domingo, 29 de octubre de 2017

La losa.

Con el mal tiempo que hace y aun hay quien se pone cara al sol, el brazo en alto y azul la camisa, para comprobar si al salir de misa llueven hostias sobre los no aforados. Ansiosos por pasar la mopa y acabar con el fregado, se lo juegan todo a una mano mientras lanzan los dados de mala leche. Dura ya demasiado el expectaculo y tienen prisa, señalan con el pulgar hacia abajo a ver quien muere en el gesto y así poder enterrar sus restos con el beneplácito del Cesar y la bendición de la Iglesia. Como les gusta mearse fuera del tiesto, sacar las cosas de contexto y (como burdo pretexto) un anexo a pie de página. Yo, que a falta de amigos, jugaba de niño con las palabras, aprendí temprano el daño que estas provocan en boca, de quien la tiene llena de moscas por no saber mantenerla cerrada.
Bailan sobre mi lápida los hados, se han quitado los zapatos para sentir el frío del mármol bajo sus pies descalzos. Tarde caí en la cuenta, de que esta losa que me mantiene preso, no es otra cosa que tu recuerdo. Quiero salir para saber de tí, saber si eres tu quien danza en mi cabeza o si solo es el eco de una demencia temprana.
Ahí fuera llueve incertidumbre sobre ilusos ilusionados, lágrimas de un Dios que no lo es tanto y se aflige de su fracaso.