenado su mente con tus mentiras! ¡Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta..! - Lo habría seguido golpeando mucho más tiempo de no ser por unos brazos que lo inmovilizaron por la espalda. Pronto se vio rodeado por una multitud. Plantados frente al cuerpo inerte de su compañero, con sus blancas e inexpresivas máscaras, sus trajes de pingüino,  inmóviles y apáticos. Uno de ellos comenzó a practicarle un masaje cardiaco.
- ¡Deja que se pudra! ¡Merece la muerte, no una ni dos... MIL VECES!
En cada embate de sus manos sobre el pecho de su compañero caído, la máscara se deslizaba poco a poco hasta que quedó la cara al descubierto.
Él dejó de resistirse. Su mente se negaba a admitir la obviedad del porqué bajo aquella melena negra, en ese rostro ensangrentado, estaban los ojos verdes de Rebeca.


Los auténticos monstruos caminan entre nosotros, ocultos detrás de nuestra indiferencia.


                                                                                                                                  FIN.








Comediantes.

Como timbales retumbaban en su cabeza los abucheos. Una mezcla de vergüenza y rabia lo estaba quemando por dentro con mucha más fuerza que el quinto coñac que acababa de meterse entre pecho y espalda. No había conseguido arrancarles a aquellos cretinos otras carcajadas que la que induce el desprecio. Risas con sorna, cínicas burlas mal intencionadas que duelen más que una puñalada en el hígado.
Levantó la mano y en cuanto la camarera se le acercó, señaló la copa vacía. La mujer escanció el licor sin quitar el ojo de aquel individuo que empezaba a mostrar síntomas de embriaguez.  El brebaje desapareció en un suspiro por su garganta, exigió le sirvieran otro trago. Le fue suficiente a la camarera cruzar la mirada con el que parecía el encargado, para mandarle un claro mensaje de alerta. Este asintió y la copa volvió a estar llena.
¿Qué podían saber los parroquianos de aquel tugurio de mala muerte sobre lo que es el humor "inteligente"? Debería haber abandonado el local a toda prisa después del desastre de su actuación, pero eso sería como asumir que "ellos" tenían razón y admitir su propio fracaso.
El séptimo coñac traía consigo por "tapa" una nada desdeñable ración de auto compasión. Debía de admitirlo de una vez por todas, no tenía talento, iba siendo hora de que desistiera. Sus monólogos carecían de gracia y tenían menos ritmo que una cursa de caracoles. "Una cursa de caracoles" ¡Menuda comparación de mierda! De todo pretendía siempre sacar un chascarrillo, incluso de su desgracia, pero su ingenio se quedaba ahí, en lo trillado y mediocre.
Con la octava copa su percepción de las cosas dio un giro de 360 grados. Su actuación había sido perfecta, había estudiado al milímetro todo el guión durante días. Había enlazado cada chiste con suma maestría y los había dotado de un "valor añadido" gesticulando según mejor convenía en cada ocasión. Acentuó el tono cuando era necesario llamar la atención, hizo guiños cuando la ocurrencia requería de la complicidad del público, enfatizó los gestos cuando se suponía llegaba al clímax. No era culpa suya si aquellos palurdos eran idiotas. A fin de cuentas, solo era un local de copas y la gente estaba más, por ver a quien se llevaban a la cama al finalizar la noche, que por prestar atención a su talento.
Levantó la mano pero en esta ocasión fue el encargado el que se acercó.
- Se ha cerrado el grifo, a partir de ahora has de pagar lo que bebas.
- 30 euros y barra libre, eso era lo acordado. - Protestó el beodo.
El barman señaló un local a medio aforo. - Lo acordado era que dejarías secas las gargantas de estos por las carcajadas y me llenarías la caja, de a poco no me los espantas a todos. Ya tienes tu dinero, lo mejor será que te marches a dormir la mona.
- Sirve la última al menos.
- Serán 10 euros.
- ¡Y una mierda! No voy a pagarte, pon otra y esta que no sea garrafón.
El camarero se encaró con el borracho sacando fuera de la barra medio cuerpo, era un individuo enorme acostumbrado a ese tipo de situaciones. - ¡Lárgate por las buenas o les daré a mis clientes el espectáculo que tu les has negado! Ellos se troncharan de risa igual que tu brazo. - Lo agarró con fuerza de la extremidad con que sujetaba el vaso vacío.
- Yo pagaré esa copa. - Los contendientes se giraron al unisono. Junto al cómico se había sentado un personajillo que parecía sacado de una mala telecomedia. El barman sirvió la bebida a regañadientes y continuó con sus tareas. La clientela perdió pronto el interés por la escena, no habría un desenlace violento. Defraudados, también ellos siguieron a lo suyo.
El cómico escudriño a su benefactor de arriba a abajo. Los ojos pequeños y una nariz chata que apenas ocupaban espacio en una oronda cara. En contraste, la boca si era grande y al sonreír asomaban unas marcadas encías sobre unos menudos dientes. El borracho entre cerró los ojos intentando enfocarlo mejor. - ¡Por Dios, menudo cabezón! - Pensó. - Ahí podrían anidar una bandada de cigüeñas y aún quedaría espacio para un helipuerto. - Reparó en como le colgaban los pies en el taburete y se balanceaban. - ¿Que coño querrá este enano "mongoloide"? - Contuvo la risa, el tipo peinaba como un crío en su primera comunión. La raya al lado intentando cubrir, sin conseguirlo, los estragos de una alopecia galopante. Tampoco escaparon a sus burlas mentales las ropas. Pantalones de pinzas demasiado cortos que dejaban al descubierto unos calcetines blancos. Los zapatos parecían los de un niño y a la camisa, embotonada hasta lo mas alto del cuello y pulcramente planchada, solo le faltaba como atrezzo lucir pajarita para resultar del todo risible. El colofon fue comprobar como aquella "micro nariz", sostenía fuera de todo pronostico favorable, unas enormes gafas de pasta.
Agarró su coñac, dispuesto a ignorar a aquel grotesco entrometido.
- ¡Me ha encantado tu actuación!
El interés del comediante se reafirmó de inmediato. El tono exaltado y el brillo de aquellos ojillos miopes demostraban una admiración sincera. No tardó el desencanto en entrometerse. ¿Que peso podía tener la opinión de aquel subnormal?
Su asombro fue en aumento mientras el "subnormal" descomponía su monologo y lo analizaba frase por frase. Todo eran halagos y la interpretación de muchos de los chistes que el enano hacía ni se le habían pasado por la cabeza. Desde ese punto de vista, el de un miope cabezudo muy convincente, tomaban un cariz que rozaba la genialidad. Se dejó regalar el oído durante un buen rato sin atreverse a interrumpir a su admirador.
- Yo también soy humorista. - De sopetón abandono el sopor en el que se encontraba. Que idiota se sentía, debió suponer desde el principio que había una trampa oculta. Por fin la temida frase. - He traído uno de mis monologos, me encantaría que un profesional me diese su opinión. - El "mongoloide" sacó del bolsillo de la camisa dos cuartillas, las desplegó con cuidado y se las ofreció.
- ¡Joder, necesito otra copa!
No se hizo de rogar el aspirante a comediante en pedirle la bebida, él se tomaría un agua con gas. Estaba perdido, ahora tendría que ceder al chantaje de su generosidad echando un ojo a lo que vaticinaba un bodrio insufrible. Le arrancó de malas maneras las cuartillas de las manos con la intención de simular leerlas. Para su sorpresa, quedó enganchado desde la primera linea. Se maldijo, el enano era bueno, buenisimo, le costó horrores contener la risa y mantener una actitud distante y fría. ¿Como era posible que aquel estúpido tuviera toda la chispa que a él le faltaba? Aquello lo enfureció mucho mas que las burlas durante la actuación. Alguien tenía que pagar por su frustración, alguien al que tenia muy cerca.
- Lo siento chaval, - En realidad el medio enano debía rondar su misma edad, pero sus rasgos lo hacían parecer mucho mas joven. - No quiero que te hagas falsas ilusiones. - Le devolvió las cuartillas. - Podría mentirte como pago a tu generosidad, pero darte alas no te ayudaría. Esto es muy flojo. - Pudo ver, pese a su evidente cogorza, como se hundía el ánimo del aspirante a humorista. Aquello, lejos de afligirle, lo reconfortó. - Estoy seguro de que tienes muchas otras aptitudes, no pierdas el tiempo con esto, el humor claramente no es lo tuyo.
- Entiendo.
Aunque estaba cabizbajo y no podía ver sus ojos, pudo imaginar como intentaba reprimir las lágrimas. Le dio una palmada en la espalda. - No desesperes chaval, encontraras tu camino. Que se yo, quizás como probador de sombreros, con semejante cabeza seguro que no te faltaría trabajo. - ¿Realmente era necesario ser tan cruel? ¡Por supuesto que si! Aquel semi retrasado se lo merecía. No era justo, no, no era justo que fuera mejor que él.
Se despidió humildemente dejando 10 euros sobre la mesa. - Toma un último trago en justo pago por dedicarme tu tiempo. Te agradezco que me hayas abierto los ojos.
Lo vio salir por la puerta con la espalda curvada y arrastrando sus cortas piernas. Agarró en seguida el dinero y lo agitó delante del barman.
- ¡Pon otro coñac!
Que rico le estuvo aquel último trago, se relamió para saborear lo que quedaba del dulce licor en sus labios. Hora de marchar, no gastaría su propio dinero en aquel bar de mierda.
Al levantarse reparó en las hojas que seguían sobre la barra. El idiota se las había olvidado, o simplemente las abandonó convencido de que eran basura.
- ¿Que otro término que "idiota" merece alguien que fía más en la opinión de un extraño que en si mismo?  - Miró a su alrededor antes de ocultar las cuartillas en un bolsillo, se sentía como un ladrón.
De los 30 euros que había cobrado gastó más de 20 en un taxi para regresar a casa. Menudo negocio había hecho.

Al día siguiente se levantó con una resaca de mil demonios, la cabeza aún le daba vueltas y sentía unas nauseas que, irremisiblemente, lo condujeron a introducir la cara en el inodoro. Vomitó durante un buen rato, solo bilis salia de su estomago. ¿Cuanto haría que no probaba bocado?
Reparó en que había dormido vestido, ahora ademas de la peste a alcohol, se le había adherido a cuerpo y ropas el hedor de los vómitos. Necesitaba de una buena ducha fría.

Tras pasar bajo el grifo media hora y ya más despejado, buscó por la nevera algo comestible. Olfateó unos "tranchetes", Los acompañaría con algo de pan duro, no tenía ganas de bajar a la calle a comprar.
El improvisado desayuno no tardó en causarle una atroz acidez de estómago. - Menuda mierda de existencia. - Pensó. La verdad es que, para ser un pretendido humorista, su actitud ante todo y todos era claramente negativa. Las últimas horas de la pasada noche quedaron difusas en su mente, poco a poco, los retales que como fogonazos le llegaban, se fueron uniendo hasta que el puzzle estuvo completo.
Recordó al enano "mongoloide" y corrió a toda prisa a buscar entre los bolsillos de sus ropas. Las había dejado tiradas esparcidas por el cuarto de baño. En los pantalones no estaban, tampoco en la camisa. ¿Lo habría imaginado todo? Quizás se habían caído en el dormitorio, lo revolvió todo hasta encontrarlas entre las sabanas. ¡Ahí estaban las dos cuartillas!
No, no había sido el alcohol el que había perturbado su percepción, ahora estaba sereno (o casi) y el monologo en ellas escrito le parecía aun mejor que la primera vez que lo leyó. ¡Era fantástico, una autentica maravilla! Lo tenia todo, sarcasmo, ternura, mala uva, ironía... todo atado y bien atado, sin estridencias ni salidas de tono. Pulcro y exquisitamente enlazado, con un ritmo trepidante que no daba tiempo al respiro. Maldijo a aquel pobre diablo, seguro que tenía su autoestima por los suelos, (con aquellas pintas no era para menos) y por eso le fue tan fácil hundirlo en la miseria.
Durante toda la mañana leyó y releyó el monologo hasta saberlo de memoria. El destino lo había puesto en sus manos, si, fue el destino el que le envió a aquel idiota. El cretino solo era el mensajero, el portador de una suerte que por fin le sonreía. No podía darle la espalda al destino, eso sería un feo gesto, lo escrito era suyo y solo suyo. ¿Quien podía discutírselo? ¿El enano? ¿A quien creerían, a él o a aquella piltrafa con patas?

El siguiente sábado había un concurso para amateurs, no en un "chiringo" de mierda como el de la otra noche, sería en un pequeño teatro de verdad. Ya estaba anunciado meses atrás pero no tuvo intención de participar. Le faltó valor para inscribirse, no confiaba en que ninguno de sus monologos estuviera a la altura de un ganador y, si no es para ganar, ¿para que coño presentarse? Ahora era diferente, tenía entre las manos a un autentico "pura sangre", la gloría a una sola semana de distancia, tiempo más que suficiente para prepararse a conciencia. Ya se soñaba en la televisión recogiendo aplausos en un baño de multitudes.

Eternos se le hicieron los días pero por fin llegó el momento. El pequeño teatro estaba a rebosar y le había tocado en suerte actuar en tercer lugar. Era un buen puesto, los dos primeros participantes habrían caldeado el ambiente y estaba seguro de que el resto desistirían de concursar después de escucharle. Los había visto ensayar entre bastidores, ninguno estaba a su altura.
El primer participante se retiró dejando tras de si unos fríos aplausos de consolación, se regodeó en el desencanto de su competidor. No por ello lo privo de una rastrera palmadita en la espalda cuando se cruzó con él.
¡Maldita sea! El segundo resultó ser bueno de narices. El "respetable" no dejaba de reír. Aquel cabrón se movía por el escenario como pez en el agua y era capaz de improvisar ingeniosas respuestas a las provocaciones de algunos de los asistentes. Al contrario que los de sus predecesor, los aplausos a él dedicados eran tan sinceros como los vítores y los "bravos". A este ni lo miró cuando abandonó las tablas y se cruzaron.
Era su turno, respiró hondo e intentó tranquilizarse mientras el maestro de ceremonias lo anunciaba. Se lo había trabajado mucho. Puede que él no tuviera el desparpajo de su predecesor, pero sin lugar a dudas su monologo lo superaba con creces. Salió a escena cuando escuchó su nombre, lo hizo dando largos pasos alternados con pequeños brincos, queriendo aparentar un dinamismo y una despreocupación que en verdad le eran ajenas. Lo recibieron con un protocolario aplauso.
Al llegar al micrófono se paró en seco y miró la platea. Los focos le apuntaban y solo podía ver las siluetas de los asistentes. Se hizo el silencio y el miedo escénico lo dejó petrificado, comenzaron los primeros murmullos de desaprobación. En un movimiento intuitivo miró hacia los bastidores, el maestro de ceremonias lo animó mediante un gesto de las manos a que comenzara. Se sentía como un borrego a punto de ser degollado, si no reaccionaba enseguida su defenestracion sería inevitable.
Golpeó con el dedo el micro en un intento de ganar segundos.
- ¡Si... Si... Probando! - Debió de poner una cara realmente estúpida porque en las primeras filas se escucharon risas ahogadas.
- ¿Se han preguntado alguna vez el porque...? - Fue como arrojarse por primera vez en paracaídas, si lo piensas no lo haces. A partir de entonces fue una caída libre, toda una descarga de adrenalina. No tardaron en escucharse las primeras carcajadas, como un virus contagioso se fueron esparciendo por todo el patio de butacas. A más iban en aumento, mas pletórico se sentía el comediante. Todos los miedos se habían diluido entre las risas y su voz sonaba ágil y fluida, sin los tartamudeos y las lagunas mentales que acostumbraban a asaltarle en sus contadas actuaciones lejos de un espejo. Se movía de un lado a otro del escenario, enlazando ocurrencias, cada una mas desternillante que la anterior. También desde bastidores le llegaban las risas, el maestro de ceremonias, sus adversarios, los encargados de iluminación y sonido, todos se habían unido al publico y reían a mandíbula batida. A medida que se aproximaba a la traca final, al desenlace de su monologo, las carcajadas se trasformaban en un clamor ensordecedor. El comediante se sentía en una nube, gesticulando, exagerando todos sus movimientos para enfatizar el punto y final a una actuación memorable.Tal como esperaba, el último chiste fue el colofon, todo un orgasmo humorístico. Las carcajadas no cesaron en minutos, momentos que paladeó brazos en cruz, haciendo continuas reverencias, haciéndose participe de aquel éxtasis que había invadido todo el teatro. No hubieron, sin embargo, aplausos. Las risas se fueron apagando poco a poco hasta que, por las filas del medio se escucharon las últimas, seguidas de algunas toses ahogadas, después el total silencio.
Continuaba el comediante haciendo reverencias, esperando unos aplausos que no llegaban. El extraño silencio lo sobrecogió. Miró a las butacas, las siluetas permanecían tan inmóviles como mudas. ¿Que demonios estaba pasando? Miró hacia los bastidores pero no vio a nadie. Un frío repentino le recorrió la espina dorsal e hizo que sufriera unos pequeños espasmos.
- Gracias, gracias a todos... - Tartamudeo tímidamente, no hubo respuesta. Se aproximó al borde de la tarima intentando distinguir mejor a aquellas siluetas, se protegió los ojos de los focos con una mano pero seguía viendo solo sombras. El escenario no era mucho más alto que dos peldaños de una escalera, intentó descender pero algo dio un tirón de él. El susto le encogió el corazón. Solo era el cable del micrófono que había llegado al límite de su extensión. El pulso se le había acelerado a un ritmo frenético y el sudor frío le empapaba la cara. Arrojó al suelo el micro que se acopló con los altavoces emitiendo un chirrido estridente. Ya en la platea comenzó a caminar entre las butacas, sus ojos tardaron unos minutos a habituarse a la penumbra. Continuó andando casi a tientas, algo hizo que resbalase y a poco no cae al suelo de no haberse agarrado a un tipo. Bajo sus pies lo que parecía un charco. Pese a que el agarrón debió de haberle hecho daño, aquel individuo no emitió ningún quejido. El humorista buscó entre sus bolsillos y sacó de uno de ellos un encendedor. Le temblaba tanto el pulso que no fue capaz de hacerlo funcionar hasta el cuarto intento. Su alarido sonó amplificado por la acústica del teatro y esta vez si cayó de culo. El encendedor iluminaba lo suficiente como para poder ver a uno par de metros de distancia. El tipo al que había agarrado parecía mirarlo, tenia la mandíbula desencajada en un rictus parecido a una siniestra sonrisa. El comediante se incorporó y se limpio asqueado las manos en la camisa, aquel charco no era otra cosa que orines, aquel tipo se lo había hecho todo encima. Desplazó la pequeña llama, en el resto de sillones la misma escena. La mayoría de los asistentes se habían meado y todos, sin excepción, tenían el rostro deformado con aquella aterradora sonrisa.
El mechero se había puesto al rojo y una súbita quemadura lo obligó a arrojarlo al suelo, cayó en los inmundos orines. De nuevo estaba en penumbras.
El silencio fue alterado por unos aplausos, por el repicar de dos únicas manos.
- ¡¿Quien anda ahí!? ¿¡Que significa esta macabra broma!? - Agarró por la pechera a quien tuvo mas a mano, una mujer de mediana edad, La zarandeó con todas sus fuerzas, la cabeza de ella se movía de un lado a otro como la de una muñeca de trapo. La arrojó lejos de si.
- ¡Hijos de puta! ¡No tiene ninguna gracia!
Se reanudaron los aplausos, ahora sonaban un poco mas cerca.
- Mis felicitaciones, nunca me defraudan tus actuaciones, en cada una de ellas te superas.
El cómico entrecerró los ojos, creyendo de forma ingenua, que así podría ver un poco mejor.
- ¿Quien eres? ¡Da la cara!
- Entiendo que alguien tan anodino como yo se lo olvide con facilidad.
Los ojos del cómico se abrieron como platos.
- ¡Tú!
Tenía enfrente al hombrecillo de la noche anterior. La misma nariz chata, la misma cara de pan y la misma apariencia hortera, pero sus pequeños ojos miopes eran distintos, como también lo era su expresión. Seguía siendo casi un enano, rollizo y blanquecino. No supo el comediante si achacarlo a la situación o a la pobre iluminación, pero en esta ocasión daba miedo... mucho, mucho miedo.
- ¿Que es esto? ¿Una cámara oculta? Reconozco que te lo has montado muy bien, casi me cago del susto. Ahora que os habéis reído a mi costa podéis encender las luces y dar por finalizada esta tomadura de pelo.
- ¿Te parece una broma? Me apena tu actitud, deberías estar orgulloso de tu obra. ¿Cuantos cómicos pueden alardear de que su audiencia haya muerto de risa? Literalmente. - Siniestra la mueca que se dibujó en la oronda cara del "mongoloide".
- ¡Te voy a partir la cara tarado!
El hombrecillo agarró de las muñecas al comediante inmovilizándolo sin dificultad. Quedó este asombrado por una fuerza que no esperaba en un tipejo como aquel. - ¿Quien eres tú? - Le preguntó aterrado.
- Solo un comediante con un peculiar sentido del humor, un incomprendido igual que tú.
- ¡No, no, nada de esto es real! ¡Estoy soñando, no es mas que una pesadilla provocada por el coñac! Despertaré en casa y de este mal sueño solo me quedará la resaca.
- Si es un sueño no tienes por que preocuparse por estos que llegan. - El inconfundible sonido de las sirenas de la policía se escuchaba acercándose a toda velocidad.
- ¿Como pueden estar aquí tan pronto? ¡Tú, maldito cabrón, tú los has avisado!
El hombrecillo lo soltó, el cómico desistió de intentar agredirlo. - Solo es un sueño según dices, que más da quien lo haya hecho.
- ¿Y si no lo es? ¿Como voy a explicar esto? ¿Que voy a contarles?
- A mi no me preguntes, solo soy un aficionado sin talento. Haz lo que mejor sabes, cuéntales un chiste.
Justo en el momento en que la policía derribaba la puerta del teatro, el hombrecillo se desvaneció en la oscuridad.








Don Quijote del polígono.

Nací en un lugar en ninguna parte, de cuyo nombre nadie quiere acordarse.
De madre de no andar por casa y padre de rondar bares, de los que salen a por tabaco y ya nunca más se sabe.
Me críe escondido entre viñetas, así escapaba del cartón piedra de las paredes. Soñaba emular a mis héroes, impartir justicia y comer tres veces al día con postre y todo.
Me tapaba los oídos para no escuchar los gritos, las riñas en la calle, los lamentos, los quejidos. Para ignorar un miedo que campaba a sus anchas por todas partes.
Alternaba los estudios con los palos, cara a la pared con orejas de burro y al pie de las notas, la marca del fracasado.

No he visto más mundo que hasta donde llega el metro. Salir del gueto era todo un reto, una aventura. Remiendos hasta en los gallumbos, la cara sucia, la mirada turbia de quien no tiene nada, ni siquiera cintura con la que sostener los calzones.
¿Se necesitan mas razones para alargar la mano?
Que era en mi barrio lo corriente no tener luz ni agua y la rutina subir a la fuente, bajarse al moro y dormir a dos velas.
De una sola comida, en el mejor de los casos, no es de extrañar lo flaco, lo triste de mi figura, lo enjuto de mis harapos.

Fueron muchos mis oficios sin beneficio, (buscón, alcahueta, lazarillo) Guardar  a diario la fila en el paro para por fin acabar en cuerda de presos, de galeote sujeto al remo del trabajo precario.
Así era difícil no rendirse, como tantos otros, casi imposible no buscar la felicidad del ignorante y dormirse en los brazos de Sherezade, Pero son sus cuentos veneno, un desierto en el que solo habitan camellos. Deja entrar en tus venas al caballo de Troya, es un regalo de los Dioses, me susurraba al oído.

Por fin, cansado de asomarme a la ventana y solo ver injusticias, se me hicieron cuajada los sesos y fue por loco, que no por pedante, que me auto proclamé caballero andante.
Ansiaba zanjar disputas y deshacer entuertos, ganar batallas después de muerto y ser leyenda en los libros de texto.
Ser el llanto de los que no maman teta, la muleta de los que nacieron cojos. Quise ceder mi brazo a los que parieron mancos y no pueden alzar la mano. La voz, el grito, el mito de David contra Goliat.

A mi espalda los mudos, enfrente los sordos y en medio de todos ellos el ciego. Poner la mano en el fuego por las causas perdidas es la forma más rápida de quemarse. Recibí por premio a mis desvelos sus burlas y su desprecio. Me llamaron loco, me condenaron al destierro en una habitación acolchada. ¿Por donde se sacan las manos en estas mangas?

No hay barreras si de verdad se desea ser libre. En el mundo de los sueños es la imaginación tu único límite. Este es mi reino y aquí soy un Dios. Más, pobre de mi, todos los Dioses traen consigo a sus demonios.
Fue Sancho, con su bata blanca, el Pepito Grillo que apago el brillo de mi locura. - Esos contra quien luchas no son molinos sino gigantes. - Me dijo. - Te daré unas pastillas para que regreses al juego, al lugar que te corresponde en el tablero.
Moví ficha y perdí, perdí la ilusión junto con el fulgor de la esperanza.

Ahora, ya cuerdo, he bagado de empresa en empresa, entregando a las rameras un amor que ya no considero como propio. He embrutecido mi mente con vino de a dos reales, agrio como el vinagre, rancio como la propia vida.

Ya no tengo proyectos, mi único anhelo es mendigar el afecto de aquellos que me marginan. A cambio ofrezco una vida sin sueños y como muestra de mi respeto, hinco la rodilla en el suelo, humillo la cabeza y os rindo mi espada. ¡No más cuentos de hadas! Que en esta mi isla no tengo galgo que me ladre, ni rocín flaco, ni otra tinta que la propia sangre.
Habéis de disculparme por ser tan breve, pero escribir es morir y cada palabra duele cuando ni el eco te las devuelve.

Cesa el bramar de las olas y llega la calma. Le hablo a la luna sentado en la arena. Yo sé que me escucha porque palidece, sé que me entiende, tan sola en el cielo.
Le brindo el último trago, rubrico de mi puño y letra  y sin esperar respuesta...
...lanzo al mar la botella.





Recogida selectiva.


Marcos fumaba tranquilo un cigarro, aún quedaban unos minutos de asueto antes de que diese comienzo la jornada. Una hilera de camiones, formados en ordenadas filas, esperaban ya con los motores en marcha. El sonido del ralentí era un arrullo hipnótico, pero el verdadero responsable de que le entrase somnolencia era el maldito turno de noche. Llevaba en este trabajo nueve años y no conseguía acostumbrarse a dormir por el día, arrastrando un continuo cansancio a lo largo de toda la semana.
Telesforo ya estaba en la cabina hacia un buen rato, siempre llegaba muy temprano al cuartelillo, por lo visto se encontraba allí mejor que en casa. – Menudo cretino. – Realmente no lo pensó de forma despectiva, llevaban en esto juntos casi desde el principio y los unía una sincera amistad, una camaradería que iba mucho más allá del trabajo. Telesforo asomó la cabeza por la ventanilla.
- ¿A quién nos pondrán hoy de compañero?
Marcos se encogió de hombros. – Veo muchas caras nuevas pululando por ahí perdidas, seguro nos encasquetan a algún bisoño enchufado como cada verano.
- No soporto a los eventuales, cada año lo mismo. Solo traen problemas.
- Bien que quieres irte de vacaciones y que durante un mes uno de esos “enchufados” te releve del tajo. Igual tenemos suerte y nos mandan a alguno con experiencia.
Telesforo suspiró. – Ufff, solo doce días más y podre perder de vista tu fea cara durante cuatro semanas, se me está haciendo eterno. Que ganas tengo de que regresen los que se fueron en Julio.
- Si, este año hemos pillado Agosto por fin. ¿Tienes pensado ir a algún lugar?
- No está el patio para viajes, ya habrás oído las noticias en la tele.
- No te quejes, lo importante es que no nos falte el curro.
Lo vieron acercarse con un papelito en la mano y cara de pánfilo. – ¡Por favor, que no sea ese! – Exclamó el chofer. Su compañero sonrió maliciosamente al tener en frente a un jovenzuelo con la cara sembrada de acné, pelo rubio muy corto y cuerpo esmirriado.
- Lo siento, no encontraba el camión. – Se disculpó y comprobó de nuevo que la matricula que había apuntado coincidía con la de aquel vehículo.
- No te preocupes chaval. – Lo tranquilizó Marcos. – ¿Has trabajado alguna vez en la recogida de basuras? – El muchacho negó con la cabeza.
- Es mi primer día.
- ¡Dita sea, un pipiolo totalmente virgen! ¡Cada año lo mismo!
- No seas desagradable, lo vas a asustar. No tomes en serio a mi compañero, es un cascarrabias. Él es Telesforo y mi nombre es Marcos. – Le ofreció la mano, al jovenzuelo se le cayó la bolsa que portaba y Marcos contuvo la risa, nunca se había topado con alguien que estuviera tan nervioso en su primer día de trabajo. Le ayudó a recogerla olvidándose del saludo.
- ¡Subid de una vez, ya han salido todos y hoy nos toca un barrio “chungo”! Vas a empezar con buen pie chabalote.
Atravesaron la enorme puerta de acero del cuartelillo tras otra media docena de camiones. No tardaron en desperdigarse por calles distintas, cada cual con una ruta establecida y un itinerario que, bajo ningún concepto, debían de variar. Telesforo obsevaba las manos del muchacho, temblaba como si le hubieran metido un tempano de hielo por el culo. Intentó tranquilizarlo.
- ¿Sabes? Quizás tengas suerte y sigas aquí acabado el verano. Pero has de causarnos buena impresión, nosotros somos quienes hemos de responder por ti e informar a la jefatura de tu eficiencia. – Le dio una palmada en el hombro pasando el brazo por detrás del respaldo del as de Marcos que estaba sentado entre ellos.
- Sujeta el volante cretino. – Le recriminó.
Telesforo no le hizo ningún caso y continuó. – Tranquilo chaval, veras como no es para tanto, lo que me extraña es que no te hayas apuntado al turno diurno. La gente joven lo prefiere.
- En la oficina de trabajo temporal me dijeron que se trataba de una faena estival, suplencias. ¿Por qué dices que podría continuar después de septiembre?
- La dotación de un camión es de tres y el que nos falta no está de vacaciones, se jubiló ayer.
- ¡En serio! – El chico no pudo disimular su alegría. Marcos torció el morro en un gesto de desagrado.
- Echaré de menos a Marcelo, era un gran tipo, después de doce años se me va a hacer duro acostumbrarme a su ausencia. – Marcos miraba a través del parabrisas sin apenas parpadear. Las calles estaban desiertas, la deficiente iluminación les daba un aspecto tenebroso e intimidatorio. Circulaban a gran velocidad, dejando atrás los contenedores abarrotados de una basura que fermentaba envuelta por enjambres de moscas.
- El pasado es pasado. – Sentenció Telesforo con aquella obviedad que a Marcos se le antojó ridícula. – El chaval es el futuro. Por cierto, aun no nos has dicho tu nombre.
- Ezequiel, me llamo Ezequiel.
- Y bien Ezequiel. ¿No habían plazas en el turno diurno? Ningún joven quiere trabajar por las noches.
- Demasiadas emociones. – Respondió de forma escueta. Ahora si giró Marcos la cabeza y miró con detenimiento a Ezequiel. Con aquellas hechuras desgarbadas y semejante porte de alfeñique, era poco probable que lo hubiesen aceptado en las brigadas de día. El muchacho, a todas luces, carecía de aptitudes.
- Pues no creas, no te faltará actividad por las noches para ayudarte a mantenerte despierto. Telesforo adolecía de cierta incontinencia verbal, algo que molestaba a veces a su compañero. Con el tiempo el chofer había dado por perdida la partida y desistido de dar demasiada cháchara a su amigo, siempre poco receptivo y parco en palabras. Tampoco Marcelo, el jubilado, le hacía demasiado caso, pero ahora tenía al bisoño para hablar y hablar cuanto se le antojase con la excusa de “enseñarle” el trabajo.
Marcos hizo un gesto brusco con la mano. - ¡Silencio! – Ordenó. – Detén el camión ahí. – Señaló una amplia rotonda.
- ¿Detenerme? ¿Por qué coño habría de detenerme ahí en medio?
- He visto algo.
- ¿Y qué? No pienso pararme, aún no hemos llegado al primer punto de recogida.
- Estamos dentro de la ruta. – Ya se habían alejado mucho del lugar que Marcos había indicado. – Da la vuelta donde puedas y regresemos. – Telesforo refunfuño entre dientes.
- ¡Esta bien, pero si nos retrasamos en los horarios tú serás quien dé la cara delante del encargado. – Ezequiel, por su parte, no despegaba los ojos de la carretera. Las manos entre unas rodillas que se entrechocaban incesantes. El nerviosismo aumentaba y sus piernas parecía se movían por propia iniciativa. - ¿Qué es lo que pasa? – Preguntó al fin.
- No será nada, tranquilo chaval. – El chofer descolgó el micrófono de la radio, estaban llegando a otra rotonda que les permitiría cambiar de sentido.
- Central, aquí vehículo 33/4. Vamos a retroceder hacía Avenida Meridiana con la calle de Compostela. Mi compañero creé haber visto algo. Cambio.
Tras el desagradable y clásico sonido de las interferencias de la radio, llegó la respuesta de una voz de mujer,  fría y robótica.
- Recibido 33/4. Recuerden respetar en todo momento los protocolos. Mantengannos informados de cualquier novedad, cambio y corto.
Telesforo aminoró la marcha a medida que se acercaban al lugar, finalmente se detuvo en donde Marcos le indicó. El motor siempre en marcha y de nuevo el soporífero ralentí.
- ¿Y bien? ¿Qué coño hacemos aquí? La empresa no nos pagará horas extras si llegamos tarde.
Marcos tenía los ojos clavados en un montón de cajas y cartones apilados junto a varios palets de madera destrozados. El camión, estacionado en medio de la rotonda, quedaba apartado varios metros de allí. Un par de farolas alumbraban la avenida con su luz mortecina, las calles colindantes permanecían totalmente a oscuras.
- Shhhh, allí. – Susurró mientras señalaba con el dedo.
- Yo he visto moverse algo. – La voz alterada del joven no ayudó a calmar los ánimos.
- Yo no veo nada. – Telesforo entrecerró los ojos. Hacía tiempo que en las revisiones médicas le recomendaron ponerse gafas, los ignoró con el mismo desparpajo con el que solía ignorar las broncas de Marcos cuando, después de un volantazo, se comía un bordillo.
Apareció de debajo de toda aquella porquería tambaleándose. - ¿Lo ves ahora cegato? – En el tono de Marcos la satisfacción de no haberse equivocado. Por su parte, Telesforo volvió a refunfuñar entre dientes. Ezequiel quedó mudo, la tez pálida como la imagen de un santo.
- ¡Mierda, un puto borracho! – Exclamó el chofer. ¡Ya son ganas de joder!
- Míralo por el lado positivo. – Le respondió Marcos. – Una inmejorable oportunidad para que el muchacho se estrene.
- ¡¿Yo?! – Exclamó este. – No pienso salir ahí fuera.
- Chaval… - Le dijo condescendiente Telesforo mientras metía el brazo bajo su asiento, cuando volvió a emerger sujetaba un bate de baseball. …¿A qué coño crees que has venido? Venga…  – Le puso el palo sobre las rodillas. - ¡A trabajar!
- ¿Que…que tengo que hacer con esto? – Balbuceo el muchacho.
- ¿Tu qué crees? No te preocupes, solo es un borracho. – Intentó tranquilizarlo Marcos. – Míralo bien, apenas se tiene en pie.
Las puertas se abrieron y Ezequiel descendió del camión titubeante, tras él, Marcos. Las puertas volvieron a cerrarse a sus espaldas. El chico sujetaba con ambas manos el bate, aun así casi lo arrastraba por el suelo. Su compañero lo agarró por las muñecas y lo obligó a alzar el palo.
- ¡Así, cógelo con fuerza, acércate a ese, levántalo sobre tu cabeza y aplasta la suya con todas tus ganas. Pero no te arrimes demasiado.
- No puedo hacerlo.
- Chaval, si no vales para esto, haberlo pensado mejor antes de aceptar el trabajo.
Poco a poco se fue aproximando, le temblaban tanto las piernas que apenas podía tenerse en pie. Solo el peso del palo evitaba que también sus brazos se agitaran como la gelatina. Lo interpuso entre él y el tambaleante mendigo. Detrás, Marcos le iba aconsejando.
- Muy bien chaval, ante todo precaución, mantente fuera de su alcance, muy bien, ya casi lo tienes.
El pordiosero miró a Ezequiel, el costado arqueado hacia la izquierda y la espalda curvada. El jovenzuelo casi pudo ver la resignación en aquellos ojos sin brillo.
- ¿A qué esperas? ¡Esparce los sesos de ese cabrón sobre los adoquines!
Desde la cabina del camión, Telesforo no perdía detalle. – Cada año lo mismo. – Se dijo a si mismo. - ¿Por qué cojones me toca siempre trabajar con inútiles.
Cerró los ojos, en un gesto claramente imprudente, alzó (tal como le habían dicho) el bate sobre su cabeza y descargó un golpe con todas sus fuerzas. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, el mendigo yacía en el suelo con la cabeza destrozada.
- ¡Muy bien chaval! Has dejado de ser virgen. – Marcos reía complacido. Ezequiel permanecía inmóvil delante del cadáver, la punta del bate impregnada de sangre, algunos trozos de cráneo y sesos se habían quedado pegados a él. Estaba horrorizado, pero fue mayor su repulsión al ver como su compañero despojaba el cuerpo de todo aquello de valor.
- ¿Por qué nunca llevan nada que valga la pena? – Se lamentó mientas contaba unas pocas monedas y revisaba un reloj que debía hacer mucho que se había parado. Cuando se dio cuenta de cómo lo observaba el nuevo se sintió incómodo. - ¿Qué miras? Ah, ya entiendo. – Le ofreció el reloj. – Toma, tu parte.
- Es repugnante.
- ¿Te parece repugnante? Nada de esto necesita  ya “ese”, pero si nosotros. Chaval, definitivamente, no tienes estomago para este curro. Lo mejor será que a nuestro regreso pidas la cuenta. – Miró inquieto a su alrededor. – Este se les ha escapado a los del turno de día, podrían haber más. Vamos, será mejor que regresemos al camión.
Después de informar del contratiempo a la central, se pusieron en camino de nuevo. El muchacho no abrió la boca durante todo el trayecto. Continuaron dejando atrás calles desiertas y contenedores repletos de basura, por fin llegaron a su destino.
Antes de apearse escrutaron el lugar palmo a palmo. Era una avenida amplia y larga con numerosos y oscuros portales.
- Parece que todo está en orden. – Antes de abrir las puertas, Telesforo volvió a llamar a la central. – Hemos llegado al punto de recogida sin más novedades, todo parece tranquilo, vamos a proceder. Cambio.
De nuevo la voz metálica. – Recibido, procedan. Cambio y cierro.
El chofer abrió las puertas y puso en marcha el triturador de basuras. Ezequiel y Marcos se apearon del vehículo, el veterano casi tuvo que empujar al novato.
- Ahora empieza el trabajo de verdad, manos a la obra. Haz todo lo que yo te diga y no tendrás nada que temer. – Por como manchó el chico los pantalones con orina, estaba claro que las palabras de su compañero no lo habían tranquilizado en absoluto.
- ¡Dios mío! – Es todo lo que acertó a decir. – Delante de ellos, iluminados por los faros del camión, debían de haber más de dos docenas de cadáveres.
- Los de diurno se han empleado aquí a fondo, aunque se nota que también ellos tienen en sus filas novatos. – Marcos le arrojó al nuevo el bate, no correremos riesgos. Ya sabes cómo hacerlo, destrózales la cabeza. – En realidad, apenas quedaba testa de la mayoría de ellos. Los habían acribillado a balazos y rematado con un tiro a bocajarro.
- ¿No vas a desvalijar a estos? – Lo dijo, más por posponer el momento de comenzar tan desagradable tarea, que por incomodar a su compañero.
- A estos ya los habrán registrado a conciencia los del otro turno, sería una pérdida de tiempo. – Por lo visto no se tomó a mal el comentario del chico.
Le costó mucho controlar su estómago, a cada golpe las arcadas arremetían con más fuerza. Finalmente, la cena a medio digerir escapó por su boca.
- Chaval, eres un blando.
Finalizado el apaleamiento, el camión se acercó donde se encontraban. Uno a uno, fueron arrojando los cuerpos a la trituradora. Ezequiel los sujetaba por los pies, Marcos los rodeaba con sus brazos  por debajo de las axilas y los levantaba. Finalmente los balanceaban un par de veces y al camión. Ezequiel veía como la trituradora los engullía, desaparecían como devorados por unos terribles dientes de metal que giraban desgarrando carne y hueso.
Estaban despachando a los últimos cuando el joven rompió su mutismo.
- ¿Sabes el tipo de antes?
- No le des más vueltas, hiciste lo que debías. Cuando te acostumbres no será más que rutina. Para todos fue duro el comienzo, aunque ninguno queramos admitirlo. Aun después de tantos años, a veces sigo teniendo pesadillas. – Se acercó a la cabeza del chico y le susurró al oído. – Pero eso ni se te ocurra decírselo al Teles.
- No, no es eso…Deja que me explique. – Un, dos, tres balanceos y adentro. Los cuerpos pesaban como un muerto (Literalmente) Marcos sudaba, se estaba haciendo viejo. – Ese el “borracho”. – Continuó el chico.
- ¿Qué cojones te pasa? ¡Déjalo ya, me das dolor de cabeza!
- Es que creo que eso es lo que era, un borracho.
- Por supuesto que era un borracho, el miope es ese que se despanzurra cómodamente en la gabina del camión mientras nosotros nos deslomamos. Yo veo perfectamente.
- Un borracho, un pordiosero, un vagabundo… un pobre hombre.
Marcos dejó caer al suelo al último de los cadáveres, Ezequiel quedó sujetándolo por los pies.
- No digas tonterías. ¿Cómo iba a sobrevivir fuera de la zona de cuarentena? Deja de sentirte culpable y da gracias de que fuese un borracho y no un “corredor”, esos si que dan miedo. – Al pensarlo, un escalofrío recorrió su espina dorsal.
- Lo vi en sus ojos, en cómo me miraba suplicando que no lo hiciera.
-¡Bobadas! Des hagámonos de este último y continuemos. Me duele la espalda, solo falta que llegue a casa también con dolor de cabeza. Era un borracho, en la última etapa de la enfermedad están tan débiles que son prácticamente inofensivos. Creo que ahora entiendo porque no te has apuntado a las brigadas de exterminio. No tendrías cojones de enfrentarte a los “corredores”. Eres un cobarde y lo peor de todo, es que también a mí me estas metiendo el miedo en el cuerpo. - Aupó el último cadaver casi sin ayuda de Ezequiel, impaciente por largarse de allí, lo arrojó con con despreció a la trituradora, luego subió a los estribos del vehículo, golpeó la carrocería y dio un grito al conductor para que se pusiera en marcha. – Sube al estribo mequetrefe, aún nos quedan otros tres puntos de recogida, la noche se me va a hacer muy larga por tu culpa.
Con los dos operarios sujetos a la parte posterior del camión, Telesforo circulaba a poca velocidad. No había noche que no diese gracias al cielo por tener un puesto de chofer. En la gabina blindada se sentía seguro, pero en los estribos… Decidió que era mejor pensar en otra cosa. Puso la radio y buscó una emisora que le levantara el ánimo. Sonaron los primeros acordes de “Hotel California de los Eagles”, le encantaba aquella canción. Subió el volumen.
- ¿Por qué no nos desplazamos en la cabina. – Me estoy helando.
- Es principio de julio. ¿Cómo puedes tener frio? – Lo que hacía temblar a Ezequiel era el miedo. – Estamos a una manzana del próximo punto, llegaremos en minutos. Si lo que tienes es “canguelo” no te preocupes. Las brigadas diurnas lo han “limpiado” todo, ya lo has visto. Llevo 9 años en esto y nunca he tenido un solo contratiempo. – Marcos reparó en la mancha de los pantalones de su compañero. – Si mañana no has pedido aun la cuenta, tráete unos pañales. – Marcos agudizó el oído. - ¡Joder, mañana me los traeré yo también! – Golpeó la carrocería con el bate de baseball y comenzó a gritar. - ¡Maldito cretino! ¿Es que no los ves? Ponte gafas de una puñetera vez! ¡Acelera y sácanos de aquí!
- ¿Qué… que está pasando? ¿Por qué le gritas a Teles?
En la cabina del conductor Telesforo tarareaba a viva voz el estribillo de la canción. – “Wellcome to the hotel Californiaaa”. - El volumen estaba tan alto que no se percató más que de una breve vibración provocada por los golpes en la chapa.
De un portal salió como alma que lleva el diablo una mujer joven, y como un demonio parecía que aullaba. De otros portales y calles colindantes comenzaron a aparecer muchos más.
- ¡Madre del amor hermoso! – Ezequiel le lanzó su bate cuando casi la tenía encima. La alcanzó de lleno en la cabeza que empezó a sangrar, pero eso no detuvo a la mujer en su frenética carrera.
- ¡Telesforo hijo de puta, acelera coño que los tenemos pegados al culo! – Marcos asomaba el cuerpo por el lado del remolque en la esperanza de que el chofer lo viese por el retrovisor.
- ¡Dijiste que los diurnos lo habrían limpiado todo! ¿Entonces de donde han salido estos? – Balbuceaba el joven.
El veterano reparó en los uniformes negros con sus respectivos cascos y chalecos acorazados que portaban algunos de los “corredores”.
- Esos que nos vienen detrás son el equipo diurno. ¡Maldita sea, la han cagado bien! ¡Malditos novatos! ¡HIJODEPUTAAAAAAAA, ACELERAAAAAA! ¡¿Es que no los ves ciego del demonio!?

- Then she lit up a candle
And she showed me the way
There were voices down the corridor
I thought I heard them say
Welcome to the hotel California
Such a lovely place
- Such a lovely place-
Such a lovely face

- ¡Dijiste que nunca habías tenido un solo contratiempo!
- ¡Te mentí, estaba harto de tus lloriqueos!
De un puntapié se deshizo de uno que a punto estuvo de agarrarlo por la pierna. Mientras, Ezequiel intentaba trepar al techo del remolque en una maniobra harto peligrosa. De poco le fue caerse en un par de veces por lo que desistió. Uno de los “corredores” puso tanto ímpetu en la persecución, que del impulso cayó dentro del triturador, para desgracia de los operarios estaba apagado. El joven comenzó a patearlo histéricamente, el veterano aún conservaba su bate reglamentario pero en cada intento por golpearlo perdía el equilibrio. Sujeto por una sola mano al asidero del camión, le era muy difícil atinar un impacto contundente. No dejaban de gritar en ningún momento, de maldecir a Telesforo, de encomendarse al altísimo, de contener los esfínteres.
Tenían encima  por lo menos una docena de aquellos enloquecidos individuos. Ahora también Marcos intentaba desesperadamente subir al techo del camión. Tan próximos estaban que podían ver perfectamente las expresiones desencajadas, los ojos inyectados en sangre de los “corredores”. Los que portaban casco al menos, triste consuelo, suponían un peligro menor al no poder morderles, pero si destrozarlos a golpes.
- ¡No quiero morir! – Gritaba el muchacho sin dejar de patear al caído en la trituradora. Por fin, de un punta píe lo pudo empujar con la suficiente fuerza como para ensartarlo en uno de los dientes de la palas. El tipo le vomitó encima una abundante bocanada sanguinolenta antes de quedar inerte.
Los Eagles habían acabado su tema y el que sonó a continuación no fue del agrado de Telesforo, recorrió el dial en busca de algo más de su gusto. - ¿Qué demonios? – Un exaltado se cruzó por delante acabando bajo las ruedas del vehículo. No dejaban de salir por todas partes, algunos ya habían trepado junto a las puertas e intentaban romper los cristales a cabezazos.
- ¡Jodeeeer! – Pisó a fondo el acelerador. Ahora si miró el retrovisor, tras ellos una autentica jauría de infectados. - ¡Jodeeer, jodeeer, jodeeeer, menuda cagadaaa! – El micro de la radio se le resbalo de las manos sudorosas. Se agachó a recogerlo y cuando asomo de nuevo el hocico por el parabrisas solo tuvo un segundo para esquivar un camión atravesado en mitad de la calle. El giró fue tan brusco que Marcos cayó del camión. Quedó sujeto de un brazo al asidero, pero la velocidad con que lo arrastraban por el asfalto lo estaba destrozando. Miró suplicante a Ezequiel que había decidido que era más seguro meterse en la trituradora que seguir sobre el estribo. El hedor de la carne triturada era más soportable que la idea de caer en manos de los “corredores”. Los estaban dejando por fin atrás, Marcos estaba al límite, suplicó con la mirada que su compañero lo ayudase pero este estaba aterrorizado, petrificado.
- ¡Central, aquí vehículo 33/4, esto esta atestado de apestados! ¡¿Cómo nos habéis mandado a este infierno?! ¡MIERDA, MIERDA, MIERDA! Voy a exponer mis quejas al sindicato, os voy a meter una querella que os vais a cagar! ¡QUIERO UN AUMENTO EN EL PLUS DE PELIGROSIDAAAD!!!
- 33/4 aquí central, mantenga la calma y guarde los protocolos de actuación. ¿Está bien el resto del equipo? 
Telesforo miró por el retrovisor, no pudo ver a ninguno de sus compañeros.
- Creo que los he perdido. ¡ESTO ES UNA MIERDA, JODER!!!
- Mantenga la calma y los protocolos de actuación. Recuerde que en la clausula 652/44 de su contrato se le hace responsable de cualquier desperfecto que pueda sufrir el material de la empresa. ¿Cual es su actual ubicación?
Telesforo comprobó el gps. – Estoy en Gran Vía con la calle Letamendi.
- ¿Lleva infectados a bordo?
- Hay por lo menos tres que pueda ver aporreando las puertas, no puedo deshacerme de ellos.
- Entendido, diríjase a la plaza del Doctor Letamendi, es un punto “limpio”. Repito, plaza del Doctor Letamendi. Siga los protocolos de actuación y no pasará nada. No abandone bajo ningún concepto la cabina, repito. ¡Bajo ningún concepto!
- Ni se me pasa por la cabeza, puedes creerme loro del demonio.
Aminoró la marcha al entrar en la plaza hasta estacionar justo en el medio. De inmediato se encendieron multitud de focos que lo deslumbraron. Era como si de golpe se hubiese hecho de día.  También los apestados quedaron desorientados. El sonido hueco de una deflagración distante y el cristal de la puerta derecha se manchó de sangre. Otra más, y otra, una tras otra las cabezas de los subidos en el camión se abrían como sandias. Luego el silencio.
Entró derrapando a toda prisa un furgón blindado y de su interior salieron una docena de hombres ataviados con armaduras antidisturbios y armados hasta los dientes. Comprobaron a los caídos, los francotiradores habían hecho un trabajo casi quirúrgico. Le hicieron señas al conductor para que siguiese en la cabina y continuaron comprobando el perímetro.
Uno de ellos se paró en seco e iluminó el interior de la tritura con la linterna de su fusil de asalto. Distinguió una figura ensangrentada que balbuceaba palabras inconexas. Le descerrajó medio cargador.
- ¡Todo despejado! – Los exterminadores regresaron a su furgón y desaparecieron de la misma forma en que llegaron.
- Central a vehículo 33/4, regrese a la base y vaya directamente a la zona de cuarentena. De no seguir los protocolos se le aplicara el articulo 971/38 del convenio. - Aquello era un eufemismo burocrático para omitir decir que le volarían la tapa de los sesos.
- Menudo asco de semana, tres jubilaciones en tan solo dos días. ¡Que ganas tengo de pillar las vacaciones!

Marcos vagaba por las calles desiertas, no pudo seguir sujeto al asidero. Las ropas hechas girones y la piel medio desollada. Su aspecto era la pura imagen de un infectado. Debía buscar un refugio donde pasar la noche a salvo de los apestados y donde esconderse por el día de los exterminadores.

- ¡Mierda de novatos!




Diez negritos.

Se perdieron diez negritos en el bosque.
Ninguno quiso reconocer, el no saber siquiera por dónde caía el norte. Por ser todos ellos de los que no dan su brazo a torcer, sin antes haber llegado a las manos, del más necio al más taimado discutieron a voz en grito, pasando un tiempo preciado en disputa, sin llegar a ningún acuerdo sobre que ruta los sacaría del entuerto y los dejaría a salvo en un puerto seguro.
Fue el más joven e inmaduro, el primero en abandonar el grupo, el resto lo siguieron a intervalos. Cada cual eligió un camino distinto, procurando no compartir la senda aún a sabiendas de que era la ignorancia quien los guiaba.
Fue la bravuconería, la inexperiencia suicida de la que adolecen los púberes adolescentes, la que hizo confundiera a lobos con perros y les lanzara piedras. Tarde cayó en la cuenta de tan tremendo error y, lejos de buscar enmienda, de salir por piernas e intentar salvar la vida, continuó arrojando piedras hasta tener en rededor a toda la manada.
En la inmensidad de la arboleda, nadie escuchó sus gritos.
Ya solo quedan nueve negritos.

Engreído y altanero, confiando en que es la fuerza bruta la que siempre se impone, en que no hay más valioso patrimonio que unos buenos músculos, caminaba el bruto a grandes zancadas apartando a patadas la maleza.
Cuando quiso darse cuenta, no hacia pie en tierra y, mientras se lo tragaba la ciénaga, maldecía su poca cabeza. Demasiado tarde para lamentarse, la boca llena de fango y detritos, ya solo quedan ocho negritos.

Mal se llevan soberbia y envidia, aunque ellos siempre habían dicho ser amigos. Compartían el camino, no por buscar el mutuo beneficio, sino a la espera de que la providencia les brindara la oportunidad de ajustar cuentas pasadas. Fue la envidia quien, oculta a los ojos de cualquier incomodo testigo, (y como no podía ser de otro modo) propinó por la espalda la traicionera puñalada que quedó clavada más en el orgullo que en la carne. Más fuerte, el arrogante se revolvió en su último aliento para romperle el cuello a su desleal amigo.
Hipócritas hasta el último momento, pagaron con la vida sus absurdas rencillas. Criminales proscritos, ya solo quedan seis negritos.

Sin acabar de darse cuenta de la complicada situación en que se hallaba, el poeta le cantaba versos a su amor no correspondido. Se apiadó de él una estrella e intentó indicarle el camino. Lejos de estarle agradecido, el deprimente enamorado continuó lamentándose y en cada nuevo poema, la pena apagaba el fulgor de la estrella. Cuando ya no le quedó brillo, cuando tanto desmedido quejido acabó con el resplandor del bien intencionado lucero, solo entonces comprendió lo estúpido que había sido.
Incluso la luna le dio la espalda, enojada como estaba con él, por haber acabado con la alegría de la estrella. Se lo tragaron las sombras y nunca más se supo del quejumbroso poeta.
Caminaran en tinieblas hasta el final de sus días, aquellos que no ven más allá de su nariz y solo veneran su ombligo, aquellos que tienen los ojos en la nuca para vivir en tiempo pretérito. Cabe preguntarse si son sus lamentos lícitos o si solo que quejan de vicio.
En todo caso, ya solo quedan cinco negritos.

El desánimo siempre le había acompañado de la mano. Incapaz de dar por sí mismo un solo paso, se sentó en el suelo y esperó sin más el final. Quién sabe si su presunto desaliento solo era pereza.
La única certeza, es ahora solo quedan inscritos cuatro negritos.
Llegó a una aldea sin preguntarse qué hacían en mitad de ninguna parte aquellos edificios. No se cuestionó el dislate y se dejó querer por sus gentes. Deslumbrado como Hansel y Gretel por la casa de chocolate, prefirió los desvaríos a enfrentarse con la realidad.
Menudo disparate rendirse cuando resulta más cómodo, perdido en el pueblo de los malditos, ya solo quedan tres negritos.

Regresó sobre sus pasos el que se las daba de erudito, marcando los arboles por donde ya había pasado. No tardó en darse cuenta de que caminaba en círculos. No estaba dispuesto a rendirse al desaliento, miró el cielo y busco la Osa Mayor pero no la encontró. Ajeno a la circunstancia de que el poeta había acabado con ella, divagó en todo tipo de teorías del porqué de su ausencia. Confiaba en la ciencia, de bobos es darse a la suerte, pues esta no te acompaña si no la fuerzas. En su insistencia de encontrar la estrella, pasó las horas muertas.
Aquel que se obceca, que se empecina en una sola salida sin sopesar más opciones, lo más probable es que se encuentre cerrada la puerta.
Creyó encontrarla al fin cuanto despuntaba el día. En su terquedad, no quiso admitir que aquello que miraba no era la Osa si no el Sol, hasta que se quemó las retinas.
Que cretinos son a veces estos eruditos, ya solo quedan dos negritos.

Pensaba que rastreando al mayor de ellos sobreviviría, que se aprovecharía de la experiencia que la edad brinda. El oportunista no podía estar más equivocado, pues no era la veteranía lo que hasta ese momento había mantenido con vida al más anciano. No era ajeno este de que lo seguía el parasito pero disimuló, convencido de poder sacar partido de la situación. No dudó en sacrificar a su perseguidor a la primera ocasión, entregándolo a los lobos.
Ahora entendió el muy bobo, que era solo el egoísmo lo que mantenía vivo a ese en quien confió su suerte. De haber tenido otra oportunidad, seguro tomaría su propia iniciativa. De nuevo es tarde para lamentarse, lo dejó atrás el veterano entre aullidos y el crujir de los huesos.
No fue un final nada bonito, ya solo queda un negrito.

Se sabía solo, algo le decía que todos habían muerto y los maldijo. Quizás juntos habrían tenido una oportunidad pero prefirieron pelearse. Miró alrededor, solo árboles y más árboles impidiéndole ver el bosque. Se desató su ira y, en lo que pensó era la idea más lucida, prendió fuego a todo sin procurarse un itinerario de huida. Mal consejero es el odio, rodeado por las llamas, otro más que se lamenta. – Más vale dar asco que pena. – Se dijo antes de consumirse.
Pinto, pinto colorito, ya no queda ningún negrito.




Cuestión de confianza.


La propia naturaleza ha ideado curiosas formas para que los depredadores atraigan a sus presas. Olores, no necesariamente agradables, arrastran a los insectos hasta el estómago de las aparentemente inofensivas plantas. Otros se valen del disfraz para hacerse pasar por lo que no son y, pensando que se trata de uno de los suyos, la cena se dirige por propio pie hacia sus fauces. En ambas técnicas es esencial la confianza de la víctima, confianza que, irremisiblemente, los avoca al desastre.

Federico Martínez era un depredador, un auténtico psicópata carente de sentimientos y escrúpulos, pero con una (si no fuese por el mezquino uso de ella) casi admirable habilidad para simular empatía hacia el prójimo, e incluso parecer extremadamente simpático.
Los había conducido hábilmente hacia un rincón apartado. Se trataba de dos ancianos a los que conocía de hacia algunos años, el señor Telesforo Marín y su mujer doña Eugenia. Los miraba a los ojos fijamente sin dejar en ningún momento de sonreír, con sus dientes perfectos y su repeinado pelo de raya al lado. Los señores de Marín no podían ni imaginar el triste final que les deparaba el destino. Federico buscó dentro de su americana sin prestar atención a la conversación que mantenían los confiados ancianos. Por fin halló el delgado y largo objeto que ocultaba en uno de los bolsillos interiores. Sin mediar palabra lo esgrimió en la diestra, el brillo sobresaltó a la pareja de jubilados. Federico puso con suavidad la lujosa estilográfica sobre la mesa y la arrastró presionándola con sus dedos índice y corazón sobre ella hasta dejarla junto a los documentos que en aparente desorden se esparcían delante de los dos vejetes.

- ¿Y como dice que se llama esto don Federico?
- Preferentes señor Marín, una inversión de alto rendimiento y carente de riesgos. – Les señaló con el dedo unos recuadros al final de cada hoja. – Firmen aquí, aquí y… aquí. – Tras la rúbrica el comportamiento del “asesor  personal” cambio drásticamente. Ahora todo eran prisas, no dejó de sonreír en ningún instante ni de estrecharles la mano mientras sin demasiado tacto los conducía hacia la salida del despacho.
Ahora aquella sonrisa de oreja a oreja si era realmente sincera, este mes sin ninguna duda, volvería a ser el empleado del mes y a llevarse un suculento “bonus”. Sentados en unos estrechos butacones esperaban otra pareja de ancianos. Se dirigió hasta ellos con grandes zancadas, su mano abierta precediéndole.
- ¡Señores de Zurita, que alegría verlos!
- Recibimos su llamada ayer.

- Si, si, acompáñenme al despacho, nuestra entidad tiene algo de sumo interés que proponerles para rentabilizar sus ahorros. 







Una última calada.


Sentado en un bordillo, con su barba desaliñada y canosa, su pelo grasiento y enmarañado. Enfundado en unos harapos que se caían a pedazos, pasaba el rato contemplando a los viandantes. Poco tránsito, aquella era una de las calles más concurridas de la ciudad y, sin embargo, en toda la mañana apenas se había cruzado con nadie. Una colilla cayó a sus pies. ¡Menuda suerte! Apenas unas chupadas, el cigarrillo estaba casi completo. Lo llevó a los labios y aspiró una profunda calada. Fue entonces cuando reparó en que el filtro estaba manchado de carmín. Buscó con la mirada, la vio alejarse, era una mujer joven con buenas curvas.
- Esta se lo toma con calma. – Pensó para sus adentros el mendigo. – Las ropas de ella parecían caras, por los andares la imaginó orgullosa y engreída. Finalmente la perdió cuando entró en una iglesia.
- ¡Bah! La juzgue mal. Otra botarate cobarde que corre a cagarse en las bragas. – La tranquilidad era total, ni un solo vehículo circulando, ningún establecimiento abierto. En las últimas décadas se había fantaseado mucho, sobre todo en el cine, de cómo se viviría una situación así. Que distinto de los pronósticos con que Hollywood nos había entretenido. Si había que encontrar una palabra que lo resumiera todo, esa seria, “resignación”. También él lo había aceptado, aunque al contrario que la mayoría, le importaba un carajo. Repicaron las campanas del templo. Miró al cielo, estaba despejado y limpio, como si se hubiera adecentado quitándose de encima la contaminación, con la intención de recibir engalanado el fin de los días. Apuró el cigarro hasta quemar el filtro, el cáncer no lo mataría. Lo haría la tecnología, para ser más exactos, la falta de ella. Tal como los sabios habían predicho, la mayor de las tormentas solares imaginable comenzó en ese instante.
- A tomar por culo los satélites, bienvenidos a la edad de piedra. A ver como salís de esta ahora, monos engreídos. - De un trago acabó con lo que quedaba del vino barato en tetra brik. Tampoco sería la cirrosis quien lo mandaría a alimentar gusanos. Se levantó tranquilamente, ahora empezaría lo bueno.



Relatos enajenados. "Desconfía de los clásicos."

Con lo sencillo que debía ser todo antes. Despiojarse mutuamente para consolidar los lazos afectivos y, si conseguías pillar en un renuncio al macho dominante, disponías de unos segundos para abordar a una mona sin que luego te echara en cara lo precipitado del desenlace.
¡Por lo más sagrado! Tanto exceso de pornografía me ha vuelto inmune a los estímulos que ofrece la red.
Aburrido, decidí cultivar el intelecto y me metí en un foro filosófico. ¡Malditos helenos! Sofísticos, metafísicos, escépticos y estoicos, lo que les ha gustado de siempre dar por culo a estos griegos. ¡Me han colado un troyano! Si no estaba al nivel, bastaba decirlo sin necesidad de fundirme el pc.
Todo fue muy extraño, lo vi salir de la pantalla, no podía moverme, con su escudo redondo, su yelmo, espada y lanza. Pensé debía ser un hoplita pero me equivoqué, se trataba de un sodomita que, aprovechando mi catatónico estado, arremetió por la puerta trasera tomando a sangre y fuego la ciudadela.
No fue más que una pesadilla. Puede que a ustedes no les parezca lo suficientemente aterrador pero yo… Yo desde entonces, cuando navego, apreto con fuerza las nalgas contra la silla.